Ha nacido una estrella
Cuando Robert Prevost fue elegido Papa hace un año, los observadores más ecuménicos quisieron ver en la elección de su nombre, León, una señal de lo que se venía. León de Asís fue el fiel secretario y confesor de San Francisco de Asís que supo no solo dar continuidad sino expandir su obra consolidando la fenomenal organización de los Franciscanos. Hoy parece claro que no andaban muy desencaminados. Ha nacido una estrella; se llama León XIV.
Donde el papa Francisco ponía carisma y talento, sabíamos que el papa León XIV estaba poniendo orden y solvencia. Ahora sabemos que también parece capaz de mover multitudes, desarmar a la IA, bendecir bebés sobre la marcha en el papamóvil, reclamar el valor del silencio, hacer el Six/Seven, advertir de los peligros de las redes de mentiras, proclamar que no se puede uno arrodillar ante Dios y despreciar a su hermano, felicitar a unos recién casados por su nombre, ponerse del lado de aquellos a quienes que tantos se empeñan en señalar y culpar de todas sus desgracias o poner cara de niño bueno algo torpón luego de empezar a hablar cuando aún no le tocaba.
Su dominio de la palabra ya estaba más que acreditado. Ahora ha venido a España a demostrarle al mundo que también domina el medio y le va a sobrar medio viaje para lograrlo. No es una estrella del rock como Juan Pablo II, ni un agitador de multitudes como Francisco, pero tampoco le hace falta. Como ellos, posee lo más preciado en estos y aquellos tiempos: algo importante que decir. No solo eso. Como ellos, León XIV es un Papa que sabe cómo serlo y cómo administrar la enorme influencia y poder que esa sabiduría proporciona.
En un mundo donde el poder de la ley del más fuerte se aplaude y se adula y la legitimidad proviene de la capacidad para bombardear a alguien, detener a alguien, encarcelar a alguien o deportar a alguien, plantarse exige coraje y convicción; hacerlo además con solvencia intelectual y moral es más de lo que sus críticos pueden soportar. Ninguno de los reproches dirigidos a Francisco respecto a su radicalidad o su frivolidad o su inconstancia sirven ahora para León XIV. Les quedaba que era algo bajito, un muermo y que no tiraba de la gente; también se les acaba de caer y con estrépito.
Contemplar a tantas damas y caballeros ardientes paladines de la prioridad nacional verse ahora en la prioridad de tener que aguantarse y morderse los labios para que no se les note la bilis y la mala cara al oír al Papa hablar de pobres, personas migrantes, derechos, diversidad, convivencia, tolerancia o justicia produce un placer culpable que puede incluso llevarte a ser más flexible con la exigencia de que se trate al visitante como lo que es: un jefe de Estado en un país aconfesional; algo más de contención en el uso y abuso de espacios y recursos públicos se agradecería y no desmerecería en nada el brillo de la visita papal.
Para que no se vaya con una imagen equivocada de nuestro país, que alguien le avise a León XIV que, cuando dice que quién está en Madrid es de Madrid y por tanto es un madrileño más, así es, pero a pesar de muchas de las autoridades que le aplaudían con cara de circunstancias. No vaya a llevarse una sorpresa si alguna vez vuelve sin tanto rebumbio.
En el gobierno de Pedro Sánchez estaban deseando que viniera el Papa para hablar con él y hablar de él. Enfrente están rogando a Dios que se vaya para poder dejar de hablar de las cosas que dice y poder volver a hablar de Pedro Sánchez. Es bien cierto que Dios escribe recto con renglones torcidos.
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