Francesc Soler, periodista: “Hemos convertido a un asesino como Mangione en un icono sólo porque es guapo, ¿qué nos pasa?”
En diciembre de 2024, el CEO de una aseguradora médica estadounidense fue asesinado en plena calle. El hecho pasó relativamente desapercibido en el país de las armas y los tiroteos, pero la cosa cambió cinco días después, cuando el FBI detuvo al -ya confeso- autor del crimen. Bajo una capucha de chándal se escondía Luigi Mangione, un joven de 26 años que incendió las redes. Aunque sus actos fueron una crítica radical al sistema de sanidad privada, con lo que se quedó el mundo fue con una sola cosa: era muy guapo.
Mangione se convirtió rapidísimamente en un icono pop que ha inspirado innumerables productos de merchandising. Es un objeto de deseo -en todos los sentidos- y las crónicas sobre su caso se colocaban en las páginas de sociedad, no en las de tribunales. Pero Mangione no es un caso aislado, también ha pasado con los hermanos Menéndez o, más cerca de casa, con Daniel Sancho. Lo que les une es su físico, que ha encandilado a una sociedad que ha olvidado que se está enamorando de homicidas.
Este fenómeno es conocido como hibristofilia y es lo que analiza el periodista Francesc Soler (Roda de Ter, 1978) en su libro Los asesinos guapos (Alrevés, 2026), un libro en el que analiza esta fascinación explicando los procesos biológicos tras el pretty privilege y las consecuencias de un mundo que ha convertido la violencia en entretenimiento a través del true crime.
Su libro nace de una fascinación personal por las pasiones que levantan los asesinos guapos. ¿Qué es lo primero que usted piensa cuando ve la foto de Mangione?
Pues que, más que a un asesino, estaba mirando a un actor de Hollywood interpretando a un asesino.
Realmente, aquellas primeras imágenes recordaban mucho a Zac Efron en el papel del asesino en serie Ted Bundy en Extremadamente cruel, malvado y perverso.
Exacto. Estamos tan acostumbrados a las ficciones sobre crímenes que subliman o romantizan a un asesino que, cuando el criminal se nos presenta en esta forma, con esta cara de galán de cine, nos cuesta mucho verlo como un monstruo o una mala persona. Y claro, pues pasó lo que tenía que pasar: todos nos enamoramos de Mangione, un asesino, porque le veíamos cara de bueno.
¿Tuvo algo que ver que su crimen estuviera motivado por una cuestión política?
Creo que en su club de fans, los que justifican la acción políticamente, son una minoría. Claro que hay gente que le ve como una especie de Robin Hood o Che Guevara, pero tengo la sensación de que el fenómeno mediático alrededor de su belleza se ha comido la motivación política, muy a su pesar. No creo que Mangione se quisiera convertir en un icono de la moda, sino en líder de un movimiento contra las aseguradoras médicas.
Nuestro cerebro necesita atajos: si ve una serpiente, interpreta que es peligrosa. Pero, si ve a una persona guapa, piensa que es confiable y que no nos dañará
Decía antes que, como Mangione tiene cara de galán, no podemos verlo como alguien malo. ¿Por qué relacionamos belleza con bondad?
Por el efecto halo. Es una de las cosas que he aprendido con este libro. Nuestro cerebro necesita atajos: si ve una serpiente, interpreta que es peligrosa y se pone en guardia. En cambio, si ve a una persona guapa, piensa que es confiable, buena, inteligente y que no nos dañará. Entonces, no es sólo que no nos pongamos en guardia, sino que bajamos la defensa. Eso es algo de lo que se aprovechan desde vendedores de enciclopedias hasta asesinos como Ted Bundy [asesino que mató a 36 mujeres jóvenes durante la década de los 70 en Estados Unidos].
Precisamente personas como Ted Bundy demuestran que ser guapo no es intrínsecamente sinónimo de ser bueno. ¿Por qué nuestro cerebro hace esa asociación?
Son comportamientos instintivos que llevamos impresos en nuestro ADN. Es muy triste, pero viene de nuestra voluntad de perpetuar la especie y escoger los mejores ejemplares. Aquellos que tienen una cara más armónica, los que no tienen ninguna tara física…
Se trata, no de una elección, sino de un comportamiento instintivo y que pasa porque la zona del cerebro que se activa ante la belleza es el circuito de recompensa, el mismo que reacciona cuando probamos el chocolate, cuando pensamos en sexo o cuando vemos a Luigi Mangione. Es puramente biológico, pasa en todo el mundo y a gente de todas las edades.
Una cosa es que nos gusten los guapos y otra que la belleza sea capaz de pasar por encima del hecho de que sean asesinos...
Eso es todo un fenómeno. Su punto más extremo es la hibristofilia, que es la atracción sexual o enamoramiento que sienten ciertas mujeres -porque suelen ser mujeres-, hacia criminales de sangre o violadores. No a pesar de que sean asesinos, sino precisamente porque lo son. Porque asocian sus actos a una hipermasculinidad, a un hombre de acción que les promete grandes emociones.
Y, luego, está la parte del instinto maternal o protector. El de la salvadora que justifica los actos de su amado ya sea porque tiene mucho carácter o porque, de pequeño, no le quisieron suficiente. Y cree que, a base de amor, le podrá cambiar.
El hombre triunfador es el violento que rompe las normas. Eso, llevado muy al extremo, puede hacer que los asesinos parezcan atractivos a ciertas mujeres
Bueno, pero no hablamos de un malote a lo Mario Casas en Tres metros sobre el cielo…
La criminóloga Carlota Elías, a la que cito en el libro, hizo un estudio con chicas preadolescentes, adolescentes y jóvenes y detecta lo que llama “patrones hibristofílicos” en relaciones cotidianas, muy relacionadas con el tipo de cine que han visto y literatura que han consumido. En películas como la que mencionas esta figura masculina está muy presente.
Ellos acaban siendo el patrón de hombre triunfador; los que se saltan las normas, violentos y maltratadores. Eso, llevándolo muy al extremo, puede hacer que los asesinos parezcan atractivos a ciertas mujeres.
Sigue pareciéndome incomprensible. Igual que el ejemplo que cuenta de writeaprisoner.com, [Escribe a un preso] una página web pensada para que los presos pudieran tener contacto con el mundo exterior y que se acabó convirtiendo en una especie de Tinder de reclusos.
Es muy sintomático de la tríada que he querido estudiar y que se conforma por la belleza, el true crime y las redes sociales. En esta confluencia cobra mucho sentido esta página web porque su éxito no se basa sólo en el morbo de fantasear con criminales, sino en explicarlo en tiempo real en TikTok.
Cuando los hashtag #loveprisoner o #prisonlove [enamórate de un preso o amor de prisión] se hicieron virales, muchas chicas vieron que contar su correspondencia y su relación con criminales podría darles mucha notoriedad en redes. Y cuánto más popular se hace el hashtag, más cartas se reciben en esta web. El mensaje que dan va en la línea de “igual es un monstruo, pero es que está muy bueno” o “será un delincuente, pero me quiere”. Esas justificaciones son otra de las características de la hibristofilia.
Esta voluntad de compartir y convertirlo todo en entretenimiento borra la frontera entre realidad y la ficción y hace que mucha gente no sepa realmente qué está haciendo ni viviendo. El criminal se acaba convirtiendo en un objeto de deseo abstracto y lo que ha hecho pierde importancia. Y así llegamos a casos, que me cuestan mucho de entender, de mujeres que se enamoran de feminicidas.
En su libro culpa de eso a las producciones de Netflix. ¿Por qué?
Volvamos a Luigi Mangione y a lo que decía al principio. Que sea guapo pesa más que el hecho de que sea un asesino. Y es culpa de nuestra obsesión por los true crime. ¿Por qué? Pues porque Mangione tiene la cara de cualquiera de los actores que podemos ver en esas series y películas que están tan de moda y que nos han enseñado que podemos celebrar el cuerpo de un hombre aunque sea un asesino. Porque, al final, no deja de ser ficción, ¿no?.
Uno de los asesinos más elogiados de Netflix es el protagonista de You, un joven guapísimo que parece un niño bueno, pero que se obsesiona con las mujeres de las que se enamora. El actor que le interpreta, Penn Badgley, llegó a recibir tantas declaraciones de amor hacia su personaje que se vio obligado a publicar un mensaje en X recordando a sus fans de que estaban hablando de un acosador y un asesino.
Escoger a actores guapos para interpretar a asesinos es una manera de explotar la vanalización de la violencia de una sociedad que consume true crime como ocio
You no deja de ser una ficción, pero hay series basadas en hechos reales en los que el actor escogido para interpretar al asesino en cuestión es mucho más guapo que el original. Y eso no es casualidad.
¡Qué va! Zac Efron interpretando a Ted Bundy o los dos buenorros que escogió Netflix para dar vida a los hermanos Menéndez son decisiones tomadas a sabiendas de que el morbo del true crime y un chico guapo hacen buena pareja. Y funcionó, porque había toda una generación que no conocía esos nombres y, de repente, se enamoraron de ellos. Escoger a esos actores no deja de ser una manera de explotar la vanalización de la violencia a la que ha llegado esta sociedad que consume true crime como ocio.
Ojo, que me incluyo. Y me despierta contradicciones. Hay veces que estoy en la elíptica, en el gimnasio, y me doy cuenta de que estoy escuchando no sé qué de un caníbal o de un descuartizamiento y pienso: ¿Qué estás haciendo? Y me pongo a Madonna.
De todos esos asesinos guapos hay dos de los que menciona en el libro que son especiales porque nos son contemporáneos: Luigi Mangione y Daniel Sancho. ¿Hay diferencia entre cómo se trata a un criminal atractivo hoy y cómo se le trataba hace años?
¡Y tanto! Sobre todo, por el papel de las redes sociales. A los pocos días de la detención de Mangione, se organizó un concurso de dobles suyos en una universidad americana. Los programas de televisión empiezan a hacer bromas diciendo que claro que tenía ascendencia italiana porque en sus abdominales se podría rallar parmesano. El periódico argentino La Nación llegó a publicar una noticia titulada “El sorprendente cambio de look de Luigi Mangione en la Corte de Nueva York”.
Ante la que comparecía acusado de asesinato…
Correcto. Pero la noticia era su nuevo peinado. Y lo mismo pasó con Daniel Sancho; recuerdo que la revista Semana publicó hace poco una noticia sobre un cambio normativo que retrasaría su extradición y la ilustraban con una foto suya a toda página sin camiseta, a lo surfista. Estamos hablando de un tipo condenado, juzgado, lo hemos visto esposado… Había más imágenes entre las que escoger.
Otra de las cosas de las que se habla en el caso de Sancho es sobre su sexualidad. Sorprende que muchos medios llegaran a presentarle como una víctima que fue engañada por Edwin Mendieta…
Y todo por no poder aceptar que fuera homosexual. Claro, es que un chico blanco, de buena familia, guapísimo y nieto de Curro Jiménez. Es que ¿cómo va a ser gay el nieto de Curro Jiménez? Y mucho menos con alguien como Mendieta, que no tenía una belleza canónica, que era mayor y latinoamericano.
Este público homófobo y racista, encandilado por la guapura de Sancho, necesitaba explicarse cómo podía ser que estos dos tuvieran una relación. Y se imaginan que Mendieta había engañado a Sancho, que le había sobornado con dinero porque el pobre chaval no había encontrado ninguna otra salida a su situación. Y claro, no tuvo otra opción que matarle.
Es una justificación del crimen desde el minuto uno, una inversión de los roles y una muestra de cómo actúa el efecto halo: como el guapo no puede ser malo, le convertimos en víctima. Recordemos que hablamos de una persona que mató a su amante y le cortó en trocitos. Un accidente precisamente no fue. Pero se trata como una especie de crimen de honor: mató a su amante para restaurar su masculinidad.
Hemos visto que el efecto halo funciona en la sociedad, pero ¿el privilegio de los guapos llega también a los tribunales?
La justicia no es tan ciega como debería. Hay estudios, pocos, pero los hay, que apuntan con datos a que las personas atractivas reciben menos condenas y que, cuando se les castiga, es con menos años. También hay estudios que indican que las personas guapas delinquen menos.
Si Luigi Mangione hubiera sido afroamericano, igual ni seguía vivo porque ya sabemos qué hace la policía estadounidense con las personas negras
Bueno, pero ahí hay un componente de clase. Tener dinero, una buena alimentación y trabajos no extenuantes te hace más guapo. Y, a la vez, te garantiza una seguridad material que te aleja del camino del crimen.
Totalmente. Por eso, además, los criminales guapos llaman la atención, porque son los menos. Y eso les protege. Si cuando Luigi Mangione se quitó la capucha hubiéramos visto a un chico afroamericano de los suburbios de Baltimore igual ni seguía vivo porque ya sabemos qué hace la policía estadounidense con las personas negras.
De los pocos casos de criminales guapos y racializados que recojo es el de Jeremy Meeks, un pandillero al que su foto policial le cambia la vida. Una vez se filtra, se despierta una fascinación tal que, cuando sale de la cárcel, lo acaba fichando una agencia de modelos.
Pero él no había matado a nadie, que se sepa. De entre todos los casos de asesinos guapos que despiertan pasiones, ¿cuál es el que más le inquieta?
Para mí, el más doloroso es el de Wade Wilson, un hombre que se hizo famosísimo por compartir nombre con el personaje de Deadpool y, además, por ser un tipo guapo con toda la cara tatuada. Pero, además, había asesinado a dos mujeres a las que confesó haber matado por el placer de matar. Y jamás mostró signos de arrepentimiento, al contrario.
A pesar de eso, se montó una colecta de fondos que consiguió millones de dólares para pagarle la defensa. Muchas mujeres le enviaron cartas y fotos provocativas a la cárcel. Puedo entender que alguien simpatice con Mangione si comulga con sus ideales políticos, pero ¿un feminicida?
Viendo la fascinación que levanta un hombre como Wade, ¿qué cree que pasaría si la extrema derecha consiguiera un líder guapísimo?
Que todo sería mucho más difícil porque seguimos sin querer ver que los monstruos también pueden tener cara de ángeles.
Así como a Meeks lo ficha una agencia de modelos, ¿ha habido casos de asesinos atractivos fichados por partidos políticos?
No por políticos que yo sepa, pero sí ha habido diversos que han sido fichados tras su paso por prisión. Un ejemplo es Jack Unterweger, un austríaco condenado a cadena perpetua por asesinar a prostitutas que, en la cárcel, se convirtió en escritor y periodista. Pues gustó tanto este cambio, unido a su cara bonita, que se montó una campaña, con premios Nobel incluidos, para pedir su liberación. Y salió. Publicó libros, trabajó para periódicos y ¿sabes qué más? Volvió a matar a más trabajadoras sexuales.
Por no hablar de los que son fichados por las productoras de cine y series. No ellos, claro. Pero sí sus historias. Y eso nos lleva a preguntarnos qué nos ha pasado para tener como referentes culturales a asesinos. Es que de Mangione hay carteles, pintadas y esculturas por todo el mundo. En Times Square hay una imagen de él caracterizado como un santo. Hay musicales, se han hecho pasteles, manicuras, camisetas y hasta se han comercializado réplicas de las balas que usó para matar a su víctima. Hemos convertido a un asesino en un icono sólo porque es guapo, ¿qué nos pasa? ¿qué dice eso de nosotros?.
En su libro sólo habla de asesinos hombres. ¿Qué pasa con las mujeres? ¿Ellas no despiertan esta fascinación?
Así como el efecto halo es universal, la hibristofilia se da mucho más entre mujeres porque está muy relacionada con la masculinidad. La diferencia se puede ver muy clara en el caso de Rosa Peral. Es una seductora, una Matahari, una mujer poderosa; tiene muchos elementos en común con los asesinos que analizo, pero esos rasgos a los hombres heterosexuales no les gustan tanto.
Hemos avanzado mucho, pero la ficción sigue marcando nuestros patrones y, si nos fijamos en las películas y las series, el modelo de mujer que gusta es el de una desvalida que busca protección. Alguien frágil. O, en algunos casos, una mujer con un cierto grado de fortaleza e independencia, pero que, en algún momento, siempre ha de acabar buscando la ayuda de un hombre. No matándolo.
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