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Para leer este artículo necesitas certificado electrónico, por Isaac Rosa

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Un usuario accede a la Sede Electrónica desde la que puede solicitarse la regularización extraordinaria de migrantes de forma telemática. EFE/ Maria Aguilella Pardo
19 de abril de 2026 21:38 h

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La semana pasada tuve que hacer dos trámites burocráticos aparentemente sencillos: resolver un papeleo con Hacienda, y cumplimentar la inscripción de un campamento para una de mis hijas. Gracias a la administración electrónica, no perdí una mañana entera en una delegación de Hacienda yendo de funcionario en funcionario, y otra mañana en una oficina del Instituto Andaluz de la Juventud entregando los papeles en una ventanilla. Gracias a la administración electrónica, perdí no una sino dos mañanas enteras y otras dos tardes en la sede electrónica de la Agencia Tributaria, y no una sino dos mañanas, y media tarde más, en la ventanilla electrónica de la Junta de Andalucía.

Creo que soy razonablemente competente en asuntos informáticos, me manejo con todo tipo de webs y aplicaciones, hago facturas electrónicas y uso casi a diario mi certificado. No soy precisamente un analfabeto digital. Y aun así, estuve a punto de rendirme con Hacienda y pagar una multa que no me correspondía con tal de no entrar otra vez en la sede electrónica; y a punto de decirle a mi hija que se olvidase del campamento, y hasta me daba igual perder el dinero de la reserva, con tal de poner fin a esa tortura.

Eso esta semana. En cualquier otra podría haber lloriqueado igualmente por una factura rechazada cuatro veces en FACe, un alta de terceros en el portal electrónico original y único (no hay dos iguales) de un ayuntamiento, intentos fallidos por dar de baja un impuesto de vehículos, o el enésimo documento escaneado y presentado para cobrar una ayuda europea a la renovación de ventanas dos años después de instaladas y pagadas las ventanas.

Ya sé que son “problemas del primer mundo”, y que tenemos urgencias mayores de las que escribir, pero decidme, ¿en qué momento la administración electrónica, que venía para facilitarnos la vida, se convirtió en un agujero negro que devora nuestro tiempo, nuestra paciencia y nuestro ánimo? ¿Cuándo la “tristeza burocrática” de la que hablaba Remedios Zafra se convirtió en desesperación burocrática, camino de la depresión burocrática? ¿Por qué aceptamos convertirnos en suministradores de datos (que además ya tienen) al servicio de unas administraciones deshumanizadas, a las que les hacemos el trabajo que antes nos resolvían ellas?

No soy yo que tengo el día quejica: seguramente tú puedes contar lo mismo por cualquier trámite con tu ayuntamiento, diputación, administración autonómica o central, Tráfico, Hacienda, Seguridad Social, SEPE, organismos varios... En todos los casos la experiencia es similar: una yincana laberíntica, críptica, en lenguaje poco claro, nada intuitiva, llena de callejones sin salida y fallos, sin nadie humano al otro lado, y que parece diseñada para lograr el que a menudo es su resultado: que el ciudadano desista, que se rinda, que lo deje, que renuncie a lo que quiera que intentaba conseguir.

Y no solo trámites, también el día a día laboral de tantos trabajadores. Empezando por el profesorado, obligado a perder en protocolos interminables las horas y las fuerzas que no les sobran. Por supuesto, no es algo exclusivo de la administración pública, también muchas empresas convierten darte de baja o resolver una incidencia en una prueba de resistencia, sin que haya nunca nadie humano con quien hablar, solo asistentes virtuales de IA y menús telefónicos de “teclee su número de DNI”, “indique su consulta”, “marque siete si está interesado”…

La opacidad de la burocracia electrónica se vuelve más sangrante cuando afecta a la población más vulnerable, cuya supervivencia no debería depender de llegar a la última pantalla del videojuego. Leo que la regularización de personas migrantes se puede hacer por internet, ante la previsible saturación de las oficinas presenciales. Solo espero que conseguir los papeles no dependa de registrarse en Cl@ve PIN, actualizar Java o instalar la última versión de Autofirma.

Perdón por el desahogo.

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