El true crime, o la pulsión hacia los sucesos
Género policíaco o crónica negra, sucesos, giallo para los italianos, true crime ahora, lo que toda la vida se han llamado sucesos. El relato sobre crímenes, asesinatos, agresiones y delitos más o menos truculentos es transversal: triunfa en las artes visuales y en las narrativas, especialmente en éstas. En la literatura universal con grandes maestros especialistas en el género, sobre todo mujeres, lo que es un fenómeno que siempre me ha llamado la atención. Desde las clásicas escritoras Patricia Highsmith –acabo de ver de nuevo la adaptación de Extraños en un tren (Alfred Hitchcock, 1951), qué maravilla– o la reina del suspense Agatha Christie, con una abundante producción con éxito permanente y actualizado, de lo que es buena prueba la multitud de adaptaciones audiovisuales que siguen apareciendo de sus obras. En España también tenemos grandes autoras del género, como Giménez-Bartlett o Dolores Redondo. Y en periodismo, la mítica Margarita Landi, la cronista que desde El Caso informaba de los truculentos crímenes de la España de los años cincuenta.
Los sucesos han sido consustanciales con la historia de los periódicos y los medios de comunicación desde su fundación. En mis clases hago la broma a mis alumnos. La primera noticia de impacto en la Biblia fue precisamente, un suceso: Caín mata a Abel. Antes hubo otras, que si Yahvé crea el cielo y la tierra, que si la costilla de Adán, que si la manzana y la serpiente… Pero informativamente el primer crimen de la historia según el Viejo Testamento supera en atractivo al resto de tramas sin ninguna duda. La crónica negra ha estado vinculada también con la historia de la televisión. Aquí en España en un fenómeno muy estudiado, se considera el caso Alcàsser –el de las tres adolescentes violadas y asesinadas por el prófugo Antonio Anglés en 1992– como un punto de inflexión. La competencia en amarillismo entre las distintas televisiones para conseguir testimonios impactantes, en un momento de altísima competencia cuando las estaciones privadas acababan de aterrizar en nuestro país, marcó las más altas cotas de desprestigio del periodismo audiovisual. Nieves Herrero –Horrores se le llamó–, la conductora del programa que Antena 3 hizo en directo desde el teatro de Alcàsser después de la aparición de los cadáveres de las niñas, se ha quedado para la historia de la televisión como epítome de la telebasura y ese día hundió su carrera profesional. Lo recuerdo bien: aquel día yo, uno de tantos, trabajaba para ese programa. Después de aquello una ola de vergüenza y sensibilización con las víctimas pareció invadir el ecosistema mediático, y abundaron los que se daban golpes en el pecho hablando de recuperar el servicio público y marcando los límites que la información no debía sobrepasar. Han pasado más de 30 años desde entonces, tiempo suficiente para analizar lo que pasó con perspectiva y hacer balance y la verdad, creo que tampoco han mejorado tanto las cosas respecto a aquella época.
Entrando en materia ya de lo que nos interesa que son los podcast, el nuevo nombre para definir lo de siempre, es true crime, que ya se sabe que si se dice en inglés todo queda como más estiloso. Desde luego es el género estrella también aquí, y sobre todo –qué sorpresa– para las mujeres. Según un estudio reciente de Kantar, el 46% siente predilección sobre los podcasts sobre crímenes. La historia de esta revitalización de los contenidos de audio está vinculada en el origen además, al éxito del considerado como primer podcast de la historia. Serial, el espacio nacido en el año 2014 en la emisora pública norteamericana NPR dentro del programa contenedor This American Life, es una investigación muy trabajada sobre el asesinato de una estudiante de Bachillerato, del que acusan a un compañero. Y la gran novedad es que empezó a difundirse como contenido diferenciado del programa a través de internet. Y ahí, con ese primer éxito universal de un programa de sucesos, empezó todo.
Desde entonces el género viene triunfando también en los podcasts. En España son multitud, algunos de grandísima calidad: por ejemplo, Las tres muertes de mi padre (2018) que es una serie sobre un atentado del Comando Madrid de ETA que en 1993 dejó siete muertes. El autor es el periodista Pablo Romero, hijo de uno de los asesinados. Estuvo trabajando 5 años en la investigación, y consiguió que la Audiencia Nacional abriera una nueva instrucción judicial sobre el caso.
El más grande del género negro periodístico en nuestro país es Carles Porta: en 2005 triunfó con el libro Tor, la montaña maldita, que luego se convirtió en el podcast Tor, tretze cases i tres morts. En El segrest, sobre el famoso caso de la farmacéutica de Olot, introdujo el sonido binaural. La empresa de nuestro Truman Capote catalán lo deja claro todo con su nombre: True Crime Factory.
Y antes de acabar quiero destacar un podcast singular que ha estrenado hace poco su cuarta temporada: Crímenes, el musical de la productora El extraordinario, con la periodista Mar Abad a los mandos. Desde el primer al último capítulo, sorprende esa mezcla gamberra de sangre y crímenes truculentos del siglo XIX contados mediante una narrativa transgresora y llena de humor. Y combinado todo además con un despliegue sorprendente de recursos sonoros y música atrevida y desenfrenada: boleros, bossa nova, música disco, reguetón y zarzuela. Está realizado por gente que ama el folletín, el cabaret, el género chico, el burlesque, y que se zambulle en el periodismo decimonónico para contar historias de siempre de una forma nueva. Cachondeo, y true crime, quien da más? Oíganlo: es la mejor manera de comprobar que se pueden contar las historias de siempre, y a la vez conseguir ser muy original e innovador.
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