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CRÓNICA

Feijóo suma con Andalucía una cuarta victoria incompleta que le impide zafarse de Vox

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo y el candidato popular a las elecciones de Andalucía y actual presidente de la Junta, Juanma Moreno
18 de mayo de 2026 08:20 h

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Halcones o palomas, todos los populares necesitan mayoría absoluta para zafarse de Vox. No lo lograron María Guardiola, Jorge Azcón ni Alfonso Fernández Mañueco y, ahora, pierde la que tenía el moderado Juanma Moreno. Y estas elecciones no iban nada más que de eso. El PP encadena su cuarta victoria incompleta en seis meses en el cierre del ciclo electoral previo a las generales. Y el actual presidente de la Junta tendrá que pactar de nuevo con la ultraderecha, tras retroceder 5 posiciones y quedarse con 53 escaños, dos por debajo de los que le garantizaban su independencia de Vox. El PSOE perfora su peor resultado histórico en la región, con 28 diputados, dos menos que en la anterior legislatura mientras que la sorpresa a la izquierda de los socialistas la da Adelante Andalucía, con 8 escaños, seis más que en 2022, mientras que Por Andalucía se mantiene en 5.

Moreno Bonilla regresa así a la casilla de salida de 2018, cuando entró por primera vez en San Telmo después de pactar su investidura con los de Abascal. Allí empezó todo. Por primera vez la extrema derecha se sentaba hace ocho años en un Parlamento y empezaba un ascenso en las instituciones democráticas que ha arrastrado al PP a una estrategia de radicalidad y tierra quemada que no parece que Feijóo vaya a reconsiderar tras este 17 de mayo en el que sus competidores de bloque consolidan su posición en todos los territorios.

Vox sigue teniendo la llave de la gobernabilidad y también la influencia de imponer su ideario y sus políticas. En Extremadura, en Aragón, en Castilla y León, ahora en Andalucía, y en España si suman en 2027. El destino del PP está, por tanto, inexorablemente unido a los ultras, pese a que la mejor opción para el país hubiera sido que las urnas certificaran su hundimiento allí donde empezaron su ascenso en las instituciones democráticas.

Moreno se verá obligado a una nueva negociación que debilita su estrategia como único barón capaz de frenar a Vox desde la contención, ya que los de Abascal siguen creciendo moderadamente hasta situarse en 15 parlamentarios, solo uno más que hace cuatro años. Tendrá más complicado ahora esgrimir una marca propia por encima de la de Feijóo, incluso de la de una Ayuso más desbocada que nunca y con todos los tics de la extrema derecha. Por lo que sea, los populares andaluces han querido lejos de esta campaña a la presidenta madrileña y por lo que sea también, han evitado los actos conjuntos, salvo uno en Málaga, de su candidato con el líder de su partido. Pero hasta esa distancia calculada que han puesto entre Andalucía y la dirección nacional les ha resultado baldía porque los de Abascal siguen avanzando.

El caso es que el ganador de este 17M no es un político de reivindicaciones absolutas, ni de gritos, ni de insultos. Y, aunque no se pueda decir de él que haga política a golpe de consenso o eluda el conflicto, sí ha entendido que la discrepancia y la moderación son compatibles. También que orbitar en la vida pública no es siempre un combate camorrista y que su partido no puede ser un corta y pega de la ultraderecha. Y aun así, Andalucía sigue dando alas a la ultraderecha y otorga con estos resultados a Vox la llave de San Telmo.

En una España en la que la dialéctica amigo-enemigo y en la que los populistas jamás dudan, Juanma Moreno había conseguido en sus ya ocho años de gobierno que los andaluces le vieran como un político transversal que no rompe platos, pese a haber desguazado más de uno en los servicios públicos esenciales. Quizá le ha hecho mella el escándalo de los cribados del cáncer de mama. Quizá la deficiente gestión de los servicios de emergencia durante el accidente de Adamuz que la izquierda introdujo en la recta final de la campaña. Quizá su negativa a aceptar un sistema de financiación que otorgaba 5.800 millones de euros más para Andalucía. Quizá la indignación por la deficiente gestión de la sanidad pública. Pero sin duda si a algo se puede imputar la pérdida de la mayoría absoluta es a la alta participación y a una izquierda alternativa que salió de la modorra para ir a votar y recordar una vez más, que su adversario no es la derecha sino la desmovilización.

María Jesús Montero y Pedro Sánchez, en el cierre de campaña del PSOE en Sevilla.

Con todo, el PSOE, aunque satisfecho con la pérdida de la mayoría absoluta de Moreno, no solo no remonta el vuelo, sino que perfora el suelo de hace cuatro años, al perder dos diputados de los 30 que tenía. No ha hecho la oposición que debía. Paga en las urnas casi una década de frustración tras la pérdida del poder institucional y los equilibrios orgánicos para situar en las listas a diputados que llevan más de 20 años en la primera línea. También su controvertida apuesta de hacer candidatos a los ministros de Pedro Sánchez, como ha sido el caso de María Jesús Montero y el próximo año lo serán Óscar López (Madrid), Ángel Víctor Torres (Canarias) y Diana Morant (Valencia).

Los socialistas andaluces, pero también la dirección de la calle Ferraz, tendrán que hacerse muchas preguntas y ser capaces de responderlas. La primera, cuándo y por qué el PSOE de Andalucía dejó de parecerse a su región. Después, cómo un partido que llegó a superar los dos millones de votos en 2004 y 2008 ha bajado 20 años después del millón de papeletas. Y, por último, si debe seguir anteponiendo su política de supervivencia orgánica y control de los territorios a la búsqueda de savia nueva.

Los análisis postelectorales que se harán a partir de esta noche dirán en unos casos que la de Andalucía es otra victoria amarga de Feijóo y en otros que el 17M ha expedido un nuevo golpe a un agonizante Sánchez, pese a que la evidencia empírica demuestra que cada elección es distinta y que los votantes saben por quién apuestan y por qué en cada momento. En elecciones generales, históricamente el PSOE en voto andaluz está siempre muy por encima que en autonómicas. Y, pese a que la candidatura de María Jesús Montero intentó arengar a los abstencionistas con llamadas constantes a la movilización, los casi 600.000 electores que apoyaron a Sánchez en 2023 pero no al PSOE en las andaluzas de hace cuatro años han vuelto a quedarse en casa o cambiado la papeleta por la de Adelante Andalucía, en una jornada en la que la participación rozó el 65% del censo, la más alta en todas las elecciones andaluzas celebradas en democracia cuando no ha coincidido con generales.

Si algo había demostrado la historia de esta Comunidad es que la baja participación era contraproducente para la izquierda, ya que la suma de las derechas solo superaron a las izquierdas en 2018 y en 2022, cuando la abstención superó más del 40%. El mayor índice de participación en Andalucía se registró en 1996, con un 77,94%, pese a que el PSOE andaba entonces envuelto en casos de corrupción y el felipismo daba sus últimas bocanadas. Pese a ello, los andaluces acudieron masivamente a las urnas y más de un 50% votó socialismo u otras opciones de izquierda, si bien en aquella ocasiones autonómicas y generales se celebraron el mismo día.

La participación en Andalucía empezó a desplomarse tras salir a la luz, en 2011, el caso ERE. Hasta entonces, superaba claramente el 70% (72,67% en 2008 o 74,66% en 2004), algo que no había vuelto a ocurrir y que la izquierda debería empezar a analizar con más tiempo y profundidad que el que dedica a sus cuitas internas. Un ejercicio que tampoco estaría de más en la calle Génova, ya que Feijóo, en lo que respecta a su independencia de Vox y a pesar de ser ya un émulo de Abascal, sigue más atado que nunca a su rival de bloque. 

En todo caso, Andalucía es la comunidad autónoma más poblada de España y la que con más escaños contribuye al Congreso (61), lo que los resultados introducen inevitablemente esa lectura en clave nacional de la que en estos días tampoco se librarán el PSOE y Pedro Sánchez. Eso sí que nadie espere que la dirigencia o las bases se levanten contra la dirección federal. Todo el mundo quieto y agazapado hasta las generales.

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