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Sobre este blog

El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Una tierra sostenida por mujeres

Miles de personas han gritado por la igualdad en las calles zaragozanas.

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Hay días que pasan, pero no se van del todo. El Día de Aragón deja siempre algo suspendido en el aire, una especie de eco que no tiene que ver con los actos ni con los discursos, sino con una pregunta más incómoda: qué significa hoy, realmente, esta tierra que habitamos.

Quizá por eso escribir unos días después permite otra mirada. Menos celebratoria, más honesta. Más pegada a lo que somos cuando se apagan los focos.

Aragón no es sólo un territorio. Es una forma de sostener. Y en esa forma de sostener han estado siempre las mujeres, aunque rara vez hayan ocupado el centro del relato. Han sostenido la vida cotidiana, los vínculos y los tiempos. Han sostenido, incluso, aquello que no se veía. Como esas capas invisibles que dan profundidad a una pintura y que, sin embargo, nunca se nombran.

Crecimos en una cultura donde muchas cosas no se decían, pero se sabían. Donde el reparto de la vida tenía una lógica aparentemente natural que colocaba a cada cual en su sitio. Y donde ese sitio, para las mujeres, estaba demasiado cerca del sacrificio y demasiado lejos de la decisión.

No era necesario explicarlo. Bastaba con observar quién cuidaba, quién renunciaba y quién esperaba.

Hoy, esa escena ha cambiado. Pero no tanto como a veces queremos creer.

Las mujeres aragonesas hemos avanzado —y sería injusto no reconocerlo—, pero seguimos habitando una especie de frontera: entre lo conquistado y lo pendiente. Entre la presencia creciente en lo público y la persistencia de las cargas en lo privado. Entre la autonomía y una inercia que todavía nos empuja hacia lugares conocidos.

Hay una tensión ahí, constante, que forma parte de nuestro tiempo.

En Aragón, además, esa tensión tiene una textura propia. El territorio importa. Importa vivir en ciudades donde las oportunidades parecen más accesibles, pero también importa —y mucho— la vida en los pueblos, donde la igualdad no puede ser un concepto abstracto porque se mide en kilómetros, en servicios y en posibilidades reales de permanecer.

Hay mujeres sosteniendo pueblos enteros. No como metáfora, sino como realidad. Mujeres que cuidan, que trabajan, que organizan y que fijan población sin que nadie lo nombre así. Mujeres para las que la igualdad no es un debate, sino una cuestión de supervivencia cotidiana.

Y, sin embargo, seguimos sin colocar esa realidad en el centro de nuestras prioridades colectivas.

Quizá porque durante demasiado tiempo hemos aprendido a mirar hacia otro lado. O a aceptar como inevitables ciertas desigualdades que, en realidad, son profundamente políticas.

A veces pienso que esta tierra tiene algo de esos paisajes que parecen quietos pero están llenos de movimiento interno. Como si bajo la aparente estabilidad hubiera corrientes que lo están transformando todo lentamente. La igualdad forma parte de ese movimiento. No siempre visible, no siempre lineal, pero persistente.

Y ahí es donde estamos ahora: en un momento de tránsito.

Sabemos más que antes. Tenemos más herramientas, más lenguaje y más conciencia. Pero también tenemos más responsabilidad. Porque ya no podemos decir que no vemos lo que ocurre. Ya no podemos refugiarnos en la inercia.

El reto no es menor. No se trata sólo de incorporar a las mujeres a lo que ya existe, sino de repensar lo existente. De cuestionar la organización de los tiempos, del trabajo, de los cuidados. De preguntarnos, en serio, qué tipo de sociedad queremos construir.

Y hacerlo aquí, en Aragón, implica asumir nuestras propias particularidades. Nuestra geografía, nuestra historia y nuestras resistencias.

El Día de Aragón ya ha pasado. Pero quizá lo importante no era ese día, sino lo que queda después. Esa especie de incomodidad fértil que obliga a seguir pensando, a no dar nada por cerrado.

Porque la igualdad no es un destino al que se llega, sino un proceso que se sostiene —esta vez sí— de manera compartida.

Y tal vez de eso se trate ahora: de dejar de sostener en silencio y empezar, por fin, a transformar en voz alta.

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