Un grupo de apoyo mutuo para vivir juntos hasta el final: “Envejecer acompañado da sentido a la vida”
Aceptar la muerte, la propia y la de los allegados, vivir los últimos años con curiosidad, sortear la idea de sufrir alguna demencia, disfrutar del tiempo con actividades con las que aprender y no solo entretenerse. Son realidades que atraviesan cada vez más personas en su vejez —según el INE, España alcanzará un máximo de personas mayores de 65 años en 2076, con el 30,9 % de la población— y para las que prepararse para una vida más reposada y con ciertas limitaciones pasa por la construcción de comunidad. Así lo defienden, y practican, en el grupo de ayuda mutua del barrio de Poble Nou, en Barcelona, donde todos sus integrantes tienen el compromiso de acompañarse si alguien lo necesita.
Anna Freixas dice que no es que envejezca, es que ya es vieja. Y lo dice el mismo día en que cumple 80 años. Llega a esta edad con retos, desafíos, alegrías, con y sin dificultades. “Yo ya he vivido momentos muy complicados a mis 20, 30 o 40 años. Ahora algunas cosas se simplifican y otras se complican, como siempre ha ocurrido”, comenta esta profesora universitaria jubilada.
La también gerontóloga feminista, una de las personas que integra el grupo de ayuda mutua de Poble Nou, donde se estableció tras vivir más de cuatro décadas en Córdoba, reconoce que uno de sus principales retos actuales es enfrentar la pérdida de las personas queridas. “Cuando tienes 30 años vas a bodas, con 80 vas a entierros”, comenta con cierta socarronería.
Este es uno de los aspectos en los que la comunidad se yergue como una muleta sin la que afrontar estas experiencias sería mucho más complicado: “Envejecer acompañado es infinitamente más ligero que hacerlo solo. Da sentido a la vida, te aleja de ti al no estar tan ensimismado, piensas más en y con los demás”, añade la también autora de “Yo, vieja” (Capitán Swing, 2021). Ella, que en la monografía se decanta por utilizar términos como 'veterana', 'sénior', 'pionera', 'longeva' y 'viejales' en lugar de 'anciana', 'mayor' o 'abuela', sabe bien que la construcción de esa comunidad “tampoco cae del cielo”.
Sin miedo a la soledad
Su alegría llega al despertar y ver que hay un nuevo día por delante. “Envejecer con curiosidad es importante”, afirma. Además, siempre habrá una cosa que les distinguirá de aquella ciudadanía más joven. “Nosotras conocemos el buen hacer, sabemos cómo se hacen las cosas y cómo no se deben hacer, lo que contribuye a la civilización de una manera muy importante”, abunda. Freixas, de todas formas, admite que tiene algo de miedo a cómo será el final del trayecto, tal y como define la vida. “No lo vivo con un sentimiento trágico, sino realista. Sabíamos que íbamos a morir, esto estaba en el programa desde que nacimos”.
Mari Pla es su compañera de grupo de ayuda mutua. Ella fue la artífice de esta iniciativa, que busca no dejar atrás a ninguna de las personas sénior del barrio. Valenciana de nacimiento, afirma a sus 73 años que “todo comienza cuando ya pasa un tiempo tras la jubilación, ahí te preguntas qué hacer con tu vida”. Tras un proyecto frustrado de cohabitación junto a otras personas que decidieron envejecer juntas, esta antigua enfermera comunitaria impulsó un taller de envejecimiento activo en la asociación vecinal del barrio, el germen del grupo de ayuda mutua.
“No tengo ningún miedo a morir, es lo natural. Sí siento cierto temor a las incertezas de lo que me espera en relación con el mundo cognitivo, a la posible pérdida de capacidad mental, pero no tengo temor a hacerme más vieja de lo que soy”, se explaya. La soledad es otro de los puntos que Pla menciona al hablar de miedos, aunque asegura que se ve aplacado por la comunidad. “El objetivo es acompañarnos y transmitir unos valores, hacer nuevas amistades en el barrio. Si le pasa algo a cualquiera de nosotros, ahí estaremos para acompañar. Aquí nadie se queda solo”, destaca certera.
Esta valenciana asentada en Barcelona desde hace apenas unos diez años sostiene que “en casa no se aprende, se aprende fuera”, en relación con su defensa de no perder la actividad según se vayan cumpliendo años. “Y no quiero ir a actividades que me entretengan, yo quiero aprender”, reclama. Así ha sucedido con la pintura de acuarela o cada vez que se enfrenta a la elaboración de una receta nueva. “Uno de los grandes valores de esta etapa es el tiempo. Hay que saber gestionarlo sin que pienses que lo pierdes”, agrega.
Hacia el envejecimiento digno
Merche Delgado, de 66 años, ha trabajado de muchas cosas, pero se jubiló como subalterna en la Diputación de Barcelona hace un año. “La vida te tiene que sorprender, tengas la edad que tengas”, introduce. Ella también piensa que “la comunidad hay que conservarla, regarla, intentar estar lo mejor posible con la gente que te rodea”. Dice que no le tiene miedo a nada, excepto al dolor. “No temo a la muerte, pero sí a sufrir, o al dolor de que a mis hijos les pasase algo”.
Un estimulante para Delgado son las actividades intergeneracionales. “Parece que al hacerte mayor solo te puedes juntar con gente mayor”, como si eso fuera un compartimento estanco de un sector de la población y no comportara todo un grupo heterogéneo de experiencias, deseos y anhelos. “Dentro de 20 años quizá me habré muerto, que es lo que toca, pero dentro de diez seguiré con vida, aprendiendo, relacionándome con la gente y haciendo mis siestas, que me encantan, y viviendo, pero viviendo con conocimiento y emotividad, con ganas de hacer cosas”, se explaya.
Dos décadas después de llegar a Poble Nou, Josep María Gordillo es uno de los pocos hombres que componen el grupo de ayuda mutua del barrio. Maestro de escuela retirado, a sus 73 años aclara que es consciente de que la vida tiene un límite. Eso no es óbice para que siga viviendo centrado en determinadas preocupaciones e intereses, pues Gordillo está ligado al activismo social. “En absoluto me preocupa la muerte. Además, todo aquello que has adquirido a lo largo de la vida te ayuda a reinterpretar las cosas de otra manera”, esgrime.
Una de sus principales reclamaciones es un envejecimiento digno, una meta que se ve enturbiada por el edadismo que impregna la sociedad. “Todavía hay muchos estigmas y estereotipos, ideas prefijadas sobre las personas mayores cuando cada uno y cada una somos absolutamente diferentes por nuestras posibilidades físicas y mentales y por nuestros intereses”, se queja.
Lourdes Casanovas lleva viviendo en Poble Nou los 74 años que cuenta su vida. También maestra jubilada, siempre estuvo acompañada de diversos grupos. “Quizá soy la que voy a menos cosas de ocio, pero el objetivo es el compromiso, y eso lo tienen por mi parte. Nos iremos ayudando unos a otros según surjan limitaciones”, explica.
Hay cosas que echa de menos, claro. Viajar y tener más movilidad personal son dos de ellas. Asimismo, le perturba la idea de terminar sus días con dolor o que pueda acecharle alguna demencia. “Si llega un momento que no conozco a mi gente, mejor morir, que se termine la vida”, sostiene. “Me gustaría saber vivir bien la pérdida de amistades. Lo veo con mi madre, que tiene 100 años, quien dice que de sus amigos de verdad solo queda ella, aunque ha tenido la capacidad de ir haciendo amistades más jóvenes”, finaliza.
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