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Beatriz Torres, pescadora: “Mis compañeros no se fiaban de mí, nunca habían visto una mujer a bordo”

Beatriz Torres en un barco pesquero.

María Aragonés

Decía Fran Perea en la cabecera de Los Serrano que “desde los bancos de Madrid no se puede ver el mar”, aunque Beatriz Torres lo avistaba en cada libro, en cada película y en cada sueño desde que ha tenido uso de razón —pese a haber nacido y haberse criado en la capital—. A los 11 años su familia y ella se trasladaron a Sevilla, donde siguió idealizando el agua salada con un par de veranos en la playa como referencia. En su cabeza aquello era insuficiente, necesitaba un contacto más estrecho con las mareas o el salitre. Fue entonces cuando, con 17 años, se mudó a Menorca y terminó de enamorarse del Mediterráneo y de sus aguas. 

El flechazo terminó de materializarse durante una travesía marítima entre Menorca, Túnez y Cerdeña en la que unos amigos le explicaron que podía formarse para trabajar en un barco. Torres, sin estudios superiores hasta ese momento, se imaginó a sí misma haciendo de ese viaje su día a día y se sintió preparada para pasar el resto de su vida entre el agua salada. “Vi en esa travesía que no tenía miedo, que me encantaba. Me vi capaz y me animé a estudiarlo”, relata. 

Al terminar la formación básica en seguridad, la propia escuela en la que estudiaba le ofreció la posibilidad de completar su currículo con el curso de marinero pescador. Ella no pudo rechazarlo, ya que se declara como una “absoluta enamorada del sector primario”. “Del campo pasé al mar, y a mí la pesca me ha interesado siempre”, explica Torres, quien anteriormente había trabajado como auxiliar agrícola y quería ejercer esa misma labor a bordo de un pesquero.

Prejuicios machistas en el sector marítimo

Las cosas se complicaron para ella al embarcar por primera vez de forma profesional: se encontró con un sector especialmente masculinizado, en el que su presencia no siempre —más bien casi nunca— era bienvenida. “Me costó mucho entrar, no se fiaban de mí”, recuerda. “Hay patrones que me decían que nunca habían visto una mujer a bordo, yo no me lo esperaba”, añade.

Su caso no fue una excepción, y es plenamente consciente de ello. “El recreativo está masculinizado, pero en la pesca más todavía”, sostiene Torres. “A la mujer se le veía como que no era capaz de realizar ciertas maniobras”, detalla. De hecho, hay cuestiones que lejos de avanzar han dado marcha atrás en lo que a la pesca se refiere. Espacios anteriormente reservados para ellas ahora son una nueva conquista masculina, por lo que las oportunidades son cada vez más escasas: “Antes, por ejemplo, las mujeres eran rederas, ahora son más hombres los rederos”, expone Torres.

La lista de tareas pendientes para un sector más igualitario es extensa. Faltan mujeres de todas las edades, pero especialmente un relevo generacional joven, con ideas frescas que pueda revertir todas aquellas lacras aún presentes. Por eso anima a las jóvenes a apostar por su pasión independientemente de los prejuicios: “¿Te crees capaz? ¿Estás fuerte? ¿Te gusta el mar? Pues no hay mejor cosa que puedas hacer que meterte a trabajar en ello”, argumenta. Aun así, advierte de que no será un camino fácil, y de que toda aquella que decida tomarlo tiene que ser consciente de las dificultades que atravesará: “Todavía hay un poco de miedo a que no las contraten, a tener que demostrar más de lo que sus compañeros, para que las tomen en serio”, recalca.

Pasión frente a la opresión

Pese a las contrariedades, la vocación de Torres siempre ha sido más fuerte que los prejuicios, y poco a poco pudo hacer entender a sus compañeros que el trabajo no entiende de género y que su presencia en el barco estaba más que justificada, al igual que la de todos los demás.

“Aquellos primeros días en el mar fueron espectaculares”, recuerda. “En pesca de arrastre, empezar de noche con esas máquinas, los motores, el mar mismo que es salvaje… Era de película, yo no me lo podría haber imaginado”. Ahora mismo, con años de experiencia a sus espaldas, aunque esa impresión siga intacta también ha tenido que interiorizar muchos aspectos que ya forman parte de su rutina. “El día a día en el puerto y en el mar implica acostumbrarse al movimiento del agua, a no caerte, al equilibrio y sobre todo al sol”, detalla. “Lo más exigente, es tener todo el rato en la cabeza la seguridad”.

Lo que tampoco se va de la mente de Torres es la necesidad de referentes femeninos en su sector para que otras muchas, al igual que ella, conviertan su pasión en su profesión, y sobre todo para que puedan hacerlo sin barreras relativas al género. “La idea que quiero que se quede de esta entrevista es que la percepción del género a la hora de trabajar no existe, es una cosa cultural. Depende más de la individualidad de cada persona, de la voluntad y de las ganas y de lo que te guste el mar”, concluye.

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