Apocalipsis en el Valle del Tiétar
Todos los fuegos son el mismo fuego, algo parecido nos quiso decir Cortázar en uno de sus cuentos, una historia de gladiadores y cigarrillos apagados al borde de la cama. Lo tituló 'Todos los fuegos el fuego' y, entre otras cosas, Cortázar nos vino a decir que el fuego, el amor y la muerte son fenómenos capaces de ser una cosa y su contraria. Porque el fuego es principio y fin, cocina y apocalipsis, una hormona de la imaginación y una metáfora de la ruina cuando del amor sólo quedan las cenizas.
La geometría de los azares revuelve mi memoria en estos días de fuego. Con la canícula me traslado hasta el Valle del Tiétar, donde leí a Cortázar en tardes de siesta. De un rincón del valle eran mis abuelos y también los abuelos de mi padre. Por todo ello me cuelgo del hilo, un cordón emocional por el que vuelan las pavesas de largos veranos al sur de la sierra de Gredos, ahí donde maduraban los higos con los últimos calores mientras yo aprendía a besar y a escupir blasfemias; palabras encendidas como las que ahora trago por no ensuciar la hoja. Contengo la ceniza y las ganas de pendencia en la boca, y vuelvo a montar en bicicleta por los caminos de vacas, a llamar por su nombre a las estrellas, a sumergirme en las albercas donde no se hace pie y, sobre todo, a respirar la libertad de la noche con la música de fondo que traen las orquestas.
El fuego y el calor son fuentes de recuerdos imperecederos vino a decir Gaston Bachelard, el filósofo de la imaginación, en un libro tan importante como difícil de conseguir y que bien merecería una reedición; se titula 'Psicoanálisis del fuego' y en estos días lo releo. Entre sus páginas me encuentro y me llego a comprender a ratos, en toda su abundancia de elementos. Luego hay otra cosa que apunta Bachelard, y es aquí donde quiero llegar, me refiero al carácter sexual de las tendencias del pirómano, porque hay una atracción primigenia al fuego; el espectáculo de las llamas como símbolo libidinoso. “Come on baby, light my fire”, cantaba Jim Morrison en el estéreo recién estrenado que llevaba a las acampadas; el mundo estaba aún por descubrir y el Valle del Tiétar se dejaba alcanzar por nuestros pies siempre calientes, pero incapaces de prender fuego a lo que considerábamos nuestro origen. Porque somos igual que gusanos; la tierra no nos pertenece, en todo caso, pertenecemos a ella.
Hoy sólo quedan las cenizas, los restos calcinados de lo que un día fue un vergel en el que las higueras alargaban su sombra y ocultaban mi pecado. Ha sido un incendio devastador, una catástrofe donde hasta las llamas se preguntan qué es lo que ha impedido que no se apagaran cuando aún se estaba a tiempo.
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