Alemania, en vilo ante las elecciones de Sajonia-Anhalt con una ultraderecha que aspira a la mayoría absoluta
Magdeburgo es una de las pocas ciudades del este de Alemania que superan los 200.000 habitantes. La estación central de trenes, funcional, es la habitual puerta de entrada a un centro urbano con pocos edificios históricos —la Segunda Guerra Mundial destruyó el 90%—, mucha herencia arquitectónica socialista, algunas calles empedradas cruzadas por el río Elba, abundantes comercios y restaurantes, y una cuota relativamente baja de inmigrantes en comparación con la parte occidental del país.
Magdeburgo es la capital y la ciudad más poblada de Sajonia-Anhalt, un Estado federado de más de 20.000 kilómetros cuadrados en los que se reparten algo más de dos millones de personas. Tan grande como Eslovenia, su Producto Interior Bruto alcanzó casi los 82.000 millones de euros en 2025, menos de 40.000 euros per cápita y del 2% del PIB nacional. Casi uno de cada cuatro habitantes de esta región —gobernada ininterrumpidamente por los conservadores de la CDU desde hace más de dos décadas— vive cerca de lo que en Alemania se considera pobreza: es decir, con 3.000 euros o menos al mes para una familia clásica de dos adultos y dos menores.
Sajonia-Anhalt no es, en definitiva, una región en que se suelan tomar decisiones que marquen el rumbo de la República Federal. Es parte de la periferia política y económica pese a estar situada más o menos en el centro geográfico del país. Este domingo 6 de septiembre puede ser, sin embargo, la excepción. Las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt amenazan con provocar un sismo político con consecuencias imprevisibles para el resto de la república.
La ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) lidera desde hace meses todas las encuestas con aproximadamente el 40% de intención de voto y acaricia una mayoría absoluta parlamentaria que le permitiría gobernar en solitario. Sería el primer gobierno regional de una fuerza situada a la derecha de los conservadores de la CDU-CSU desde la derrota del nazismo y la capitulación de la Alemania nazi en 1945. Ello supondría el derribo de facto del cordón sanitario mediante las urnas y una seria amenaza para lo que resta de mandato del canciller Friedrich Merz.
Polarización social
La campaña electoral en Sajonia-Anhalt ha tomado velocidad las últimas semanas y ha evidenciado la polarización social que sufre la región. Mientras los carteles de AfD prometen “salvar el país” y que “todo es posible”, las direcciones del resto de partidos —incluida la CDU— insisten en mantener el cordón sanitario o cortafuegos frente a la ultraderecha.
Las calles de Magdeburgo muestran señales de polarización y crispación: carteles en que Los Verdes se comprometen a combatir a “los nazis” aparecen rasgados; una pintada en el suelo advierte de que “AfD funktioniert nicht” (“AfD no funciona”); al caer la noche, alguien proyecta con luz sobre la fachada de la catedral: “No renunciamos a lo que queremos. El auténtico amor por la patria no es AfD”.
Cunde la impresión de que si no eres de derechas, eres un ecologista de izquierdas asqueroso. Entonces prefiero ser una ecologista de izquierdas asquerosa
Pese a que las encuestas apuntan a una victoria clara electoral de la ultraderecha, que aglutina como ningún otro partido el malestar creciente de una parte importante de la población alemana por la mala marcha de la economía, las proyecciones pueden generar la falsa sensación de que AfD avanza aquí sin oposición. Más de un 50% de los votantes sigue apostando por otras opciones electorales, todas ellas opuestas —de momento— a pactar con la ultraderecha.
“Cunde la impresión de que si no eres de derechas, eres un ecologista de izquierdas asqueroso. Entonces prefiero ser una ecologista de izquierdas asquerosa”, dice Silvia frente a la “fiesta familiar” que AfD ha organizado en Magdeburgo a dos días de las elecciones. El partido, con su flamante candidato a primer ministro, Ulrich Siegmund, ha reunido a varios miles de personas en uno de los márgenes del Elba.
Silvia nació en la República Democrática Alemana —RDA, el desaparecido régimen socialista oriental— y ha hecho buena parte de su vida en Sajonia-Anhalt. Mientras observa desde fuera del recinto a las miles de personas congregadas por AfD, esta jubilada se niega a aceptar que el partido de ultraderecha, considerado de extremista de derecha por los servicios secretos regionales, vaya a conseguir mayoría absoluta. El domingo votará contra ello. Y, pase lo que pase, permanecerá en Sajonia-Anhalt: “Si todos nos vamos, entonces todo se hundirá”.
Miedo al hundimiento
Buena parte de la población de Alemania oriental sabe qué se siente cuando el Estado en el que vives se hunde de un día para otro, cuando las certidumbres de ayer se convierten en miedo a perder todo lo que has construido durante una vida. La inesperada apertura del Muro de Berlín en 1989 trajo consigo alegría y esperanza de mejoras en un país, la RDA, que arrastraba una crisis económica estructural y un profundo endeudamiento.
Esa euforia fue dando paso a la frustración y al desengaño a causa del desmantelamiento de buena parte del tejido productivo del este de Alemania y de la consecuente destrucción del empleo. Todo ello ha dejado un trauma innegable en la población germano-oriental, lo que alimenta hoy el miedo a perderlo todo otra vez y da alas al voto protesta que canaliza AfD.
Más de tres décadas después de la reunificación alemana, la mejora material de los estados federados del este del país también es innegable. El desempleo es relativamente bajo (8% en Sajonia-Anhalt), las infraestructuras son infinitamente mejores que en la década de los 90 y los servicios sociales también. Pese a ello, la brecha económica, salarial y en las pensiones entre las dos alemanias sigue estando ahí. Ello, sumado a la actual inflación y la crisis estructural que sufre el modelo económico alemán, explica no solo que AfD esté a las puertas de una mayoría absoluta en Sajonia-Anhalt, sino también que la ultraderecha se haya consolidado como primera fuerza en intención de voto en el resto del país.
“Tenemos el precio de la electricidad más alto del mundo y el precio del combustible es altísimo. En la República Checa el combustible cuesta 30 o 40 céntimos menos por litro. Lo mismo en Polonia. Es una vergüenza”, dice a elDiario.es Bernd, integrante de un grupo de simpatizantes de AfD venido desde Sajonia. No son los únicos. A la fiesta electoral convocada por la ultraderecha en Magdeburgo llega gente de otras regiones del país sin derecho a voto el domingo en Sajonia-Anhalt. AfD aspira a convertir esta región en una plataforma desde la que proyectar su modelo político al resto del país.
“El este es mucho mejor, me gusta más. Aquí la gente es mucho más abierta y simpática. En el oeste nada anda bien”, dice Timo, 24 años, de Oberhausen, cuenca del Ruhr, Renania del Norte-Westfalia, Alemania occidental. Este joven simpatizante de AfD reconoce que también le gusta más el este porque aquí hay menos inmigrantes que en su región.
Espero que por fin haya un cambio, que se acabe esta política en contra del pueblo. En mi opinión, los partidos tradicionales tienen una misión: destruir a Alemania cultural y económicamente
Timo estudia para trabajar como cuidador de personas mayores, un sector cada vez más demandado por la crisis demográfica que sufre Alemania. Y también, cada vez más dependiente de la mano de obra inmigrante. “Yo votaría AfD aunque solo fuera porque defiende con mucha fuerza nuestros intereses, los de la juventud”, dice, vestido con la camiseta de la selección nacional alemana de fútbol. “Tal y como están las cosas ahora mismo, en este país no hay futuro”.
“Espero que por fin haya un cambio, que se acabe esta política en contra del pueblo. En mi opinión, los partidos tradicionales tienen una misión: destruir a Alemania cultural y económicamente”, dice Ulf, 50 años, empleado municipal de la ciudad de Magdeburgo. Preguntado sobre los paralelismos que muchos votantes germano-orientales de AfD trazan entre los últimos años de la RDA y la actual Alemania, responde: “La desesperación de los partidos tradicionales, que ya no saben qué más hacer, qué mentiras más inventarse. En aquella época era parecido o igual. Así que Alemania necesita otro cambio. Sin duda”.
Escenarios abiertos
Friedrich Merz se juega el cargo en las elecciones de Sajonia-Anhalt. Lo sabe él y lo sabe su partido, que apenas lo ha hecho participar en la campaña electoral regional. Merz tiene la peor popularidad de un canciller desde que hay registros, así que su presencia en Sajonia-Anhalt habría ayudado más bien poco a una CDU que lucha en las encuestas por recortar distancia con la ultraderecha.
Tres son los posibles escenarios tras las elecciones del domingo: una mayoría absoluta de AfD, que le abriría las puertas de su primer Gobierno regional; una victoria clara pero insuficiente de la ultraderecha, que permitiría a la CDU intentar un gobierno en minoría con el apoyo del resto de partidos, incluidos los poscomunistas de La Izquierda —esto solo funcionará si consiguen entrar al Parlamento los socialdemócratas del SPD y Los Verdes—; y una repetición electoral ante la incapacidad de formar Gobierno.
Hay un cuarto escenario posible: un posible levantamiento dentro de las filas de la CDU en Sajonia-Anhalt contrarias a una colaboración con La Izquierda. Dentro de las federaciones orientales del partido conservador hace tiempo que crecen las voces que piden tumbar el cordón sanitario y normalizar las relaciones con AfD. Sajonia-Anhalt puede ser la gota que colme la paciencia de esos sectores díscolos.
Algo similar ocurrió en Turingia en 2020, cuando la CDU, la ultraderecha liderada por Björn Höcke y los liberales del FDP votaron conjuntamente por un candidato a primer ministro alternativo al de La Izquierda. La llamada “crisis de Turingia” le costó el puesto de presidenta de la CDU a Annegret Kramp-Karrenbauer, quien debía ser la sucesora de la entonces canciller Angela Merkel. Ese episodio político supone un serio precedente para Merz. Alemania y el canciller contienen la respiración con la vista puesta en Sajonia-Anhalt.
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