Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
La crisis de Ceuta anuncia una batalla sin cuartel entre Gobierno y oposición
Los tribunales cierran la puerta a las reclamaciones de Baltasar Garzón
Opinión - Ceuta no puede esperar, por Antón Losada

Una nueva arquitectura para el futuro: cómo hacer que la ciudad sea amigable con la vejez

Varias personas caminan por la ciudad.

Guillermo Martínez

23 de agosto de 2026 20:56 h

3

Red de itinerarios peatonales, aceras 1,80 metros de ancho, como mínimo, con pavimentos lisos y regulares, zonas de descanso cada 200 metros, bancos con respaldo y apoyabrazos. Repensar la ciudad para conseguir reducir su nivel de complejidad y hacerla más accesible para las personas mayores es un reto cada vez más presente en las agendas públicas. Las expertas enfatizan que el urbanismo es un factor determinante para prevenir la soledad no deseada, el deterioro cognitivo y unos niveles de disfrute que no deberían reducirse por el simple hecho de envejecer.

No existe una receta para conseguir que una ciudad sea amigable con las personas mayores. Es lo primero que dice Ana Fernández sobre los cambios necesarios para convertir entornos urbanos en espacios cercanos y seguros para un colectivo cada vez más numeroso. “La ciudad ahora mismo está pensada como una forma de facilitar el trabajo y la acumulación de capital, y la vejez es lo opuesto a eso, de ahí que existan tantas barreras”, explica la experta, una de las autoras de Arquitecturas del cuidado. Hacia un envejecimiento activista (Icaria, 2019).

Esta arquitecta va más allá de las barreras arquitectónicas que todavía permean los barrios para recalcar que el urbanismo juega un papel esencial en torno a la soledad no deseada que, en muchas ocasiones, experimentan las personas durante la vejez. “Que la vivienda no esté muy aislada y haya espacios intermedios entre la calle, el ruido y el bullicio y la casa facilita que la gente tenga intercambios y trabe relaciones con otras personas”, señala.

Las especialistas coinciden al sostener que una ciudad atractiva para las personas mayores se parece mucho a una ciudad atractiva para los niños pequeños, lo que también redundaría en un mayor disfrute para la población en general. “Que haya una mezcla equilibrada de usos y que no sean necesarios los desplazamientos largos ayudaría mucho a ello”, comenta Fernández. La coautora del libro, Irati Mogollón, coincide: “Aquí lo importante es preguntarse cómo una ciudad puede ser vivible en cada una de las fases de nuestra vida, así que lo primero es intentar integrar la diversidad de usos”.

Todo cerca y accesible

Esta socióloga menciona la ciudad de los 15 minutos como uno de los objetivos a lograr. Es decir, que en ese tiempo una persona pueda ver colmadas sus necesidades básicas, tales como poder acudir a un centro de salud, una biblioteca, un supermercado o una farmacia. Por otra parte, incide en la sensorialidad de las personas mayores: “Ante la sobreestimulación de muchas ciudades, muchas personas prefieren replegarse ante la vorágine”.

Mogollón sostiene que una posible solución es la creación de oasis climáticos y zonas de respiro, con plazas con sombra, y espacios verdes, en los que convivan niños jugando a la pelota y personas mayores paseando, sentadas en un banco y socializando. Además, lo más nimio que le puede parecer a cualquier otra persona, para aquellos más envejecidos puede suponer un impedimento. Esa es la razón por la que tantos ancianos caminan por el carril bici, porque así se aseguran de no tropezar, ilustra esta especialista.

Ahora detectamos que muchas ciudades no se han adaptado a las necesidades del itinerario vital de las personas

Mari Ángel López Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España

En esa sobreestimulación también toma parte el color. “La cartelería exterior iluminada en las tiendas para mí debería ser ilegal. Esos destellos son muy agresivos para los mayores”, ejemplifica Mogollón. Todos estos aspectos los tienen muy en cuenta desde el Observatorio 2030 del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España. Mari Ángel López, una de sus integrantes, defiende que las ciudades y los pueblos necesitan construir una “nueva capa histórica”: “Ahora detectamos que muchas ciudades no se han adaptado a las necesidades del itinerario vital de las personas”, adelanta.

Diseño urbano y democracia

Apuestan por el diseño, esa herramienta de transformación social y de inclusión que debe abarcar a todas las personas de todas las generaciones, tal y como lo definen. “Cuando una persona no puede acceder a su espacio más próximo, le impedimos generar memoria emocional y sentimientos vinculados a esos espacios”, reconoce López. En este sentido, apuesta por una red de itinerarios peatonales que conecten unos servicios públicos con otros, aceras de mínimo 1,80 metros de ancho con pavimentos lisos y regulares y zonas de descanso cada 200 metros. “Y ahí debería haber bancos adecuados, con reposabrazos y respaldo, y amplios, que permitan interactuar con los demás”, dice la experta.

“Según diseñemos nuestras ciudades, serán más o menos democráticas. Aquellas que no estén adaptadas a personas con cierta vulnerabilidad, estarán impidiendo que puedan disfrutar del espacio público”, considera la integrante del Observatorio 2030.

Para medir esta realidad, desde la Fundación para la Accesibilidad y la Responsabilidad Social (ARS) han desarrollado el certificado internacional de accesibilidad AIS. De esta forma, se verifica el grado de accesibilidad de un espacio. Su directora, Esther Bienes, explica que para que un espacio sea accesible debe cumplir numerosos aspectos en cinco áreas funcionales: itinerarios horizontales y verticales, comunicación e información, servicios y evacuación. Por ejemplo, en el caso de la información, quizá las pantallas digitales no sirven para las personas más mayores: “Mis padres ni se paran a mirarlas, no ven lo que hay escrito, ya sea por los reflejos o la falta de contraste, y eso también es accesibilidad”, precisa.

La cuestión de los bancos para descansar no es baladí. Bienes añade que las moles de granito rectangulares que ahora pueblan las calles de tantas ciudades, sin respaldo ni apoyabrazos, complican la vida a las personas mayores. “No tienen espacio ni recorrido para inclinar un poco los pies hacia detrás y hacer la fuerza necesaria y empuje hacia adelante”, relata la experta.

Alternativas residenciales

Elisa Pozo es arquitecta y cofundadora de Mita Atelier, un estudio especializado en cuidados y entornos para mayores. Esta especialista en planificación estratégica en el abordaje de los cuidados subraya que la prevalencia de demencia entre los mayores sigue aumentando. “Si existe un entorno seguro, la persona podrá seguir saliendo y mantener su vida social, activa, con las compras diarias y los quehaceres cotidianos, lo que favorece la prevención y que el deterioro cognitivo no vaya a más”, desarrolla.

Esta arquitecta destaca la “seguridad percibida” como uno de los elementos fundamentales a tener en cuenta para crear una ciudad amigable con las personas mayores: “Existen vulnerabilidades, como la pérdida de masa muscular o el miedo a la desorientación, que crean cierto miedo a salir de casa”.

Asimismo, Pozo recuerda que, en muchas ocasiones, la vivienda deja de ser accesible a medida que una persona envejece. “A priori, todos queremos envejecer en nuestra casa, pero a veces no es posible por temas físicos o económicos, porque no nos podemos hacer cargo de ella en un contexto social en el que perdemos redes de proximidad, como los vecinos que cambian por culpa de la gentrificación”, se explaya. Es ahí donde deberían surgir alternativas a las habituales residencias. “Hacen falta políticas públicas que permitan innovar a entidades privadas y promotores y crear opciones de lugares para el envejecimiento que den respuesta a su diversidad de perfiles, porque no es lo mismo alguien de 68 que alguien de 81 años”, añade.

Fernández habla ahora más como ciudadana que como profesional: “Las personas mayores suelen mostrar una actitud bastante resistente a los cambios, tienen cierta dificultad a la hora de imaginar el futuro que se avecina y prefieren quedarse como están”. Esta arquitecta piensa que eso es un error: “Hay que empezar a hablar desde los 60 años de cómo vamos a querer nuestra vejez, si nuestra vivienda está adaptada a ello, si el barrio colmará nuestras necesidades, cómo queremos que nos cuiden”.

Etiquetas
stats