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Entrevista

“Confundimos cuidarnos con ser buena persona”: el sociólogo que explica qué falla en nuestra idea de bienestar

Carl Cederström, coautor de 'El síndrome del bienestar'.

Alba Correa

6 de octubre de 2026 22:02 h

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La búsqueda de la felicidad atraviesa nuestros días. No es un ideal nuevo, pero la forma en la que se manifiesta, –casi como un imperativo o misión individual–, se ha ido definiendo como una invitación a implicarse en actividades de bienestar (wellness) muy relacionadas con mantener un cuerpo sano, en forma, y una mente tan activa como productiva. Este es el fenómeno que analizan los académicos Carl Cederström y André Spicer en su ensayo El síndrome del bienestar (Gatopardo). Un bienestar que se traduce en jornadas de gimnasio, sesiones de yoga en la oficina, una obsesión por contar calorías y cuidar el cuerpo como quien pone a punto una máquina, pero que también se recrea en registrar y medir el tiempo de ocio y esparcimiento cultural en términos de productividad. Algo que encuentra un reflejo en miles de apps de diseño amable que a diario utilizamos para aprender idiomas, registrar las películas que vemos, medir la cantidad de libros que leemos, o compartir los kilómetros que hemos recorrido en nuestra última sesión de running.

Cuando el libro vio la luz originalmente corría el año 2015 y muchas de las prácticas tras las cuales los autores percibían una pauta común todavía no estaban tan extendidas y normalizadas como lo están ahora. Más de una década después, el sociólogo Carl Cederström, docente en la Stockholm Business School admite, en una entrevista con elDiario.es, estar sorprendido no sólo por cómo no se ha mantenido esta forma tan singular de entender el bienestar, sino por cómo estos aspectos se han exacerbado. “En aquel momento observábamos cosas que sucedían casi en los márgenes, pero en las que veíamos enraizarse algo mayor. Hoy se aprecia claramente cómo la tecnología o las redes sociales se han puesto al servicio de la optimización personal”.

En el transcurso de estos años han tenido lugar episodios de transcendencia de tan profundo calado como la pandemia covid-19. “Durante la pandemia, la gente literalmente se encerró en su propio miniuniverso. Para bien o para mal, conectaron con diferentes técnicas de bienestar para sobrellevar la situación”, expone Cederström, que observó en este período casi una metáfora de cómo la gente se comenzaría a relacionar con el mundo: “Tienes tu pequeña isla de la que cuidas mientras esperas a ver si afuera el mundo sobrevive o no. Y realmente vivimos en un capitalismo salvaje con pocas nociones de compromiso colectivo, de igualdad, diversidad… Ideas que han sufrido mucho en el transcurso de los últimos años.”

Las técnicas de bienestar pueden ayudarte a mejorar tu vida de muchas maneras, el problema es creer que quienes no comparten contigo esos valores son malas personas. Muchos, por sus circunstancias, no pueden regirse por esos estándares

Cuando ser muy productivos adquiere un matiz moral

La invitación a optimizarnos a través de actividades de bienestar, como si fuéramos la versión beta de un software en desarrollo, hoy se encuentra por doquier. Desde una notificación push en tu teléfono inteligente recordando esa lección de idiomas diaria a la empresa en la que trabajas organizando una sesión de team building. Pero no es algo que se haya originado en nuestros días, sino que se trata de un movimiento que, explica Cederström, toma forma en los 70, vive momentos álgidos más tarde también, en los años 2000, y hoy, para el autor, se hace presente de muchas maneras, en cada rincón de nuestra sociedad.

Su mayor riesgo según el investigador, sin embargo, es la lectura moral que adquiere: “Vivimos un momento en el que confundimos sentirse bien con ser buena persona”, sentencia Cederström. “Creemos que si cuidamos de nuestra salud y vamos al gimnasio estamos haciendo el bien, que si te comprometes a intentar pensar y mirar el mundo de manera más positiva, eres bueno. Son cosas distintas. Las técnicas de bienestar pueden ayudarte a mejorar tu vida de muchas maneras, pero lo problemático es cuando empiezas a creer que quienes no comparten contigo esos valores son malas personas. Y son muchas las personas que por sus circunstancias o diferentes razones no pueden regirse por esos estándares. Entonces normalizamos formas de discriminación. Al convertir cuestiones sociales y políticas en asuntos privados, despolitizamos asuntos muy importantes en nuestra sociedad.”

La preocupación por la desigualdad se manifiesta en la tesis de El síndrome del bienestar. Al fin y al cabo, la clase social y el contexto personal define también la capacidad de una persona para sumarse a estas actividades de bienestar o crecimiento personal. “El libro es una crítica a esta creencia de que moralmente eres mejor persona por involucrarte en estas prácticas”, resume Cederström. “En la literatura empresarial, la relación entre felicidad y productividad lleva siendo una creencia muy sólida desde los años 20 y 30. Pero sólo necesitas pensar en los diferentes empleos que existen para darte cuenta de que es una idea delirante. Una limpiadora de hotel infeliz puede ser inmensamente productiva, o los esclavos que construyeron las pirámides, por ejemplo, sería injusto decir que no fueron productivos. El libro es una crítica, una mirada escéptica, a obsesionarse con la idea felicidad y salud. Son cosas estupendas, claro, por eso son tan populares, pero el concepto de felicidad y salud es tan amplio que puede relacionarse con casi cualquier cosa.”

La felicidad como preocupación social

En 2010, el entonces Primer Ministro de Reino Unido, David Cameron, lanzó una imposible campaña de dos millones de libras para desentrañar algo tan ambiguo y relativo como el índice de felicidad de sus conciudadanos. Unas 200.000 personas fueron encuestadas para registrar un nuevo paisaje estadístico del territorio que, según la voluntad de Cameron, serviría para completar el del PIB. Si bien la iniciativa investía de cuestión pública lo que hasta entonces se entendía como algo personal, tal y como apuntan Cederström y Spicer, no tenía intención de trazar un vínculo entre la felicidad y las circunstancias socioeconómicas vigentes. El tamiz moralizante del síndrome del bienestar logra responsabilizar a cada individuo de la búsqueda de su propia felicidad, así como del fracaso de no alcanzarla.

En la literatura empresarial, la relación entre felicidad y productividad lleva siendo una creencia muy sólida desde los años 20 y 30. Pero es una idea delirante: una limpiadora de hotel infeliz puede ser inmensamente productiva

Ante la pregunta de si este enfoque individualista daña nuestra capacidad colectiva para articular resistencias al sistema, Cederström llama a valorar emociones como la decepción y la ira. “Puedes alimentar una forma de resistencia colectiva a partir de diversos tipos de emociones”, sostiene. “La ira, por supuesto, es una de las más exitosas. Si analizas los levantamientos políticos, a menudo parten de un descontento o una decepción con el estado del mundo. Es importante mirar el mundo con decepción de vez en cuando”.

La intersección de género bajo el síndrome del bienestar

La lectura de El síndrome del bienestar admite muchas perspectivas y puede resultar especialmente intensa desde según qué lugares. Al analizar cómo el bienestar y la salud suelen ser juzgados a partir de la apariencia física, es inevitable que esta reflexión apele de forma incisiva a la experiencia femenina de crecer en relación con exigentes modelos de belleza. Sus autores son conscientes de esto. Por un lado, Cederström opina que como hombres blancos han podido escribir sobre este tema desde una menor vigilancia, “y eso de por sí ya es bastante elocuente”.

Por otro, observa una evolución en la relación del movimiento de bienestar según el género: “El movimiento de wellness mantiene una interesante relación con lo femenino y lo masculino. El género de autoayuda ha sido predominantemente dirigido hacia las consumidoras, así como la literatura New Age, en libros del tipo de Deepak Chopra. Pero a mediados de los 2000 cada vez más y más hombres comienzan a implicarse también en el movimiento de wellness, aunque lo hacen de una manera más tecnológica, como una auto optimización. El tipo de persona que recaba datos con pulseras de actividad, pensando su propio cuerpo con mentalidad de ingeniero, aplicando principios matemáticos para mejorarse. Así que en el momento en el que escribimos el libro, ya se producía un choque interesante entre lo masculino y lo femenino en el mundo del bienestar”, desarrolla Cederström. “Ahora ves muchos hombres jóvenes completamente obsesionados con sus cuerpos y apariencia, y gente siguiendo los consejos de la manosfera. Se trata de una experiencia con la que no me siento identificado porque no es cómo me crie. Crecí en un mundo en el que la barrera entre chicos y chicas era muy pequeña, los chicos teníamos amigas muy cercanas y también al revés. Ahora parece que es al contrario.”

El síndrome del bienestar es una aguda y documentada crítica al fenómeno global que nos ha hecho comprender nuestro cuerpo y mente casi como extensiones tecnológicas al servicio de nuestra felicidad. Un texto que llama a poner en cuestión la filosofía que nos anima a optimizar nuestro tiempo de vida para convertirnos en alguien más productivo, y sobre todo, una reivindicación para dejar de entender que más productividad es sinónimo de vivir con mayor plenitud.

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