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Ainhoa Parra, logopeda: “Considerar las pantallas como una herramienta principal para enseñar a hablar es un error”

La OMS recomienda que los niños menores de dos años no tengan ningún tipo de contacto con pantallas.

Marta Chavarrías

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En una era plenamente digital, las pantallas se han convertido en parte integral de la vida diaria, tanto de adultos como de niños. Si bien la tecnología ofrece numerosos beneficios, un mal uso —o excesivo—, conlleva problemas, especialmente en los niños más pequeños, durante sus años de desarrollo. 

Los tres primeros años de vida son de suma importancia para el desarrollo de la comunicación y el lenguaje. Este periodo es crucial para el aprendizaje de idiomas y, si se prolonga más de lo previsto, la adquisición del lenguaje puede retrasarse con respecto a su desarrollo normal. Tanto es así que, de acuerdo con este estudio, los niños que empiezan a ver la televisión antes de los 12 meses y la ven más de dos horas diarias tienen seis veces más probabilidades de presentar retrasos en el lenguaje. 

Los primeros meses, claves para el desarrollo de habilidades como el lenguaje

“Desde los tres y cuatro meses los bebés muestran interés por las personas y los estímulos que les rodean: buscan la mirada de sus cuidadores, reaccionan a voces familiares, observan expresiones faciales y empiezan a participar en pequeños intercambios comunicativos que serán la base del lenguaje posterior”, nos explica la logopeda Ainhoa Parra, del equipo de Logopedia Parra.

El desarrollo del lenguaje, por tanto, no se inicia cuando empiezan a balbucear los primeros sonidos. “Antes de que aparezcan estas primeras palabras, el niño necesita adquirir una serie de prerrequisitos fundamentales como el contacto visual, la atención conjunta, la imitación, la reciprocidad social, el respeto de turnos, la intención comunicativa o el juego, habilidades que se desarrollan a través de la interacción directa con otras personas”, admite Parra.

La tecnología, en sí misma, no es mala. De hecho, los programas interactivos y aplicaciones educativas pueden ser herramientas valiosas para el aprendizaje. Sin embargo, la forma en que la usamos y el tiempo que pasamos frente a las pantallas sí influye de manera significativa en sus efectos.

Cómo el tiempo frente a la pantalla afecta al desarrollo del habla

Los bebés, incluso antes de imitar sonidos y palabras, se comunican con su entorno con gestos y expresiones corporales. El lenguaje se adquiere a través de la interacción con el entorno y con otras personas, participando activamente en situaciones reales de comunicación, de manera que se integran los requisitos del lenguaje mediante la imitación de los modelos que ofrecen los adultos. 

Pero, cuando un niño interactúa con un dispositivo, se convierte en un receptor pasivo de información en lugar de un participante activo en la conversación, aunque la pantalla emita palabras, canciones o imágenes, “no responden a las señales comunicativas del niño ni adaptan la interacción a sus necesidades del mismo modo que lo hace un adulto”, afirman desde Logopedia Parra. 

La escucha pasiva no ofrece las mismas oportunidades para practicar los sonidos del habla, ampliar el vocabulario o aprender el ritmo de la conversación. Así, “considerar una aplicación o una pantalla como una herramienta principal para enseñar a hablar resulta un error”, afirma la logopeda.

¿Qué pasa cuando la exposición a la pantalla gana a la interacción? “Cuando el entorno anticipa constantemente todo lo que el niño necesita o cuando gran parte del tiempo de ocio está mediado por pantallas, disminuyen las oportunidades naturales para que aparezca esa comunicación espontánea”, defiende la especialista.

Y el problema aparece muchas veces mucho antes de desarrollarse el lenguaje, por lo que una de las claves es “ayudar al niño a descubrir que comunicarse sirve para conseguir algo, compartir intereses, pedir ayuda o expresar necesidades”, explica Parra.

Impacto de las pantallas en la atención y las habilidades de escucha

El tiempo que pasa un niño frente a una pantalla, sobre todo cuando el contenido es acelerado o sobreestimulante, puede afectar negativamente también a la atención y la capacidad de escucha, dos habilidades fundamentales para el desarrollo del lenguaje y el éxito académico. Además, el uso excesivo de pantallas se ha asociado con una menor capacidad de atención y dificultades para mantenerla durante tareas que requieren una concentración prolongada. 

Esto puede generar dificultad en la comprensión del lenguaje y en las habilidades de expresión, ya que a los niños les puede resultar difícil seguir conversaciones, instrucciones o narraciones que requieren atención y escucha constantes.

Parra reconoce que en consulta “observamos menor tolerancia a la frustración, menor capacidad de espera, dificultades para mantener la atención en actividades prolongadas, menor interés por el juego simbólico y una reducción de las oportunidades de exploración activa del entorno, habilidades todas ellas estrechamente relacionadas con el desarrollo del lenguaje y del aprendizaje”, admite la especialista.

Navegando por la era digital sin que afecte al habla

Si bien es muy difícil eliminar por completo el tiempo que nuestros hijos pasan frente a las pantallas y que el contacto “cero” con la tecnología es “una visión poco realista”, existen medidas que podemos tomar para minimizar su efecto en el desarrollo de su habla y lenguaje. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) establece directrices claras y recomienda que los niños menores de dos años no tengan ningún tipo de contacto con pantallas, y que de los de dos a cinco años solo las usen menos de una hora al día. 

Además de limitar el tiempo, también es importante elegir contenido de alta calidad, priorizar el contenido didáctico que fomente el desarrollo del lenguaje, buscar programas que promuevan el diálogo, los componentes interactivos y la repetición. Además, es esencial interactuar con nuestro hijo durante el tiempo frente a la pantalla; esta no debe ser una experiencia pasiva.

“Desde nuestro punto de vista, estas recomendaciones ayudan a proteger el desarrollo del lenguaje no porque exista una cifra exacta a partir de la cual aparezcan dificultades, sino porque favorecen que el niño dedique más tiempo a aquellas actividades que realmente impulsan su desarrollo: el juego, la exploración del entorno, el movimiento, la interacción social y la comunicación con otras personas”, afirma la especialista.

Con todo, nada puede reemplazar el valor del contacto personal en el desarrollo del lenguaje: fomentar conversaciones, encuentros para jugar y actividades grupales que permitan a los niños escuchar, practicar y mejorar sus habilidades lingüísticas.

“Mi recomendación es que, mientras se vea la pantalla como un medio lúdico, reducido y haya una buena estimulación e interacción directa con los niños a nivel personal y juego compartido, las pantallas pasan a un segundo plano y no tenemos por qué rehuir de ellas”, dice Larra. 

Mientras todo esto se cumpla, “las oportunidades de desarrollo del lenguaje seguirán estando presentes”, afirma la experta ,porque “el verdadero factor protector del lenguaje no es solo reducir el tiempo de pantalla sino aumentar las oportunidades de comunicación real en el día a día”.

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