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Los que no votan

El candidato a la presidencia de la Junta de Andalucía por el PP, Juanma Moreno, a su llegada a la sede de su Partido en Sevilla.
17 de mayo de 2026 23:25 h

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En la última victoria con gobierno socialista en Andalucía –2015– la participación se fue casi al 64%. En la primera mayoría absoluta de Moreno Bonilla –2022– el recuento se quedó levemente por encima del 56%. Esos casi ocho puntos más de abstención no lo explicaban todo del actual mapa político andaluz, pero casi. El crecimiento de la participación ahora tampoco lo explica todo, pero casi.

Ahí se jugaba la mayoría absoluta el candidato popular. Los que no iban a votar casi importaban más que quienes sí iban a hacerlo. La sufrida movilización de la base electoral a la izquierda del PSOE, tras el enésimo episodio de división y suspense hasta el último segundo, le ha costado la mayoría absoluta a los populares. Otro objetivo, sin la reactivación mínima del votante socialista, se antojaba una misión imposible. La realidad y las matemáticas electorales son tozudas. 

Moreno Bonilla ha ganado, pero no ha conseguido su objetivo, que siempre es la peor de las victorias. Solo él puede ser presidente, pero no quería volver a serlo así. El candidato popular ha padecido el mismo problema durante toda su campaña: el PP. Su dilema entre él o un lío perdió toda la fuerza con los acuerdos de gobierno entre populares y Vox. Además, entre la mala valoración de su gestión de servicios públicos como la sanidad y la amenaza fantasma del lío, parece que los andaluces han preferido un poco de lío. 

En el PSOE y en la Moncloa seguramente estarán convencidos de ver otra prueba irrefutable de su teoría, según la cual a Pedro Sánchez le votan y a los demás socialistas les castigan. Cada uno ve lo que quiere ver. Pero esto no ha sido un accidente laboral de María Jesús Montero. Más parece el resultado de una década tras no hacer lo que había que haber acometido tras la corrupción de los ERE y una salida traumática del poder. Seguirá pasando mientras no lo afronten. Puede que en el ejecutivo consideren encapsulada la catástrofe respecto a la legislatura. Pero también puede que la realidad no haya recibido el mail de Presidencia y todo se acelere de aquí a las elecciones generales.  

A Vox se le ha acabado subir sin hacer más que flotar con la marea, pero, como siempre, ya acude el PP al rescate. Ahora tiene que nadar y lo de la prioridad nacional da para un par de brazadas, dos tertulias y un telediario, pero no para hacerse unos largos a buen ritmo. Si, además, andas a bofetadas como en un partido de los de siempre, la gente desconfía. El elector de derechas vota para gobernar, no para que le coman la cabeza con batallas culturales o de las otras. Vox condiciona y el PP gobierna; la fórmula se consolida en la derecha como la alternativa al sanchismo.  

A la izquierda del PSOE vuelve a quedar claro lo que todos saben, pero nadie parece querer asumir. Antonio Maíllo y José Ignacio García no han inventado la pólvora ni falta que hacía porque, con un poco de renovación en las caras y las formas, algo menos de agresividad en el discurso y algo más de energía positiva, sí se puede. Unos y otros harían mal en interpretar el nuevo balance de resultados como una ratificación de sus paupérrimas tácticas. Los mismos que han llevado a la izquierda española a la presente situación de penuria y precariedad no van a sacarla de ella. Es ley de vida. 

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