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Antón Losada

Soy mariñano de A Mariña do Lugo. Autor de "Piratas de lo Público". Profesor titular de ciencia política de la USC, doctor europeo en derecho, máster en gestión pública por la UAB. Ex secretario general de la vicepresidencia de la Xunta y exsecretario xeral de relacións intitucionais. Comentarista y analista en la Ser y Cuatro y El Periódico. Antes en TVE, TVG, y El País. Fui director general de Radiovoz y adjunto al consejero delegado de La Voz de Galicia.

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A ver si aún se va a liar

La descabellada estrategia de negociación socialista de convertir a Pablo Iglesias en el problema ha tenido el desenlace que solo dependía de la inteligencia del líder de Unidas Podemos. Suele pasar cuando tu táctica negociadora depende exclusivamente de las decisiones que toma otro y sobre las cuales careces de cualquier control; antes o después te encuentras ejecutando su plan, no el tuyo.

Los socialistas fiaron el relato del fracaso a la personalidad de Iglesias y a su capacidad para resistir las presiones internas de una izquierda y una organización atormentadas por una agónica repetición electoral. Lo primero revela que los socialistas están convencidos de que negocian con el personaje creado en y por los medios, no con un líder de carne y hueso. Lo segundo se contradice con su propio argumento de que el líder morado no podía estar en el Gobierno porque no controla a su propio partido: difícilmente puedes resistir las presiones de un partido que no controlas.

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Alguien tiene que decirlo

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias pueden estar completamente seguros de una cosa: sus electores no votaron esto que está pasando, menos aún lo que amenaza con pasar. Menos esta certeza absoluta, todo lo demás es relativo. A partir de ahí, deberían pensar con cuidado sus pasos.

¿Tiene razón Pedro Sánchez al reclamar que el presidente tiene derecho a elegir a los miembros de su gabinete y que han de ser personas de su confianza, que entiendan las renuncias y compromisos que se contraen al formar parte de un gobierno? Sin duda. ¿Tiene razón Pablo Iglesias al demandar que en un gobierno de coalición no debe haber vetos y ambas partes deben tener un margen de autonomía suficiente para tomar sus decisiones? Por supuesto que sí. Pero esto no va de tener razón, va de llegar a acuerdos y compromisos entre razones diferentes. Además, ninguno de esos argumentos constituye realmente un problema que ya se esté produciendo en la realidad del Gobierno. Solo son excusas.

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Acordaos de Lula

Segunda entrega de las conversaciones entre los fiscales, otros jueces y Sergio Moro, feliz ministro de Justicia del ultra Bolsonaro, para acordar la mejor estrategia para enchironar de por vida al candidato Lula da Silva, apropiarse de sumarios que no le correspondían, ordenar estratégicamente las pruebas para destacar las incriminatorias y ocultar las exculpatorias, negociar escandalosos tratos de favor a cambio de testimonios a la carta o alegrarse por las desgracias de jueces y fiscales menos proclives a la conspiración. Esta vez no las ha publicado un diario liberal extranjero, al servicio del marxismo, el judaísmo, la internacional gay y el populismo sin fronteras. Las ha publicado Veja, una revista brasileña de orden, de derechas de toda la vida.

La segunda entrega no ha tenido ni siquiera la limitada repercusión de la primera. De nuevo, las clamorosas evidencias de que Lula da Silva fue objeto de una cacería ilegal, que tenía como único objetivo echarle de una carrera electoral que todo el mundo sabía que iba a ganar y devolver por medio de las urnas al PT el poder arrebatado por medio de un golpe parajurídico, han quedado rebajadas a "dudas" sobre la "parcialidad" de un juez a quien se premiaron los servicios prestados con un ministerio.

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El gallina y el prisionero

Con el juego de la investidura se ha llenado España, así, sin esfuerzo, de expertos en Teoría de Juegos. Abundan los análisis con referencias al conocido Chicken game o Juego del gallina o del cobarde. Ya le habrán contado más de una docena de veces y como si fuera la primera vez que se inspira en la famosa secuencia de la carrera hasta barranco de James Dean en Rebelde Sin Causa, la mítica película de Nicholas Ray. Lo mejor de la Teoría de juegos reside en que permite modelizar de manera sencilla situaciones de enorme complejidad. Lo peor es que esa sencillez invita a la alegría en el manejo.

La inspiración de Chicken game en el desafío a James Dean es cierta en cuanto al planteamiento de la situación. Aunque no tanto respecto a las consecuencias del juego. Igual que en el Dilema del prisionero, imaginar a los delincuentes encerrados en celdas diferentes, recibiendo ofertas separadas por parte del Sheriff, ayuda a entender la situación, pero no a entender su consecuencias. En el juego que se traen Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el problema no reside en decidir quién es James Dean, porque ninguno lo es.

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Adictos al drama

Es oficial. La política española se ha convertido en una soap opera. Si dicen los gurús que la política moderna tiene que ser, ante todo, espectáculo, hemos tenido mala suerte. Nos ha tocado una de sus manifestaciones menos elevadas y más exasperantes. Su calidad suele resultar pésima pero ni siquiera eso es lo peor. Lo más terrible reside en que sus dramones se hacen indigestos y las tramas se alargan de manera completamente arbitraria y caprichosa.

En la derecha se han embarcado en un remedo de melodrama decimonónico de la peor calaña, como cuando quieres hacer Sentido y Sensibilidad pero te sale Pasión de Gavilanes. Partido Popular y Ciudadanos son ese matrimonio de conveniencia unido por la hipoteca, el gusto por el poder y la posición social. Vox es el amante peligroso y excitante que se ha cansado de que le pongan un piso donde solo pueden verse en días y horas inverosímiles y sólo para follar. 

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Qué pereza

No sé ustedes, pero personalmente estoy a un telediario y dos tertulias de Ana Rosa de que me dé exactamente igual si Pedro Sánchez se presenta a la investidura externo, pensionista o semipensionista. Ya solo reclamo como ciudadano el mismo derecho que Adam Smith demandaba ante cualquier soberano: que gobernase causando las menos molestias, fatigas y penurias posibles a la gente. Ya soy muy mayor para confundir la estulticia con la estrategia y la vida me ha enseñado que no es posible el marianismo sin Mariano Rajoy; es una perdida de tiempo.

Tampoco sé si soy el único, pero el sentimiento de optimismo y confianza que me produjo el resultado del 28A cuando, iluso de mí, llegué a declarar que representaba el triunfo de la política y los discursos pluralistas e integradores frente al melodrama y las consignas cerradas y excluyentes, se ha ido transformando en un hartazgo cansino y moroso, que solo causa desaliento y la horrible sensación de estar siempre malgastando el tiempo en majaderías irrelevantes, cuando nos hace tanta falta para afrontar los problemas reales de un país donde el asalto a lo público y al bienestar común no se ha detenido, solo ha cambiado de táctica.

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Los ofendiditos estaban en Vox

Vaya por Dios. Tanta risa y tanta chanza que se traía la alegre muchachada de la derecha extrema con los ofendiditos y resulta que los ofendiditos más ofendiditos estaban en Vox. No habían pasado ni dos días desde la investidura de Almeida en Madrid y ya están en pleno dramón de Zorrilla, retándose a suspensión de reuniones, clamando por el valor de la palabra dada y reclamando satisfacción para el honor mancillado.

Tanto tirar de etiqueta para ridiculizar a cualquiera que tuviera el mal gusto de criticar un comentario o una actitud machista, fascista, racista o simplemente gilipollas, alegando que su derecho a decir estupideces no termina donde se acaba nuestra obligación de tener que aguantarlas y ahora resulta que los ofendiditos son ellos. Si no sabes aguantar una broma, lo mejor es que te vayas de este pueblo y de esta democracia, decían seguros y desafiante. Pero ahora se hacen los dignos porque les llaman fachas y ultras y nadie quiere sentarse a su lado en las fotos; ellos, que venían para perder el miedo a que les llamaran esas cosas, llorando ahora porque los demás niños no quieren jugar con ellos, al menos delante de toda la clase.

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Rumbo de colisión

Se acaban las excusas. Terminado el carrusel municipal, no va a quedar más remedio que ponerse con la cuestión de investir a un presidente en un Parlamento que lleva dos meses y medio electo y, hasta la fecha, solo ha producido una bochornosa y esperpéntica sesión constitutiva y una pelea de patio de colegio por ver quién se sienta en las filas delanteras o traseras de la clase. No queda ninguna coartada creíble para seguir manteniendo esta inacción absurda, que algunos pretenden hacer pasar por magistral estrategia, pero no pasa de burdo intento de dejar pasar el tiempo, a ver si los otros se equivocan o alguien arregla lo mío gratis total.

Si la esperanza era que el tiempo encarrilase la legislatura, hasta ahora los resultados solo podían conducir a la melancolía. Tras los episodios municipales y autonómicos, la legislatura ha cogido un desasosegante rumbo de colisión. Los números no salían hace una semana, ahora cuadran aún menos y las perspectivas de que puedan descuadrarse más no se despejan; más bien al contrario.

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Si no vas a disparar, no saques la pistola

No hay western o policíaco de referencia que no incluya esta frase en algún momento. Visto lo visto después de las elecciones de abril y mayo, no sería del todo disparatado sugerir que la política y muchos políticos españoles adoptaran también esa máxima como principio rector. Si funciona en los salones de Wichita o los bares de Chicago, no tiene por qué no servir para la Carrera de San Jerónimo o en los consistorios de Madrid o Barcelona.

El consejo responde a una lógica inapelable. La pistola es el último recurso. Una vez empuñada ya no hay vuelta atrás ni quedan más opciones por explorar. Si se desenfunda sin tener claro que se va a disparar y contra quién, pueden pasar dos cosas. La primera es matar a alguien por accidente, simplemente porque pasaba por allí o estaba en mal lugar en el peor momento; una desgracia pésima para el muerto y muy mala para la carrera política de quien haya disparado, pues la manera más segura de evitar que te mate a ti, también por accidente, consiste en alejarse lo más posible.

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Pactar es fácil

Aunque les parezca inverosímil, hay algo en común entre todos los escenarios e hipótesis de pactos postelectorales con los que tanto se nos marea estos días con pactómetros y realidades aumentadas. A derecha y a izquierda, rural o urbano, costa o interior; en todas las situaciones los pactos se plantean, preferentemente, contra alguien. En la política española los acuerdos a favor de algo o alguien se antojan más raros que aquel famoso perro verde.

En Madrid se hacen contra Manuela Carmena o contra Ángel Gabilondo. En Barcelona iban a ser contra Ada Colau pero ahora se arman contra Ernest Maragall. La derecha quiere pactar contra los populismos y los independentistas, aunque para ello tenga que abrazarse a la derecha xenófoba y preconstitucional. La izquierda ofrece pactar contra la derecha extrema, aunque sea a base de entregarle la presidencia o la alcaldía a esa derecha a quien lo único que le molesta de pactar con la derecha extrema, es que se sepa.

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