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Crítica

'Marty Supreme', una frenética e inteligente crítica a los aires de grandeza de EEUU con un soberbio Timothée Chalamet

Timothée Chalamet, protagonista absoluta de 'Marty Supreme'
28 de enero de 2026 21:58 h

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Una de las mejores series españolas del año, reciente ganadora del premio Feroz, Yakarta, ha conquistado a los espectadores por colocar su mirada en los perdedores. Esos seres grises en los que el cine no se puede fijar a no ser que sea para reírse de ellos o provocar pena. En Yakarta, el bádminton era el macguffin perfecto, porque, como dice en un momento la ficción creada por Diego San José, “nadie feliz juega al bádminton”. Pero imaginen al Joserra que borda Javier Cámara de joven y en EEUU. En un país donde le han dicho que si quieres, lo logras. Que el éxito depende de uno mismo, de lo que te esfuerces y de lo bueno que seas en lo que haces. Hubiera sido un ser despreciable y que se merece un bofetón.

De alguna forma, el Marty Reisman al que da vida de forma brillante Timothée Chalamet (en una interpretación que merece el Oscar) en Marty Supreme es ese reverso del Joserra de Yakarta. Un jugador de ping-pong que cree que está destinado a grandes cosas en los EEUU de los 50, en un contexto histórico que todavía tiene las heridas abiertas (económicas y raciales) de la Segunda Guerra Mundial, pero donde términos como la meritocracia y el individualismo son potenciados y vistos como algo bueno.  

Marty Reisman cree que la vida le debe algo, y que ese don para jugar al ping-pong le coloca por encima de los demás. Acierta Josh Safdie en su retrato de un auténtico jeta, un buscavidas que engaña, roba y se mete en líos porque lo importante es la meta: llegar a ser el mejor jugador del mundo por encima de unos japoneses a los que EEUU ya ha humillado lanzándoles la bomba atómica y a los que ahora quiere continuar humillando en la pista de ping-pong.

Pero no es un retrato cruel de un ser infecto. Aunque nadie quiera ser amigo de Marty, el espectador entiende por qué todos caen a sus pies. Porque el encanto de Chalamet es el del personaje, y uno le prestaría dinero, lo acompañaría en sus locuras y luego querría mandarlo a la mierda. Por eso es un personaje tan atractivo, porque es contradictorio, porque en el fondo es víctima del sistema, de ese sueño americano que empezaba a forjarse. Pero es una víctima que, al no saberlo, se convierte en un auténtico estúpido. 

“No tienes lo que hace falta para triunfar: poder”, le dice un personaje al que, en un guiño irónico interpreta Kevin O’Leary, más conocido como Mr. Wonderful, un conocido empresario que apoya a Donald Trump. Su elección potencia el mensaje de que en EEUU da igual lo bueno que seas, si no tienes dinero estás condenado a bajarte los pantalones y a ser azotado, como se explicita en la bajada a los infiernos de su protagonista, al que el director concede una redención final. O quizás no. Quizás no es felicidad, es lo único a lo que puede aspirar.

Jo, qué partida de ping-pong

Igual que Marty Supreme es un reverso de Yakarta, podríamos decir que de alguna forma lo es también de la reciente The Brutalist —y, por tanto, una hermana cercana a El manantial de King Vidor, película que era un elogio al individualismo en EEUU—, la cinta de Brady Corbet sobre una víctima del Holocausto que escapa del nazismo para acabar devorado por el capitalismo. Aquí hay también supervivientes del holocausto, y Marty Supreme es judío, como siempre lo son los protagonistas de los Safdie. También el contexto histórico es parecido. La diferencia es que mientras Corbet lo hacía desde lo dramático, desde lo grave, Josh Safdie lo ha hecho con el ritmo febril de las películas dirigidas con su hermano.

De alguna forma es como si el Scorsese de Jo, qué noche hubiera dirigido The Brutalist. Hay mucho de la obra maestra del director de Uno de los nuestros aquí. No solo en la electricidad del montaje, sino en esa huida hacia adelante, en que cada decisión que toma Marty es peor y le lleva a un lugar más loco, frenético y, también, divertido para el espectador. Nadie pensaba que una película sobre un deporte tan simple podría ser tan potente, loca, excesiva en el buen sentido, y eléctrica. 

Gwyneth Paltrow en 'Marty Supreme'

Una especie de tragedia griega (o mejor, americana) desquiciada en la que incluso suena algo parecido a unos coros en la excelente banda sonora de Danielle Lopatin, que debería haber estado nominada al Oscar, como debería haberlo estado Odessa A’zion, increíble y arrolladora como una de las amantes de Chalamet. O incluso Gwyneth Paltrow, que se ríe de sí misma como actriz de Hollywood que accede a dejarse arrastrar por la locura del protagonista. Eso sí, Safdie vuelve a demostrar que el retrato de las mujeres y la mirada hacia ellas es una gran asignatura pendiente. 

Podría Josh Safdie haber caído en la tentación de sobreexplicar a su personaje, de hacerlo más capullo o más empático, y correr el riesgo de ser reapropiado como héroe canalla. Sería injusto reducirle, y, por tanto, reducir una película que es mucho más compleja que eso, y que demuestra que este Safdie, de momento, era el más talentoso de la pareja creativa. Es curioso que la otra parte, Bennie, haya dirigido el mismo año una película con otro deporte minoritario, la lucha y las artes marciales mixtas. Pero mientras Josh muestra una ironía que actúa como bisturí y no renuncia al ritmo que les hizo famosos, Bennie ha acabado domesticado y ofreciendo una simplona mirada buenista a Mark Kerr en The smashing machine. 

Sin embargo, si algo se le puede achacar a Marty Supreme, es que ante tanto ritmo, ante tanta ironía, parece disfrutar demasiado perreando a sus personajes. Aunque no se regodee, sí que le falta algo de humanismo que nos haga entender que Marty es más Joserra de lo que parece y él quiere aceptar.

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