“Parece que si no estamos siempre a tope, nos pasa algo malo”: así viven las personas introvertidas
El ritmo de vida de Manuel es todo lo calmado que la sociedad le permite. Le gusta pasar tiempo en su casa a solas, detesta las aglomeraciones que se pueden dar en bares o macrofestivales y prefiere relacionarse con dos o tres personas a la vez como máximo. Además, si socializa durante un tiempo prolongado, luego necesita volver a su soledad para recuperarse. “Es como si mi cabeza no diese más de sí”, dice a elDiario.es. Estas características le definen como introvertido, algo que identificó cuando ya estaba en la universidad. De niño o adolescente ya notaba que era menos sociable que el resto, pero el adjetivo que le adjudicaban era “rarito”.
Cuando era niño, Jesús prefería jugar en grupos reducidos o solo con sus mejores amigos aunque realmente lo que prefería era que le dejasen “leer tranquilo”. “Con los años me di cuenta de que en realidad era bastante sociable, con facilidad para hacer amigos, conocer gente y moverme en grupos grandes. No sufro cuando tengo que socializar”, comenta. Pero hay una parte de esa introversión que permanece: no le importa estar solo y ya ha perdido ese FOMO propio de la adolescencia que le forzaba a salir de casa y relacionarse de forma expansiva para no sentirse marginado.
Lo que les ocurre a Manuel y a Jesús es un rasgo de personalidad, no es ningún trastorno. Solo lo sería si les impidiese llevar una existencia funcional, que no es el caso. Sylvie Pérez, profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación en la Universidad Oberta de Catalunya (UOC), desarrolla que “la persona introvertida, como rasgo de personalidad, es feliz, está tranquila y se siente equilibrada con bajos niveles de estimulación o interacción social”.
Roberto se identifica como un individuo introvertido porque prefiere estar más tiempo en soledad que acompañado, lo que no significa que no le guste juntarse con otros. Un día su pareja le definió como tímido, pero él no considera que lo sea. De hecho, cree que ella es más tímida que él aunque sea más sociable. “Yo hago amigos muy fácilmente solo que no me gusta estar constantemente rodeado”, afirma. Lo mismo le ocurre a Maru: “Soy bastante sociable, trabajo con muchas personas, tengo muchos amigos y quienes me conocen seguramente dirían que soy simpática. Pero la verdad es que cuando interactúo mucho o durante demasiado tiempo, necesito quedarme a solas”.
La persona introvertida, como rasgo de personalidad, es feliz, está tranquila y se siente equilibrada con bajos niveles de estimulación o interacción social
Confundir timidez con introversión es un error muy frecuente en la sociedad. Sylvie Pérez lo achaca a que la palabra que se usa como antítesis de tímido es extrovertido, al igual que para introvertido. “Tú puedes ser introvertido y no ser tímido. El tímido tiene miedo o es inseguro y el introvertido no es ni una cosa ni la otra”, explica. Por supuesto, alguien puede ser las dos cosas como le ocurre a Jesús, aunque con el tiempo ha conseguido atenuar la incomodidad que le pueden suponer ciertas situaciones. “He aprendido a comportarme sin timidez, a hablar en público y a dirigirme a desconocidos. Sí conservo algunos ramalazos de timidez: me pongo rojo con facilidad cuando hablan de mí, hay conversaciones que aplazo innecesariamente y situaciones que se me hacen bola”, afirma.
La psicóloga general sanitaria y forense especializada en el ámbito de la práctica clínica Laia Sabaté, coincide con su colega en que se tiende a pensar que timidez, introversión e incluso vergüenza son lo mismo. “Se pueden dar las tres cosas a la vez y normalmente solemos confundir una con otra. Para mí lo importante no es tanto ponerle nombre a estos tres factores sino que cuando nos sintamos inseguros o incómodos, podamos revisar qué es lo que nos está haciendo sentir así y qué necesitamos. Sin la necesidad de etiquetarnos en exceso”, diserta.
Asimismo, destaca que “depende de la historia de vida de cada uno, de lo que haya vivido y de cómo se haya aprendido o no a regular emocionalmente”. Por ejemplo, Jesús explica que él ha tenido suerte en su entorno personal y laboral. “Creo que lo pasaría mal si trabajara en contextos más agresivos o competitivos, o que me impidieran ‘retraerme’ de vez en cuando”, apunta y recuerda que una amiga le contó una experiencia traumática relacionada con este tema. Ella trabajaba en una consultora que organizó una barbacoa para fomentar el team building y lo pasó fatal por tener que participar en dicho evento. Al día siguiente, su jefa le recriminó que “no se hubiera puesto un bikini, que hubiera bebido poco y que no hubiera ‘bajado la guardia’. Le dijo que ese carácter reservado indicaba que no se sentía plenamente cómoda en su trabajo y con su equipo”, cuenta Jesús y manifiesta que él no habría durado en ese entorno “ni cinco minutos”.
Cuando interactúo mucho o durante demasiado tiempo, necesito quedarme a solas
La gente sí cambia (aunque sea un poco)
Manuel sí ha notado que desde que trabaja en casa su tendencia a la introversión se ha agudizado. Durante su época de estudiante y después en los diversos trabajos ‘de oficina’ que desempeñó tuvo que hablar con otros cada día: “He trabajado muchos años de teleoperador, por ejemplo, que supone estar ocho horas diarias hablando con desconocidos”. Pero el teletrabajo le ha librado de esa obligación: “La cosa ha ido a más y ahora me da pereza (o incluso agobio) cosas que antes sí hacía sin problemas, como ir al Rastro”.
Para Roberto, los años influyen en este rasgo de personalidad en concreto: “Con la edad también creo que seleccionas más dónde, con quién y para qué socializas”. Una opinión que Elena comparte, aunque con matices: “Si me hubieses preguntado hace 20 años que me considero introvertida o extrovertida, te hubiese dicho que totalmente extrovertida. Pero era otra época, no estábamos todo el rato conectados, no teníamos esa sensación de tener que estar disponibles siempre que causa que mucha gente ya no pueda más”. Ella considera que está en ese colectivo que, depende del día, necesita permanecer a solas sin que eso signifique necesariamente que se considere introvertida.
En cuanto a la edad, Sylvie Pérez apunta que “las dimensiones de la personalidad se van construyendo a medida que nos vamos haciendo mayores. Normalmente, un joven que no tiene del todo madurado el sistema frontal del cerebro, que tiene muchas experiencias todavía por vivir, tiende a ser más extrovertido o a tener menos conciencia de peligro, a ser más impulsivo”. De esta manera, “la mayoría de la gente de mediana edad ha aprendido un poco a ser más prudente, ya le han pasado cosas. Aunque siempre tendemos más a un lado o a otro”, arguye.
Sabaté coincide con Elena en que el ritmo frenético de la cotidianidad que ha impuesto el turbocapitalismo puede influir en los rasgos de la personalidad. “Vivimos un momento muy estimulante: redes, inmediatez, autoexigencia, presión social… todo esto nos hace ir a un ritmo muy rápido y a veces tenemos demasiados estímulos cerca. Para quienes tienen esta tendencia a la introversión, supone a veces un esfuerzo doble poder regularse, ya que la sociedad nos lleva a mostrarnos demasiado hacia fuera”. Esta interacción constante y no siempre deseada, también puede reducir el tiempo disponible para estar a solas, aunque la especialista remarca que: “Depende del momento vital, el contexto y de cada cual”.
En general, a las y los entrevistados tener una personalidad introvertida no les ha traído problemas (o no demasiados) ni en su ámbito personal ni en el laboral. De hecho, Maru considera que el tiempo que pasa a solas “son los momentos de más creatividad, profundidad y calma en general, en los que proceso todo lo que voy viviendo”. Manuel tampoco ha sentido que ser como es le haya perjudicado en ninguno de los dos aspectos, aunque sí cree que se puede haber perdido experiencias que podría haber disfrutado. “Quedarse en casa está muy bien, pero otras cosas quizá también. No se puede tener todo. Quizá si pudiese conseguir que todo el mundo se quedase en casa cuando yo quiero hacer algo fuera de ella, pero no creo que estén por la labor”, ironiza.
Para Sylvie Pérez, en la sociedad hay cierta desconfianza ante la introversión en comparación con la extroversión. Sobre todo por la confusión entre el primer término y la timidez. “Normalmente la introversión va asociada a ser inseguro, reservado, selectivo. Y se puede pensar que alguien así tendrá algo que esconder o le cuesta demasiado socializar. Mientras que identificamos la extroversión, la capacidad de hablar con los demás, con sentirse seguro”, desgrana y discurre que “interpretamos el silencio como problema, simplificamos mucho”.
Vivimos un momento muy estimulante (...) Para quienes tienen tendencia a la introversión, supone a veces un esfuerzo doble poder regularse; la sociedad nos lleva a mostrarnos demasiado hacia fuera
La opinión de Sabaté va en la misma línea ya que piensa que la gente con este rasgo de personalidad puede sentirse más cansada: “Parece que si no mantenemos siempre una energía social a tope, con ganas de recibir muchos estímulos a la vez, nos pasa algo malo”. Sin embargo, Pérez ha detectado un cambio: “Hay bastantes personas que se van situando un poco en ir despacio, en procesar las cosas. Ponen sus cuentas en las redes sociales como privadas o se apuntan a los movimientos como el slow food”.
Para Manuel, ser introvertido es más difícil que ser extrovertido “pero es mucho más fácil ahora que hace diez o veinte años”. “Ahora todo el mundo ha aprendido a base de memes en internet que existe gente a la que no le gusta estar en grupos grandes, hacer planes multitudinarios y entienden que estar en casa solo no es tan raro”, concreta. Jesús cree que “los modelos de conducta son mayoritariamente extrovertidos. Se valora la espontaneidad, el impulso, el expresarse sin cortapisas o sin pensarlo dos veces. Pero eso no es una novedad, siempre ha sido así”.
Coincide con Manuel en que la tecnología ha sido una ayuda porque “hay formas de comunicación menos invasivas (escribir un mensaje en vez de llamar) y desde la pandemia existen reductos de soledad socialmente aceptados. Incluso las redes permiten visibilizar otra forma de relacionarse y ya no imponen una única manera de socializar”. “Creo que hoy ser introvertido está más aceptado que hace años, cuando el único modelo aspiracional era ser el rey del gallinero”, concluye.
1