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Laura Hojman, cineasta: “Me interesa lo íntimo como voz del nosotros, no como el yo que se mira el ombligo”

La directora, en una imagen reciente.

Alejandro Luque

Sevilla —

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Laura Hojman (Sevilla, 1981) recuerda que cuando recibió la llamada de Lucrecia Hevia para incorporarse como columnista a elDiario.es Andalucía lo primero que salió de su garganta fue un grito de euforia. “Yo, que soy la personificación de la duda, dije que sí inmediatamente y salté de alegría ante la propuesta. Hasta entonces, en el cine, me había expresado a través de mis personajes, pero me apetecía mucho hacerlo en primera persona, de una forma más espontánea e inmediata. Siempre he sido lectora de columnas, me gusta ese formato que permite reflexionar o divagar desde una mirada propia”. Ahora, la cineasta que ha conquistado al público con títulos como Antonio Machado. Los días azules, A las mujeres de España. María Lejárraga o Un hombre libre ha reunido sus mejores tribunas en el volumen ‘Seguir bailando’.

“Algunas son como píldoras literarias que agradezco mucho en un diario, así que me pareció un regalo”, explica la autora. “Con los años me ha pasado algo curioso. La gente me conocía por el cine, así que muchos lectores llegaron a mis columnas desde ahí. Sin embargo, últimamente se ha dado el caso contrario, personas que me han dicho que han descubierto mis documentales porque leían mis columnas. Y esto me ha hecho mucha ilusión”.

Los textos de Hojman son muy personales, y al mismo tiempo hacen una continua defensa de lo colectivo, algo que también conecta con su faceta cinematográfica. “En mis documentales siempre trabajo así, dibujando una historia que comienza en lo particular para caminar hacia lo universal. No me interesa mucho ni todo ese cine ni la literatura autorreferencial que solo habla del yo y se mira el ombligo. Me interesa lo íntimo como voz del nosotros, de la experiencia compartida. Tanto en mis columnas como en mis películas, lo que hago es mirar el mundo y tratar de comprenderlo”.

El hilo que nos conecta

“El sentido de comunidad”, prosigue, “es algo importante para mí porque creo que estamos viviendo una época de profundo individualismo y eso tiene mucho que ver con el auge de la ultraderecha. En los últimos años hemos ido perdiendo el tiempo y los espacios para encontrarnos, para estar con los otros y compartir experiencias. El espacio público está siendo sustituido por el virtual de las redes sociales (que ya sabemos que no fomenta la empatía, precisamente), las ciudades se organizan en torno al consumo y no a la vida. Nuestro modelo económico y social nos lleva a estar cada vez más solos y aislados, cada uno preocupado por resolver su propia vida. Y en ese terreno es muy fácil que crezcan los discursos de odio y los señalamientos al otro como culpable de nuestros problemas. Cuando en las columnas hablo de mi cansancio, de mis miedos o de las cosas que me pasan, no lo hago con afán de contar mi vida, sino de entender qué hay de común en lo que nos pasa, de generar una especie de hilo que nos conecte y nos recuerde no estamos solos”.

Por otro lado, el ejercicio de clasificar sus columnas ha sido “lo más difícil”, reconoce, “porque mi mente es caótica y lo que más trabajo me cuesta es ordenar y clasificar. Pero leyendo mis columnas, vi que había algunos temas recurrentes: el cine como forma de entender el mundo, las mujeres referentes, el cuerpo como territorio político, la búsqueda de la belleza como resistencia ante la desidia o ese nombrar nuestra vulnerabilidad como parte esencial de nuestra vida”.

En efecto, el cine –el de siempre, el que se disfruta a oscuras y en pantalla grande– asoma con frecuencia en estos textos como tabla de salvación, a pesar de la hegemonía de las plataformas y la desaparición de las salas. “A mí el cine siempre me da ganas de vivir. Soy usuaria de plataformas pero creo que nada puede sustituir a la experiencia en una sala. Me pasa lo mismo con los conciertos. Puedes escuchar un disco en casa y disfrutarlo, pero ver a tu grupo en vivo rodeado de gente es algo muy diferente. Y necesitamos estas experiencias colectivas. necesitamos emocionarnos juntos, reírnos, llorar juntos. Estar en una sala llena de desconocidos y observar que la gente se emociona con lo mismo que tú, te reconcilia con el mundo, te recuerda que nos parecemos más de lo que pensamos y de alguna manera, a esa señora que no conoces de nada pero que ha llorado a lágrima viva con lo mismo que tú, quieres que le vaya bien, hay una conexión. Esto es el sentimiento de comunidad. Y por eso pienso que los espacios para la cultura: los teatros, los cines, las librerías, son un pilar fundamental para la democracia”.

Cultivar la mirada

También abundan en sus escritos las flores, que le dan, asevera, “la oportunidad de detenerme a cultivar la mirada. Esto me ha quedado un poco pedante, pero en este mundo frenético en el que se nos intenta imponer la atención fragmentada para que no nos dé por pensar demasiado, detenerse a cuidar tus plantas, cambiarle el agua a las flores, observar su delicada belleza, para mí son pequeños actos de resistencia. Y con el cine me pasa lo mismo. Poder parar durante dos horas a mirar la vida a través de unos personajes es como un oasis en medio del caos”.

Algo de manual de resistencia o de instrucciones para sobrevivir en tiempos difíciles tienen estas piezas reunidas en libro. “Para mí lo son”, concluye. “Cuando hablamos de resistencia tendemos a pensar en términos bélicos, grandilocuentes, pero yo estoy convencida de que la verdadera resistencia está en las pequeñas cosas. En defender los árboles y los parques, en los pequeños clubes de lectura, en los profesores que ejercen con vocación, en las bibliotecarias o en aferrarnos a aquellas cosas que nos motivan a seguir intentándolo, a seguir bailando y a no convertirnos en seres grises, apagados y manipulables”.

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