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Isaac Rosa

Isaac Rosa (Sevilla, 1974) es escritor, autor de novelas como El vano ayer o El país del miedo, libros de relatos, guiones de cómic y una novela juvenil. Su última obra es Feliz final.

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Mis hijos son míos

Es la madre de Álvaro quien da la voz de alarma. Un miércoles por la tarde entra en la habitación de su hijo, busca en su mochila la agenda para firmarle un justificante por haber faltado a clase –una pequeña gastroenteritis–, cuando al meter la mano encuentra la agenda, el estuche, libros de texto, cuadernos. Y un folleto colorido. Lo acerca a la luz del flexo: parece un cómic, de pocas páginas. Antes que el título o el dibujo de portada, lo que llama su atención es un logo en la primera página, y unas siglas: L, G, T, B.

Hojea deprisa y lee por encima, atiende a los títulos de los capítulos: "¿Qué significa ser hetero, homosexual o bisexual?", "Minorías sexuales", "Homofobia", "Salir del armario"… En las viñetas, un adolescente besa a otro chico, dos mujeres se casan, dos muchachos en la cama hablan de la importancia del preservativo para prevenir infecciones de transmisión sexual…

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Los crispados

"¡Lo que Pedro Sánchez pretende formar es un gobierno con comunistas, independentistas y batasunos!"

"¿En serio no hay entre los diputados socialistas ningún valiente que se atreva a votar en contra?"

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Un gobierno con más de siete vidas

Para quienes ya auguran una vida muy corta al nuevo gobierno, les traigo una mala noticia (o buena, según la parroquia): tenemos gobierno para largo. Legislatura completa, y diría que hasta segunda legislatura. Ya sé que es temerario hacer pronósticos en este tiempo loco, y vaticinar cualquier cosa horas después de la investidura parece una muestra de optimismo ingenuo (o pesimismo, según la parroquia). Pero ni soy ingenuo, ni confundo la realidad y el deseo: es que este gobierno trae de fábrica unas cuantas vidas extra, las que suman entre sus dos cabezas, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, dos gatos de siete vidas que ya han consumido varias pero aún tienen de sobra.

No sorprende que, pese a tanto enfrentamiento y distancia, Sánchez e Iglesias hayan terminado por entenderse y hoy se abracen fuerte: tienen mucho en común. Llegaron a la política estatal al mismo tiempo, a mediados de 2014 (parece que llevan toda la vida ahí, pero no hace ni seis años); y en sus cortísimas biografías políticas acumulan cicatrices que a otros les cuestan medio siglo. Yo me los imagino, en la intimidad, como aquella mítica escena de Tiburónen que los protagonistas competían por ver quién tenía más cicatrices: "Mira, Pablo, esta es de cuando el Comité Federal me apuñaló". "Eso no es nada, Pedro, este mordisco me lo dio Errejón, que era como mi hermano; y este pellizco es de Carmena". "Espera, que aquí tengo un arañazo infectado de Susana, y esta señal es de un editorial de El País…"

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Noche de reyes

-Vaya nochecita, joder. Hora y pico atrapado en un atasco. Yo no sé qué hace la gente que no está ya en su casa, ¡que es la noche de reyes, hostia! ¡A la cama tempranito todo el mundo!

Así entró el Negro en el bar, a voces. Echó un vistazo por el local, y reconoció al fondo de la barra a sus dos compañeros: el Barbas y el Viejo. Se dieron abrazos ruidosos, y pidieron tres tercios.

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Gracias, amigo invisible

-¿Es una inocentada? –pregunté en voz alta. En una mano, mi regalo del amigo invisible; en la otra, el envoltorio arrugado. Miré el reloj y comprobé que pasaban ocho minutos de las doce de la noche: por tanto, ya era 28 de diciembre.

Pero no, no era una inocentada, y si tenía alguna duda, me la despejó el siguiente regalo en salir del contenedor. Era para el irlandés, y yo me temí lo peor cuando oí a la de la manita inocente gritar su nombre: "Mister Doyle", y una risilla cruzó el salón. El irlandés cogió el regalo con precaución, en plan paquete bomba, porque aunque no hablaba mucho español, ya entendía de qué iba todo aquello, qué rumbo estaba tomando la noche, la cena, la cena de navidad, la puta cena de navidad para colaboradores. A quién se le ocurriría la genial idea de organizarla. ¿A quién? A mí, joder, a mí.

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Ya vienen los reyes

Es la noche más tradicional, también la más mágica e ilusionante: la noche de los reyes. Desde días atrás no se habla de otra cosa: ¿qué nos encontraremos este año? ¿Habrá alguna sorpresa, o será lo esperado? ¿Alguien se portó mal y recibirá carbón? Y a la mañana siguiente, todos comentando lo que dejó la noche mágica: algunos muy satisfechos, presumiendo; otros decepcionados, esperaban más; y luego, los que nunca están contentos, los que no gustan de la tradición, los que no creen en los reyes ni en la magia.

¿Reyes magos? No, yo estaba hablando de los reyes de España, en su noche más tradicional, y hasta mágica e ilusionante para los monárquicos: el mensaje navideño de cada 24 de diciembre. Desde días atrás no se habla de otra cosa en los medios y en la política: qué nos encontraremos, qué dirá el rey. ¿Habrá alguna sorpresa, un mensaje con carga política? ¿O será lo esperado, lo de siempre, la grisura institucional, hueca y pomposa? ¿Alguien se portó mal (los independentistas, quién si no) y recibirá carbón (una contundente referencia a la Constitución, el Estado de Derecho y la unidad de la nación)? Y al día siguiente, políticos, periodistas y tertulianos comentando qué dejó la noche mágica de la democracia: los satisfechos, los que presumen de rey sensible a los problemas actuales y las causas sociales; los decepcionados porque sus palabras no representen a todos por igual, o porque esperaban más en un momento crítico como este; y los que nunca estamos contentos, los republicanos, los que no gustamos de la tradición monárquica y no creemos en los reyes ni en la magia de la monarquía parlamentaria.

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Pocas luces

"¡Diez, nueve, ocho…!"

El alcalde empezó la cuenta atrás, micrófono en mano, y claro que nos unimos todos a gritos, la plaza entera descontando números, cuarenta mil personas según el ayuntamiento, seis mil según la policía. Si estábamos en la plaza aquellos cuarenta mil o seis mil, era porque queríamos ver el nuevo alumbrado, la esperada Segunda Fase, averiguar cuál era la sorpresa, cuántos de los rumores de la última semana se confirmaban. Si cuarenta mil o seis mil vecinos habíamos acudido a la convocatoria, si llevábamos dos horas pasando frío y cantando villancicos y bailando al ritmo del grupo de versiones que amenizó la espera, y si ahora coreábamos con el alcalde el diez, el nueve, el ocho, era evidentemente porque no compartíamos las críticas de algunos, no habíamos secundado el llamamiento en redes sociales a protestar, y hasta habíamos abucheado a los cuatro o cinco pesados que, minutos antes de la hora anunciada, saltaron al escenario y desplegaron una pancarta que decía "Navidad sin despilfarro".

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No vas a tener casa en la puta vida (ni tus hijos)

Para titular este artículo, he rescatado del trastero la pancarta con que los jóvenes de hace trece años nos manifestábamos por el derecho a una vivienda digna. Los hoy jóvenes no se acordarán, pero los de mi quinta sí: “No vas a tener casa en la puta vida”. ¿Os acordáis de aquellas manifestaciones? V de Vivienda, Stop Especulación… Denunciábamos que con sueldos mileuristas (ojo: 1.000 eurazos, y comprando de todo a precios de entonces) no había manera de pagar un alquiler ni pedir una hipoteca en plena burbuja inmobiliaria. Qué tiempos aquellos, qué jóvenes éramos.

Pues aquí estamos, a la vuelta de trece años: el insoportable mileurismo de entonces es hoy una aspiración para la nueva generación de submileuristas… mientras el coste de la vida no ha dejado de subir en esos trece años, y especialmente la vivienda en alquiler, la que debería ser primera opción para cualquiera que quiera salir del hogar familiar: hace diez años debías dedicar el 60% de tu sueldo para alquilar un pisito, hoy más del 90%.

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Qué se puede esperar cuando se está esperando

¿Cuatro semanas, cinco? Hablamos de la noche del concierto, eso está claro, la única en que se confiaron. La sitúa en el calendario. Casi cinco semanas.

Cinco semanas: de uno a dos milímetros. Órganos vitales, huesos y sistema nervioso inician ya su desarrollo. Esbozo de ojos y orejas. Empieza a formarse el tubo neuronal, y la estructura de tejido embrionario que terminará siendo el corazón. ¿Qué más? Nauseas, no. ¿Olfato más sensible? Puede ser. Más ganas de orinar, diría que sí.

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Si tu equipaje (de derechos laborales) supera las dimensiones máximas de Ryanair, te quedas en tierra

Si has viajado en avión, ya conoces esos cajones metálicos (como el de la foto superior) que algunas aerolíneas ponen en los mostradores de facturación y puertas de embarque, para comprobar si tu equipaje de mano se ajusta a las dimensiones máximas permitidas: si tu trolley no cabe en el cajón, tendrás que pagar, facturarlo, o dejarlo en tierra.

La irlandesa Ryanair, que fue pionera en esa medida, ha decidido introducir un nuevo cajón para sus vuelos: uno para los derechos de sus trabajadores, un cajón estrecho y apretado, a la medida de su política laboral: si los derechos del empleado no caben ahí, se quedará en tierra. A la calle.

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