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Antón Losada

Soy mariñano de A Mariña do Lugo. Autor de "Piratas de lo Público". Profesor titular de ciencia política de la USC, doctor europeo en derecho, máster en gestión pública por la UAB. Ex secretario general de la vicepresidencia de la Xunta y exsecretario xeral de relacións intitucionais. Comentarista y analista en la Ser y Cuatro y El Periódico. Antes en TVE, TVG, y El País. Fui director general de Radiovoz y adjunto al consejero delegado de La Voz de Galicia.

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VÍDEO | El primer debate a cuatro, analizado en 30 segundos

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La leyenda de los indecisos

Pasan las últimas encuestas solemnes y ceremoniosas como los pasos de cierre de una procesión de Semana Santa. La victoria del PSOE y el segundo puesto del PP parecen fuera de toda duda y de los márgenes de error, garantizadas ambas posiciones por ventajas de más de 5 puntos en todas las encuestas. Todo lo demás se halla en disputa y dentro de los márgenes de error. Ni el tercer puesto de Ciudadanos, ni el sorpasso de Vox, ni el derrumbe de Podemos están garantizados. En la mayoría de la encuestas, con márgenes de error de más del 3%, la diferencia entre los porcentajes de voto que se les atribuyen a los tres apenas alcanza el punto y medio.

Que el PSOE supere el treinta por ciento en voto marca su margen de maniobra para gobernar en solitario o con cómodos apoyos. Las llamadas de Podemos a un voto que obligue a los socialistas a no mirar a su derecha, o los mensajes de ERC avisando que no permitirá un gobierno de derecha por acción u omisión, nos dicen que las apelaciones al voto útil por parte de Pedro Sánchez le parecen una amenaza bastante real.

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Miedo al miedo

Tras el disparatado arranque viajero de la campaña electoral más plana y pobre que uno recuerda, hemos vuelto a los pastos donde mejor creen los estrategas que se pastorea al electorado. El miedo guarda de nuevo la viña electoral. Cojan, por ejemplo, el ya legendario artículo 155, otra vez en el centro de la campaña. Pueden ustedes elegir entre el miedo a aplicarlo y el miedo a no aplicarlo. Para las soluciones, por lo visto, ni ha llegado el momento, ni se le espera. Explicar que uno no parece gran cosa pero el otro sería mucho peor se ha vuelto tendencia en la campaña 2019.

El miedo ha acreditado funcionar como un acelerador electoral de primera magnitud. Su alcance se ha demostrado plenamente transversal, no exige pensar mucho para diseñarlo o fabricarlo, su producción masiva sale extraordinariamente barata, se propaga con asombrosa facilidad y sus efectos acostumbran a resultar inmediatos y contundentes. Ya lo avisó Maquiavelo, el Príncipe no puede asegurar el amor de sus súbditos pero sí puede asegurarse de que le teman.

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Que nadie venga llorando después

Malas noticias, amiguitos demócratas. Después de haber contemplado impotentes cómo la derecha extrema marcaba la agenda política sin ni siquiera tener que hacer algo o decir nada para conseguirlo, ya podemos confirmar que Vox está manejando también la campaña electoral, sin más esfuerzo que tener a Santiago Abascal practicando performances en marcos patrióticamente incomparables como Covadonga o Pachá; tampoco tiene que hacer algo o decir nada, le basta con aparecer.

La campaña no ha movido un milímetro la evidencia de que Pablo Casado dedica mucho más tiempo a hablar a los votantes potenciales de Vox que a sus propios votantes del Partido Popular. Lo único que ha cambiado es que las llamadas a la fidelidad se van volviendo cada día más dramáticas y angustiosas. Parece que nadie en su entorno se atreve a decirle al líder popular que, cuanto más insista en que los apoyos de Vox son votantes populares defraudados, más desertores populares defraudados envía a los brazos de Abascal.

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No se puede ser tan ignorante

Ya sabemos que estamos en campaña y a la mayoría de los candidatos y candidatas les vale todo, olvidando el sagrado principio de que la tontería desmoviliza. Si no, ahí tienen el dato más llamativo y significativo de la macroencuesta del CIS: de cada diez personas que afirman ir a votar con seguridad, cuatro aún no han decidido a quién votarán. Pueden hacer la horquillas que quieran. El papel y ese dato lo soportan todo.

Que Pablo Casado tire de la sangre y los muertos de ETA, para ponerlos de su lado y acusar de cómplices a todos los demás cuando le va mal en las encuestas, es la historia de siempre en la derecha española desde José María Aznar. Se lo hemos visto hacer tantas veces que, a lo mejor, puede que haya perdido toda su eficacia y sus votantes lo dan tan por hecho que ni lo aprecian y los votantes de los demás ya están indignados antes de que lo haga. 

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Política de serie B

Si es verdad eso que tanto se repite sobre el giro al puro espectáculo que ha experimentado la política española, habrá que concluir que no estamos, precisamente, ante una superproducción de esas que te cortan la respiración y te enganchan a las palomitas.

Las tramas se repiten más que en los melodramas alemanes que pone Antena3 los sábados por la tarde, los diálogos se copian más que las secuelas de Fast and Furious y Alvin y las Ardillas juntas, la puesta en escena convierte en candidatas al Óscar a la mejor dirección artística a las películas de Fernando Esteso y Andrés Pajares, la trascendencia y alcance de los mensajes elevan a la saga Crepúsculo a obra capital de la filosofía contemporánea y los videoclips musicales de Leticia Sabater parecen obras de arte al lado de la mayoría de los jingles y videos con que ya hemos sido torturados durante la precampaña. Alguien debería recordarles que no se trata solo de dar espectáculo sino, sobre todo, de dar un buen espectáculo.

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Delincuencia patriótica

Pocos lugares tan apropiados como España para probar que Oscar Wilde tenía razón: el patriotismo suele ser la virtud que se arrogan los depravados. Llamar "policía patriótica" a la banda de chantajistas al mejor postor que, al parecer, tenía montada el comisario Villarejo y los suyos supone, en sí mismo, un acto de pura depravación. También, de paso, una manera de amortiguar la gravedad y el alcance del escándalo de corrupción policial que ha estallado en el corazón del Estado: a fin de cuentas, si era una policía tan mala no sería.

Durante décadas, en lo más profundo del Estado, con el apoyo, el reconocimiento y la cobertura de gobiernos socialistas y populares, el comisario Villarejo y su banda montaron presuntamente una red de espionaje, chantaje y calumnia que alquilaba sus servicios al mejor postor. Empleando gratis todas las estructuras de seguridad e información del Estado sirvieron a los intereses inconfesables de políticos, banqueros y periodistas. Todos se beneficiarían y todos hicieron negocio. Unos se libraron o dañaron a sus rivales, otros blindaron su poltrona y otros consiguieron audiencia y notoriedad. Es un hecho indiscutible que merece y exige limpiar y depurar las responsabilidades, como se dice ahora, sin complejos.

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Un respeto para la España abandonada

Mi parte favorita de las campañas electorales españolas es cuando todos enloquecen con la ley D'Honht. Los medios se llenan de politólogos y matemáticos frustrados –a veces cuesta trabajo distinguirlos– con números y supuestos construidos específicamente para demostrar sus propias tesis; juegos de salón que se derrumban estrepitosamente a nada que les cambias una variable, pero que permiten montar y emitir unos gráficos superchulos, llenos de animación y color.

Los analistas y tertulianos hablan sobre Lugo, Ourense o Soria más de lo que han hablado en toda su vida y de lo que hablarán en lo que les queda. Disertan, además, con una convicción y un conocimiento de causa que seguramente emociona y estremece a lucenses, ourensanos o sorianos; siempre agradecidos de que vengan las mejores mentes de la capital a alegrarles un poco sus monótonas vidas y explicarles cómo se vive allí y cómo se debería vivir.

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Pedir perdón es poco español

La petición del presidente mexicano, López Obrador, para que él mismo como presidente de México, el rey Felipe por España y el Papa Francisco por la Iglesia católica pidan perdón por los crímenes perpetrados contra los pueblos indígenas, incluidos los abusos de la Conquista, ha activado la hiperventilación del neoespañolismo más rancio y cañí. Las panderetas han enloquecido y la España de los balcones ha dado sin dudar un paso al frente, hasta saltar al vacío patriótico. Si alguien no echa el freno pronto, puede que tengamos que acabar pidiendo perdón por la conquista y perdón por lo chulos, maleducados y coloniales que nos hemos puesto.

Por supuesto, no ha faltado esa cosa tan española de explicarles a los demás, a los mexicanos, a los venezolanos, a los catalanes, a los gallegos y, en general, a quien se ponga por delante, cómo deben sentirse para sentirse correctamente mexicanos, venezolanos, catalanes o gallegos. Qué sabrán ellos. Pero para eso están esos españoles de bien, para enseñar al que no sabe. Tampoco nos hemos privado de los habituales arrebatos de "patriotismo cipotero", con Pérez Reverte a la cabeza llamando imbécil a presidente de México, para que se vea que se puede ser académico y segur siendo muy macho y muy español.

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Ya estamos todos

Ha vuelto Pablo Iglesias y se nota. En una campaña donde todo se desplaza hacia la derecha extrema y los debates no alcanzan ni siquiera la altura de las polémicas y peleas del Sálvame, resulta reconfortante y un alivio contemplar a un candidato que pretende correr claramente por la izquierda, sin pedir permiso y sin pedir disculpas. Después de un interminable desfile de oradores, que le confirió al acto un aire al festival de Eurovisión, el deseado se subió a la tarima morada el sábado al atardecer y demostró dos cosas. La primera es que vuelve en plena forma y con ganas de dar la batalla. La segunda es que tiene muy claro que debe tratar de hacerse con el espacio que está dejando a su izquierda Pedro Sánchez.

En su estrategia de ocupar el espacio que le ha dejado libre Albert Rivera, empeñado a su vez en ir a la derecha para quedar como sea por delante del Partido Popular, los socialistas juegan a situarse en el medio de todos los extremos. Entre el independentismo y el neoespañolismo, entre la extrema izquierda y la extrema derecha, allí están ellos, los siempre moderados y sensatos socialistas. Piden el voto para acabar con la polarización, aunque dan pocas pistas sobre cómo piensan hacerlo. No ofrecen políticas, venden una actitud: la derecha extrema promete pistolas y los socialistas prometen diálogo.

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