Andalucía cambia el paso del ciclo electoral: el feudo de Juanma Moreno frente al PP que pacta con Vox
Andalucía empieza esta medianoche la campaña para las elecciones del 17 de mayo, aunque los partidos llevan en precampaña mucho más tiempo. Probablemente desde los comicios en Extremadura, el pasado diciembre, que marcaron el punto de partida de un largo ciclo electoral -con paradas en Aragón (febrero) y en Castilla y León (en marzo)- para culminar en las generales de 2027, si no hay un adelanto.
Pero la secuencia temporal no convierte a Andalucía en un escalón más hacia las legislativas, ni la realidad política y socioeconómica de esta comunidad, la más poblada de España, representa un “ensayo” para las generales, por mucho que algunos dirigentes nacionales lo lean así.
Andalucía es un espacio raro donde el PP no es el PP, es Juanma Moreno, aunque sus políticas sean idénticas a las de Isabel Díaz Ayuso. Aquí quien agita el fantasma de Vox no es María Jesús Montero, candidata socialista, es Moreno, que pide el voto para Juanma, no para su partido, que está pactando con la ultraderecha en los territorios vecinos.
Es indudable el peso político y demográfico de Andalucía en el conjunto del país, pues concentra más electores que las otras tres regiones juntas donde se acaban de abrir las urnas: 6,8 millones de andaluces están llamados a votar en dos semanas, de los que 369.000 podrán hacerlo por primera vez. Es casi el 20% del escrutinio nacional, y aporta 61 diputados al Congreso.
Pero la campaña electoral que ahora arranca va a desvelar lo que ha sido una pauta general a lo largo de esta legislatura en Andalucía: el ritmo cardíaco de la política no es tan frenético aquí como en Madrid y la polarización no es tan intensa.
Probablemente porque la mayoría absoluta de Juan Manuel Moreno imprime una estabilidad a su gobernanza que contrasta con los zurriagazos habituales a Pedro Sánchez en el Congreso. Pero también por pura estrategia del candidato popular.
Moreno ha colocado las elecciones entre las fiestas de primavera andaluzas, las ferias de Sevilla de Jerez, la romería de la Virgen de la Cabeza en Andújar, los preparativos para la peregrinación al Rocío, los patios cordobeses... Festejos identitarios llenos de luz, color y gente alegre y despreocupada, imágenes de las que se ha rodeado el presidente y candidato del PP.
Mientras, sus rivales de izquierdas procesionan en movilizaciones y protestas en las calles contra el deterioro de la sanidad pública, la privatización de la Formación Profesional, la supresión de ciclos para alumnos con necesidades especiales, la falta de financiación de las universidades públicas...
Una campaña con dos caras: plana y tensionada
La campaña tiene dos caras, una plana; otra tensionada. El PSOE, la coalición Por Andalucía y Adelante Andalucía tienen el enorme reto, como hace cuatro años, de intentar movilizar al electorado progresista, unos 500.000 votantes de izquierdas que acudieron a las generales, pero se quedaron en casa en las autonómicas. El último CIS revela que cuatro de cada diez andaluces aún no tiene decidido el voto, y los socialistas creen que esa indefinición oscila entre votarles a ellos o no ir a votar.
Las izquierdas acusan a Juanma Moreno de pretender una campaña hipotensa, sin apenas debate ideológico ni político. Todas las encuestas revelan que el PP tiene al votante muy fidelizado en Andalucía, que repite la misma papeleta en las autonómicas, las municipales, las generales y las europeas.
En números absolutos, desde que Moreno es presidente, los populares ni han bajado ni han subido de la franja de los 1,5 millones de votos. Ahí está su techo electoral, más el holgado colchón de los 500.000 votantes de Vox. Lo que varía es el porcentaje que acaparan del escrutinio total, y eso depende de la participación. Cuando la participación se ha disparado, los 1,5 millones de votos del PP han pesado mucho menos.
En las andaluzas de 2022, con la segunda participación más baja del histórico (58,36%), los de Moreno lograron un resultado récord: el 43,13% del escrutinio, 19 puntos más que el PSOE (24%). Un año después, en las generales de 2023, con un 66,6% de participación, el PP logró incluso 13.600 papeletas más en Andalucía, pero su victoria cayó al 36,4% del escrutinio, apenas tres puntos más que el PSOE (33,4%).
Los socialistas se apoyan en estas cifras para llamar desesperadamente a la movilización, y deducen que lo que menos le interesa a Moreno es una campaña tensionada.
La crisis de los cribados, el desgarro de una legislatura hipotensa
El PP andaluz ha gobernado estos últimos cuatro años con un control absoluto de todas las instituciones, gracias a sus 58 diputados, que conviertieron la función de contrapeso del Parlamento andaluz en mera comparsa de la Junta. “La mayoría absoluta mata el Parlamento”, suele quejarse una veterana periodista política de Sevilla.
Ha sido una legislatura hipotensa para los partidos de la oposición, incapaces de rentabilizar el desgaste natural del presidente con casi ocho años de ejercicio en el poder. El momento más crítico para Moreno en este periodo ocurrió hace cinco meses, en la recta final de su mandato. La crisis de los cribados de cáncer de mama sacó a la calle a cientos de mujeres, muchas de ellas con los pechos cortados, gritando “¡Moreno Bonilla dimisión!”.
Es el único momento en el que el ruido político fue más fuerte en Andalucía que en Madrid, logró saltar “la barrera mediática” de Despeñaperros, y colocó a Moreno en el ojo del huracán. Con distintas acepciones, Gobierno y oposición hablan de Andalucía como “un islote”, para los primeros “una burbuja de estabilidad en medio de la tormenta nacional”; para los segundos, una especie de “show de Truman”, una “autoficción que el presidente ha montado con un enorme esfuerzo inversor en propaganda y todo un universo mediático a su favor”.
El escándalo de los cribados, del que aún no se sabe cuántas mujeres fallecieron o desarrollaron cáncer por el diagnóstico tardío o errático del Servicio Andaluz de Salud (SAS), lo destapó la asociación AMAMA, verdadero azote de Moreno, y lo hizo público la Cadena Ser.
Sobre esa rabia e indignación social, que conecta con las miles de protestas ciudadanas, concentraciones sindicales y marchas de las Mareas Blancas por el colapso de las listas de espera sanitarias (más de un millón de andaluces, al cierre de 2025), los adversarios de Moreno han montado toda su estrategia de campaña electoral. El 17-M es “un referéndum por la salud”, ha sintetizado la exvicepresidenta del Gobierno y candidata socialista, María Jesús Montero.
Pero ni siquiera los partidos en Andalucía son los mismos que en la capital, aunque compartan siglas. Aquí, todas las encuestas publicadas, desde el CIS de José Félix Tezanos, hasta el barómetro del Centra, que financia la propia Junta, vaticinan una victoria sin fisuras de Moreno. El presidente encara estas elecciones como una película sin misterio, cuyo final ya conocen todos, y por tanto, poco estimulante para el público de izquierdas. “El único suspense es si tendré mayoría absoluta o necesitaré a Vox”, dice, a modo de spoiler electoral.
Juanma -como reza la cartelería del PP andaluz- es la marca personal por encima del partido, porque su partido no encontró “otra forma humana de ganar y gobernar Andalucía”, fortín inexpugnable del PSOE durante 37 años. Ganaron una vez, en 2012 (al cuarto intento de Javier Arenas), pero se quedaron a cinco escaños de la mayoría absoluta (55), y un pacto de gobierno entre socialistas y comunistas les aguó la fiesta.
Pese a todo, aquel agridulce 2012 representa el inicio del cambio de ciclo político en Andalucía, los primeros y clarividentes síntomas de desgaste del proyecto socialista, que hasta 2018 había ganado diez de las once elecciones autonómicas desde la llegada de la democracia, cinco de ellas con mayoría absoluta.
2018 fue el último año del PSOE-A como la fuerza más votada, y el primero en el que el bloque de partidos conservadores -PP, Ciudadanos y Vox- sumó más que todas las izquierdas juntas, propiciando la alternancia política en la única comunidad de España donde nunca antes se había dado.
La “prioridad nacional” de Vox, el acicate de Moreno
Estas elecciones de 2026 tienen mucha reminiscencia de aquel momento histórico, cuando entonces un desconocido Juan Manuel Moreno Bonilla -objeto de displicencia y mofa incluso para los suyos- se convirtió en el primer presidente de derechas de Andalucía, gracias al apoyo del primer partido ultraderechista que entraba en las instituciones españolas desde el franquismo. Los 12 diputados de Vox le hicieron presidente y le aprobaron, a trancas y barrancas, tres presupuestos autonómicos, con los que pudo gobernar hasta 2022.
El primer mandato de Moreno fue una legislatura de “líos”, de “vaivenes”, de “sobresaltos”, de “políticas inocuas”, que son los calificativos que hoy usa el candidato del PP-A como trampolín de campaña para distanciarse de Vox y reeditar la mayoría absoluta conquistada hace cuatro años.
Los “líos” de los que ya advertía en la campaña de 2022, cuando capitalizó el miedo a la posible entrada de la extrema derecha en el Gobierno andaluz. Con ese discurso, que hoy repite milimétricamente, Moreno tomó “prestados” casi 100.000 votos del centroizquierda, la mayoría arrebatados a un desnortado PSOE, en su primera campaña como partido de oposición.
La campaña de Moreno para el 17-M es prácticamente un calco de la de hace cuatro años, con la ayuda añadida de los recientes “líos” en los pactos de gobierno de PP y Vox en Extremadura, Aragón y, en ciernes, Castilla y León.
Andalucía, pese a su magnitud, pese a ser la comunidad que más se parece a la sociología dispersa de España, es hoy un microclima político marciano, en el que Juanma Moreno pide el voto para él, no para el PP. Para gobernar como él gobierna, y no verse abocado a hacerlo como lo hace su partido en aquellos territorios donde, por no disfrutar de mayoría absoluta, transigue con las batallas culturales de Vox, que arrastran al PP al marco de la ultraderecha. “Espero no tener que pasar por ese trance”, dice.
Los acuerdos de investidura de María Guardiola en Extremadura y de Jorge Azcón en Aragón han metido en la campaña andaluza el trampantojo de la “prioridad nacional”, un término xenófobo y de dudosa legalidad inventado por Vox, para discriminar a los inmigrantes en el acceso a las prestaciones públicas frente a los españoles.
En este microcosmos de la política andaluza, en este islote, esta “Andalucía encapsulada” -término recuperado por Moreno de su primer mandato, cuando su socio era Vox-, el candidato que más está blandiendo el término “prioridad nacional” para apelar al voto útil es el líder del PP andaluz.
Desde el equipo de campaña del PSOE-A, explican que la transferencia de votantes socialistas al PP por miedo a Vox, como ocurrió en 2022, “no se va a repetir, porque la estrategia está ya más que amortizada”. Ellos creen que el margen de crecimiento para los populares “sólo puede venir de votantes de Vox”.
Los socialistas de Montero no se han subido en tromba a ese discurso -“que viene el lobo”-, porque hace cuatro años le funcionó a su adversario, no a ellos. En cambio, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, está plenamente instalado en ese marco mental, que desestabiliza más la imagen del PP de Feijóo que del candidato Moreno.
“El presidente está en otra liga, nosotros no nos metemos ahí, porque supone hacer el juego a la estrategia de Moreno. La nuestra es desnudar la debilidad de los servicios públicos andaluces, sobre todo la sanidad, tras siete años de gobiernos del PP”, explican desde el equipo de campaña socialista.
Sánchez habrá visitado todas las provincias andaluzas de aquí al 17-M -aún tiene programados cinco mítines en plena campaña-, además del respaldo de José Luis Rodríguez Zapatero, y una ristra de ministros que arroparán a Montero. Pero en el partido se resisten a interpretar el resultado que salga de aquí en clave nacional.
La exministra y candidata del PSOE andaluz ha interiorizado plenamente el “sanchismo” que le reprocha el PP, haciendo de ello una fortaleza, no un motivo para agachar la cabeza. Montero apuró hasta el último minuto su presencia en el Consejo de Ministros y de ahí saltó a una campaña ya con las elecciones convocadas. “Pedro Sánchez soy yo”, viene a decir, sin complejos.
Su valoración en todas las encuestas está por los suelos -algo habitual, tratándose de una ministra de Hacienda- y algunos veteranos dirigentes de izquierdas y de los sindicatos de clase se lamentan porque no haya aterrizado antes en Andalucía. “Las elecciones se ganan a pie de calle, no en un ministerio”, objetan.
Su equipo, sin embargo, pensaba lo contrario: la mayor fortaleza de Montero para plantar cara al presidente de la Junta “es el BOE y el Consejo de Ministros”. Y ponen como ejemplo la quita de deuda autonómica, con casi 19.000 millones para Andalucía, y la propuesta del modelo de financiación, con 5.600 millones extra cada año para esta comunidad.
Vox estancado; Por Andalucía y Adelante en pacto de no agresión
En realidad, el gran combate del 17-M sigue siendo un choque de bloques, de derechas contra izquierdas, donde los primeros están en auge en todo el mundo, y los segundos en una tímida recuperación.
Los de Santiago Abascal han visto enfriar sus expectativas en los sondeos posteriores a las elecciones de Extremadura, Aragón y Castilla y León, con las primeras encuestas que apuntan a un retroceso, no sólo una desaceleración. Vox penetró en las instituciones por Andalucía, la región donde más porcentaje de votos acaparaba hasta hace poco, gracias a un discurso atrapalotodo que caló en el interior rural, entre el descontento del sector agroalimentario, que aquí tiene mucho peso.
Hace cuatro años programaron el asalto a la Junta con un fichaje estrella, la exportavoz en el Congreso Macarena Olona, que quedó muy por debajo de las expectativas. Hoy el candidato es su portavoz parlamentario en este mandato, Manuel Gavira, aunque el cartel electoral sigue siendo el propio Abascal.
A la izquierda del PSOE, toman posiciones dos formaciones antaño unidas, hoy disputándose el mismo objetivo de ensanchar la base de votantes progresistas.
Por Andalucía, la coalición que ha reunificado a Izquierda Unida y Sumar con Podemos (más otras cuatro formaciones menores), parte con cinco diputados, y espera que la “épica de la unidad” fraguada en “el acuerdo del Viernes Santo” sirva también para reunificar a sus militantes (aún en discordia) y a sus votantes, para duplicar escaños en el Parlamento. Al frente está el coordinador federal de IU, Antonio Maíllo, que ha hecho una apuesta personal por abanderar este proyecto, dando un paso al lado en la política nacional.
Las encuestas auguran que la sorpresa de la noche electoral puede darla Adelante Andalucía, el partido fundado por Teresa Rodríguez, de raíz andalucista, anticapitalista y soberanista, que hoy pilota su portavoz parlamentario, el gaditano José Ignacio García. Adelante se apartó desde el principio del debate interno sobre la unidad de los partidos de izquierdas, ni siquiera se dio por aludido cuando les convocó en la distancia el líder de ERC, Gabriel Rufián. Ahora tienen dos diputados y su objetivo es consolidar su proyecto y su marca en estos comicios.
Las elecciones en Andalucía son ocho elecciones a la vez, una por provincia, cada una con problemas comunes, pero con una idiosincrasia diferente. La fragmentación del voto en cada una de las circunscripciones hace muy difícil lograr la mayoría absoluta que pretende Moreno, que dice tener “seis diputados en el alambre”, en las seis provincias donde el último escaño depende de los restos. “Espero no tener que pasar por el trance” de pactar un gobierno con Vox, repite estos días.
Trance, según la Real Academia Española de la Lengua: “Momento crítico y decisivo por el que pasa alguien”; “Último estado o tiempo dela vida, próximo a la muerte”; “Estado en que un médium manifiesta fenómenos paranormales”.
1