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Un boletín de Esther Palomera exclusivo para socias y socios. Donde la verdad no se maquilla ni se suaviza. Una opinión directa sobre lo que esconden los micrófonos de la política.

Una conjura contra la autolesión

Pedro Sánchez en el mitin de este miércoles en Pulianas (Granada), a tres días para que finalice la campaña de las andaluzas.
14 de mayo de 2026 07:59 h

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Más de 6,8 millones de andaluces están llamados a votar el próximo domingo, una cita en la que se juega la hegemonía política de la región más poblada de España y que tendrá inexorablemente lecturas en clave nacional, pese a que la evidencia empírica demuestra que los ciudadanos saben de sobra qué votan, a quién y por qué en cada elección. 

La convocatoria servirá, de un lado, para medir la resistencia del modelo que representa el actual presidente de la Junta, Juanma Moreno, y que en las formas al menos no es el del PP que lidera Feijóo y tampoco el de Ayuso. Pero, también para comprobar qué queda del PSOE en una comunidad donde lo fue todo, gobernó durante 36 años y fue el principal granero de votos en todas las elecciones generales.

Las expectativas para el socialismo no son muy halagüeñas. Y no solo por el desgaste que acumula la marca o porque la imagen de su candidata María Jesús Montero esté indisolublemente ligada a la de Pedro Sánchez, sino también por las heridas que aún supuran en las diferentes familias del PSOE andaluz tras la pérdida del poder institucional en 2019 y las traumáticas primarias que enfrentaron a Susana Díaz y el hoy presidente del Gobierno por el liderato nacional del partido. Esta última es una circunstancia que, aunque en ocasiones se olvide intencionadamente, explica muchos de los males de una federación que no supo o no quiso pasar página de sus luchas intestinas ni renunciar a sus componendas orgánicas.

El caso es que Juanma Moreno no tiene asegurados los 55 escaños que otorgan la mayoría absoluta que le libraría de los controvertidos y humillantes pactos con Vox por los que sí han tenido que pasar sus colegas de Extremadura, Aragón y Castilla y León. Pero María Jesús Montero tampoco sabe si taladrará aún más el suelo que dejó el PSOE hace cuatro años con el peor resultado histórico de la marca con 30 escaños de 109. El baile de diputados en al menos media docena de provincias puede decantar un resultado cuya lectura marcará seguro las estrategias de los partidos nacionales.

Y en un mundo donde la información fluye a gran velocidad y las opiniones se forman en cuestión de segundos, lo único seguro de la noche del domingo es que el PP ganará su cuarta elección en cinco meses, que Feijóo se apropiará de la victoria, que expedirá por enésima vez el certificado de defunción de Sánchez y que pedirá de nuevo un anticipo de las generales. Todo lo demás, seguirá igual, El PP, con o sin Vox, en la Junta de Andalucía, el PSOE en la oposición y Sánchez, en La Moncloa.

El presidente del Gobierno, como el primer ministro británico, no se irá, aunque el socialismo andaluz perfore su mínimo histórico como el laborismo se hundió en las elecciones locales. La diferencia entre Sánchez y Keir Starmer es que al primero se lo pedirá la derecha, pero no su gobierno ni su partido, salvo los despechados que no habitan ya en las estructuras del partido, pero orbitan alrededor de los micrófonos que interesadamente les presta la derecha mediática para ajustar cuentas con el pasado. No, España no es Reino Unido. El PSOE no es el laborismo. Y la cultura política anglosajona nada tiene que ver con la española.

El horizonte de Sánchez sigue estando en 2027. En la primavera o en otoño, si bien por su cabeza no pasa la convocatoria de un superdomingo electoral en el que coincidan generales, con autonómicas y municipales. Hasta entonces, asumirá o no el resultado del 17M como propio -al fin y a la postre la candidatura de Montero fue un empeño suyo-, pedirá a los socialistas que se concentren en la tarea de gobierno y seguirá erigiéndose en némesis de la ultraderecha global que representa Trump y emulan los acuerdos que el PP va suscribiendo con Vox allá donde necesita los votos de Abascal para gobernar.

La retórica en todo caso no podrá ignorar una reflexión en profundidad sobre la evidente debilidad del PSOE en los diferentes territorios y la profunda desconexión con su base electoral. Pero, en Andalucía, pese a los augurios del periodismo especulativo, el partido no se abrirá en canal se cumpla o no el pírrico objetivo de mantener los 30 escaños de hace cuatro años. 

Se multiplicarán, eso sí, los reproches sobre quiénes y cómo han diseñado una campaña tradicional y nada disruptiva que no parece que vaya a convencer a los 600.000 andaluces que se quedaron en casa en las autonómicas de 2022 y votaron a Sánchez en 2023. Se escucharán decenas de reproches contra una Secretaría de Organización Federal que no da la talla. Se sucederán los lamentos por haber cambiado precipitadamente a Juan Espadas por Montero sin dar tiempo al primero para consolidarse como alternativa a Moreno Bonilla y achicharrar a la segunda sacándola de su zona de confort y de realmente era útil, que era en el Gobierno de España. Pero el socialismo andaluz, adelantan sus históricos, “tiene suficientes horas de vuelo para gestionar con responsabilidad” el resultado, haya o no otra debacle.  

María Jesús Montero no es cualquier candidata, sino persona de absoluta confianza de Sánchez, además de vicesecretaria general del PSOE, por lo que todos los ecos que llegan desde la federación andaluza es que la digestión de lo que salga de las urnas el próximo domingo se hará con “cabeza y responsabilidad” pensando bien los pros y contras de qué se hace y cuándo se hace. Y es que el cuadro que resulte no será ajeno ni se diseñará al margen del secretario general, que seguirá siendo presidente del Gobierno, aunque le pese a Feijóo. Lo contrario, sería abrir en canal un partido que si de algo sabe es de las consecuencias que producen las autolesiones. Que nadie espere una catarsis y tampoco que el socialismo se resigne a lo que la demoscopia, los editoriales y los tertulianos llaman derechización de Andalucía. Los datos no demuestran eso, sino una profunda apatía en el electorado de la izquierda. 

Y es que una cosa es el voto censal y otra el voto emitido a las diferentes candidaturas. Y el mejor resultado del bloque de la derecha se registró en 2011, con un 34,4% de voto censal, lo que no supone una evolución significativa desde 1977, cuando un 33,7% de la ciudadanía con derecho a voto optó por una candidatura de derechas.

El único cambio sociológico en esta Comunidad se produjo como consecuencia de la gran crisis económica, ya que desde las elecciones de 2011, el voto a la izquierda bajó del 40%-50% hasta situarse en el 30%-37% del censo. Una circunstancia que ha supuesto que, desde entonces, se iguale con el porcentaje de la derecha, pero no por un trasvase neto de votantes, puesto que la derecha ya tenía ese umbral de voto, sino porque buena parte del electorado de izquierda ha ido a engrosar el porcentaje de abstención, como en los 80 y 90 ocurrió con el electorado de derechas. Y eso es de lo que el PSOE tendrá que hablar a partir del próximo domingo si quiere remontar el vuelo porque todos los pronósticos apuntan que la derecha se acercará a su techo histórico y la izquierda seguirá en la desmovilización que arrastra desde 2011, lo que permitirá ganar holgadamente a Moreno Bonilla.  

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