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Isaac Rosa

Isaac Rosa (Sevilla, 1974) es escritor, autor de novelas como El vano ayer o El país del miedo, libros de relatos, guiones de cómic y una novela juvenil. Su última obra es Feliz final.

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Mascarillas de Mister Wonderful

En dos meses y medio de confinamiento hemos pasado más horas en casa de las que pasaríamos en todo un año. Como esas máquinas que someten a los muebles a frenéticas pruebas de resistencia, simulando en poco tiempo las miles de veces que nos sentamos en un sillón o abrimos un cajón durante años, también nosotros les hemos pegado una buena paliza a nuestros hogares, además convertidos en oficina, colegio, gimnasio, parque infantil, cine, panadería… Normal que nuestras casas parezcan fatigadas y resentidas, y hagamos balance de daños.

En dos meses y medio se nos han roto más vasos y platos que nunca, hemos acelerado la obsolescencia de los electrodomésticos, vencido sillones que aún iban a durar años, fundido bombillas y pilas, vaciado el botellero y raído la ya de por sí raída ropa de estar por casa. Hemos deslustrado la tarima de tanto ir y venir por el pasillo.

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Para leer mientras golpeas una cacerola

 (Te recomiendo leer este artículo mientras golpeas una cacerola con una cuchara. Si no quieres abollar el menaje puedes usar una de esas apps con cacerolada grabada, y a todo volúmen, pues el sonido es imprescindible durante la lectura)

El gobierno ha podido cometer algunos errores en la gestión de la crisis del coronavirus. Como otros países, no supo valorar bien la amenaza para prevenir y anticiparse. Una vez iniciada la crisis, ha tenido que improvisar medidas inéditas, lo que siempre implica fallos y rectificaciones.

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Un brindis por los sanitarios en el bar abarrotado

 En la puerta del bar, minutos antes de que llegue la policía municipal para cerrarlo por aglomeración, un cliente levanta su cerveza:

-¡Brindo por los sanitarios, todos esos médicos que salvan vidas en los hospitales!

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Estado de alarma (25.613)

Me parece muy oportuno discutir si el estado de alarma es el mejor instrumento para frenar una pandemia que ha dejado ya 25.613 muertos. Entiendo perfectamente las dudas políticas y jurídicas de quienes rechazan prorrogarlo y proponen usar otras leyes (las de seguridad nacional, protección civil o salud pública, además de 19 legislaciones autonómicas diferentes) para hacer frente a una pandemia que ha dejado ya 25.613 muertos.

Está en su derecho el PP al rechazar una nueva prórroga, porque llevamos casi dos meses en estado de alarma con una pandemia que ha dejado ya 25.613 muertos. Y lo mismo digo de otros partidos como ERC, legítimamente preocupado por la "recentralización" que ha impuesto el gobierno ante una pandemia que ha dejado ya 25.613 muertos. Unos y otros reprochan con razón al gobierno su prepotencia, que no haya negociado ninguna de sus medidas para combatir una pandemia que ha dejado ya 25.613 muertos.

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La Nueva Normalidad. Instalación provisional. 2020

 La mascarilla es la nueva normalidad. El teletrabajo es la nueva normalidad. No dar besos es la nueva normalidad. Los restaurantes con mamparas, las playas con distancia y los cines a medio aforo son la nueva normalidad. Justificar cualquier cambio odioso añadiéndole la coletilla “es la nueva normalidad” es también la nueva normalidad.

Cada vez que estos días oímos hablar de nueva normalidad, no nos bebemos un chupito porque más bien se nos encoge el estómago. Se supone que una expresión que incluye la palabra “normalidad” debería tranquilizarnos, y sin embargo nos provoca un sobresalto. Añadirle “nueva” a “normalidad” resulta una contradicción en términos, un oxímoron, y el efecto es inquietante, amenazante.

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Instrucciones para odiar a Fernando Simón

Estoy harto, estoy cabreado, estoy asustado, y necesito yo también un chivo expiatorio en el que volcar las emociones negativas del confinamiento. Así que he decidido apostar sobre seguro: me sumo a la corriente de odio que en las últimas semanas recorre la vida política y mediática: el odio a Fernando Simón.

Ojo, que hablo de "odio", no de críticas, reproches u objeciones. Así que no se me den por aludidos los críticos razonables de la labor del director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Hablo de ODIAR, con todas las letras, y respetando la definición precisa del diccionario: "antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea".

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Soy padre de tres vectores de transmisión asintomáticos e incontrolables

Soy padre de tres vectores de transmisión del coronavirus, de 8, 11 y 15 años. Mis vectores de transmisión llevan más de un mes sin salir de casa. Están en la misma situación que siete millones de vectores de transmisión que desde el inicio del estado de alarma no han pisado calle ni zonas comunes de edificios o urbanizaciones. Mis tres vectores de transmisión no lo llevan muy mal: hacen tareas escolares, ven series, ejercitan jumping jacks con youtube, comparten vídeollamadas y han descubierto el ajedrez. Sé de otras familias cuyos vectores de transmisión se suben por las paredes, están más irritables, no tienen ni una terraza para tomar el sol, sufren la incertidumbre de sus mayores o viven situaciones familiares que sin virus ya eran problemáticas.

Perdón, he dicho que soy padre de tres vectores de transmisión del coronavirus, y no es exacto: soy padre de tres vectores de transmisión asintomáticos e incontrolables. "Vector de transmisión" los llamó ayer mismo el ministro de Sanidad: "hay que mantener a los niños en casa porque son vectores de transmisión de la enfermedad". Para terminar de estigmatizarlos solemos añadir "asintomáticos" (aún más sospechosos, como si disimulasen aposta la enfermedad) e "incontrolables", que ya se sabe que los niños escapan de la vigilancia familiar y se dedican a lamer barandillas y toser en la cara de los ancianos.

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El mundo se derrumba, pero que los chavales no pierdan clase

A ver si lo he entendido: estamos viviendo (en palabras del secretario general de la ONU) "la peor crisis mundial desde la II Guerra Mundial"... pero cuidado no vayan a perder clase los chavales. Nos dicen que esto es "una guerra" que exige una "economía de guerra", sacrificios, medidas excepcionales, estado de alarma, recortes de libertades y hasta nuevos Pactos de la Moncloa… pero continuemos con el curso escolar, que desde casa y con un ordenador se arregla todo. Llevamos más de 13.000 muertos, hemos abierto hospitales de campaña y morgues improvisadas, no sabemos cuándo podremos salir a la calle… pero que sigan haciendo deberes, no se vayan a relajar demasiado los chicos. Cientos de miles de trabajadores se han ido al paro, el desplome de la economía no tiene precedentes, ha hecho falta aprobar un "escudo social"… pero venga, con un poco de buena voluntad de profesores y familias, ya veréis cómo continuamos con las clases. Estamos todos asustados, estresados, encerrados, dicen que sufriremos estrés postraumático… pero lo importante es que los estudiantes de todos los niveles educativos completen el curso, sean evaluados y se ganen el aprobado, aunque sea pasándoles un poco la mano.

Perdonen el sarcasmo, pero es que llevamos un mes catastrófico, en el que nuestras vidas se han detenido, medio mundo se nos ha derrumbado, vivimos en vilo pendientes del próximo mensaje del presidente, nos subimos por las paredes de nuestras casas sin poder salir, echamos de menos a nuestra gente querida, asistimos con angustia a la evolución de la famosa "curva", sentimos una enorme incertidumbre hacia al futuro (incertidumbre material para muchas familias)… y al mismo tiempo tenemos que dedicar a nuestros hijos el tiempo, la atención y la tranquilidad que necesitan para hacer sus deberes y trabajos, compartir con ellos recursos tecnológicos limitados (hogares con dos o más estudiantes y un solo ordenador, o ni eso), asegurarnos de que envíen todo en tiempo a sus profesores, ayudarles con materias que apenas habían empezado a dar en clase (y de las que a menudo las madres y padres no tenemos ni idea, con el añadido del bilingüismo en muchas familias).

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¿Nada volverá a ser como antes? ¡Nada volverá a ser como antes!

Nada volverá a ser como antes. El coronavirus supone un antes y un después. El mundo va a cambiar. Va a cambiar radicalmente. Fin de época. Punto de inflexión. Se avecina un nuevo tiempo con nuevas reglas. Nada será igual. Adiós al mundo tal como lo conocíamos. Bienvenidos al futuro.

Venga, sed sinceros: ¿qué os produce la lectura del párrafo anterior? ¿Ilusión o miedo? ¿Qué sentís cada vez que estos días encontráis esos mismos vaticinios en artículos, entrevistas, tertulias y análisis de expertos? ¿Os ilusionáis, repetís las frases en voz alta, las compartís en vuestros grupos de whatsapp y salís al balcón para mirar el horizonte? ¿O más bien os echáis a temblar, os escondéis bajo la cama y miráis compulsivamente fotos antiguas (fotos de hace dos semanas)? ¿Queréis que el mundo se dé la vuelta cual calcetín, o daríais un pulmón y parte del otro por regresar aunque fuese un ratito a la semana previa al estado de alarma?

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Paseando por el pasillo de mi casa

 Suelo dar largos paseos para escribir estos artículos, pues caminando se aclaran mucho las ideas. Así que eso hice esta tarde antes de sentarme al ordenador: darme un largo paseo. Empecé al fondo de la cocina, pegado a la ventana; avancé hasta el pasillo, lo recorrí en su totalidad, alcancé la última habitación de la casa y la atravesé en diagonal para estirar un poco más la caminata. Regresé por el mismo camino, aunque me desvié al salón para sacar unos pocos metros más alrededor de la mesa, y terminé la vuelta otra vez en la cocina. Repetí el recorrido una, dos y trescientas veces.

Normal que en mi paseo solo consiguiera pensar en la casa, en mi casa, en nuestras casas, en las casas donde estos días estamos la mayoría encerrados.

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