Clara Nuño, periodista y escritora: “A la gente guapa se la trata mejor, pero es un arma de doble filo”
Si una lectora de unos treinta o cuarenta y pocos años se entrega al libro Las niñas bonitas no pagan dinero de la periodista y escritora Clara Nuño sin información adyacente, podría pensar que se trata de un ensayo. De uno que describe quizá no todas, pero sí muchas de las situaciones a las que se han tenido que enfrentar cantidad de mujeres desde su infancia hasta su edad actual. Y los lectores varones tampoco se librarían del espejo, aunque no sean los protagonistas. Sin embargo, es una novela y acaba de llegar a las librerías de la mano de la editorial Aguilar.
Pese a que se expone en la cubierta posterior del volumen, casi como una presentación –“Este libro es una gran farsa. Salvo cuando no lo es”–, la autora ha plasmado tantas escenas o posibles conversaciones que pudieron ser reales que no parece que haya mentira sino recuerdo. ¿A qué niña con vestido no le han dicho que cierre las piernas porque se le ven las bragas? ¿Qué adolescente no se ha preocupado por la rapidez o lentitud de su desarrollo corporal? ¿Qué mujer no se ha sentido insegura por su físico? ¿A cuántos hombres han rechazado pese a ser el ‘novio perfecto’? ¿Y quién no pierde horas y horas haciendo scroll en su móvil?
Todo eso está en la obra de Clara Nuño, cuya intención principal era plasmar en ella las presiones sobre el físico que reciben las mujeres desde la niñez a través de la trayectoria hasta que cumple 33 años. “Es ficción y las ficciones son mentiras. Están sacadas de tu imaginación o de cómo tú manipulas la vida, el mundo”, comenta a elDiario.es. Pero matiza que hay elementos reales, como cosas que les sucedieron a sus amigas o que ha escuchado a lo largo del tiempo: “Hay muchas veces que oigo por la calle o estoy escuchando a alguien contar una historia y pienso que eso es narrativa, es literatura”. Confiesa que tiene la aplicación de notas de su móvil llena de frases, comentarios o anécdotas que le han contado otras personas: “Lo típico, una quedada en un bar y alguien dice algo que le pasó a su tía en los 80”. Eso quizá llegue a ser un relato de Nuño.
Pero ese origen real solo es el escenario y el pie de una trama que después desfila por los caminos que la escritora escoge: “Por un lado estás contando algo que ocurrió, pero por otro te estás inventando algo a raíz de un apunte que te han dado”. De hecho, el germen de este trabajo fue un artículo periodístico (es decir, hechos reales y contrastados) que se publicó en este mismo medio titulado Esclavas de la belleza: pínchate los labios, María, pínchate. “En principio iba a ser un reportaje normal sobre cómo se está democratizando la cirugía estética en mujeres menores de 30 años”, explica, “antes lo veías en las famosas o en cierto tipo de élites y ahora es algo que ha llegado a la gente de a pie, porque sigue siendo caro pero está más cerca del público”.
Pero aquel trabajo al uso, derivó en un ejercicio de periodismo ‘gonzo’ y acudió en persona a una clínica estética sin desvelar su profesión para ver qué tratamientos le recomendaban a una mujer de 27 años como ella. Finalmente, el artículo mezcló ambos formatos y funcionó muy bien, así que apareció la editorial Aguilar con una propuesta para escribir un libro sobre esta temática: el resultado está ahora en las librerías.
En la novela este tema aparece aunque de forma residual, porque la parte de la infancia, adolescencia y primera juventud tienen más peso y se desarrolla entre finales de los años 90 y primera década de los 2000. Pero si la narradora hubiese sido adolescente a día de hoy, habría sido una temática inevitable que quizá se hubiese sumado a la de la delgadez a toda costa, porque los focos de presión sobre la normatividad del cuerpo no se alternan, se acumulan. Durante una escena, enseña a sus amigas a vomitar en una especie de taller de inicio a la bulimia, sin ser consciente de ello. Hoy, posiblemente después de haber vaciado sus entrañas, habrían seguido con la rutina de skincare.
Antes veías la cirugía estética en las famosas o en cierto tipo de élites, y ahora es algo que ha llegado a la gente de a pie, sigue siendo caro pero está más cerca del público
“Esto es una generalización, pero se venden un montón de cosas que no te hacen falta a crías de 12 o 13 años”, sostiene Nuño y afirma que cualquier dermatólogo te recomienda tener la piel hidratada y utilizar protección solar y punto. “Yo creo que las chicas que tienen ahora 15 o 16 años, por el momento concreto en el que estamos viviendo, lo tienen más difícil que las de aquella generación”, apunta.
El lujo de la belleza natural
Hay un detalle muy importante en el relato y es que la protagonista ‘está buena’ y lo sabe. Su madre siempre ha sido bella y se ha esforzado para que la edad no ‘estropee’ su aspecto, consciente del poder que tiene la imagen de una persona en la sociedad. Aunque su descendiente no lo es desde el principio, cuando llega a la pubertad y se desarrolla, se convierte en su viva imagen. Y se somete a los rituales que le transmite sin maldad, como si fuesen una receta de cocina, que van desde pasar un poquito de hambre a la tortura de la depilación con cera o máquina depiladora, nunca con cuchilla.
Nuño dice en el libro que para sobrevivir matamos a la madre y casi nunca al padre: “Al final, las mujeres tienen esa carga impuesta socialmente de ser las encargadas del criado, de la manutención, de moldear a los hijos y a las hijas sobre cómo deben ser. Entonces recaen sobre ella las violencias y los amores”. Aunque la autora señala que ahora hay muchos más hombres implicados en la crianza, es “algo sistémico y a ellas se las culpabiliza más de las cosas. Puede que ellos no les digan nada a las hijas porque, en primer lugar, ya saben que va a haber alguien que lo va a hacer, entonces no tienen que ejercer esa presión”.
Además, su progenitora ha crecido con la enseñanza generalizada de que “es la mujer la que se expone, la que se muestra, la que es el pavo real ante el mundo” y se lo transmite a ella. Ambas han tenido la “ventaja evolutiva de la belleza”, un aspecto que quiso explorar porque “A la gente guapa se la trata mejor, se le hace más caso, es posible que lleguen a mejores puestos de trabajo”, manifiesta pero también señala que: “Es un arma de doble filo”. Pone como ejemplo de ese peligro casos de abusos a jóvenes que quieren ser modelos y encontrar su sitio en la industria de la moda, o a los hombres que exhiben a sus parejas femeninas bellas como trofeos. Con su personalidad, la narradora es el ejemplo perfecto de esa vulnerabilidad: “Yo quería jugar con una persona que es perfectamente consciente de dónde está, del poder que tiene, pero sigue cayendo en todas las violencias que están preparadas para todas las mujeres”.
A día de hoy, socialmente la pareja también es un complemento, entre muchas otras cosas
Le ocurre con sus parejas masculinas, a las que no siempre escoge por lo bien que la tratan porque sus criterios de selección no se mueven en esos parámetros. Le gusta gustar y que quien la acompañe en su cotidianidad entre dentro de su canon de belleza. Eso hace que, a veces, haga daño y que otras muchas, se lo hagan a ella. “A día de hoy, socialmente la pareja también es un complemento, entre muchas otras cosas”, manifiesta Nuño, “entonces ella va buscando un chico guapo, que le quede bien. ¿Qué pasa? Que te puede quedar bien estéticamente, pero luego puede ser pues no tan bonito como parece”.
Al tratarse de una trama que se desarrolla entre la niñez y la primera juventud, la amistad tiene un gran peso en ella. Sobre todo esa que, en algunas ocasiones se parece casi a una relación de pareja por el nivel de intensidad en los sentimientos que se profieren. La protagonista tiene amigas que desaparecen de forma natural con el paso de los años por los caminos que toman las vidas y otras con las que rompe de manera más abrupta y dolorosa. “La amistad es amor y yo creo que muchas personas hemos sufrido más pérdidas de grandes amistades que de amores”, declara Nuño.
La narración llega hasta los 33 años de la protagonista, una cifra que no es aleatoria. La novela tenía que estar centrada en personas que hubiesen nacido a finales de los 90, adultos jóvenes hoy. Hasta el final, la escritora no sabía con qué edad quería despedirse de ella pero finalmente pensó: “Qué mejor edad que la de Jesucristo”, comenta, entre risas. La situación en la que la deja no es la ideal, pero el final es abierto: “Mi idea es que quede a gusto del consumidor. Si la quieres maltratar, puedes. Si le quieres dar una salvación, también. Yo creo que juego ahí con que ella siempre tiene una vía de escape, algo a lo que agarrarse”, concluye. Y cada cual escoge si la toma o no.
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