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Antón Losada

Soy mariñano de A Mariña do Lugo. Autor de "Piratas de lo Público". Profesor titular de ciencia política de la USC, doctor europeo en derecho, máster en gestión pública por la UAB. Ex secretario general de la vicepresidencia de la Xunta y exsecretario xeral de relacións intitucionais. Comentarista y analista en la Ser y Cuatro y El Periódico. Antes en TVE, TVG, y El País. Fui director general de Radiovoz y adjunto al consejero delegado de La Voz de Galicia.

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Estaréis contentos

Theresa May es la última gobernante que adelantó elecciones convencida de que era lo que más le convenía para ganar. Ya saben cómo ha terminado la historia y el enorme laberinto donde se encuentra encerrada hoy la primera ministra británica. Es otra más en esa larga lista de líderes, gurús y estrategas que empedran el camino al infierno de la política basada en las ideas geniales y los echadores de encuestas como si fueran adivinos de feria. Veremos si Pedro Sánchez será el siguiente. 

El adelanto electoral cierra la oportunidad para detener la espiral de inestabilidad donde había entrado un sistema político que no sabe resolver los conflictos políticos más que convocando elecciones. Incapaces de negociar y asumir los riesgos de hacer política, partidos y dirigentes han cogido la peligrosa costumbre de devolvernos los problemas y solo son capaces de ofrecer una salida ante las dificultades: votar hasta que les demos la razón. 

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Con la venia, señoría

Si la idea de llevar el juicio a la sede del Tribunal Supremo era impresionar al mundo con la pompa y la circunstancia de los nobles salones de tan jurídica institución, apabullar a los observadores con la grandeza que atesora la tradición de sus estancias, la Justicia española se está quedando lejos del éxito.

La imagen de esa sala sobrepasada y atiborrada, con los acusados embarcados en una especie de balsa a la deriva en medio del tribunal, con los defensores y acusadores agolpados, sin siquiera suficientes superficies planas donde apoyar para escribir, y los magistrados del Tribunal desparramados a lo largo y ancho de la Presidencia como si fueran becarios y no hubiera sillas altas para todos, transmite de todo menos solemnidad y ceremonia.

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La España harta

A la derecha española le ha dado para llenar la plaza de Colón por los pelos y poco más. Esperaban inundar el centro de Madrid con la supuesta ola masiva de rechazo popular a Pedro Sánchez y al diálogo en Catalunya. Lo tenían tan claro que hasta una parte de la izquierda estaba convencida y había buscado ponerse de lado para no verse arrastrada. Pero esto funciona así. Si quieres ganar una moción de censura en las calles tienes que reventarlas de gente. Si solo cubres los huecos, has fracasado. Y eso han hecho: cubrir huecos. Lo saben los convocantes y lo sabemos todos, no se deje engañar.

La única conclusión que se puede sacar de la manifestación es que la derecha española no quiere diálogo en Catalunya y exige elecciones ya porque está convencida de ganarlas. Nada que no supiéramos desde junio de 2018. El resto de las evidencias que los organizadores pretendían presentar con la convocatoria ni han comparecido, ni se han podido aportar. Ni afluencia millonaria, ni convocatoria histórica, ni denuncia ciudadana de la traición a España, ni incontestable moción de censura popular contra Pedro Sánchez.

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¿Y ahora qué, compañeros?

Ya se han cumplido los plazos y se ha ejecutado el ultimátum. El Gobierno de Pedro Sanchez ha reconocido a Juan Guaidó como algo llamado "presidente encargado" de Venezuela. También le ha puesto deberes: que convoque elecciones, un trabajo que él mismo tiene pendiente. Ya han comparecido en la televisión todas las veces que han podido, puede que alguna más. Ya le han llamado de todo a Nicolás Maduro y de todas las maneras posibles. Ya se han aplaudido, a sí mismos, la gallardía y recriminado, a los demás, la cobardía frente a los tiranos más veces de cuantas estamos obligados a soportar. Cierto que aún pueden seguir estirando el chicle unas horas más, unos telediarios más pero, al final, la inevitable pregunta se acabará abriendo paso y habrá que afrontarla: ¿De qué ha servido? ¿Está mejor hoy Venezuela?

Si usted cree que reconocer a Guaidó incrementa la presión sobre Maduro y le conduce con más fuerza a convocar elecciones, seguramente contestará que sí. Le reafirmará en su opinión la evidencia de que las principales cancillerías europeas hayan secundado esta posición. Si, además, opina que la decisión conlleva una necesaria toma de partido moral y ética, con más razón le parecerá que se ha avanzado. Si usted sostiene que Maduro ha llegado a un punto donde solo entiende el lenguaje de la presión y la fuerza, éste le parecerá el camino correcto. Aunque luego ni se queje ni se indigne cuando acabe en una intervención militar, como si no supiéramos todos cómo se juega a esto en la política internacional y a qué se va a los sitios.

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Miedo a perder

Si usted es de lo que se preguntan por qué suceden las cosas raras que pasan en la política española de un tiempo a esta parte sepa que, como casi siempre, puede que la respuesta resulte más sencilla de lo que parece. El miedo a perder mueve hoy nuestra política. A la mayoría le angustia más la amenaza de perder lo que tiene, por poco que sea, que le estimula la oportunidad de ganar, por mucho que pudiera ser.

A Pedro Sánchez le preocupa perder la centralidad que cree le confiere ocupar el Palacio de la Moncloa y la Presidencia del gobierno. Puede que por eso, tantas veces, parezca confundir la moderación con bailar la yenka con todos los asuntos que polarizan a la sociedad, desde la inmigración, a Venezuela o la reforma laboral o las pensiones: izquierda, derecha, izquierda, derecha, adelante, detrás, un, dos, tres. Ocupar la centralidad no es lo mismo que ponerse en medio. La centralidad se gana con una oferta de políticas que sepa equilibrar las demandas plurales y contradictorias de una sociedad compleja, una oferta donde una mayoría se sienta representada.

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A ver si nos contenemos un poquito

Que vivimos malos tiempos para la verdad y tiempos gloriosos para la perversión del lenguaje resulta una obviedad. Pero que algo sea obvio no debería llevarnos a asumirlo como normal, mucho menos a aceptarlo siempre. Hasta para manipular o pervertir el lenguaje deberíamos exigir unos mínimos de calidad y de esfuerzo antes de tragar sin más.

Con el drama que vive Venezuela, la cosa ya se ha disparado. Ahora resulta que es bueno y necesario que los militares se metan en política porque hay golpes buenos –los que dan los nuestros– y golpes malos –los que dan los otros–.  Igual que Alfonso Guerra nos explicó que hay dictaduras que son un horror pero "al menos son eficaces" y hay dictaduras que son un horror y además son ineficaces.

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Si les importara Venezuela

La situación de Nicolás Maduro se ha vuelto aún más insostenible. Su presidencia colapsa víctima de su incapacidad para hacer evolucionar un régimen chavista que no era posible sin Hugo Chávez. Si sobrevive a esta crisis lo hará en condiciones de tanta debilidad que, o bien sus propios aliados forzarán un relevo, o la oposición volverá a tratar de derribarlo sabedora de que sus apoyos crecen a cada intento. No se puede gobernar contra la mitad del país. No es sostenible, ni democrática, ni logísticamente. Que Maduro haya tenido que gobernar contra un acoso tan antidemocrático como furioso no le legitima para mantenerse en el poder, aunque sí le da potentes argumentos para defender su candidatura en unas elecciones democráticas.

Lo único que mantiene unida a la oposición venezolana reside en el anhelo de echar a Maduro y, en no pocas ocasiones, ni siquiera eso ha bastado. Por eso, la única democracia que les vale es la suya propia: aquella que expulse a a Maduro y al chavismo del poder. Su capacidad para ofrecer una alternancia con garantías resulta más que dudosa. Tampoco parecen dispuestos a asumir que no se puede gobernar contra la otra mitad del país. Los excesos chavistas no les legitiman para asaltar el poder, aunque sí les concede argumentos para promover sus candidaturas en unas elecciones democráticas.

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Cristiano, defraudador de oro 2019

Quién vea las imágenes de un exultante y jubiloso Cristiano Ronaldo entrando y saliendo de la Audiencia Nacional podría pensar que vino a recoger el Balón de Oro, la Bota de Oro, el título oficial de máster mundial de la Orden del Brilla-Brilla o el Jealousy Award al hombre más envidiado del año; no a reconocerse culpable de cuatro delitos fiscales y aceptar casi dos años de cárcel y pagar una multa de 18.8 millones de euros.

Ni su actitud ni sus gestos eran los de alguien que reconoce haber cometido un delito y asume su culpa y su responsabilidad, como se supone que sucede en este tipo de acuerdos penales. Ni siquiera cumplió con la formalidad de ofrecer esa entrada discreta propia de alguien que no se reconoce culpable pero acepta el trato para evitarse males mayores. Lo recorrió vanidoso y encantado de haberse conocido como si se tratase de otro paseo de la fama, de otro desfile del triunfador que se sale con la suya porque puede.

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El ganador es Pedro Sánchez

Ha sido una buena semana para el inquilino de la Moncloa. A derecha y a izquierda sus competidores le han ofrecido regalos que debería saber aprovechar. A fin y al cabo, no todas las semanas tu mayor competidor por la derecha te regala el centro y tu mayor competidor por la izquierda te quita la presión por mantener la hegemonía en el espacio progresista. Mientras, contra pronóstico de casi todos, también se multiplican las señales de que los presupuestos de 2019 podrían pasar sin apuros el trámite de las enmiendas a la totalidad -el cabo de Hornos de la tramitación presupuestaria, en palabras del socialista que más presupuestos ha negociado: Fernández Marugán-; después, las sesiones del juicio oral al Procés y los equilibrios de unos y otros dirán.

Núñez Feijóo, que es listo y aún gana elecciones por mayoría absoluta, lo ve venir. Mariano Rajoy también pero pasa; ha decidido que si su partido quiere estrellarse que al menos lo haga sin su ayuda. El presidente gallego lleva todo el fin de semana de gira por la Convención y por los medios de Madrid avisando el suicidio que supone abrazarse al neoaznarismo y volver a dejar el centro al PSOE y a Ciudadanos y el voto regionalista al nacionalismo democristiano.

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El Brexit es nuestro problema

Por imposible que parezca, hay algo aún más descorazonador que contemplar cómo la sociedad y la política británicas pagan caro las consecuencias de haber tomado una decisión compleja sin darse el tiempo y el conocimiento necesarios, convirtiendo la deliberación democrática en una soap opera tuitera, donde lo que dice alguien en YouTube vale lo mismo que cuanto expliquen un economista, un jurista o un ingeniero de prestigio en la BBC. Si no me creen, no tienen más que ver la fenomenal película Brexit, The Uncivil War producida por HBO y luego preguntarse dónde están los carismáticos líderes y estrategas que llevaron a la victoria a la opción de salida: desaparecidos, huidos, escondidos, callados y, en algunos casos, investigados y procesados por la Justicia.

El espectáculo que están dando la UE y los países que, como España, deberían estar liderando este momento crítico en el proceso de construcción europea resulta aún más triste y deprimente que el show que llega del reino de su Graciosa Majestad. Se hace molesto seguir a los tories en su tradicional juego de tronos con los intereses de su país y sus ciudadanos. Resultan sorprendentes e irritantes los titubeos y el cortoplacismo que está acreditando un líder laborista, Jeremy Corbyn, que hasta ahora siempre había demostrado firmeza en sus convicciones y visión a largo plazo. Pero se vuelven incomprensibles y asombrosas la pasividad acreditada por la instituciones comunitarias y la abrumadora falta de visión acreditada por todas la cancillerías europeas, aparentemente convencidas de que su trabajo y su misión era negociar un buen acuerdo de salida con Gran Bretaña y que, hecho eso, todo lo que venga ya no corresponde a su negociado.

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