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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

La adolescente que vio avanzar los derechos

La manifestación del Orgullo LGTBI+ de 2025 en Valencia.

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Hay generaciones que heredan certezas. La mía heredó un cambio.

Yo era adolescente cuando España aprobó el matrimonio igualitario. No tenía todavía todas las palabras —ni la conciencia social completa—, pero sí tenía algo más importante: la intuición de que algo profundo estaba ocurriendo. Que el mundo, tal y como nos lo habían contado, no era inamovible. Que los derechos no eran un punto de llegada lejano, sino algo que podía conquistarse aquí y ahora, delante de nuestros ojos.

Hoy, cuando comienza junio y con él el mes del Orgullo, me sorprendo queriendo empezar justo desde ahí. No desde lo que falta —que es mucho—, sino desde lo que fuimos capaces de hacer. Porque a veces olvidamos lo que significó vivir aquel momento desde la adolescencia: mirar el presente con la sensación de que el futuro no era una promesa abstracta, sino una construcción en marcha.

Recuerdo los patios de recreo. Espacios que, con demasiada frecuencia, eran hostiles para quienes se salían de la norma. Recuerdo también a las amigas —a tantas— que se colocaban al lado, sin dudar, sosteniendo a quienes eran señalados, respondiendo a la burla y poniendo palabras donde otros imponían silencio. No lo llamábamos sororidad entonces, pero lo era. No lo entendíamos como activismo, pero lo era.

Había una conciencia intuitiva de la injusticia. Y una certeza: no íbamos a mirar hacia otro lado.

Quizá por eso, cuando el matrimonio igualitario se convirtió en ley, no lo vivimos como algo ajeno. Era, de algún modo, la traducción institucional de algo que ya estaba ocurriendo en nuestras vidas. De amistades que habían enseñado a resistir, de conversaciones que habían ensanchado los márgenes y de vínculos que habían hecho evidente que no había nada que justificar.

Recuerdo también la emoción. La sensación —difícil de explicar ahora sin caer en la nostalgia— de estar viviendo en un país que avanzaba. Que se atrevía. Que reconocía derechos de manera pionera a quienes habían sido históricamente relegados a los márgenes. No era ingenuidad. Era, más bien, una forma de esperanza muy concreta.

Porque crecer en ese contexto dejó huella.

Nos enseñó que los derechos no son inmutables, pero tampoco lo son las desigualdades. Que lo que parecía imposible podía dejar de serlo si había suficiente convicción colectiva. Que las leyes importan, sí, pero también las vidas que las empujan.

Y nos enseñó algo más: que las luchas nunca son aisladas.

Muchos hombres homosexuales —tantos— han estado siempre en las luchas feministas, sosteniendo, acompañando y empujando. Las mujeres, por su parte, hemos sido, muchas veces, el primer refugio para quienes sufrían la violencia de la norma. No como un gesto heroico, sino como una forma natural de estar en el mundo. De entender que la libertad de unas está profundamente ligada a la libertad de otros.

A veces pienso en aquella joven que fui. En cómo miraba el futuro. No desde la idea de que otro mundo era posible, sino desde la convicción —mucho más potente— de que lo estábamos cambiando.

Esa certeza no era arrogancia. Era experiencia.

Hoy, con más años, con más matices y también con más conciencia de lo que queda por hacer, sigo pensando que hay algo profundamente valioso en recuperar esa mirada. No para instalarnos en la complacencia, sino para no olvidar de dónde venimos. Para reconocer que los avances no son inevitables, pero sí posibles. Que hubo quienes lucharon cuando no era fácil, quienes no cedieron, quienes abrieron camino.

Quizá por eso este inicio de junio quiero dedicarlo a ese recuerdo. A ese momento en el que el país se miró a sí mismo y decidió ser más justo. A quienes hicieron posible que muchas vidas pudieran ser vividas con más dignidad. A quienes sostuvieron, acompañaron y resistieron.

Y también a esa generación que creció sabiendo que los derechos no eran un sueño lejano, sino algo que podía tocarse.

Porque, en el fondo, de eso va el Orgullo.

De memoria. De conquista. Y de la certeza —que entonces era casi una evidencia— de que el mundo, a veces, sí cambia.

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