Las islas noruegas donde hay playas de arena blanca, el pueblo con el nombre más corto del mundo y se seca bacalao con un método vikingo de hace 1.000 años
¿Quién dijo que en Noruega no se podía ir a la playa? Las islas Lofoten están a la misma latitud que Groenlandia y el norte de Siberia, pero sus fiordos no se congelan en invierno y sus playas tienen arena blanca y agua de un azul turquesa que recuerda más al Caribe que al Ártico. La explicación es la corriente del Golfo, que mueve agua cálida desde el Atlántico hasta esta costa noruega e impide que el clima sea el que le correspondería geográficamente. Esa anomalía climática, por decirlo de alguna manera, es la razón de que todo lo demás sea posible: la biodiversidad marina, los millones de bacalaos que migran cada invierno y una forma de vida construida durante siglos alrededor del mar.
El archipiélago lo forman cuatro islas principales, Austvagoy, Vestvagoy, Flakstadoy y Moskenesoy, unidas por puentes, túneles y una sola carretera, la E10, conocida como la Carretera del Rey Olav V. Con una longitud total de aproximadamente 160 kilómetros y una anchura máxima de 80, Lofoten es un territorio compacto donde las montañas nacen directamente del mar y los pueblos pesqueros se aferran a los pocos metros planos disponibles entre la roca y el agua.
El pueblo de una letra, la escalera nepalí y el campo de fútbol en el mar
En el extremo sur del archipiélago, al final de la Carretera del Rey, se encuentra Å: un pueblo pesquero perfectamente conservado cuyo nombre es la última letra del alfabeto noruego y significa “arroyo”. Una sola letra. Es, verificado por las fuentes de turismo oficial noruego, el topónimo más corto del país y uno de los más cortos del mundo.
Más al norte, la subida al Reinebringen, el pico más fotografiada del archipiélago, con 448 metros de altura, era hasta hace unos años un ascenso peligrosamente empinado. ¿Por qué hablamos en pasado? Por que entre 2016 y 2020, un equipo de sherpas nepalíes construyó 1.560 escalones de piedra para hacer la ruta más segura y accesible (ahora hay cerca de 2.000 escalones ya). El resultado son las vistas de 360 grados más compartidas de Lofoten: el fiordo de Reine, los picos afilados y el agua quieta reflejando el cielo.
Además, en el pueblo de Henningsvaer, conocido como la “Venecia del norte” por su sistema de canales y puentes entre islotes, hay un campo de fútbol de hierba artificial encajado en un islote rocoso rodeado de mar y bastidores de secado de bacalao. Sin gradas, sin aparcamiento, sin nada que no sea césped, roca y océano. Es uno de los campos más fotografiados del mundo y siempre entra en los rankings de campos más bonitos del planeta.
La capital mundial del bacalao y las “catedrales” de madera
La historia de Lofoten no empieza con los pescadores: empieza con los vikingos. En el municipio de Borg se encontró la casa comunal de época vikinga más grande del mundo, convertida hoy en el Museo Vikingo de Lofotr. Pero fue el bacalao lo que acabó definiendo la identidad del archipiélago durante los últimos mil años.
Cada año a finales de enero, el skrei, que en noruego antiguo significa “nómada”, inicia su migración desde el mar de Barents hasta Lofoten para desovar. El método de secado que se utiliza no ha cambiado desde la época vikinga: los pescados se cuelgan en enormes bastidores de madera al aire libre, llamados hjell, donde el viento y el sol ártico los curan durante meses sin necesidad de sal. Los locales los llaman “catedrales del bacalao” por su tamaño y su omnipresencia en el paisaje de invierno. Un detalle que no suele aparecer en las guías: por tradición, son los niños quienes se encargan de recolectar las lenguas del bacalao, consideradas un manjar local. El resto de la cabeza, una vez seca y salada, se exporta como ingrediente de sopas en países de África.
Las antiguas cabañas de madera donde dormían los pescadores temporales durante la temporada de pesca se llaman rorbu, una palabra que combina los términos noruegos “remar” y “vivir”. Pintadas de rojo intenso, o de amarillo en Nusfjord, donde los colores eran distintos por tradición local, han sido restauradas y convertidas en alojamientos turísticos a pie de agua. La iglesia de madera de Kabelvag, la segunda más grande de Noruega, tiene capacidad para 1.200 personas, una cifra completamente desproporcionada para el tamaño del pueblo y que solo se explica por la magnitud de las temporadas de pesca que llenaban el archipiélago cada invierno.
Por otro lado, la playa de Unstad es uno de los destinos de surf más buscados del planeta. Los surfistas llegan en invierno, con olas de calidad y nieve en las montañas al fondo. El archipiélago que tiene un clima parecido al de Portugal, un pueblo de una sola letra, una escalera infinita construida por los sherpas y la mayor flota artesanal de bacalao del mundo también tiene oleaje suficiente para reunir a surferos intrepidos que desean hacer surf bajo espectaculares auroras boreales.
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