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Lo estás haciendo mal

Un vaso de agua.
24 de julio de 2026 21:00 h

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Mi madre tiene uno de esos relojes inteligentes (odio llamarlos así) que te miden las horas de sueño, si has alcanzado los 10.000 pasos diarios y todas esas cosas. Si no ha cumplido los objetivos, le manda mensajes tipo: “¡Todavía estás a tiempo de alcanzar tu meta diaria!”, “¡Vamos! Solo te quedan 2.000 pasos!”, o “tu calidad de sueño ha sido un poco peor que la de ayer”.

Recuerdo que acabé borrando la aplicación de Duolingo porque el búho de las narices no paraba de darme la brasa con que no hacía lo suficiente. Me recriminaba que llevaba tres días sin practicar mi inglés, que iba a perder mi racha, que así no iba a subir de nivel. Lo que me faltaba. Por si no fuera suficiente con mi voz interior, ahora va a venir el búho a recordarme lo mal que lo estoy haciendo.

Si abro Instagram, la historia se repite. Aquí el lenguaje ya es pelín más agresivo. Decenas de creadores de contenido: entrenadores online, nutricionistas, influencers, psicólogos, gurús del bienestar, te lanzan un: “Lo estás haciendo mal”.

“¿Te sientes hinchada después de comer? Estás comiendo mal”, “¿No puedes conciliar el sueño? Te estás yendo a la cama mal”, “¿Tienes ojeras hasta el suelo? Estás usando el retinol mal”, “¿Te duelen los lumbares, las caderas, las rodillas y sientes que tu cuerpo apenas puede sostenerte? Estás entrenando mal. Mal. Mal. Mal. Prueba estos tres tips”.

Por supuesto, también me culpo por su existencia, porque tengo que aprender a no exigirme tanto, a tratarme mejor. Resulta que esto también lo hago mal. Y en este bucle infinito, empiezo a pensar de dónde sale esa vocecilla, qué la alimenta

Mientras sube el nivel de las aguas negras del pozo de la culpa, convencida de que no duermo bien porque miro pantallas antes de irme a la cama, de que mi dermatitis crónica se debe a que no sé gestionar bien el estrés o que me duele terriblemente la espalda porque no dedico tiempo a activar el core, me doy cuenta de que dentro de mi cabeza vive una pequeña tirana. Una que me abronca constantemente. Incluso en los peores momentos, cuando estoy triste, agotada, o sobrepasada, me dice: “Por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa”.

Por supuesto, también me culpo por su existencia, porque tengo que aprender a no exigirme tanto, a tratarme mejor. Resulta que esto también lo hago mal. Y en este bucle infinito, empiezo a pensar de dónde sale esa vocecilla, qué la alimenta. ¿Estuvo siempre ahí? ¿Y si no fuera mía? ¿Y si es la voz de un sistema que nos hace creer que todo nuestro malestar es responsabilidad individual para que no nos dé por mirar hacia arriba?

Porque claro, si mirásemos, aparecerían los trabajos precarios, la inestabilidad laboral, la preocupación por si el casero te subirá el alquiler el mes que viene, la falta de tiempo para pasear o estar con tus seres queridos, la hiperconectividad que nos hace tener que estar disponibles continuamente, la multitarea que merma nuestra capacidad de concentración, la angustia por el auge del fascismo, el racismo y el machismo, el clima de violencia política y social...

Sospechar de la baja del compañero de trabajo en lugar de reconocernos en su dolor y unirnos para exigir unas condiciones más humanas, no solo nos convierte en una especie de policías del sistema, sino que acaba con la posibilidad de solidaridad y empatía

Y es que un sistema que consigue convencernos de que todo nuestro malestar se debe a nuestros propios fallos, no necesita defenderse. Se empodera mientras nos señala con el dedo y cambia la dirección de la vigilancia hacia nosotros mismos y hacia nuestros semejantes. Sospechar de la baja del compañero de trabajo en lugar de reconocernos en su dolor y unirnos para exigir unas condiciones más humanas, no solo nos convierte en una especie de policías del sistema, sino que acaba con la posibilidad de solidaridad y empatía. Nos convierte en seres más solitarios y aislados.

Me gusta pensar que una pequeña forma de rebelión pueda ser decirnos: “Lo estás haciendo bien. Haces lo que puedes. Intentas ser buena gente, ganarte la vida, cuidar y ser feliz. No es nada fácil y ahí estás, intentándolo. Está bien”.

Contra la optimización constante de la vida, los contadores de pasos y horas de sueño o los algoritmos que nos exigen más, más y más, quizá poder dedicarnos unas pocas palabras amables sea una acción más que significativa.

Así que con estas palabras me despido hasta septiembre, queridos lectores. Descansen, manden a paseo al búho del Duolingo, paseen por el placer de hacerlo, permítanse no ser una mejor versión de sí mismos, rían, coman rico, disfruten de la familia y los amigos. Lo están haciendo bien.

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