Amigas que vivan cerca: cómo nos cambia la vida compartir lo cotidiano
“Siento a mis amigos lejos geográficamente, no emocionalmente”. Irene, una joven de 27 años natural de Valladolid, lleva cinco años viviendo en Madrid. Ha pasado de vivir “en un radio de diez minutos andando” de sus amigas —quedar para pasear, tomar algo o hacer recados casi sin organización— a necesitar trayectos de casi una hora de metro: “Al final, que ver a tu amiga suponga 50 minutos de metro y tres transbordos dificulta mucho poder quedar con la frecuencia que te gustaría”.
Es el caso contrario a Jorge, un joven de 26 años que, tras haberse criado en la capital, se ha mudado a un pueblo de cinco mil habitantes en Ávila. Acostumbrado a que “todos los planes requerían de calendario” y planificación, ahora ve a su nuevo grupo de amigos con muchísima más facilidad. “Voy a un restaurante con mi familia y siempre conozco a alguien de los que está cenando, voy al supermercado y me encuentro a un amigo haciendo la compra, voy a la panadería y me atiende un amigo… (...) Estás haciendo tu vida del día a día y de repente te da una alegría de encontrarte a alguien conocido”.
Tener a nuestros amigos cerca no siempre depende únicamente del cariño o de las ganas de vernos. En ciudades cada vez más caras, extensas y aceleradas, la proximidad se convierte también en una cuestión logística. ¿Cómo de importante es incluir las amistades en la vida cotidiana? ¿Cómo influye la distancia en nuestro bienestar y en la manera en que nos relacionamos?
Cuando la amistad deja de ser cotidiana
Selene lleva viviendo en Madrid desde 2017. Llegó desde un pequeño municipio de Mallorca y durante sus años universitarios en Getafe disfrutó especialmente de hacer vida cotidiana con sus compañeros de carrera. Sin embargo, al terminar los estudios, la dificultad para acceder al alquiler dispersó al grupo y con ello desapareció parte de esa cercanía diaria. “Ahora todo requiere sacar el calendario”, lamenta, “se pierde la improvisación, pero en lo que más se nota es en que cuando quedamos finalmente no nos basta el tiempo. Nos hemos expulsado del día a día y nos hemos resignado a quedar y contarnos las novedades”.
Las grandes ciudades como Madrid muchas veces son testigo de personas “muy conectadas digitalmente, pero con redes afectivas fragmentadas y vidas sociales mucho más difíciles de sostener en lo cotidiano”. Así explica Gabriela Hidalgo Caldas, psicóloga y coach, cómo “muchas veces no perdemos vínculos, perdemos cotidianeidad”, las relaciones dejan de estar integradas en la vida diaria y pasan a ser algo casi excepcional. Lo que para Irene en Valladolid “se solucionaba con un paseo y un café”, “ahora requiere de una llamada con mis padres o mis amigas”.
De esta manera, a pesar de que las grandes ciudades ofrecen muchas oportunidades sociales, también conllevan más dispersión y más dificultad para sostener encuentros frecuentes. Es habitual que amistades que viven a 40 minutos de distancia terminen viéndose muy poco porque, como expone la también psicóloga Rebeca Carrasco García, especializada en trauma, ansiedad y depresión, “la vida cotidiana ya está bastante saturada”. Se pone en riesgo una parte muy importante en las relaciones de amistad: la espontaneidad.
Que ver a tu amiga suponga 50 minutos de metro y tres transbordos dificulta mucho poder quedar con la frecuencia que te gustaría
Improvisar para tomarse un café, verse un rato después del trabajo o acompañarse en pequeños momentos cotidianos pueden parecer cosas pequeñas, pero pueden ser esas interacciones las que nos ayuden a sostener la sensación de apoyo, pertenencia y conexión. “La proximidad física aporta algo muy concreto que cuesta sustituir: la integración del vínculo en la vida cotidiana”. Para Hidalgo Caldas “no es solo hablar o mantenerse en contacto”, sino compartir cierta sensación de disponibilidad mutua. En las grandes ciudades existen “relaciones significativas, pero muy poca sensación de sostén cercano en su vida diaria”.
Los grandes núcleos urbanos generan una contradicción: es habitual sentirse desconectado incluso estando rodeado de gente. Y es que muchas veces estas interacciones no se producen por una falta de cariño, sino por cansancio, horarios, desplazamientos o logística. Como recuerda Julia Vidal, psicóloga sanitaria y directora de Área Humana Psicología, toda esta planificación “genera carga mental y más necesidad de tiempo que las relaciones de proximidad no tienen”. Vidal considera clave sentir disponibilidad por parte de nuestros vínculos (incluso aunque no quedemos), ya que “incrementa el bienestar general” y “reduce el estrés”.
La amistad, “un factor de protección para la salud mental”
Las relaciones de amistad no solo cumplen una función social o afectiva, sino que tienen un impacto directo en nuestro bienestar emocional. Nazaret Iglesias García, psicóloga y directora de Dana Centro de Psicología, señala que existe evidencia de que “el apoyo social percibido se relaciona con menor estrés, ansiedad y sintomatología depresiva, y actúa como un factor protector para la salud mental”.
El apoyo social percibido se relaciona con menor estrés, ansiedad y sintomatología depresiva, y actúa como un factor protector para la salud mental
Trini y Ana son hermanas, pero, según dicen: “Obviamente también somos amigas”. Aunque llevaban décadas viviendo en la misma ciudad, desde hace poco residen en el mismo municipio, separadas por apenas unas cuantas calles. Desde entonces, aseguran que su relación se ha vuelto mucho más cercana. “Ana lo es todo para mí, creo que sin ella no podría llevar la vida que llevo. Nos vemos a menudo, desayunamos, tomamos algo, nos encontramos…”, cuenta Trini. La mudanza de Trini llegó después de una etapa complicada y de algunos problemas de salud. A raíz de ello, ambas han podido comprobar hasta qué punto tener cerca a personas importantes puede influir en el bienestar diario. Aunque intuían que vivir cerca las uniría más, Trini reconoce que no esperaba el impacto que tendría en su día a día: “No conocía esta maravillosa vida que me estaba esperando (...) Sabemos que nos tenemos ahí, y que viéndonos y tomando un café nos sentiremos mejor”.
La “sensación de sostén emocional cotidiano” es clave para Esther Boada, psicóloga sanitaria y directora de Centre Sukha Cornella y Molins, porque, “cuando una persona percibe que no tiene a nadie cerca a quien recurrir fácilmente, el sistema nervioso tiende a mantenerse más alerta, aparece más sensación de carga mental, hipervigilancia y necesidad de ‘poder con todo”. Además, pueden aparecer dinámicas de “autosuficiencia obligada”: la sensación de tener que afrontar todo sola porque pedir ayuda requiere demasiada coordinación, tiempo y esfuerzo.
Irene tiene claro que, tanto en Valladolid como en Madrid, compartir tiempo con sus amistades influye directamente en cómo se siente. La joven, que reconoce no mantener “un contacto muy fluido a través de redes o WhatsApp”, asegura que cuando ve a sus amigas en persona “es mucho más probable que surjan conversaciones de desahogo mutuo” que le ayudan a “estar mucho mejor anímicamente”. “Esto para mí es calidad de vida”, dice.
Y es precisamente en momentos en los que esa convivencia se vuelve más regular —durante las vacaciones, el verano o los días en el pueblo— cuando sus efectos sobre el bienestar emocional se hacen más evidentes. Para Irene M., su día a día cambia cuando en verano pasa de una gran ciudad como Sevilla a su pueblo manchego: “Cuando voy al pueblo es a desconectar, a pasármelo bien y a disfrutar. Son momentos muy concretos en los que se hace mucha vida en comunidad, en casa de amigos, en bares rodeada de gente… No hay esa rutina ni ritmos frenéticos que hay en una ciudad, por eso [las amistades] parece que se desarrollan mucho más fácil”.
Cuando pasamos a entornos más reducidos y podemos disfrutar de una mayor cotidianidad con nuestras amistades, se hace también más visible hasta qué punto el consumo condiciona la forma en que nos relacionamos en las grandes ciudades. Al pasar de la capital a un pueblo de cinco mil habitantes, Jorge ha comprobado que este elemento no atraviesa de igual manera las relaciones de amistad en ambos contextos. “En Madrid salir o quedar siempre va ligado a consumir. Aquí, aunque también puedes quedar a tomar algo, sí que es más común quedar para simplemente estar en la plaza. Con mis amigos de aquí puedo quedar por la tarde, ir a cenar a casa, y después volver a salir (...) Estás menos obligado a gastar dinero, si quieres lo haces, pero no hace falta”.
Lo mismo vive Irene M. en sus vacaciones: “Puedo quedar para estar con mis amigas para no hacer nada, simplemente contarnos nuestras vidas y reflexionar. No quedamos para hacer algo concreto como sí ocurre en la ciudad, sino simplemente para estar juntas”.
Buscar proximidad en la distancia
En la etapa adulta, no siempre es posible dedicar a las amistades el mismo tiempo que en la infancia o la adolescencia. El ritmo diario hace que, en muchas ocasiones, un paseo improvisado se cambie por una llamada o un mensaje para preguntar qué tal va el día, la semana o incluso el mes.
Las expertas como Eva Barrio, psicóloga con perspectiva de género y directora de Nara psicología, señalan la proximidad como un elemento fortalecedor de los vínculos emocionales —el “efecto de mera exposición” demuestra cómo la frecuencia de contacto físico aumenta la familiaridad y el afecto—. Sin embargo, esto no implica que las relaciones a distancia no puedan ser profundas y significativas. De hecho, Barrio está segura de que cuando no tenemos esta proximidad, “la buscamos”.
El problema de la vivienda expulsa a las personas de sus barrios o del lugar en el que se establecieron en un primer momento debido al precio de los alquileres y desajusta el círculo social
En este contexto, Selene tiene mucho que agradecer a la tecnología: “Si algo bueno tiene es que permite enviar un mensaje, escribir, llamar e incluso ver la cara y las reacciones cuando hay alguna novedad importante que hay que contar, aunque sea en videollamada. Por supuesto, lo mejor y lo ideal es tener a las amigas cerca, pero al final hay muchas maneras de sentirlas así”.
Por su parte, Iglesias García recuerda que las relaciones a distancia con nuestras amigas no son menos valiosas, ya que “nos pueden sostener mucho emocionalmente”, sobre todo “si hay confianza, continuidad y comunicación de calidad”. “Esa disponibilidad no necesariamente tiene que ser física, es esencial sentir esta disponibilidad emocional que se refuerza con la cercanía física que se puede generar también a través de la tecnología”, añade la psicóloga Vidal. De ahí que en la vida adulta sostener una red de apoyo no dependa solo de la cercanía o la tecnología, sino también de la intención con la que se cuidan esos vínculos.
Irene M. afirma con contundencia que “las relaciones de amistad hay que trabajarlas”, al igual que cualquier otro tipo de relación y “no solo las de pareja, que son a las que más estamos acostumbrados a prestar atención”.
El problema de la vivienda atraviesa la amistad
Muchas veces la lejanía con nuestros círculos de amistades no viene marcada por un cambio de trabajo o de ciudad, sino por un factor más estructural: la dificultad de acceso a la vivienda. El encarecimiento del alquiler y la compra en las grandes ciudades, que obliga a desplazarse en busca de opciones más asequibles cada vez más alejadas de los centros, ha terminado por distanciar a muchas amistades. Selene ha vivido esta realidad en primera persona: “En general, no tengo cerca a mi gente, y precisamente este es uno de los problemas que veo en el modelo de ciudad que plantea Madrid o las grandes ciudades. El problema de la vivienda expulsa a las personas de sus barrios o del lugar en el que se establecieron en un primer momento debido al precio de los alquileres y desajusta el círculo social”.
Según señala la psicóloga Hidalgo Caldas, para muchas personas acceder a una vivienda solo es posible “a costa de alejarse de sus redes afectivas, de sus rutinas sociales y de los espacios donde transcurría su vida cotidiana”. Esto tiene consecuencias “económicas y logísticas, pero también relacionales y psicológicas”, como el aumento del aislamiento social, el estrés sostenido o la sensación de desconexión y desarraigo.
Tan importantes son los amigos íntimos, las amistades más ‘superficiales’, las personas cotidianas como el compañero con quien te tomas un café. Estas microinteracciones aportan a nuestra ‘nutrición social’, contribuyen a sentirte acompañada, en sociedad
Cuidar los vínculos también es autocuidado
Las psicólogas inciden en el factor de protección que constituyen las amistades, y en la importancia de cultivarlas de forma consciente en la vida adulta. En las grandes ciudades se vuelve especialmente importante construir un espacio o red que nos permita tener esa sensación de pertenencia. “Tan importantes son los amigos íntimos, las amistades más ‘superficiales’, las personas cotidianas como el compañero con quien te tomas un café o estas microinteracciones, todas aportan a nuestra ‘nutrición social’, ya que son un espacio de expresión y contribuyen a sentirte acompañada, a sentirte en sociedad”, señala Vidal.
La clave, según Iglesias García, “es no idealizar ni demonizar la distancia”. Podemos tener vínculos muy profundos con personas que viven lejos, pero también necesitamos presencia cercana, vida compartida y pequeñas interacciones cotidianas. Y concluye: “El bienestar emocional no depende solo de tener ‘gente importante’ en abstracto, sino de sentir que hay personas disponibles, accesibles y presentes en nuestra vida real (...) En un contexto social donde cada vez hay más movilidad, teletrabajo, individualización y dispersión urbana, construir red cercana no debería verse como algo secundario”.
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