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Antonio Maestre

Periodista y documentalista. Estudió Documentación en la Universidad Complutense de Madrid y tiene estudios de posgrado en Periodismo en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Periodista especializado en la investigación, estudio y análisis de los procesos de conformación de la extrema derecha. Ha colaborado también con Jacobin Magazine, Le Monde Diplomatique o La Marea.

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 1955

Antifascismo, el nuevo enemigo interno de Donald Trump

Donald Trump ha dado un giro político al problema racial latente puesto de relieve una vez más por el asesinato de George Floyd en Minnesota a manos de un policía blanco. La maniobra busca consolidar un enemigo interior que le pueda sacar de un apuro a escasos meses de las elecciones. Una disputa que le puede ocasionar muchos problemas y que está directamente vinculada a lo estructural de la política nacional. En EEUU se puede ser racista pero no decir que un negro tiene menos derechos, pero sí se puede enarbolar el antifascismo como si fuera un bando violento de una guerra de bandas. Un simple tuit ha creado un nuevo enemigo mucho más asible y demonizable que el que le pueden otorgar los disturbios raciales: "Los Estados Unidos de América declararán Antifa como una organización terrorista".

The United States of America will be designating ANTIFA as a Terrorist Organization.

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Sin hambre el patrón no paga miseria

El insulto aporafóbico que subyace tras catalogar de "paguita" el ingreso mínimo vital nace de un profundo odio de clase integrado en la ideología neoliberal. Un ítem propagandístico hegemónico que una inmensa mayoría vividora de ricos wannabes, carne de cañón de préstamo cancelado para una start up, ha mamado de forma acrítica hasta alienarse. Se creen que su opinión, dirigida hasta la trepanación, nace de un profundo análisis emancipatorio frente al marxismo cultural imperante. No hay más oveja que quien llama rebaño a la masa.

Manuel Sacristán, uno de los marxistas de referencia olvidados de nuestro tiempo, era vilipendiado por rechazar el dogmatismo y enarbolar la utilidad pragmática para conseguir avances sociales mientras no se había alcanzado el socialismo. El mientrastantismo era aquella idea que buscaba cómo ser útil en las democracias liberales hasta lograr los postulados marxistas. El ingreso mínimo vital es mientrastantismo en esencia pura: usar una situación coyuntural como la pandemia para cambiar sustancialmente un problema estructural apabullando a la crítica que de otra manera hubiera sido furibunda y ahora es solo una muestra de estertores liberales. Los pragmáticos que dudábamos de este Gobierno, los dogmáticos que llamaban vendidos a los que entraban en él y los vocingleros que han llegado al Congreso a mostrar su inutilidad con una bandera han comprobado para qué sirve un BOE. Para cambiar de manera sustancial la vida de quienes más lo necesitan.

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Intelectuales de cal y lejía

El día que Julio Anguita reapareció en un mitin político en marzo de 2015 en Málaga lanzó una petición que sonaba más a lamento que a exigencia. Apelaba a los intelectuales, al compromiso con su pueblo: "Apelo a los intelectuales, ¿dónde puñetas estáis, que no os comprometéis para sacar de la inmundicia a nuestro país? ¿Dónde están aquellos intelectuales que con José Ortega y Gasset firmaron el manifiesto por la República? ¿Dónde estáis? ¿Estáis al lado de vuestro pueblo? ¿Al lado de qué estáis? ¿Del mercado, de la competitividad, del euro?".

En España hay una serie de intelectuales, plumillas y personajes de todo cuño que enarbolan lo que podría considerarse la doctrina "Chaves Nogales", que no es más que la perversión del cronista que confunde mirar con objetividad los hechos con poner en igualdad de condiciones al agresor con la víctima, al golpista con el demócrata, al criminal con el garante de lo colectivo. En definitiva, que quieren ser Chaves Nogales pero no son más que cobardes que no soportarían una campaña de difamación y amenazas de la extrema derecha. Se pretenden intelectuales elevados pero no son más que acojonados. El miedo es libre, pero cuando se quiere esconder en una ficción de dos Españas intolerantes que no les permite expresarse produce sonrojo y conmiseración.

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Ayuso y la picadora obrera

Ayuso tuvo una epifanía. En su tournée propagandística visitó un banco de alimentos y cayó en la cuenta de que en Madrid hay pobres. Pero no los pobres de siempre, que esos ya están amortizados y para eso está Cáritas, sino otros pobres. Pobres diferentes, pobres de los que votan. Y pensó que ya estaba bien eso de cuidarse. La economía como bien supremo, por encima de la salud de los curritos. La servidumbre patronal ya no puede disimular. Ayuso podría haber considerado que si hay gente con necesidad alimentaria podría movilizar recursos públicos para que no sufra en vez de activar la economía en una situación de riesgo sanitario. Pero no, eso es asistencialismo. Toca jugarse la vida, los pobres, claro.

Ha pasado el tiempo de instrumentalizar la salud para atacar al Gobierno y poner de nuevo en marcha la picadora obrera, que en realidad nunca ha parado porque los que más han sufrido son los que menos tienen, como siempre. Isabel Díaz Ayuso ha dejado de utilizar su pose de plañidera enlutada y fingir que le importan los muertos para volver a mandar a los trabajadores al matadero. De vuelta a la guerra. Por su patria, el dinero.

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La extrema derecha y el paradigma Iker Jiménez

Los bulos como elemento discursivo se han apoderado de la extrema derecha. Con bulos se construyen conspiraciones, un anclaje intelectual invencible que permite encontrar soluciones sencillas dirigidas a cualquier problema arrogándose una autopercepción superior por ser capaz de ver más allá de donde mira el común. El mundo de la conspiranoia se construye desde una arrogancia intelectual ilusoria que permite despreciar a los mortales que no son capaces de salirse de los marcos mentales de los hechos probados. Desde la ortodoxia se mira con cierta displicencia estos discursos cuando se dedican a abducciones extraterrestres, voces de otra dimensión o psicofonías y pareidolias convertidas en apariciones. Pero cuando el mundo de la conspiración se mete en política acaba convirtiéndose en caldo de cultivo de mensajes tóxicos y peligrosos. El espacio perfecto para la extrema derecha. 

"El miedo a resultar políticamente incorrecto no nos va a frenar para formular preguntas", así terminaba la introducción del programa que en 2015 Iker Jiménez realizaba en Cuarto Milenio sobre la crisis de los refugiados. El lenguaje de los amigos del misterio y la conspiración es indistinguible del enarbolado por la extrema derecha en tiempos de coronavirus. El mundo de Iker Jiménez es un espacio propicio para la fe, la disonancia cognitiva y la proliferación de bulos que permitan culpar a un enemigo etéreo y externo de todos los problemas de la sociedad. El paradigma de Iker Jiménez es el idóneo para el crecimiento discursivo del posfascismo. La extrema derecha se pone gorrito de papel de aluminio. 

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Necroperiodismo

La necrofilia es algo más que sentir placer sexual por los muertos. Late un espíritu detrás del necrófilo que se refleja en sus hábitos y costumbres. Unamuno se lo decía a Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca: "Acabo de oír el necrófilo e insentato grito de ¡Viva la muerte!… me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de masas". Erich Fromm desarrolló su teoría sobre el "carácter necrófilo" en su obra Anatomía de la destructividad humana, en 1961, usando el ejemplo del escritor español. El carácter necrófilo es una tipología psicológica que estamos sintiendo en la ideología más reaccionaria y sus satélites propagandísticos, los que intentan dirigir a la masa.

El individuo con carácter necrófilo solo puede relacionarse con un objeto si lo posee totalmente. Eso incluye el poder o la patria, que considera suyos y que prefiere muertos y en posesión a vivos y en manos del otro. Sin la posesión, pierde su capacidad de relacionarse con la vida, por eso no extraña que cuando el reaccionario pierde el poder, actúe con vesania y no sea capaz de medir las formas, modos y tiempos. Su ansiedad por recuperar el poder le lleva a actitudes vitales que rozan la criminalidad con tal de recuperar el control. Antes perder la vida que la posesión, si es necesario, dejar sin vida para recuperar la posesión. El carácter necrófilo considera la violencia, física o psicológica, el único modo de resolución de problemas. Su actitud vital es de destrucción, jamás buscará empatía o un esfuerzo constructivo.

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El mercado persa de Díaz Ayuso

Los misterios de París es un folletín decimonónico de Eugene Sue que Friedrich Engels y Karl Marx criticaron en su obra La Sagrada Familia. En él, una marquesa aspirante a ser esposa del Príncipe de Gerolstein se indigna cuando su amado expresa que la caridad con la que se ocupa no es más que un acto frívolo de entretenimiento. Una crítica que los autores del Manifiesto Comunista elaboran con mayor precisión, porque saben que los pobres son necesarios para que sus privilegios sigan presentes. Servir y entretener aceptando dádivas.

Decían Engels y Marx que la miseria humana en la obra de Sue tenía su razón de ser, su absoluta condición de depravación le empujaba a aceptar la limosna y eso la convertía en útil. Era entonces cuando servía a la aristocracia, que gracias al acto caritativo dotaba de significado y razón de ser a los pobres. Servían como diversión servida en actos de suscripción pública, banquetes de beneficiencia, conciertos y bailes. La pobreza se convertía en necesaria porque hacía que los ricos pudieran entretenerse con sus actividades caritativas. Para entender el mercado persa de la aspirante a marquesa de Madrid hay que comprender que no existe mal que no pueda ser útil para los ricos. Aunque sea a través de marketing caritativo servido para paliar un sistema sanitario parasitado por ellos mismos. Mueren muchos, sufren muchos, pero una donación ínfima de sus ingentes riquezas publicitada y agradecida por la máxima dirigente de la Comunidad de Madrid es una campaña publicitaria que vale mucho más que unas mascarillas o un poco de ropa de cama.

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La otra peste

El mal olor, la falta de higiene, la discriminación por la capacidad de infección son síntomas de las pestes. La negra, la peor pandemia de todas las sufridas, se caracterizaba por unos bubones en la zona inguinal o axilar que al supurar desprendían un olor nauseabundo. No es causal que el término apestado haya tomado la acepción de discriminado por la mayoría. Y un apestado es pestilente.

En julio de 1995, mientras las fuerzas de Ratko Mladic provocaron el mayor genocidio en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial, ocurrió un suceso menor que sirve para comprender cómo se expresa el odio. Para comprender de qué forma se conforma: la deshumanización por la palabra. Las fuerzas de los cascos azules holandeses que tenían la misión de proteger a los bosniacos hacinados en Srebrenica dejaron en las paredes de sus barracones cuál era la opinión que tenían sobre los que debían proteger. Cientos de graffitis que cuando fueron encontrados dieron constancia del horror. Una de las pintadas de las tropas holandesas sirve para vislumbrar cómo la asociación de un colectivo a la falta de higiene y el olor es común en cualquier proceso deshumanizador: "Sin dientes, un bigote, huele como una mierda… una mujer bosnia". Los graffitis en las paredes del batallón de la Dutchbat son ahora mensajes en Twitter de personas que odian y se expresan de la misma forma.

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Empatía para una cuarentena

Es difícil relacionarse con la masa. Los comportamientos irracionales adquieren un tono delirante en situaciones de estrés social en un colectivo acomodado como el de las democracias occidentales. Pío Baroja expresaba cuál tenía que ser la relación de un hombre fuerte ante los comportamientos de la masa: "El hombre fuerte ante la soberana masa no puede tener más que dos movimientos: uno, el dominarla y sujetarla, como a una bestia bruta, con sus manos; el otro, el inspirarla con sus ideas y pensamientos; otra forma de dominio. Yo, que no soy hombre fuerte para ninguna de estas dos acciones, me alejo de la soberana masa para no sentir de cerca su brutalidad colectiva, ni su mala índole". No somos pocos los que estos días hemos sentido esa distancia avergonzada, puede que hasta un poco soberbia, de ciertas actitudes en viajes, terrazas y supermercados. La vergüenza ajena ha sido generalizada. Pero ser uno de los que se cree diferente a la masa, requiere demostrarlo esta cuarentena antes de convertirse en eso que se repudia.

Es cierto que estos días está resultando difícil establecer relaciones de empatía al ver ciertos comportamientos egoístas, irresponsables e insolidarios. Por eso es la mejor manera para intentar ejercer la que es una de las cualidades más importantes para cuidar de lo común, ponerse en el lugar ajeno. A veces, ciertos comportamientos que podemos valorar como irreflexivos pueden deberse a circunstancias sociales, personales y humanas que podrían ayudar a no juzgar con severidad a nuestros compatriotas antes de sentenciarlos. Tenemos una gran oportunidad para cuidar y empatizar, y sí, cuando pase esta primavera sancionar con dureza a aquellos que se comportan pensando únicamente en su bienestar.

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Juan Carlos I: Omnis effusus labor

En junio de 1814, el escritor y periodista José María Blanco White publicó el último número del periódico El Español, editado desde Londres. La publicación tuvo el nombre en latín de Omnis effusus labor (todos los esfuerzos han sido en vano). Se refería a la honda decepción que había sentido al constatar que la regeneración no iba a poder darse de la mano del deseado Fernando VII, que no era más que un déspota cruel e indecente. Blanco White, tras ese último número periodístico con epitafio de reconsideración y pesadumbre, se retiró de la profesión.

De Fernando VII a Juan Carlos I, la historia siempre ha sido la misma. Una imposibilidad manifiesta para salvar a la monarquía de su propia decrepitud. Todos los esfuerzos mediáticos, políticos y culturales para transmitir que la monarquía es un elemento de cohesión perpetuadora de la buena vivencia democrática han resultado un tremendo fiasco. La abdicación del rey Juan Carlos I fue el último hálito de ese comportamiento cortesano que buscaba la pervivencia del statu quo en un momento de degeneración majestuosa que la hacía insostenible. Ganaron tiempo, pero la suciedad en las heridas mal curadas siempre vuelve a supurar. Ya va siendo tiempo de que los mandarines nuestros se retiren a sus aposentos.

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