Mantenerse calvo en un mundo que quiere que te pongas pelo a toda costa: “Me han dicho que es como rendirse muy pronto”
Motivo de ligera chanza, que los hombres pierdan pelo a edades tempranas ha dejado de ser un fenómeno visto como algo natural a ser tratado como un defecto a remediar. La proliferación de clínicas y publicidad que incitan al injerto comienza a hacer su efecto en unos varones que se debaten entre aceptar su naturaleza o intentar retocarla, en ocasiones derivado de la presión externa. El incremento del uso de medicamentos como el minoxidil y la finasterida dan buena cuenta de cómo la preocupación por la alopecia ha ido a más.
La calvicie tiene ahora otra lectura social. El psicólogo Glen Jankowski, profesor en la Universidad de Dublín, investiga precisamente eso: en Branding Baldness (Construyendo la imagen de la calvicie), expone cómo esa insatisfacción masculina ha sido explotada con la proliferación de medicamentos y tratamientos estéticos en los últimos años hasta reconfigurar su percepción. Lo que antes se asumía como destino, ahora se presenta como elección. En una entrevista con The New York Times, el investigador explicó que los hombres calvos saben que su apariencia física es normal, “pero se encuentran en un entorno que les dice que eso es un problema, que les acabará afectando”.
España es el país con más calvos del mundo, el 44,5% de los hombres presenta algún grado de calvicie, según la plataforma Medihair. Además, el 90% de los casos se debe a la alopecia andrógina, impulsada por factores genéticos y hormonales. Pablo García, que vive en Madrid y tiene 58 años, es uno de ellos. Cuando estaba a punto de dejar los 40 atrás, empezó a notar caída del cabello: “Yo he sido siempre muy pelón, así que fue una putada. La tentación es peinarte de tal forma que se tapen los espacios sin pelo, pero no es una solución definitiva”.
La experiencia que vivió un amigo que se sometió a los injertos animó a este profesional de la publicidad a repetir la hazaña hace tres años. “Desde entonces hago un proselitismo descarado. Lo digo hasta en el vestuario del gimnasio. Veo a alguien joven que se empieza a quedar sin pelo y pienso que dónde va así, que se vaya a la clínica ya”, dice.
Veo a alguien joven que se empieza a quedar sin pelo y pienso que dónde va así, que se vaya a la clínica ya
Hacerse fuerte en la calvicie
Esta falta de pudor a la hora de hablar de los injertos de pelo que marca las palabras de García —él mismo reconoce que llega a ser “obsceno” con el tema— se contrapone a otras experiencias ligadas a la alopecia. La aparición de las distintas opciones para combatir la calvicie se ha convertido en una forma de presión estética hacia los varones. Víctor Yusty empezó a perder pelo con 22 años. Ahora tiene 31 y, tras “aguantar de las rentas un tiempo”, como recuerda, al final decidió raparse. “Vi cómo se hacían los injertos, me dio grima y pasé”.
Sin embargo, la presión llegó por parte de su madre, que le decía que tenía que tener pelo sí o sí, o hacer algo para evitar su caída. Este vigilante de seguridad también se vio expuesto a numerosos anuncios sobre clínicas de injerto capilar que le aparecían en redes sociales, colándose entre storie y storie de Instagram, y que llegaban a mostrar fotos del antes y el después de un hombre que se había realizado injertos. “Como estaba buscando información sobre lo que me pasaba, el algoritmo me enseñaba esa publicidad”, cuenta.
Cuando hace cuatro años Iván cumplió los 24, se le empezó a caer el pelo. Él ya sospechaba que podría pasar: todos los varones de su familia han experimentado un proceso similar. “Cuando pasó, a mí me dolió. Fue un momento chunguillo”, se sincera este profesor de academia. A pesar de que se informó, descartó el injerto porque le parecía una cosa “desagradable en todos los sentidos”. “Sí tuve algo de miedo cuando pensaba en ligar, pero eso es algo de tu autopercepción, no tanto por los demás”, añade este onubense vecino de Sevilla.
Pero, ¿la alopecia es un problema que va más allá de la cuestión estética? María Garayar Cantero, dermatóloga y tricóloga, la define como una patología capilar: “Se produce porque los receptores de los folículos pilosos experimentan un adelgazamiento progresivo hasta que se hacen tan finos que desaparecen”. De todas formas, apunta que la alopecia no entraña ningún peligro para la salud, más allá de que se pierde protección contra el sol en la cabeza.
Iván, de 28 años, cuenta que cuando se empezó a quedar calvo le dolió –‘fue un momento chunguillo’–, pero descartó el implante por parecerle ‘desagradable en todos los sentidos
Esta experta precisa que cada vez es mayor la preocupación en los hombres jóvenes: “Es positivo porque se puede tratar más a tiempo y poner medidas menos invasivas”. De cara a un posible injerto, Garayar afirma que es una cirugía capilar “bastante segura y con pocos riesgos”. Y apunta que muchos pacientes le han comentado cómo después de ponerse pelo han recuperado su confianza, autoestima y seguridad.
Los medicamentos como cortapisas
Al alicantino Francisco Ruzafa, también de 31 años, le empieza a clarear la cabeza. Siempre fue de los que menos pelo y densidad tuvo en su entorno: “Cuando lo pensaba con unos 18 años, sí me era algo más limitante. Me veía muy mayor para lo joven que era”. No ha decidido raparse porque piensa que se verá con mucha cabeza. Y es que, en el mundo de los calvos, tener el coco redondo parece que también se premia. “Esto hay que llevarlo con dignidad y no forzar las cosas. Mi padre tuvo una cortinilla de cuatro pelos, en plan Torrente, y yo por supuesto que me raparía antes de llegar a ese punto”, confiesa.
“Sí que me he visto incitado a ponerme pelo, no tanto presionado. Algo que sí que me han dicho es que estar calvo a esta edad es como rendirse muy pronto a ser mayor. Ahora todos queremos alargar la etapa de la juventud y tener moto, y ser calvo es un lastre para eso”, desarrolla este ingeniero industrial afincado en Madrid, que reconoce que la obligatoriedad de medicarse durante años con minoxidil y finasterida tras el implante le aleja de la idea operarse.
Jordi Magrinyà, vocal del Col·legi de Farmacèutics de Barcelona (COFB), precisa que “son medicamentos que uno los tiene que tomar con la prescripción exacta del médico y la indicación del dermatólogo, ya que tienen muchos posibles efectos secundarios que desde la farmacia comentamos a la hora de dispensarlos”.
En los dos últimos años, casi se ha duplicado el uso de productos como el minoxidil y la finasterida
Pudiera parecer que los calvos se hacen fuertes a la hora de aceptar su realidad, y lo es sin duda en algunos casos, pero la experiencia de los especialistas en consulta apunta en otra dirección. El mismo Magrinyà confirma que desde hace años se ha visto un gran incremento de aquellos jóvenes que a partir de los 24 años comienzan a tratarse las alopecias. “En los dos últimos años, casi se ha duplicado el uso de productos como el minoxidil y la finasterida”, asegura el también farmacéutico comunitario. Asimismo, sostiene que en este fenómeno opera una “gran presión estética”.
Un estudio que analizó la prescripción para la alopecia andrógina entre más de 200 dermatólogos españoles en 2024 señala que el minoxidil oral fue el tratamiento más prescrito (89,1%) para este tipo de patología. En comparación con los datos recogidos en 2019-2020, se aprecia cómo aumenta la prescripción de minoxidil oral y una disminución en el uso de minoxidil tópico, pues en aquella ocasión el minoxidil oral fue prescrito por el 50,6% de los encuestados.
La misma investigación certifica que la dutasterida oral ha reemplazado a la finasterida como el antiandrógeno más recetado para esta alopecia. Y si hace siete años solo el 4,9% de los dermatólogos afirmaron realizar trasplantes capilares, en 2024 la cifra aumentó al 18,5%. “Este aumento podría reflejar una mayor concienciación y demanda de procedimientos de restauración capilar, si bien no se puede descartar un posible sesgo en la encuesta”, apuntan.
Calva con gusto no pica
La presión externa por ponerse pelo se ha dejado ver hasta en artefactos de entretenimiento como el docureality Pombo, que sigue la vida de la familia de la archiconocida influencer patria María Pombo, donde el marido de Lucía Pombo, el empresario Álvaro López Huerta, acaba accediendo a hacerse un injerto de pelo por insistencia de la piloto. En el vídeo en el que la pareja anuncia su embarazo, así como en otras apariciones en sus redes sociales, López Huerta aparece con las marcas propias de la cabeza posinjerto.
Esto hay que llevarlo con dignidad y no forzar las cosas. Mi padre tuvo una cortinilla de cuatro pelos, en plan Torrente, y yo por supuesto que me raparía antes de llegar a ese punto
Por el contrario, Pep Molina es un acérrimo defensor de los calvos como él. Este mallorquín de 33 años, guionista y creador digital, llegó a parodiar la primera convención de calvos con barba de España, un sketch que realizó para El Periódico. “Yo empecé muy pronto con la alopecia, a los 12 años, y justo me empezó a salir barba a saco”, recuerda. Cuatro años después, decidió dejar de tratarse con productos como el minoxidil. En torno a los 20 años se decantó por el rapado. “Soy extrovertido, pero mis interacciones estaban condicionadas por el hecho evidente de que me estaba quedando calvo y era demasiado joven”, reconoce.
Se define antes como calvo que rapado. “Una parte de mi cabeza es terreno yermo donde han echado sal”, comenta con gracia. Aquella inseguridad juvenil ha quedado atrás. Tanto, que Molina convocó a varios calvos con barba para abordar lo que él denomina como “tribu urbana sin diagnosticar, en donde hay una compensación rara entre el pelo que tienes en la barba en comparación con el de la cabeza”.
A partir de un frame de aquella producción algún avispado creó el meme ya convertido en sticker en el que aparecen varios de los participantes abrazados con el texto “qué calvario”. La misma sorna aparece en el meme que tilda de “barbarie” a los calvos con barba, a quienes Jordi Ganchitos dedicó una canción: “Calvo con barba, si justifica lo que falta en la calva, tiene el cabello del revés. Aléjate de un calvo con barba bailando reguetón en una disco de pachanga, aléjate de un calvo con barba y si lleva un pendiente mejor huye para tu casa”.
Más allá de las bromas sobre los hombres que sufren alopecia, la proliferación de clínicas estéticas que ofertan injertos capilares y su publicidad supone una de las principales presiones estéticas para aquellos que no tienen pelo en la cabeza. Mientras que unos aseguran que han recuperado la seguridad en sí mismos tras someterse a la intervención, otros pugnan por mejorar su autopercepción y superar cánones superficiales. Sea como sea, la cuestión es gustarse a uno mismo.
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