“Los pequeños embajadores”: el programa que sirve de unión entre España y el pueblo saharaui
“Yo no quería venir, no porque tuviera un mal recuerdo, simplemente es que yo estaba perfectamente en el desierto, descalzo, jugando con mis amigos”. Omar Lamin recuerda aquel primer viaje a Mallorca en 1997. El hoy diputado socialista del Parlament de Baleares fue uno de los ‘pequeños embajadores saharauis’, tal y como él los denomina, que participó en el programa 'Vacaciones en Paz'.
“No conocía nada más y lo había normalizado, por desgracia. Para mí lo raro no era ir descalzo, lo raro era tener unos zapatos. Lo raro era tener tantas cosas y poder elegir, abrir un grifo y que saliera agua de manera inmediata”, profundiza Lamin. A más de 700 kilómetros, Buley Dadah, un joven fisioterapeuta de 29 años, guarda un buen recuerdo de sus primeros veranos en Siles (Jaén): “Vine sin saber absolutamente nada de español. Pero te encuentras con una familia que te trata como un hijo. Pasé dos meses geniales con ellos, entre piscina y juegos, además de las correspondientes revisiones médicas”.
Ambos vinieron a España por primera vez con el programa 'Vacaciones en Paz', del que se han beneficiado cerca de 37.500 menores saharauis desde 2014. Cada verano, miles de niños procedentes de campamentos de refugiados de Tinduf, en el desierto argelino, son acogidos temporalmente por familias españolas.
Además de huir de las abrasadoras temperaturas, que durante los meses estivales pueden superar los 50 grados, el programa tiene el objetivo de garantizar atención médica a los menores, así como pasar un verano entretenido. “La valoración del programa es muy positiva porque, además de recibir una alimentación muy adecuada, hay revisiones médicas para prevenir e incluso muchos niños acaban recibiendo tratamientos que allí no hubieran tenido nunca”, sintetiza Buley Dadah. El joven explica que “muchos niños vienen con déficit alimenticio y anemia”, una situación que tratan de revertir durante su estancia: “Se van de aquí muy recuperados, con varios kilos más, se lo pasan muy bien, se llevan ropa y juguetes. Eso les ayuda a afrontar el resto de año”.
A través de estos niños sensibilizamos a la opinión pública de la gran injusticia que están viviendo, tanto ellos, como refugiados en los campamentos que dependen de la ayuda internacional, como los que viven bajo el dominio de Marruecos en el Sáhara Occidental
Sin embargo, el propósito del programa va más allá: “A través de estos niños sensibilizamos a la opinión pública de la gran injusticia que están viviendo, tanto ellos, como refugiados en los campamentos que dependen de la ayuda internacional, como los que viven bajo el dominio de Marruecos en el Sáhara Occidental y en constante violación de sus derechos humanos”, explica Catalina Roselló, presidenta de la Associació d’Amics Del Poble Saharaui de les Illes Balears.
En esta edición han llegado a España alrededor de 2.800 menores, acompañados por 170 monitores y monitoras, que permanecen dos meses repartidos por distintas comunidades autónomas. Andalucía, Catalunya, Castilla-La Mancha, Euskadi y Galicia han sido los principales territorios de acogida durante la última década.
Pese a ello, algunas asociaciones autonómicas alertan de que cada año resulta más complicado encontrar familias dispuestas a participar en el programa. “Nosotros llevamos 39 años haciendo el programa. Antes de la pandemia venían 95 niños y ahora llegan 36. Cada vez es más difícil conseguir familias y además se acortan los plazos para presentar la documentación”, señala Rosselló. La presidenta de la Coordinadora Estatal de Asociaciones Solidarias con el Sáhara (CEAS), Maite Isla, asegura que la situación económica también influye: “Las familias de acogida no es que sean familias a las que les sobre dinero. Les abrimos las puertas de nuestras casas y nuestros corazones, pero a veces las situaciones te lo impiden”.
'Vacaciones en Paz' se desarrolla de forma ininterrumpida desde principios de los años noventa, aunque las primeras llegadas de menores saharauis a la península se remontan a 1979. Tan solo la pandemia de la COVID-19 obligó a suspender el programa durante los veranos de 2020 y 2021. Pese a la longevidad del programa, Maite Isla, afirma que el programa sigue significando “todo”: “Aparte de ser un programa solidario, es un programa político, pues los mejores embajadores que tenemos para dar a conocer la causa del pueblo saharaui continúan siendo estas niñas y niños”.
Las familias: el pilar fundamental del programa
El programa 'Vacaciones en Paz' no puede entenderse sin las familias de acogida. Miles de hogares abren cada verano las puertas de su casa a menores saharauis y permiten mantener el vínculo entre ambas sociedades.
Paula Alcaraz, vecina de Linares (Jaén), es una de esas segundas madres desde hace cinco años. Tras conocer el programa, decidió dar el paso: “Siempre habíamos tenido ganas de acoger. Nos trajimos el primer año a nuestro niño y la verdad es que no pensábamos que iba a ser una experiencia tan maravillosa. Desde el primer momento conectamos con él y con su familia”.
La adaptación, reconoce, no siempre es sencilla: “El primer verano es mortal, porque no os entendéis y es todo por gestos”. A las dificultades del idioma se suma el desconocimiento del entorno: “No sabía lo que era una acera, un semáforo o un ascensor. Cruzaba la carretera sin mirar porque allí no existen coches. Cuando le decía que no podía hacer algo me preguntaba: ‘¿Pero eso quién lo dice?’”.
Pese a las pequeñas complicaciones, Alcaraz reconoce haber creado un vínculo enseguida. La familia viajó hasta los campamentos de refugiados para conocer a los padres biológicos del menor y comprender la situación en la que el pequeño crece. Durante estos cinco años la relación se ha estrechado aún más. “La familia para ellos es lo más importante y eso también te lo enseñan a ti”.
Una vez transcurridos los meses de julio y agosto, toca despedirse: “Lo tienes dos meses en tu casa y se le coge muchísimo cariño. Cuando se va piensas en si tendrá qué comer, si le hará falta algo... Nosotros llegamos todos los años a Jaén llorando después de despedirnos”. Sin embargo, este verano será distinto. Cuando la familia de Paula viajó a conocer a la familia, los padres biológicos del menor les pidieron que se quedara en España para estudiar y tener un futuro. “Nosotros estuvimos de acuerdo desde el principio, pero nos ha costado cinco años mover todo el papeleo”, explica Alcaraz. Si todo sale según lo previsto, cuando el menor llegue comenzarán los últimos trámites administrativos para formalizar su permanencia en España. “Ya no será una despedida tan dura”, concluye emocionada.
Saharauis españoles
Para algunos menores, 'Vacaciones en Paz' supone algo más que una estancia veraniega en la península o en sus archipiélagos. De la misma forma que con el hijo de acogida de Paula, sucedió con Buley Dadah y Omar Lamin, que llegaron siendo niños para pasar unas vacaciones y acabaron quedándose permanentemente con sus familias españolas.
“Con nueve años fue mi primera vez y me siguieron acogiendo los siguientes veranos. En mi último verano, el de los doce años, mi familia biológica propuso a mis padres adoptivos que me quedara con ellos para estudiar y labrarme un futuro”, recuerda Buley Dadah. “Mis padres adoptivos aceptaron entre lágrimas”.
La elección no fue tan sencilla para él. “Al principio no quería. ¿Cómo no voy a ver a mis padres durante años?”. Fueron ambas familias quienes terminaron convenciéndole: “Con once añitos tuve que entender que aquello no era un futuro y que la mejor forma de ayudarme a mí mismo y a mi familia biológica era quedándome en España”.
La historia de Omar Lamin siguió un camino parecido. “Yo cada verano quería volver a casa y contar que había venido aquí, que había nadado, que me lo había pasado superbién. Es que yo nací en el desierto; para mí no había nada más maravilloso”. Sin embargo, fue su madre quien tomó la decisión. “Me metió en un camión, yo llorando como un magdaleno. Me decía: 'Tú estudia. No vengas. Tu prioridad es estudiar, ser buena persona, tratar bien a tus padres y disfrutar, pero sobre todo estudia'”.
La adaptación, tal y como comenta Paula Alcaraz, es compleja al principio. “Yo no estaba acostumbrado a ver tantas cosas y me abrumaba. Me quería ir de las grandes superficies”, recuerda Omar entre risas. Antes de viajar, su madre solo le dio tres instrucciones: “No subas escaleras, que te vas a matar; no toques la electricidad, que te vas a electrocutar; y no te metas en un sitio con mucha agua, porque te vas a ahogar”.
Buley Dadah tuvo que enfrentarse además a una incorporación escolar acelerada: “El verano en el que vine para quedarme tuve que ponerme las pilas porque yo chapurreaba el español. Tuve que aprender el abecedario, empezar a leer, escribir y hacer matemáticas... y todo eso directamente en la ESO. Yo no pasé por Primaria”. Reconoce que fueron “años complicados”: “La gente te ve como extraño, pero poco a poco se va remontando”.
Con el paso del tiempo, y ya con 29 y 27 años, los dos han construido una vida en España sin romper la relación con sus raíces. “Mis padres españoles son mis padres, pese a no ser los de sangre. Con mi familia biológica sigo manteniendo relación y voy todos los años a verla. Mi madre adoptiva también viaja todos los años a los campamentos, porque quería que mi familia conociera con quien se quedaba su hijo”, explica Dadah.
Lamin habla con la misma emoción de sus dos madres. “No entendía por qué tenía que quedarme. Yo quería estar con mi madre. Pero mi madre de aquí y la de allí decidieron que lo mejor para mí era dar un paso más allá y quedarme para estudiar y ser una persona de provecho”. Hoy define aquel momento como un acto de valentía: “Qué grandes mis madres y todas aquellas mujeres que luchaban teniéndolo todo en contra, porque no es fácil acoger”. Recuerda además el momento decisivo: “Mi madre biológica le dijo a Cati, mi madre adoptiva: 'Yo te confío a mi hijo'. Eso me costó muchísimo entenderlo”.
Aunque las familias pueden acoger únicamente un verano, suelen implicarse más allá de los meses estivales. Por ejemplo, la familia de Buley Dadah acoge también a su hermano pequeño cada verano y la familia de Paula Alcaraz participa en otras actividades durante el año.
“Tuvimos la oportunidad de formar parte de un proyecto que es la mejor expresión de solidaridad, de generosidad y de amor incondicional. Si la causa saharaui sigue de pie, es gracias precisamente al compromiso de la sociedad española”, concluye Lamin.
La deuda pendiente
Décadas después del inicio del conflicto, las asociaciones de amistad con el pueblo saharaui continúan sosteniendo un lazo que ha sobrevivido a los cambios de gobierno y a los vaivenes de la política exterior española. Mientras las instituciones han oscilado en su posición sobre el Sáhara Occidental, miles de familias han mantenido cada verano un compromiso constante con los menores que llegan a España a través de 'Vacaciones en Paz'.
Para Omar Lamin, ese es precisamente el mayor legado del programa. “Fuimos la provincia 53 de España y seguimos unidos. A pesar de los vaivenes políticos, no hay nada más fuerte que el compromiso emocional. Eso ha forjado la relación entre ambos pueblos y ha traspasado incluso los colores políticos”. El diputado considera que la mejor forma de mantener viva la causa saharaui es “dando espacio a los pequeños embajadores”, porque son ellos quienes han mantenido viva la conexión entre ambas sociedades: “Los saharauis hablamos con una brutal carga emocional de nuestros hermanos y hermanas españolas. Ese compromiso es inquebrantable”.
Ese vínculo ha vuelto a ser sujeto de debate en las últimas semanas en el Congreso. La proposición de ley impulsada por Sumar para facilitar el acceso a la nacionalidad española a los saharauis nacidos antes de 1976 y a sus descendientes afronta ahora su tramitación definitiva. La iniciativa se votará tras el parón estival, podría beneficiar a unas 70.000 personas y sus descendientes.
“Es una buena noticia. Es una oportunidad que tendrán los saharauis para conseguir la nacionalidad, como ya ocurre con otros colectivos, como los sefardíes”, valora Catalina Roselló. De la misma forma opina su compañera, Maite Isla, que considera que privarles de ese derecho es algo que “nunca debió suceder bajo ningún concepto” y admite estar “contenta” ante el reconocimiento de Palestina por parte del Estado Español, pero reclama lo mismo para el Sáhara Occidental: “Ni más ni menos, porque además le pertenece al Sáhara por justicia y por historia”. Omar Lamin comparte esa visión y define la medida como “una cuestión de justicia, de devolver dignidad y un derecho que nunca se debería haber arrebatado”.
Cada verano miles de niños vuelven a cruzar el Mediterráneo para pasar dos meses con familias españolas que, generación tras generación, mantienen vivo una relación que la política no ha podido romper. “Es un programa que está totalmente consolidado. Son muchos los niños que vienen este año y que vienen ya a casa de sus abuelos. Eso significa que sus padres hace 30 años fueron niños de 'Vacaciones en Paz' con una familia y hoy ya salen sus hijos. Se han creado unos lazos, ya no de amistad, de familiaridad, que son imposibles cortar”, concluye Maite Isla.
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