Miguel Ángel Rodríguez, el señor Lobo de Ayuso impune ante la Justicia y el parlamento
Mintió en el Tribunal Supremo. Insulta cada semana al presidente del Gobierno. Amenaza con cerrar medios de comunicación. Y sigue en su cargo público como jefe de gabinete de la presidenta autonómica con más poder e influencia en la política española. Se llama Miguel Ángel Rodríguez, aunque amigos y exégetas lo apodan MAR, lleva media vida en política y hoy es la segunda persona con más autoridad en la Comunidad de Madrid. Algunos dicen que la primera, por delante de la presidenta, Isabel Díaz Ayuso, la política que lo reclutó para su campaña electoral de 2019 después de que Pablo Casado la designase —para sorpresa de muchos— cabeza de cartel en la Comunidad. La misma que le puso un sueldo público a Rodríguez en enero de 2020, meses después de aterrizar —para sorpresa de muchos más— en la presidencia de Madrid. Sin haber sido la lista más votada, con el peor resultado en décadas del PP de Madrid y tras haber pactado con Vox y Ciudadanos al mismo tiempo.
Miguel Ángel Rodríguez percibe un salario de 100.000 euros como alto cargo de la Comunidad, según el portal de Transparencia. Pero nadie que lo conozca defenderá que fue esa nómina la que motivó su regreso a la política dos décadas después de haber cesado como portavoz del Gobierno de José María Aznar. Aquella salida se vendió como una dimisión y probablemente lo fuese. También es cierto que Jordi Pujol, socio del PP entonces, había exigido a Aznar un cambio de tono en las declaraciones de Rodríguez, en especial sobre las reivindicaciones catalanistas después de que MAR dijese en público que los catalanes acabarían jugando a las canicas.
Habíamos quedado en que Rodríguez no regresó a la primera línea política por dinero. 100.000 euros es calderilla para un experiodista con un patrimonio que ronda los seis millones, con cinco pisos repartidos entre Madrid y Valladolid, una nave industrial en Toledo, acciones en empresas, cuentas corrientes, vehículos de alta gama y picos de alguna herencia.
Con 22 años ya se permitía decirle al director de su periódico en El Norte de Castilla qué partido iba a cubrir en las elecciones regionales de 1987. Eligió Alianza Popular, viajó a mítines en el coche con el candidato Aznar, junto a su esposa Ana Botella, y de aquella campaña que acabó en sorpresa electoral ya no salió como cronista sino como portavoz del nuevo Gobierno de Castilla y León. Al redactor veinteañero el periodismo ya se le había quedado corto y las siguientes llamadas a los directores de medios para contarles cómo enfocar las campañas las haría ya desde sus despachos en la política. A eso se dedicó la siguiente década, primero en Valladolid y después en la Moncloa.
Podría escribirse que su éxito se debe al dominio de las relaciones con la prensa. Sería una frase redonda, y como casi todas, también inexacta. Habría que medir ese talento sin la chequera de la publicidad institucional y los presupuestos millonarios que maneja (primero en el Gobierno de Aznar y ahora en el de Ayuso). Cuando quien llama a un director para abordar cuestiones informativas es el mismo que reparte la tarta del dinero de los anuncios todo se vuelve más sencillo. A Rodríguez se le atribuye la frase de que “no hace falta comprar un medio de comunicación, basta con ser su mejor cliente”. Pudiera ser parte de la leyenda que lo acompaña. Él nunca la ha desmentido.
Medios como Infolibre han hecho aproximaciones sobre el gasto en propaganda de la Comunidad de Madrid, 24 millones de euros el año pasado en 4.284 pagos (más de once al día, incluyendo domingos, festivos y vacaciones). La oposición en pleno, desde Más Madrid hasta Vox, pasando por el PSOE aseguran que es una bolsa para comprar voluntades y algunos diputados que han escrutado las cuentas del Gobierno de Ayuso sostienen que en esa partida de gastos no están todos los que son.
Tanto como sus infalibles dotes para la comunicación, esa partida presupuestaria explica el tratamiento de alguna prensa sobre los escándalos que rodean a Ayuso, las comisiones cobradas por su hermano y el fraude fiscal de su pareja. Sobre todo después de que las tretas de Rodríguez hayan quedado al aire en el Supremo. Su comparecencia ante el tribunal en el caso que acabó condenando al fiscal general por revelación de secretos dejó a la vista de todos las mentiras que contó a medios de comunicación que, sin recibir ninguna prueba, titularon como pedía el jefe de gabinete. La publicación de una supuesta propuesta de negociación de la Fiscalía a la pareja de Ayuso (que no se había producido) y de las órdenes de arriba para frenarla (que también eran falsas) salieron del teléfono móvil de MAR horas después de que elDiario.es publicase el escándalo de las comisiones millonarias y el fraude fiscal de la pareja de Ayuso.
El jefe de gabinete urdió su gran bulo y a la vez una de las victorias más contundentes del tándem Rodríguez & Ayuso. Donde Hacienda primero y la Fiscalía después habían visto un fraude fiscal de libro con facturas falsas y empresas pantalla, tan de libro que llegó a confesarlo por escrito el propio investigado a través de su abogado, Ayuso y MAR se inventaron una confabulación de poderes del Estado contra la presidenta de Madrid.
“Lo sé porque tengo el pelo blanco”, dijo en la fase de instrucción en el Supremo, cuando ya habían quedado claras las patrañas que contó a sus medios amigos y que chocan con la verdadera secuencia de los correos electrónicos. “Soy periodista o trabajo en política, no soy un notario que necesite una compulsa”, intentó disculpar meses después sus falsedades ya en el juicio cuando se le preguntó de dónde habían salido sus intoxicaciones.
Ningún medio de comunicación ha pedido perdón por publicar las invenciones de Rodríguez. Y eso que las reprodujeron media docena de diarios y alguna radio. La mayoría ni siquiera citó fuentes, asumió como propio el relato falso. Rodríguez sigue en su puesto tras haber mentido a la prensa y al propio Supremo cuando dijo que nadie de elDiario.es le había llamado para pedir su versión sobre el fraude fiscal. En la fase de instrucción y durante el juicio. Su impunidad no se quedó ahí: el más alto tribunal del país le permitió insultar a periodistas de esta redacción, calificarlos de “violentos” y “escandalosos”.
Esos ataques ya habían formado parte de sus maniobras de distracción cuando elDiario.es publicó las primeras exclusivas sobre la pareja de Ayuso, no solo sobre su fraude, también sobre las casas que disfrutaba la pareja. Rodríguez aseguró a varios medios que dos periodistas encapuchados de elDiario.es habían intentado entrar por la fuerza en casa de la presidenta. De otros dos redactores de El País, que realizaban indagaciones sobre la vivienda donde reside Ayuso, dijo que habían estado “acosando a menores” en las inmediaciones de la casa.
Algunas de sus acusaciones (y los datos confidenciales de las identificaciones rutinarias de periodistas que hizo el servicio de contravigilancia de la presidenta) acabaron en la denuncia que presentó González Amador en el juzgado. Cómo llegaron esos datos que solo puede manejar la policía a una denuncia de un particular, precisamente por revelación de secretos, es algo que nadie ha explicado.
Sea por su destreza a la hora de fabricar relatos, por lo cautivos que siguen algunos de los medios por sus campañas de publicidad, o por ambas cosas, a Miguel Ángel Rodríguez apenas le han pasado factura barbaridades que dejarían a cualquier otro cargo público fuera de juego. Ni siquiera cuando amenazó con cerrar elDiario.es y triturar a sus periodistas. Su jefa, Isabel Díaz Ayuso, no solo lo respalda sino que se permite hacer alegatos a favor de “la prensa libre” frente a la dictadura que ella ve en España. En el PP nacional nadie tose a Ayuso y por delegación, tampoco a su jefe de gabinete.
Tienen fresco lo que pasó con Pablo Casado. Ya apenas se recuerda, pero su decapitación se inició con otra mascarada de la factoría Rodríguez & Ayuso. Cuando supieron que circulaba por varias redacciones pero también por la sede nacional de su partido la comisión de 234.000 euros que Tomás Díaz Ayuso, hermano de la presidenta, había cobrado de una empresa a la que el Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid había pagado millón y medio de euros a cambio de conseguir mascarillas chinas en lo peor de la pandemia, MAR improvisó una película de espías. Aseguró que en el PP nacional alguien había tratado de espiar a Isabel Díaz Ayuso. Con la colaboración de medios y periodistas de su confianza, logró convertir el pago de una empresa al hermano de la misma presidenta que le había adjudicado un contrato público durante lo peor de la pandemia en otra gestapillo interna de las que había antecedentes en el PP de Madrid.
Casado, que mantenía un fuerte enfrentamiento con Ayuso por el control del PP regional, acudió a la Cope y lanzó una pregunta criminal que, paradójicamente, acabó enterrándolo a él y no a la presidenta: “La cuestión es si es entendible que el 1 de abril, cuando morían en España 700 personas, se puede contratar con tu hermana y recibir 286.000 euros de beneficio por vender mascarillas. Yo creo que no es ejemplar. Yo no permitiría que un hermano mío cobrara 300.000 euros por un contrato adjudicado por mi Consejo de Gobierno”.
Enfurecida con el dirigente que le había dado su gran oportunidad política, Ayuso pactó con los barones la caída de Casado y su sustitución por Feijóo. El resto de la historia es conocida: ABC y El Mundo publicaron dos editoriales que daban por muerto al primer líder del PP elegido en primarias, a las pocas horas se montó una manifestación en domingo a las puertas de Génova 13 y uno a uno los miembros de la dirección nacional fueron traicionando a Casado durante un fin de semana. La decapitación de Casado duró menos de siete días.
En el entorno del expresidente del PP se dieron entonces cuenta de que los estatutos del partido están bien, pero no tienen nada que hacer ante quien puede repartir cantidades millonarias en publicidad institucional.
¿Qué fue de aquella trama de espías que el universo Ayuso denunciaba con tanta gravedad? Eso es lo de menos. Muerto Casado, Ayuso, Rodríguez y sus diarios más afines saltaron ya al siguiente capítulo en la serie del PP: que en Madrid solo hubiera una presidenta para todo. Gobierno y partido. Por supuesto, Feijóo dijo que sí. Y desde entonces, por si acaso, se cuida mucho de desairar a la baronesa.
Con el control total del PP y la mayoría absoluta en la Comunidad, Ayuso ya no pide permiso a nadie, ni en el partido y menos aún a su gobierno, y ya solo confronta con Sánchez. Esa máxima la estableció Rodríguez nada más llegar a la Puerta del Sol, eligió el despacho más pegado a la presidenta y dejó claro quién mandaba allí. Dirigentes que se han reunido con él varias veces aseguran que se refiere a Ayuso como “la niña”. Que no muestra demasiado interés por la gestión del día a día, ya que lo que importa es el relato. En más de una ocasión se ha jactado de no conocer el nombre de algún consejero. Todos han ido cambiando de gobierno a gobierno. Del anterior mandato que derivó en la actual mayoría absoluta, no queda ninguno. El mensaje es obvio: la única importante es la presidenta... Y el jefe de gabinete que también sigue y no solo para controlar la comunicación, se ocupa de la política... si es que para él no fueran la misma cosa.
Despreció a Ciudadanos cuando eran socios de Ayuso. Minimizó a Vox. Y publicó algunos tuits que pasaron rozando a Núñez Feijóo. Solo responde ante la presidenta y la presidenta hace seis años que le deja hacer. En su entorno hay personas convencidas de que su objetivo es repetir la misma hazaña de Aznar en 1996 y llevarla hasta La Moncloa. La estrategia es calcada a la que ya empleó en las postrimerías del felipismo. “Paro, despilfarro y corrupción”, “váyase señor González”, clamaba entonces Aznar. Con menos sutilezas aún, Ayuso y su guardia de corps llama directamente “hijo de puta” a Pedro Sánchez usando el eufemismo de “me gusta la fruta” que la fábrica Rodríguez se inventó cuando una cámara captó a Díaz Ayuso llamándoselo al presidente, mientras Sánchez aludía a las comisiones de su familia.
Cada rueda de prensa de cada consejero de Madrid arranca con ataques al Gobierno central. Antes incluso del turno de preguntas. Ya desde la pandemia el jefe de gabinete impuso que la estrategia de Madrid iba a ser el antisanchismo. Mientras el resto de comunidades españolas, incluso Catalunya, gobernada entonces por independentistas, seguía las recomendaciones de Moncloa y su comité de expertos para combatir la Covid, Ayuso desafiaba las restricciones y proclamaba “la libertad” de salir a tomar cañas y de la vida “a la madrileña”.
No le hizo falta mucho más para arrasar en las elecciones. En las primeras, que anticipó, se libró de Ciudadanos. En las segundas, que se celebraron cuanto tocaban, se deshizo de Vox. Cuando se pregunta qué hay detrás de los éxitos de Ayuso, la respuesta más obvia es el antisanchismo: en una región eminentemente conservadora, que acumula tres décadas ininterrumpidas de Gobiernos del PP, Ayuso se presenta como la némesis del presidente, con un discurso provocador capaz de retener a esos votantes aún más a la derecha que en otras elecciones apuestan por Vox. “Para algunos segmentos de población, es una estrella de rock, gusta a los jóvenes, pero también a los mayores”, decía poco después de su mayoría absoluta una socióloga que lleva décadas analizando encuestas.
¿Cómo se explica el fenómeno Ayuso?
Desde luego no es por su gestión, la dirigente curtida en las juventudes del PP apenas había pasado por un par de puestos menores en los gobiernos de Madrid: ejerció unos meses como viceconsejera de Presidencia con Ángel Garrido y tuvo cargos insignificantes en el partido. En los Consejos de Gobierno apenas aprueba proyectos de relevancia, la sanidad está hecha unos zorros y se ha tenido que rescatar a la Universidad Complutense, al borde de la quiebra.
Mientras todo eso sucede en las áreas donde tiene competencias, Rodríguez explota la bronca continua contra Sánchez donde no las tiene con frases que ningún otro dirigente se atreve a pronunciar en el PP. La fórmula se completa con buenas dosis de guerras culturales y un interminable álbum de fotos.
La esclerótica gestión de su Gobierno pivota sobre grandes eventos, con el regreso de la Fórmula 1 a Madrid como gran atractivo y aquellos otros proyectos susceptibles de acaparar focos: la semana de la Hispanidad junto a Gloria Stefan, el partido de la NFL en el Bernabéu, un programa para concienciar contra las drogas y el acoso escolar, que presentó con Ilia Topuria. La estrategia de MAR es inundarlo todo con titulares de Ayuso, ya sea con su atrabiliario discurso o incluso cuando calla, con obsequiosos reportajes fotográficos sobre lo bien elegida que está la blusa, el top, o el abrigo de la lideresa en algún evento al que acuda.
Rodríguez, por el contrario, se resguarda todo lo posible. A diferencia de su sobreexposición en el Gobierno de Aznar, cuando ejercía de portavoz del gabinete y alimentaba todo tipo de polémicas que le valieron un personaje en los famosos Guiñoles de Canal +, el MAR de 2026 opera en la sombra, desde la trastienda del poder. No concede entrevistas y solo ha hecho alguna excepción con medios amigos. Y tampoco rinde cuentas en la Asamblea de Madrid, donde la Mesa, con mayoría del PP, ha vetado una tras otra las peticiones de comparecencias y preguntas que la oposición formula sobre el jefe de gabinete. Diputados del grupo de Ayuso han llegado a alegar que no es alto cargo, pese a figurar así en el organigrama de la Comunidad. El Tribunal Constitucional acaba de concluir que el parlamento regional vulneró los derechos políticos de la oposición con esos vetos. Está por ver si la mayoría del PP rectifica y Rodríguez acude a dar explicaciones a la cámara. En los seis años que lleva a sueldo de la Comunidad de Madrid no lo ha hecho.
Las largas que siempre ha dado a la Asamblea contrastan con su locuacidad en las redes sociales. Desde su perfil de X, donde se presenta con una única frase —“me entristece el cada vez más bajo nivel de la política española”— da rienda suelta a sus obsesiones. Llama dictador a Sánchez y augura que todo su entorno acabará en la cárcel.
Todo vale para defender a su jefa. Así han sido estos seis años. No es algo de ahora. El dirigente político que dice apenarse por “el bajo nivel de la vida pública española” publica tuits de este tenor: “Dije Pá'lante y se cumplió. Digo Tán'cagaos y lo huelo”.
Ya en 2011 fue condenado por llamar nazi al doctor Luis Montes, entonces jefe de urgencias del hospital Severo Ochoa de Leganés, cesado por la Comunidad de Madrid durante la presidencia de Esperanza Aguirre, bajo acusaciones falsas de malas praxis y de dejar morir a sus pacientes. Montes fue investigado y el caso se quedó en nada. Rodríguez, que lo había insultado en varios programas de televisión, fue condenado por injurias graves en primera instancia y la Audiencia Provincial de Madrid confirmó la pena. Para que pagase la indemnización, de 40.000 euros, otro juzgado tuvo que ejecutar un embargo en 2013.
En 2020 cerró durante un tiempo su cuenta de Twitter tras insultar en ella al vicepresidente y compañero de Gobierno de Ayuso, Ignacio Aguado. Sin socios de los que depender, ni más jefa que Ayuso, Rodríguez ya no se para con nada ni con nadie. Tiene todo el poder. La pregunta que se hace alguien que ha vivido muy de cerca sus maniobras es si se va a conformar con manejar la Presidencia de Madrid o si con 62 años recién cumplidos tiene ansias mayores.
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