Belén Fernández, psicóloga: “No podemos evitar lo que pasa, pero sí podemos cuidarnos y elegir cómo atravesarlo”

La motivación es un agente "imprescindible" para adaptarnos a los cambios, admite Fernández.

Marta Chavarrías

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Muchos de nosotros avanzamos por la vida con la idea de que llevamos el timón. Incluimos planes, metas y construimos el camino hacia donde queremos dirigirnos. Pero, de repente, ocurre algo inesperado y la ruta marcada cambia de rumbo. Los cambios son inevitables en la vida. Ya sea mudarnos de casa, empezar un nuevo trabajo o incluso tan solo modificar nuestros hábitos diarios, sea cual sea el motivo, este cambio suele generar incomodidad. 

Nos sentimos cómodos siguiendo nuestras rutinas matutinas, yendo al mismo trabajo y realizando las tareas que conocemos bien, trabajando o socializando con personas que conocemos desde hace años, disfrutando de la misma afición gratificante y un sinfín de actividades más. En estas rutinas encontramos previsibilidad, una especie de sensación de control que nos hace sentir bien. Cualquier cosa que amenace estas rutinas nos desarma, pero ¿qué hace que los cambios nos provoquen muchas veces cierto vértigo y qué podemos hacer para revertir esta situación?

La resistencia del cerebro al cambio

“Nuestro cerebro es un poco ambiguo: por un lado, no le gusta mucho la incertidumbre porque puede ser un indicador de una situación de peligro; pero, por otro lado, premia la variedad porque facilita que nos podamos adaptar a diferentes situaciones. Esto, al final, está al servicio de la supervivencia”, explica Belén Fernández, psicóloga sanitaria y directora de Insight Psicología.

En la base de nuestra resistencia al cambio se encuentra, por tanto, la preferencia de nuestro cerebro por lo familiar. Cuando algo altera nuestra rutina o entorno establecido, el cerebro lo percibe como una amenaza y cualquier cosa desconocida se percibe como un riesgo potencial. Que nuestro cerebro haya evolucionado para apreciar la certeza deriva de nuestro impulso básico de supervivencia. Hemos evolucionado para predecir y controlar nuestras circunstancias porque al hacerlo optimizamos nuestra capacidad para vivir. 

Aunque no todos los cambios son iguales, ya que unos son elegidos y otros no, como reconoce Fernández, “todos nos sacan de nuestra zona de confort para llevarnos a un sitio desconocido”. De ahí que siempre se produzca un “estadio inicial de evaluación y cierta incomodidad, porque el cerebro necesita comprobar que ese sitio nuevo no es peligroso y prepararse para recibirlo”, admite la psicóloga. 

¿Por qué nos cuesta aceptar el cambio?

Según esta investigación realizada para saber qué sucede en el cerebro y el cuerpo cuando experimentamos un cambio, hay al menos dos efectos. Cuando percibimos el cambio como una amenaza, puede producirnos angustia porque lo vemos como muy exigente y sentimos que tenemos que ir más allá de nuestros límites o nuestra capacidad para afrontarlo. También puede ocurrir que lo experimentemos como un desafío, como una oportunidad interesante para aprender o hacer algo nuevo, y aquí las nuevas demandas parecen estar dentro de nuestras capacidades y límites.

Según Fernández, “nos da mucho miedo salir de la zona de confort por perder el control, la previsibilidad, y enfrentarnos a lo desconocido. El miedo nos paraliza y nos dice que es mejor aguantar lo ‘incómodo’ conocido que todo el reajuste incierto que implica el cambio, aunque a largo plazo no sea lo más conveniente”.

Muchas veces, más que el cambio, lo que genera estrés es la sensación de incertidumbre. Lo demuestra esta investigación, según la cual las personas suelen sentirse más estresadas por la incertidumbre que por los resultados negativos que pueda haber. La ambigüedad, por tanto, puede ser más dura que las malas noticias. 

¿Por qué unas personas se adaptan al cambio mejor que otras?

Ya lo dijo Charles Darwin: en la naturaleza no sobreviven los más fuertes ni los más inteligentes sino los que se adaptan mejor al cambio. Sea cual sea el estilo de vida que llevemos, todos necesitamos aprender a adaptarnos, porque todo cambia. Lo bueno y lo malo va y viene en la vida de todo el mundo. Pero hay personas que llevan mejor estos cambios, y suelen ser “aquellas que a lo largo de su vida han experimentado más variedad, porque eso hace que se entrenen en ese proceso que ocurre cando nos enfrentamos a los cambios”, afirma Fernández.

¿Qué significa esto? “Cuantas más experiencias de adaptación hayamos tenido a lo largo de la vida, más recursos solemos desarrollar para enfrentarnos a cambios nuevos”, explica Fernández, para la cual, “cuando alguien ha tenido que adaptarse muchas veces a contextos o etapas distintas, suele ir desarrollando más flexibilidad y también más confianza en su propia capacidad para atravesar lo desconocido, y eso hace que los cambios, aunque sigan siendo incómodos, resulten un poco más llevaderos”.

Preguntas para adaptarnos mejor a los cambios

Cuando algo cambia podemos resistirnos, molestarnos, enojarnos… o podemos aceptar el cambio y sacar el máximo provecho de la situación. Esto dependerá de nosotros, de nuestra capacidad para ver las oportunidades que trae el cambio y convertirlo en algo positivo. La motivación es un agente “imprescindible” para lograrlo, admite Fernández, ya que el cambio será más llevadero “si vemos beneficio en él, poco esfuerzo para conseguirlo y muchas probabilidades de que nuestros esfuerzos se vean recompensados”, reconoce Fernández.

Ir poco a poco también nos ayudará a adaptarnos mejor al cambio. “Si en vez de enfrentarnos a algo gigante somos capaces de dar pasos pequeños que supongan menos esfuerzos, es decir, si secuencializamos esos cambios, la sensación de éxito al conseguirlo será muy reconfortante. Un logro que se convierte en un premio natural que alimenta la motivación para seguir avanzando”, afirma la psicóloga. 

Pero, como no todos los cambios son iguales, puede ocurrir que tengamos que adaptarnos a algo nuevo de golpe, sin previo aviso. ¿Cómo podemos actuar en estos casos? Para Fernández, la clave está en hacernos algunas preguntas del tipo: ¿Cuál es el coste a medio y largo plazo de quedarme como estoy? o ¿Cómo me visualizo dentro de un tiempo si soy capaz de dar ese salto? “Muchas veces conectar con esas respuestas nos da la claridad y el impulso que necesitamos para empezar a movernos”, admite Fernández.

Una de las cosas más importantes a la hora de ser más flexibles a cambios y situaciones a veces inesperadas es pensar que “adaptarnos no implica que el cambio no nos duela o no nos afecte”, afirma Fernández. Porque, en la mayoría de los casos, frente a un cambio pasaremos por varias fases: la negación, el miedo, la rabia y la tristeza, así como el nuevo desafío y, al final, “la creación de una nueva realidad y unos nuevos hábitos”, matiza Fernández. En cada una de estas fases se plantea un reto que superar y el más complejo es, para la especialista, la aceptación de la situación, es decir, tener que “soltar la lucha de agarrarnos a algo que ya ha cambiado”.

Hacernos preguntas del tipo “¿Por qué a mí?” es común, pero no ayudan a afrontar el cambio. Al contrario, “nos mete en un bucle de dolor que nos impide avanzar hacia una nueva realidad que, nos guste o no, ya es parte de nuestra vida”, aclara Fernández. Aquí es clave cambiar la pregunta que nos ancla al pasado por otras como “¿qué necesito para ir poco a poco adaptándome? ¿Cómo puedo cuidarme en este proceso? ¿Qué tengo que soltar? o ¿Hay algo que pueda aprender de esta experiencia?”, concluye Fernández.

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