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Antón Losada

Soy mariñano de A Mariña do Lugo. Autor de "Piratas de lo Público". Profesor titular de ciencia política de la USC, doctor europeo en derecho, máster en gestión pública por la UAB. Ex secretario general de la vicepresidencia de la Xunta y exsecretario xeral de relacións intitucionais. Comentarista y analista en la Ser y Cuatro y El Periódico. Antes en TVE, TVG, y El País. Fui director general de Radiovoz y adjunto al consejero delegado de La Voz de Galicia.

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Un bochorno perfectamente evitable

Lo peor del embarazoso y vergonzoso espectáculo que se nos ha ofrecido en sesión doble en el Congreso de los Diputados es que era perfectamente evitable. No me refiero al patético numerito de los diputados de Vox corriendo a ocupar los escaños de la bancada socialista. En todos los inicios de curso de todos los colegios del mundo concurre esa cuota de tontería inevitable. Cuando no puedes llamar la atención por otra cosa, la llamas por payasete. Es una verdad universal que acompaña al género humano desde la noche de los tiempos. De las sesudas informaciones sobre quién le dio o no la mano a quién, mejor ni hablamos.

La vergüenza que sí nos podían haber evitado se dio con el trato dispensado a los diputados presos catalanes. Representantes de la soberanía popular, legítimamente elegidos por el pueblo soberano y ciudadanos en posesión de sus derechos políticos, entre ellos a elegir y ser elegido. En una decisión que solo se puede calificar de peregrina, se les permitió acudir a la cámara a tomar posesión de su acta de diputado y participar en el pleno, pero haciéndolo como cuando aún se usaba el fax y las noticias llegaban por teletipos que escupían ruidosas en impresoras de agujas.

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La mala es Europa

La derecha extrema lo tiene claro, los demás no. Esa es su ventaja. Reunidos en la rica y próspera Milán para aclamar a Matteo Salvini, el Duce 2.0. Su enemigo es Europa. La derecha extrema no gobierna, siempre está en marcha contra alguien o contra algo. Por eso ni rinden cuentas, ni se le pueden exigir y si se las exiges, entonces, el enemigo eres tú; aunque seas el mismísimo Papa. Matteo Salvini encarna el ejemplo perfecto. El Duce 2.0 no gobierna, corre de un lado a otro excitado señalando culpables. Para gobernar ya están los tontos útiles del Cinco Estrellas, culpables de haberse rendido a la malvada Europa aceptando un presupuesto que el vicepresidente quería escupirles en la cara pero estaba demasiado excitado corriendo a esconderse.

Ni los migrantes, ni los rojos izquierdistas, ni los musulmanes, ni las feminazis; el verdadero enemigo a batir es esta Europa que les ha abierto las puertas y les ha dejado entrar a todos. El discurso de la derecha extrema funciona porque es simple: hay que cerrar Europa para cerrar las puertas a todas esas amenazas que no existían cuando solo éramos italianos, holandeses, británicos o españoles. Ser europeos es la raíz de todos nuestros males y los males se arrancan de raíz. 

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Una mala idea

Publican los papeles más informados que los cuatro grandes −PSOE, PP, Cs y UP− parecen haber alcanzado un principio de acuerdo para repartirse en régimen de monopolio la Mesa del Congreso. No habrá representación ni de la derecha extrema ni del nacionalismo en el órgano que gobierna el Parlamento, se anuncia con entusiasmo victorioso. Los socialistas se asegurarían así un control más confortable de la agenda y los ritmos del legislativo, la derecha podría vender su fantasía de que ellos han dejado fuera a quienes quieren romper España y los morados... bueno, no sé muy bien qué ganarán pero ellos seguro que sí.

El monopolio no acostumbra a conformar la opción más eficiente pero, en no pocas ocasiones, constituye la única manera para proveer un bien público o prestar un servicio en condiciones de igualdad y equidad. No es el caso. En política funciona aún peor y, además, en este caso resultaría una pésima idea.

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Un poco de contención y un toque de humildad

Pocos momentos resumirán de manera tan ajustada los usos y manera de la política en España como la despedida a Alfredo Pérez Rubalcaba: tan hiperbólicos en el halago como en la defenestración que ha sobrado gente que, más que acompañar a la familia, parecía competir con ella. Si todos, en lo dicho y en lo hecho, cuando vivía y ahora que se ha ido, hubiéramos practicado un poco más la contención que tanto defendía el propio Rubalcaba, a lo mejor nos iría bastante mejor como sociedad y como país. De entrada, más de uno se habría ahorrado tener que demostrar, otra vez, la perfecta elasticidad de su cinismo.

Se puede hacer política y competir por el poder sin necesidad de desperdiciar tantas horas de tu vida en odiar y maldecir a quien no piense como tú. Lo más importante en la vida, también en la política, es saber parar. Rubalcaba sabía dónde y cuándo parar. Esa es, al fin y al cabo, la esencia de lo que muchos llaman pomposamente "sentido de Estado"; seguramente porque no sabrían reconocerlo si se lo encuentran por la calle. Saber que hay principios que no se traicionan, cosas que no se hacen e instituciones que no se arriesgan porque son más importantes que tú. Tener claro, en definitiva, que la política no es como un cerdo, no se aprovecha todo.

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El momento Supervivientes

La política española solo es la repetición de unas cuantas metáforas, igual que decía Jorge Luis Borges de la Historia. En horas y como de costumbre, hemos pasado del 'momento Bertín' al 'momento Supervivientes'. Del buen rollo porque no hay nada más bonito entre españoles que llevarse bien, al sálvese quien pueda y el aquí te pillo, aquí te mato.

Pablo Casado se vistió de Mariano Rajoy para sobrevivir y fue a Moncloa a tratar de reproducir el mítico "abrazo mariano": matarlos a abrazos y pactos sin que se den cuenta porque te creen inofensivo. Al presidente le ofreció el ya clásico pacto en Catalunya para encarecerle sus acuerdos con los nacionalistas. A Albert Rivera le invitó a abstenerse en la investidura para señalarle públicamente como colaboracionista y, por el mismo precio, quedar bien con las gentes de orden y dinero que quieren un gobierno rosinaranja. No está mal jugado, pero aún le falta un mundo para llegar a la altura y maestría del hoy feliz registrador.

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Tu Moncloa es la mía

Después de la desagradable tensión y las cosas feas que se dijeron en campaña, llega el "momento Bertín Osborne" que tanto gusta en la política española. Vamos de buen rollo; venga, no nos enfademos más ni discutamos tanto, vamos a tomarnos algo juntos, que en el fondo somos todos españoles y queremos las mismas cosas: paz, amor, trabajo para todos y que los hijos no enfermen. Nada sella tanto este momento de hermandad española como una visita a domicilio. Que se vea que no somos salvajes y sabemos ir a territorio enemigo sin sentir el impulso irresistible de saquearlo y quemarlo todo después.

Además de dejar en evidencia, una vez más, que el papel del rey Felipe VI se está quedando en papel de fumar, la ronda de encuentros convocada por el Presidente en funciones y aún no candidato en plan "vamos a marcar perfil institucional en el Palacio de Moncloa, por si acaso alguien no se ha enterado de que gané las elecciones", nos va a dar que hablar y a mantener entretenidos en esta semana tonta entre campaña y campaña. El espectáculo siempre debe continuar. Ya lo decía Lina Morgan.

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Overbooking en el centro

No han pasado ni 48 horas de las elecciones donde más se nos repitió que había que elegir, porque solo había dos opciones y había que estar o con unos o con otros, y ya están todos corriendo hacia el centro porque ahora quieren "ensanchar la base" y se trata de buscar "aquello que nos une, no aquello que nos separa". Ahora que los votantes ya hemos elegido, parece que a los votados solo les preocupa evitar tener que elegir nada antes de las elecciones municipales, autonómicas y europeas. Van tantos y tan rápido hacia el centro que el riesgo de overbooking se ha convertido en una amenaza real en apenas unas horas.

Mira que nos dijeron unos y otros que había que elegir y hacerlo rápido porque estábamos en una emergencia. Mira que nos repitieron unos y otros que se trataba de decidir entre ir hacia adelante o hacia atrás, entre la España en blanco y negro y la España en color, entre la España de los balcones y la España entregada a los golpistas, entre los avances y los retrocesos, entre la tiranía y la libertad, entre la constitución y el desorden. Pasaron las elecciones y se pasaron las urgencias.

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La izquierda puede gobernar

Nadie podrá negar que hemos aprendido mucho en la noche electoral del 28A. Había muchas preguntas y hemos tenido respuesta para casi todas. De entrada, hemos comprobado que, efectivamente, la mayoría de los indecisos se lo estaban pensando en serio e iban a votar; no a quedarse en su casa viendo el melodrama alemán de las tardes de A3. Su decisión ha sido que la izquierda puede gobernar y la derecha no.

Lo primero que se dirimía en la noche electoral era si Pedro Sánchez había acertado al adelantar los comicios para fiarlo todo a una campaña plana, confundiendo la moderación con la falta de emoción o riesgo. El tamaño de su victoria le permite gobernar, pero deja en el aire la duda de si, a lo mejor, hubiera tenido más sentido una campaña más políticamente audaz.

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Lo mejor es que se ha acabado

La información más valiosa suministrada por el debate de vuelta la tuvimos en los primeros cinco minutos. Supimos quiénes se sentían ganadores del debate de ida y quiénes no lo tenían tan claro. Albert Rivera y Pablo Iglesias estaban tan satisfechos de su desempeño durante la noche anterior que decidieron repetir sus estrategias. Pablo Casado y Pedro Sánchez estaban más preocupados por recuperar lo que dudaban haber perdido y enmendaron en parte las suyas. A partir de ahí, el barro se desparramó por el estudio y en el barro todo lo que merece la pena crece mal; solo mejora cuando se acaba.

Cuanto más avanzaba el debate de vuelta sin tiempos y turnos tasados, más se echaban de menos los tiempos y los turnos tasados del debate de ida. Pensábamos que esa rigidez normativa era usada por los candidatos para protegerse los unos de los otros. Pero vamos a tener que empezar a pensar que, en realidad, nos protege a nosotros, porque les obliga a hablar y comportarse como políticos exigidos a armar intervenciones con inicio, nudo y desenlace.

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VÍDEO | El primer debate a cuatro, analizado en 30 segundos

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