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Antón Losada

Soy mariñano de A Mariña do Lugo. Autor de "Piratas de lo Público". Profesor titular de ciencia política de la USC, doctor europeo en derecho, máster en gestión pública por la UAB. Ex secretario general de la vicepresidencia de la Xunta y exsecretario xeral de relacións intitucionais. Comentarista y analista en la Ser y Cuatro y El Periódico. Antes en TVE, TVG, y El País. Fui director general de Radiovoz y adjunto al consejero delegado de La Voz de Galicia.

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Otra vez las cartas no, por favor

Repasemos los hechos y las pruebas, que diría Grissom. Los Mossos cargan con dureza para impedir que los CDR boicoteen actos de Vox en Girona y Tarrasa. El president Torra comete el error y la imprudencia de declarar culpables a los Mossos sin ni siquiera haber oído su caso y abre una crisis en su propio Govern y con su propia policía. Para acabar de arreglarlo el mismo president Torra se va a Bruselas e invoca frívolamente una vía eslovena que divide aún más a los independentistas y siembra dudas sobre su principal activo internacional: la irrenunciable naturaleza pacífica.

Durante el puente, los CDR vuelven a actuar cortando una autopista y levantando las barreras de los peajes. Los mandos políticos y operativos de los Mossos deciden que es mejor mediar antes que cargar y negocian durante horas, hasta que se retiran los manifestantes; una decisión prudente que hemos visto en decenas de huelgas y conflictos y que parece aún más acertada cuando la presunta violencia policial está en el ojo del huracán.

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La España encabronada

Si algo han dejado claro los resultados andaluces y los primeros envites negociadores para formar Gobierno es que la derecha está lista para ir a votar y ganar, mientras que la izquierda no lo está. Sobran los argumentos y teorías para explicar la movilización conservadora y la sonora irrupción de la derecha extrema. Andamos más escasos de respuestas solidas para entender por qué 700.000 votantes de izquierda decidieron quedarse en sus casas y unos cuantos incluso fueron a votar a Vox.

A la hora de explicar el triunfo de la derecha extrema ya hemos oído de todo. Desde el clásico argumento de echarle la culpa a la extrema izquierda, porque a la gente de orden no le queda más remedio que reaccionar ante tanto desorden, a la habitual panoplia de excusas y coartadas para convertir a los votantes de la derecha extrema, vengan de la derecha o de la izquierda, en victimas de la globalización y la crisis, ignorados por un sistema cruel y unas élites que los desprecian; normalizando así ese discurso predemocrático de irresponsabilidad absoluta de la ciudadanía por las decisiones que toma; convertida en electorado que vota xenofobia, machismo o bajar aún más los impuestos a quienes más tienen y menos han sufrido con la crisis porque la sociedad es la culpable. En esa carrera exculpatoria participan, con entusiasmo comprensible, los mismos partidos y medios de comunicación que han convertido el extremismo en un espectáculo y en opiniones que merecen respeto y deben ser escuchadas.

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Teatralidad y engaño

En la colosal película The  Dark Knight Rises que cierra la imprescindible trilogía del caballero oscuro de Cristopher Nolan, justo antes de infligirle a Batman la mayor derrota de su vida, el villano Bane le explica que no le impresionan sus trucos porque "la teatralidad y el engaño son armas poderosas para los no iniciados, pero nosotros somos iniciados". Nosotros también lo somos y tampoco nos engañan los tres días de teatralidad y engaño desatados por nuestros partidos políticos tras las elecciones andaluzas. Todos llegaron a la cita con las urnas convencidos que Vox era muy malo para todos los demás y muy bueno para ellos y siguen creyendo lo mismo; a pesar de la abrumadora evidencia de lo malo que ha sido y será para todos.

La izquierda sigue instalada en la idea de que agitar el miedo a la extrema derecha será su mejor combustible para las elecciones que vienen. Si no puedes movilizarlos con tus políticas, movilízalos con sus miedos; esa parece ser la estrategia. Porque para justificar que más de seiscientos mil votantes de izquierda se quedaran en casa no tienen una explicación, pero si culpables a quienes señalar: Susana Díaz, que hizo una mala campaña, y los comunistas, que no querían el pacto con Podemos. Hemos estirado tanto la palabra "facha" que ya no sabemos qué hacer cuando nos encontramos con uno de verdad y mucha gente ya no sabe reconocerlos o por qué debe andar prevenido.

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La debacle de los estrategas

Cuando menos lo esperábamos todas, Andalucía ha acabado suponiendo el Trafalgar de los estrategas electorales y los gurús de la comunicación política. Tanto repetirnos que al votante moderno se le llega por los hígados y apelando a sus sentimientos más primarios, tanto explicarnos que era muy bueno darle espacio a Vox porque así se dividía a la derecha y en los restos se le podían rebañar escaños, para que al final la izquierda haya visto incrédula cómo se desvanecía su mayoría de gobierno durante la noche y la derecha contemple cómo, desde hoy, en el plato donde antes solo comían dos, ahora van a comer tres y el nuevo viene con hambre atrasada.

Los estrategas también le dijeron a Susana Díaz que le convenía una campaña de perfil bajo y poca movilización, porque los socialistas andaluces siempre comparecen en las urnas. Felicidades, misión conseguida, la desmovilización ha resultado espectacular; lástima que fuera la izquierda quien se quedara en casa. Pero es un detalle sin importancia que seguro que ya estará arreglado para las generales. Si los socialistas piensan que las papeletas para Vox solo vienen de la derecha, se estarán equivocando dos veces. Fue un error convertirlos en una especie de doberman 2.0 al final de la campaña. Sería un error aún mayor insistir en ese discurso del miedo e ignorar que los resultados del partido de Santiago Abascal no se explican sólo con el voto de la derecha.

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El voto del miedo

Hasta en cuatro ocasiones le preguntó Susana Díaz, con gesto intenso y dramático, a los candidatos de Partido Popular y Ciudadanos si estarían dispuestos a pactar con Vox. No menos veces, ni con menos dramatismo, inquirió Juan Marín a la candidata socialista si pensaba entregar la Consejería de Economía a Podemos mientras Juan Moreno, también muy melodramático, lo daba por hecho y le planteaba si era respetable enaltecer el terrorismo o quemar la bandera de España. En el último debate de la campaña de las elecciones andaluzas la única que no tenía historias de terror para asustar a la audiencia con populistas asaltacarteras y ultraderechistas comeniños era Teresa Rodríguez; de hecho, la candidata de Adelante Andalucía fue quien más interpeló a los espectadores como adultos racionales y razonables.

En los pocos días que restan de campaña no se extrañen si alguien empieza a avisar a los andaluces que escondan su dinero en el pozo y manden a sus hijos lejos, porque vienen los comunistas a expropiarles todo; o alguien les aconseja que escondan sus libros de García Lorca o sus posters de Juego de Tronos, porque vienen los fascistas a matar a la inteligencia. Nada parece imposible en estos malos tiempos para la política.

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Siempre nos quedará Gibraltar

Este año el agosto político fue en noviembre. El tradicional protagonismo estival que ganaban el Peñón, los monos y Fabian Picardo para paliar la escasez de noticias que solía acompañar al verano ha venido de la mano del invierno y el Brexit. No habrá sido por la falta de informaciones espectaculares o ruidosos escándalos, de los cuales disfrutamos un variado surtido. Así que deberemos concluir que a alguien le ha parecido buena idea tratar de meter este asunto en la agenda pública en puestos de preferencia sobre otros, si cabe, más espesos o comprometidos.

Dudo mucho que los redactores del ya famoso artículo 184 del acuerdo de separación tuvieran Gibraltar en la cabeza a la hora de escribirlo. Más bien se intuye que tenían un buen mareo o una fenomenal resaca y muchas ganas de acabar con una negociación extenuante y al límite, dado lo alambicado del texto. En cualquier caso, como suele suceder en el siempre enrevesado mundo de la sintaxis diplomática, no se antoja algo que no pudiera arreglarse discretamente con un par de llamadas, sin necesidad de amenazar con estorbar, más que vetar, la cumbre del Brexit. La buena diplomacia siempre es aquella donde los malentendidos nunca llegan a hacerse públicos.

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Espiral de descontrol

Las casualidades no existen en política. Las cosas pasan a la vez porque alguien se ha preocupado de hacerlas coincidir. Se ha explicado aquí muchas veces y los hechos lo confirman una y otra vez. Ya tenemos otra prueba. No se debe a la casualidad que sea el Gobierno de Pedro Sánchez quien relance las especulaciones sobre un adelanto electoral, justo en el arranque de una campaña andaluza donde el mensaje principal de la candidata socialista se resume en la conveniencia de votarla mucho para evitar el bloqueo político de un resultado repartido y garantizar así la gobernabilidad. La maniobra luce tan burda que quien no la ve acaba tropezándose de narices con ella.

Hay que tener mucho cuidado cuando se juega con el discurso del miedo y la inestabilidad. Porque, una vez suelto, el miedo tiene la mala costumbre de propagarse por su cuenta y la inestabilidad no sigue ni las instrucciones ni las estrategias de nadie; es su naturaleza. Si, para evitar el fin de la legislatura, se pone en circulación que la legislatura se puede acabar mañana si no se vota para que siga, puede que a muchos les entre el miedo a unas elecciones inciertas y te hagan caso; aunque también puede acontecer que te tomen la palabra y den por hecho que fue bonito mientras duró pero, al final, se os rompió el amor.

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Simulacro Andaluz

Como cabía esperar, el arranque de la campaña electoral andaluza se parece más a un ejercicio de simulación de una campaña de elecciones generales que se intuyen próximas e inexorables. Excepto en el caso de las comunidades con identidad nacional y sistemas políticos propios, Euskadi, Catalunya y, cada vez menos Galicia, resulta inevitable que la política estatal colonice y fagocite un espacio significativo de la competencia electoral en las diferentes autonomías, aunque no hasta este extremo de convertir la campaña en un ensayo general de otras elecciones, donde Andalucía solo parece parte de paisaje, proveedora de extras para las escenas de masas.

 El Partido Popular y Ciudadanos están tan absortos en su batalla por ganarse mutuamente que apenas tienen tiempo para hablar de otra cosa. Sus candidatos son Pablo Casado y Albert Rivera, su agenda de campaña es Catalunya y su objetivo es atizarle a Pedro Sánchez lo más duro que puedan, para impulsar sus posibilidades de quedar primero en la batalla por ser segundo. Recuerdan tanto al PSOE y al Podemos a los que derrotó dos veces Mariano Rajoy que resulta enternecedor. Que Vox tenga siquiera unas líneas en el guión o que Inés Arrimadas seas la estrella invitada solo confirman que, para la derecha, las elecciones andaluzas son un simulacro.

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Black Friday en Podemos

Aviso a navegantes. No tengo una opinión formada sobre los conflictos que ahora mismo sacuden a Podemos en Madrid, en Galicia o en Catalunya. Quienes vayan a leer este artículo en esa clave pierden su tiempo y van a acabar más cabreados aún de lo que esperaban, que seguro que ya era mucho. Ignoro si todo es culpa del presunto liderazgo alfa de Pablo Iglesias, de las ambiciones y expectativas personales de líderes alfa locales, quienes también se consideran necesarios en un mundo sobrepoblado de contingentes, o que, simplemente, los Monty Python tenían razón; ni siquiera me parece relevante discernirlo.

Tampoco me consta que existan graves divergencias ideológicas y, si concurren, conviene reconocer que las llevan con mucha discreción y sin preocuparse en exceso de explicarlas en público, para que todos podamos formarnos una opinión fundada. Tampoco me sorprende, y mucho menos me preocupa, que se estén reproduciendo en Podemos dinámicas y hábitos propios de los viejos partidos. Siempre he sostenido que, si existiera algo mejor que los partidos para hacer política, Dios ya lo habría inventado. En cuanto a lo de vieja y nueva política, siempre me ha parecido una cuestión de edad y de márquetin. Antes o después íbamos a volver dónde siempre retornamos cuando la cosa se pone seria: nuestras viejas derecha e izquierda.

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La importancia de no tener razón

Nada hay de malo en querer tener razón. Tampoco en pretender tenerla con contundencia o defenderla con firmeza. La deliberación democrática no está reñida con la pasión, tampoco con la fiereza dialéctica o la tensión, ni siquiera con la discusión ruidosa o la mala educación. Ese no es nuestro problema hoy. Las sociedades entran en zona hostil cuando se llenan de gente que sólo sabe tener razón y no sabe gestionar cuándo le falta. España se ha abarrotado de gente que sólo sabe tener razón. Sobre ese material resulta casi imposible construir una conversación pública decente y útil, porque la política nunca ha sido, ni será, el arte de tener razón, sino el arte del compromiso entre razones diferentes.

Cuando sólo sabes tener razón, sólo te interesan los argumentos y las situaciones que te la dan. Todas aquellas lógicas o circunstancias que te contradicen, o están mal, o las sostienen ignorantes, o son ilegales, o suponen una amenaza. Cuando te falta la razón no sabes qué hacer, tampoco cómo gestionarlo. Normalmente lo único que se te ocurre es reclamar que se vote hasta que los números te devuelvan la razón. Algo tan sencillo y tan básico como ponernos de acuerdo en que podemos no estar de acuerdo constituye un drama, porque todo debe ser convertido desde el primer instante en un escándalo, una indignidad, una traición o una felonía; solo así se evita dar explicaciones o confrontar argumentos y exponerse al riesgo de comprobar que los demás también tienen razón.

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