Paco León: “Ahora todos tenemos miedo a hablar y liarla, pero eso no nos puede frenar”
El 8 de junio de 2014 se emitía el último episodio de Aída. Durante nueve años, millones de espectadores conectaron para ver lo que ocurría en el barrio ficticio de Esperanza Sur. La ficción había mirado al barrio, y había hecho protagonistas a una limpiadora, un yonqui, un niño gay y una prostituta. En el centro, el humor. Con público en directo y un ritmo frenético, la serie se convirtió en un auténtico fenómeno de masas.
La gente repetía las frases de los personajes y convirtió a sus actores en auténticas estrellas. Por supuesto, su protagonista, Carmen Machi, la Aída del título que dejó la ficción años antes de su final. También sus secundarios, con un Paco León a la cabeza que robaba la función como el Luisma. El actor fue evolucionando a la vez que seguía en la serie. También como director, donde sorprendió con Carmina o Revienta y su secuela, Carmina y Amén.
Sorprendió cuando hace un par de años se anunció que Aída volvía en forma de película con el título de Aída y vuelta (ya en salas de cine). ¿Se habían vendido a la nostalgia de las reuniones de series míticas? Poco a poco se desveló la verdad. A las ganas de juntarse de nuevo se unió una idea perfecta. Una metaficción que especula sobre qué hubiera pasado si la serie hubiera continuado en emisión y que se ríe y hace autocrítica a una de las principales cosas que se cuestionaron de Aída, sus chistes incorrectos que rozaban la ofensa en muchos sentidos. Una apuesta divertidísima que el propio León ha dirigido.
Imagino que distanciarse de Aída fue difícil, ¿por qué retomar el proyecto ahora?
No soy nada nostálgico ni tenía ninguna necesidad de hacer esto, la verdad. Pero todo empezó hace un par de años, que nos juntamos pospandemia todo el equipo y vimos en las redes que la gente tenía muchas ganas. Había mucha nostalgia de volver a ver a la familia junta. En ese subidón, Carmen Machi se encontró a los de Telecinco Cinema y les dijo, “¿por qué no hacemos una película?” Y se vino arriba. Ahí ya me propusieron a mí que la dirigiera y al principio dije que no tenía sentido. Estaba todo hecho, y pensar en un capítulo largo o mejor producido… además, la gracia de Aída era que eran actores, buenos guiones y cuatro cartones. Aída era El Chavo del Ocho. Pero se me ocurrió darle la vuelta y aprovechar para contar otras cosas. No hacer una película oportunista ni nostálgica, sino hacer una peli buena, que cuente cosas que tenga sentido hoy y que hable de cosas de ahora.
Ha mencionado la nostalgia. El cine y las series viven un momento de explotarlas. ¿Era una línea roja no hacerlo?
Yo creo que fue, de hecho, el punto de partida. Hacer lo contrario. Hacer una autocrítica, un examen de conciencia, decir: “¡guau! Nosotros hemos dicho cosas muy fuertes y se han hecho chistes muy fuertes”. Tú has visto la peli, hay una crítica ficticia que podía ser real y con la que estamos de acuerdo. Hay un debate sobre cómo ha cambiado el humor y sobre si estamos perpetuando estereotipos o no. Y yo creo que ese debate es muy interesante porque en muy poco tiempo ha cambiado mucho el mundo.
¿En algún momento durante Aída pensaron que se habían pasado?, ¿cómo se sienten ahora esos chistes cuando miran al pasado?
Yo no me arrepiento. Al revés. A veces reconozco que me siento dichoso de haber vivido una época de poca conciencia y de mucha libertad actoral. Yo he hecho blackface en Homozapping. He hecho de personajes trans. Hemos dicho chistes muy faltones, homófobos. Y no es que me sienta orgulloso de eso, pero sí que había una libertad que después, con la corrección política, uno ha empezado a tomar conciencia sobre de qué te ríes. Se pierden cosas y se ganan otras. Yo soy partidario de que hay que adaptarse a los tiempos y que estamos mejorando. El humor basado en hacer bullying a los que están por debajo se acabó.
Creo que la película demuestra que no es una cuestión de que no se pueda hablar de nada o hacer chistes de nada, sino que depende de cómo los hagas. Imagino que ese fue uno de los retos.
Sí. Nosotros queríamos ser fiel al tono de la serie, que era muy punk. En su época, ya al principio, costó que la cadena la comprara. La protagonista era una señora maltratada con un hijo yonqui, enamorado de una prostituta y con un niño gay. Era bastante fuerte, pero después tenía como un halo, así como más infantil y que de repente colaba. No queríamos hacer una película pacata, de repente.
No sería Aída.
Sería cobarde. No sería Aída. Nosotros podemos hacer chistes sobre la valla de Melilla, de Mauricio Colmenero, muy heavy. O alguien que dice: “Parece más Monica Bellucci que Nevenka”. Chistes muy fuertes, porque le pega. Pero yo creo que de todo se puede hablar con gusto y con control.
También es verdad que cuando se ha equivocado lo ha reconocido. Pienso en la trama de Kiki, donde había una violación y reconoció que no había sido consciente de ello.
Sí. Justo en estos días de promoción lo estoy pensando mucho. Porque la película habla de ese ejercicio de mirarte a ti mismo en vez de acusar. Estamos todos con el dedo muy rápido, diciendo lo que hace mal el otro. Pero todos hacemos cosas mal. Todos. Lo gay no te quita lo homófobo. Lo discapacitado no te quita lo machista. Es muy sano mirarte a ti mismo y reírte de ti mismo. Yo me he metido en muchas polémicas sin querer. Recuerdo las primeras críticas que hicieron y que dijeron que habíamos romantizado una violación. Yo al principio me defendía, me sentí atacado y decía: “¿Por qué no se puede tratar esto desde la comedia?”. Me di cuenta de que hay dos caminos en esto. Enfadarte o aprender.
Sin embargo, eso no le ha dado miedo a hablar con libertad absoluta cuando le preguntan por algo…
Lo parece. Hay un ejercicio de pensar hasta dónde sí lo hago, hasta dónde no hay miedo. También todo ha cambiado muchísimo en este tiempo. Se ve en la película.
Es que ahora te hacen una foto, te graban un vídeo…
O estás hablando con Àngels Barceló y la cagas y se lía la cosa. Sí, yo tengo miedo aunque no lo parezca. Creo que todos tenemos miedo. Lo que pasa es que no nos puede frenar. Esto nos tiene que forzar a ser más ingeniosos, más cuidadosos y más conscientes de lo que decimos. Si no, pues dedícate a otra cosa, chico.
¿Ha pensado si Aída tendría ahora el mismo éxito?
Yo creo que tendría que adaptarse, como todo, pero yo creo que sí. De hecho, esta película mantiene un poco el tono de Aída y está hecha ahora. Y la serie se sigue viendo.
Es curioso eso, que muchas series las esté recuperando gente joven con las plataformas y las vean ahora. ¿Lo han notado con Aída?
Sí, sí, mucho, porque aparecen piezas en TikTok, en Instagram y la gente busca la serie, se engancha. Yo creo que hay algo de arqueología en el arte.
Para entender lo que estamos haciendo ahora también hay que ver lo que se ha hecho antes.
Y en el humor. A mí renegar no me gusta. No me gustan las cancelaciones retroactivas, como cuando dicen ahora que no se puede ver Lo que el viento se llevó. Pues es una película hija de su tiempo, como todo, y hay que contextualizarlo, y los chistes también.
Uno de los temas que aparece en la película es el Me Too. ¿Ha cambiado mucho la industria en ese sentido?
Claro, sí. Nosotros quisimos que todos los temas estuvieran alineados en la risa. Y el tema del Me Too aparece como si fuera una broma. Pero, ¿coger una teta es una broma, o es una broma que solo te hace gracia a ti, o que ya no se puede hacer? O el tema de Eduardo, sin necesidad de reírse del VIH, está todo alineado en la risa, una risa que es sanadora. No es una risa que le hace gracia a tu puta madre.
El tema del VIH de Eduardo, ¿en qué momento decidís introducirlo? Hay un juego en la película sobre qué es real y qué no. Él ha contado que sí es verdad y que está haciendo un documental sobre ese paso importante de contarlo…
El tema de Eduardo, igual que todo lo que sale, está muy basado en hechos reales, pero también tratado como ficción. Yo conozco cosas de ellos, como lo de los eczemas de la pierna de Carmen Machi y sus reacciones a los zapatos y el vestuario del personaje, o en este caso lo de Eduardo, y otras muchas cosas que están cambiadas y que no fueron exactamente así, que están tratadas como material de ficción. Luego él ha necesitado hacerlo público, pero aquí está tratado como ficción y esa era la idea, que no se supiera si era verdad o mentira, porque daba igual.
Cogiendo una broma de la película… ¿Se ve de Ministro de Cultura?
No, yo no. Yo no. ¿Qué dices? Vamos. Ni de lejos.
Me hace mucha gracia porque es verdad que cuando hay elección de nuevo ministro hay gente a la que los periodistas siempre escribimos para ver si se lo han ofrecido, y una de esas personas es Isabel Coixet. ¿A quién se lo ofrecería usted?
A mí me parece, como dice Isabel en la película, que a todos nos encantaría tener a Carmen Machi de ministra de Cultura. Pero lo que es una fantasía es haber tenido a Isabel Coixet en la película y cameos como el de Àngels Barceló o Bárbara Lennie, que le dan como una realidad, y que forman parte de un mundo tan sofisticado y tan culto… Pero Carmen Machi es tan divina que no podría tampoco. Nosotros damos el pego, pero después, a la hora de la verdad, a mí me parece complicadísimo. La política me parece una cosa…
Y es lo que más reacciones despierta contra vosotros, cuando habláis de política. Cuando os mojáis con esos temas son los que más reacciones virulentas provocan.
Sí, claro, y después es inevitable acobardarte porque dices, es que ni se entiende. Hay veces que no sé, son opiniones sobre derechos humanos, cosas muy de cajón. Nada de ningún signo político, sino de derechos humanos, que me parece como lo más básico, y se lía la de Dios y te colocan en sitios que dices, pero si yo no he dicho eso.
Dar una entrevista ya es un deporte de riesgo.
Sí. Yo es que me siento tan fuera… por eso admiro a la gente que se señala políticamente, que tiene claro sus ideales y que pelea todo el tiempo contra gente que no piensa lo mismo y que convive con eso por cambiar.
¿Usted ha sido autodidacta como cineasta?
Sí, sí, totalmente.
¿Ha sentido que en algún momento se le mirara por encima del hombro?
No, al revés. Era como una sorpresa, “Ay, mira este payaso de repente sabe hacerlo”. Y de repente te miraban de diferente manera la gente de la profesión. Parece que tiene más prestigio ser director que ser payaso, cuando directores hay 3000 y payasos muy pocos.
Como director podría haber intentado reivindicarse, hacer cosas consideradas más serias… pero no ha dejado de jugar, de hacer el payaso en el buen sentido como decía, ¿es algo importante para usted como director no perder eso?
Para mí, sí. Yo creo que cada uno tiene su rollo, pero a mí me gusta mucho y reivindico mucho lo popular, porque hay veces que tiene muchísimo descrédito. A mí me da mucha rabia los intelectuales que desprecian todo lo popular solo por ser popular. Me da mucha rabia porque creo que hay mucho arte que bebe de lo popular. Yo vengo de Andalucía, y todo viene un poco de ahí. Y no solamente el flamenco, sino los poetas. Desde Lorca hasta Berlanga beben de lo popular y creo que es muy interesante cuando se puede hacer algo mainstream y conectado con el pueblo, pero también que cuente cosas y elevado.
Vídeo de la entrevista completa
Vídeo: Adrián Torrano y Alejandro Corral
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