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1936-1939 La guerra que perdimos todos: un caso de prevaricación científica

El cartel de las jornadas.
1 de febrero de 2026 21:29 h

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El delito de prevaricación se puede cometer por dictar “a sabiendas” una resolución injusta o por hacerlo por “ignorancia inexcusable”. 

No sé por cuál de las variantes de la prevaricación optará Arturo Pérez Reverte al haber puesto el título a las jornadas sobre la Guerra Civil a celebrar en Sevilla, 1936-1939 LA GUERRA QUE PERDIMOS TODOS. 

Puesto que sabemos que el propio Pérez Reverte ha justificado con una mentira por qué le puso ese título, ya que no ha habido ningún problema de maquetación, operación en la que se perdieran los signos de interrogación que figuraban en el original, sino que no figuraron nunca, queda claro que el rey se ha quedado desnudo. 

¿El título está puesto “a sabiendas” de que se estaba dando gato por liebre o fue resultado de una “ignorancia inexcusable”? Tras el recurso a la mentira como justificación no queda otra alternativa. 

Lo más probable es que Pérez Reverte pensara que ninguno de los participantes impugnara el título de la forma en que lo ha hecho David Uclés, pero una vez que la impugnación se ha producido, la respuesta ha sido el reconocimiento de la prevaricación científica en cualquiera de sus dos variantes. La mentira no deja lugar a dudas.

Porque, además, los signos de interrogación no limpian el título. Estamos en 2026 y a estas alturas del guion “la guerra que perdimos todos” no tiene justificación posible. Ni con signos de interrogación ni sin ellos.

Santos Juliá lo dejó meridianamente claro en el primer capítulo de “Transición” (Galaxia Gutemberg. 2017), que empieza con la siguiente cita de Juan Benet a los cuarenta años de su inicio: “La Guerra Civil de 1936 a 1939, sin duda alguna es el acontecimiento histórico más importante de la España contemporánea y quien sabe si el más decisivo de su historia”. (“Qué fue la Guerra Civil”, 1976).

Santos Juliá añade: “Y ahora, cuando han transcurrido otros cuarenta años, no cabe decirlo de otra manera más que suprimiendo sus cautelas: ya lo sabemos todos, sin duda alguna. Es cierto que guerras y revoluciones hubo varias desde 1808: contra el invasor francés, llamada de independencia; entre las facciones absolutistas y liberales, que han pasado a la historia con el nombre de carlistas; la guerra de Cuba, interminable y, en ella, un desastre de guerra contra Estados Unidos en 1898; y de desastre a catástrofe, la guerra de Marruecos… Pero, a pesar de las muchas guerras e insurrecciones, ninguna de ellas agota la explicación del siglo XIX, ninguna se ha convertido en razón de ese siglo. No ocurre lo mismo en el XX, radicalmente impensable sin la Guerra Civil. Y esto es así porque, a diferencia de las guerras del siglo XIX, que unas veces acabaron sin un claro vencedor y otras dieron lugar a paces y abrazos de distinto signo, la Guerra Civil del siglo XX logró plenamente el propósito de quienes la iniciaron tras un golpe de Estado fallido: un vencedor que exterminó al perdedor y que no dejó espacio alguno para un tercero que hubiera negociado una paz o servido de mediador entre las dos partes. La Guerra Civil, que no hubiera podido prolongarse durante 32 meses sin una decisiva intervención extranjera, redujo la complejidad y múltiple fragmentación de la sociedad española del primer tercio del siglo XX a dos bandos enfrentados a muerte, con el resultado del que el vencedor nunca accedió a ningún tipo de pacto que posibilitara la reconstrucción de una comunidad política con los perdedores y volviera a integrarlos en la vida nacional. La Guerra Civil no fue la culminación de una historia, sino su quiebra brutal, un corte profundo infligido a la sociedad española que, desde 1939, quedó amputada para siempre de una parte muy notable de sus gentes y de su historia”

¿No ha leído Arturo Pérez Reverte a Santos Juliá o a Juan Benet? 

Con la investigación científica, digna de tal nombre, de la que disponemos, es imposible justificar el título de las jornadas, ni con signos de interrogación ni con ellos. Si Arturo Pérez Reverte conoce esa investigación, no puede haber puesto el título con otra finalidad que no sea la de “servir a su señor”, sea este quien sea. Y si no la conoce ¿qué hace organizando esas jornadas?  

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