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Zaragoza, patrimonio en ruinas: cuando el ladrillo pesa más que la historia

Edificio de la calle Estébanes declarado en ruina inminente

Esther L. Chamorro

19 de mayo de 2026 23:33 h

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Los derribos de Estébanes 12-14, el antiguo edificio de Correos del Portillo o el colegio de Jesús y María han vuelto a abrir en Zaragoza un debate recurrente sobre el abandono y la destrucción del patrimonio histórico de la ciudad. En apenas unos años han desaparecido o quedado sentenciados edificios renacentistas, ejemplos de arquitectura brutalista y conjuntos racionalistas mientras avanzan nuevas operaciones urbanísticas e inmobiliarias.

Pero estos casos recientes no son episodios aislados: forman parte de décadas de pérdida de memoria urbana en las que Zaragoza ha ido borrando buena parte de su patrimonio civil, industrial, arqueológico y arquitectónico, desde Averly y los palacios renacentistas del casco histórico hasta barrios enteros transformados por el desarrollismo y la especulación.

Los casos más recientes han sido especialmente polémicos. Entre 2025 y 2026 se produjo el derribo de Estébanes 12-14, en pleno corazón de El Tubo. El inmueble, con origen en el siglo XVI, llevaba décadas degradándose mientras asociaciones como APUDEPA denunciaban una ruina inducida por abandono. Tras el colapso parcial de la estructura, el Ayuntamiento declaró la ruina inminente y ha autorizado su demolición completa, incluida la fachada histórica. En esta calle se habla de construir 28 pisos turísticos.

También este año ha comenzado la demolición del antiguo edificio de Correos del Portillo, uno de los principales ejemplos de arquitectura brutalista de Aragón. Catalogado en el registro internacional DOCOMOMO, el edificio quedó condenado por la transformación urbanística de la zona ferroviaria del Portillo. Pese a las protestas vecinales y a las solicitudes de protección patrimonial, el Gobierno de Aragón rechazó declararlo Bien de Interés Cultural y las excavadoras retomaron el derribo.

En 2025 arrancó igualmente la demolición del antiguo colegio de Jesús y María, entre la avenida de Goya y Cortes de Aragón. El complejo, diseñado por Isidre Puig Boada —discípulo de Gaudí y figura destacada de la arquitectura escolar de posguerra—, llevaba cerrado desde 1998. Aunque distintos informes demostraban que el edificio podía rehabilitarse e integrarse en futuros equipamientos públicos, el Ayuntamiento aprobó un convenio urbanístico para construir 160 viviendas y nuevas dotaciones. La piqueta acaba con uno de los conjuntos racionalistas y humanistas más singulares de Zaragoza.

Más allá de estas grandes demoliciones, barrios como San Pablo, la Magdalena o el Gancho viven desde hace años un proceso más silencioso de “ruina por omisión”. Numerosos edificios históricos permanecen vacíos y sin mantenimiento hasta que Urbanismo decreta su ruina por motivos de seguridad, facilitando su sustitución por promociones inmobiliarias y acelerando la gentrificación del casco histórico.

El gran precedente contemporáneo de esta dinámica fue Averly en 2016. La histórica fundición fundada en 1863 en el paseo María Agustín era uno de los conjuntos industriales mejor conservados de Europa, con talleres, maquinaria y archivos originales del siglo XIX. La operación urbanística sobre los terrenos acabó destruyendo aproximadamente el 70% del complejo y convirtió Averly en símbolo de una idea cada vez más extendida en Zaragoza: el patrimonio pierde frente al ladrillo. La ciudad ha perdido además harineras, talleres ferroviarios, industrias del Arrabal y buena parte de su arquitectura industrial histórica.

A este deterioro del patrimonio visible se suma otro conflicto menos conocido: la gestión de los hallazgos arqueológicos del subsuelo zaragozano. Bajo el centro de la ciudad permanecen enterradas amplias zonas de la antigua Caesaraugusta romana y de la Saraqusta islámica. En 2001, durante las obras del aparcamiento subterráneo del Paseo Independencia, aparecieron restos del arrabal islámico de Sinhaya, un barrio musulmán desarrollado entre los siglos X y XII. Las excavaciones sacaron a la luz calles, viviendas y estructuras urbanas medievales que obligaron a replantear parcialmente el proyecto.

En el entorno de la plaza del Pilar y la Seo aparecieron también importantes restos del Foro Romano y del Puerto Fluvial de Caesaraugusta, mientras que en 1972 las obras de la calle San Jorge descubrieron accidentalmente el Teatro Romano de Caesaraugusta, uno de los mayores de Hispania. Las sucesivas excavaciones urbanas han seguido revelando murallas, cloacas, necrópolis y restos medievales e islámicos, alimentando el debate sobre si Zaragoza integra realmente su patrimonio arqueológico o simplemente lo gestiona como un obstáculo para el desarrollo urbano.

La destrucción patrimonial de Zaragoza no comenzó recientemente. Durante el desarrollismo de los años sesenta y setenta desapareció gran parte de la arquitectura burguesa de Ruiseñores y Paseo Sagasta. Muchas de las villas diseñadas por Regino Borobio y José Borobio Ojeda fueron demolidas o profundamente transformadas. Entre las pérdidas más simbólicas estuvo la Casa Faci, derribada en 1971.

El desarrollismo arrasó también buena parte del casco histórico renacentista. Grandes palacios como la Casa Palafox o la Casa de los Torrellas desaparecieron junto a numerosas residencias históricas de calles como Manifestación, Don Jaime o Predicadores. La apertura de grandes vías y la adaptación de la ciudad al automóvil alteraron radicalmente la escala urbana histórica y destruyeron buena parte del tejido medieval y renacentista.

En paralelo, Zaragoza perdió gran parte de su patrimonio cultural popular. Desaparecieron o fueron profundamente transformados cines históricos como el Elíseos, el Goya, el Coliseo o el París. El Teatro Fleta, inaugurado en 1955 y una de las grandes obras de la arquitectura racionalista de posguerra, permaneció durante décadas abandonado entre litigios, promesas incumplidas y deterioro progresivo.

Todavía más atrás, las operaciones urbanísticas del franquismo arrasaron barrios históricos enteros en el entorno de la Seo, el barrio del Sepulcro y zonas medievales próximas al Ebro. También desaparecieron numerosos conventos, iglesias y edificios religiosos históricos, como parte del antiguo convento de Jerusalén.

El gran trauma patrimonial moderno de Zaragoza fue, sin embargo, el derribo de la Torre Nueva en 1892. La torre mudéjar inclinada del siglo XVI, uno de los grandes símbolos civiles de la ciudad, fue demolida alegando problemas estructurales pese a las protestas de numerosos arquitectos e intelectuales. Muchos historiadores consideran aquel episodio el origen de una lógica urbanística que todavía persiste: en Zaragoza siempre ha resultado más fácil derribar que rehabilitar.

La ciudad que se destruye a sí misma

Expertos en patrimonio han puesto estos días el grito en el cielo tras el anuncio de derribo del edificio del siglo XVI de la calle Estébanes. El historiador Daniel Aquillué, ironiza y apunta que “Zaragoza, que ha sobrevivido a guerra, revoluciones y contrarrevoluciones en su larga historia parece empeñada en no sobrevivir a sí misma y destruirse a sí misma bajo la piqueta”.

Sostiene que “la época contemporánea ha sido desastrosa, desde el paradigmático derribo de la bella Torre Nueva en 1892, que debería haber hecho reflexionar y no cometer los mismos errores”.

A su juicio, los últimos 90 años “han sido una catástrofe”, especialmente de los años 40 a los 70, con el franquismo y un desarrollismo mal entendido, cuando se arrasó el corazón histórico de la ciudad para hacer la gran plaza del Pilar, se abrió San Vicente de Paul y se tiró la antigua universidad. Recuerda que todavía hubo un destrozo posterior cuando se arrancó el foro romano en 1990 pero creía que aquello había quedado atrás. Sin embargo, desde 2016 con el “fundicidio”, la destrucción del 68% de la fundición Averly, “todo ha vuelto a empeorar”.

Aquillué recuerda la demolición del convento de Santa María Jerusalén, obra de Borobio, en Casablanca en 2023, el colegio Jesús y María en 2025, los restos arqueológicos no conservados del pasado andalusí, los todavía no visitables cubos de la muralla del siglo XI en Paseo María Agustín (salvados in extremis junto al muro de 1808)... O el próximo derribo del edificio brutalista de Correos en el Portillo, las casas del siglo XVI en la Magdalena por las que pasaba la muralla romana, o la más reciente casa de 1500 de calle Estébanes.

Para Aquillué “el panorama es desolador y las administraciones no actúan. Yo ruego desesperadamente que actúen en conservar nuestra historia”. El historiador sostiene que no debe priorizarse el interés económico sobre el cultural porque ambos pueden ser perfectamente compatibles, como se ha podido demostrar en iniciativas de otras ciudades. A su juicio, se puede ir perdiendo la identidad de la ciudad y acabar siendo como cualquier otra si tan solo se prioriza la rentabilidad de las residencias turísticas, que es donde suelen acabar numerosas iniciativas urbanísticas.

“Lo que prima es el suelo y la corrupción”

Belén Boloqui, presidenta de la Asociación de Acción Pública para la Defensa del Patrimonio Aragonés (Apudepa), tiene claro que el interés que domina es el suelo. “Salvo algunos bienes intocables, siempre se trata de lo mismo: la especulación urbanística y la corrupción”. Y vaticina que “mientras el suelo siga siendo la prioridad, el patrimonio seguirá cayendo como un castillo de naipes”.

La historiadora lamenta la trayectoria de sentencias judiciales que priorizan las medidas de seguridad por encima del interés patrimonial, hasta el punto que muchos expertos se quedan a las puertas de presentar los informes que les han encargado cuando ya se ha decidido el derribo de edificios como el caso de la calle Estébanes o del Colegio Jesús y María.

Boloqui muestra su malestar porque “siempre hay alguna excusa que lo impide y la de las medidas de seguridad es una táctica que comienza por dejar que se deterioren los edificios, actuando solo al final serrando maderas, quitando cubiertas, etc. Siempre van a concurrir criterios de seguridad”.

A pesar de su pesimismo por lo que considera una falta de conciencia general, la presidenta de Apudepa sostiene que “esto no funciona ni funcionará mientras esté todo bien atado” pero anima a mantenerse firmes y exigir que en todas las decisiones se convoquen a expertos y a la sociedad “ocupada y preocupada” por el patrimonio aragonés.

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