Mientras suena la música, alguien mantiene el ritmo
Hay un momento muy concreto del año en el que todo parece comenzar de nuevo. La primavera se estira, casi agotada, y deja paso a las primeras fiestas de los pueblos. Las calles se llenan de sillas en las puertas, de conversaciones largas y de niñas y niños corriendo sin hora. Hay algo profundamente hermoso en esa escena: la comunidad que se reconoce, el tiempo que se desacelera y la vida que se hace visible.
Pero hay otra escena, menos visible, que también ocurre al mismo tiempo.
Mientras la plaza se llena, alguien ha pensado qué se come, quién recoge, quién lleva la muda de repuesto, quién coge la crema solar, quién calcula si habrá suficiente hielo o quién se anticipa al cansancio ajeno. No se ve, pero sostiene. No se nombra, pero organiza. No se celebra, pero permite que todo lo demás suceda.
La carga mental de los cuidados no descansa en vacaciones. Ni en fiestas. Quizá, incluso, se intensifica.
A veces pienso en cómo hemos llegado hasta aquí. Mi generación —las nacidas en los noventa— creció con la promesa de una vida distinta. Nos dijeron que podríamos ser lo que quisiéramos, que estudiar nos abriría puertas y que la independencia era una conquista posible. Y lo fue, en muchos sentidos. Nos hicimos mayores casi sin darnos cuenta. Cambiamos de ciudad, de trabajo, de certezas. Aprendimos a sostenernos.
Y, de repente, somos madres.
No hay un momento exacto en el que eso sucede del todo. Es más bien un desplazamiento lento, casi imperceptible. Un día te descubres organizando una mochila que no es la tuya. Pensando en horarios que ya no te pertenecen del todo. Midiendo el tiempo de otra manera. Como si la vida se hubiera expandido y, al mismo tiempo, comprimido.
Hay algo de vértigo en esa transición. Pero también hay una conciencia distinta. No nos relacionamos con la maternidad como lo hicieron nuestras madres —no porque ellas lo hicieran mal, sino porque el contexto es otro, porque el mundo ha cambiado y nosotras con él. Tenemos otras preguntas, otras exigencias y otras formas de mirar.
Queremos cuidar. Pero también queremos estar. Estar en nuestras vidas, en nuestras decisiones, en nuestros proyectos. Queremos tiempo propio sin sentir que estamos fallando en algún lugar. Queremos no tener que elegir constantemente entre lo que somos y lo que se espera que seamos.
Y, sin embargo, la inercia es poderosa.
La carga mental sigue encontrando su camino. A veces de forma sutil, casi imperceptible. No siempre es una imposición explícita. A veces es una expectativa que flota, que se cuela en lo cotidiano, que se instala sin hacer ruido. ¿Lo hacemos porque queremos o porque aprendimos que debía ser así? No siempre es fácil responder.
Me viene a la cabeza un verso de Idea Vilariño: “Ya no será, ya no, no viviremos juntos”. No por la literalidad, sino por esa forma de nombrar lo que cambia, lo que ya no puede ser como antes. Hay algo de eso en nuestra manera de habitar los cuidados. Sabemos que no queremos reproducir ciertos esquemas. Sabemos que algo tiene que ser distinto. Pero todavía estamos aprendiendo cómo.
En las fiestas de los pueblos, mientras cae la tarde y empieza a sonar la música, observo esas dos capas que conviven. La visible y la invisible. La celebración y la organización silenciosa que la sostiene. Y pienso que la igualdad, a veces, se juega precisamente ahí. No en los grandes discursos —que también—, sino en quién piensa, quién recuerda y quién anticipa.
Como profesional de la igualdad, sé que la corresponsabilidad no es un concepto abstracto. Es una práctica cotidiana, concreta, que requiere cambios reales en cómo distribuimos el tiempo, la responsabilidad y la preocupación. Pero como mujer —y, ahora, como madre— sé también que no basta con saberlo.
Hace falta convicción. Propia y colectiva.
Convicción para comprender que no es posible llegar a todo. Para no sostenerlo todo. Para compartir de verdad, no sólo las tareas visibles, sino también esa arquitectura invisible que las hace posibles. Convicción para redefinir qué significa cuidar y cómo queremos hacerlo. Convicción, también, para “no juzgarnos sin tiempo”, como escribía el gran Benedetti.
Quizá nuestra generación esté en ese tránsito. Entre lo heredado y lo que todavía no tiene nombre. Entre la gratitud hacia quienes nos precedieron y la necesidad de abrir otros caminos.
Mientras tanto, la vida sigue. La música suena. Las calles se llenan. Y en algún lugar, alguien está pensando en todo lo que falta para que esa escena sea posible.
Tal vez la igualdad consista, también, en que ese alguien deje de ser siempre la misma.
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