¿Un piquito, Mikel Merino?
“Olvídate del pisotón, has estado fantástico”. Imaginemos una entrega de las medallas a los campeones del Mundial masculino de fútbol en la que el hoy presidente de la Federación Española de Fútbol, Rafael Louzan, se dirigiera así a Mikel Merino. ¿Su objetivo? Consolarlo por la falta involuntaria que hizo sobre el argentino Otamendi y que causó la anulación del gol de Niko Williams, un tanto que habría sido clave en ese momento. Pero España ha ganado el Mundial y Louzan quieren aliviar el peso que pueda llevar Merino sobre la espalda. Así que, por el cariño que le tiene y la euforia del momento, le planta un beso en la boca ahí, en pleno escenario, justo cuando el jugador acaba de recibir su medalla y España está a punto de levantar la copa.
Esta escena no sucedió este domingo, después que la selección masculina ganara su segundo Mundial, pero sí sucedió hace tres años, cuando la selección femenina logró su primer título mundial. Los protagonistas no fueron Louzan ni Merino sino quien ocupaba entonces el puesto del primero, Luis Rubiales, y quien falló un penalti que podía haber sido decisivo, Jenni Hermoso. Esas fueron, de hecho, las palabras que Rubiales aseguró haber dicho entonces a las jugadoras. Después, el beso. “Un piquito, ¿no?”, aseguró Rubiales que le preguntó a Hermoso en una versión de los hechos radicalmente distinta a la de la jugadora y a lo que las propias cámaras mostraron.
El beso de Louzan no sucedió porque nadie lo hubiera considerado razonable. Porque un hombre como él o como Rubiales no se hubiera sentido con la potestad, con el poder al fin y al cabo, de besar sorpresivamente a otro hombre heterosexual y, por si fuera poco, en un momento cumbre de su carrera. Pero Rubiales lo hizo y lo justificó: por la cercanía con Jenni Hermoso, por el cariño, porque ella necesitaba ese consuelo tras el penalti, por la euforia del triunfo. Ninguna de estas ‘razones’ hubiera sido entendida si el beso hubiera sucedido este domingo y no aquel agosto de 2023.
A veces basta con dar la vuelta a una situación para ver con claridad el machismo. Aunque la regla de la inversión puede no ser suficiente: besar sin consentimiento siempre está mal; cuando la situación coincide, además, con las normas de género, con la cultura dominante, el acto se convierte en una agresión a quien lo sufre y en un episodio aleccionador para todo el que lo ve. Rubiales agredió a Jenni Hermoso porque vulneró su libertad sexual, esa que se quiebra cuando alguien entra en tu espacio íntimo y corporal sin que tú quieras, pero, con o sin intención, mandaba un mensaje: a las mujeres se las puede tocar, se las puede besar o manosear, porque no es para tanto, porque es un juego o una broma, porque en realidad ellas quieren o lo buscan. Los hombres no viven desde pequeños inmersos en ese ambiente en el que son mirados, interpelados y tocados sin que nada suceda.
Quizá por eso, no hubo beso de ningún superior a ningún futbolista este domingo en Nueva York. La euforia y el cariño no sirvieron para que un hombre se sintiera con el derecho de imponerle un beso a otro. Porque ninguna de esas razones puede justificar, efectivamente, hacerlo sobre nadie.
Ni Merino ni Williams o Cucurella tuvieron que ver cómo el gran momento de sus carreras deportivas era empañado por un señor besándoles a la fuerza. Ni tienen que asistir a cómo su celebración posterior queda ensombrecida por la discusión sobre lo que ese señor les hizo o no, ni tienen que soportar que nadie cuestione la manera en la que están celebrando. No ven cómo su fútbol, sacado adelante con recursos mínimos en comparación con los de las categorías masculinas, queda reducido por un hombre que les trata con condescendencia.
La desigualdad también es esto: la posibilidad de habitar espacios y éxitos como protagonistas, sin interrupciones, sin alteraciones, sin que la atención se desvíe a otro lugar. La desigualdad son los medios distintos con los que las selecciones masculina y femenina, respectivamente, han llegado a lograr lo mismo: un Mundial. La desigualdad es vivir pendientes (o no) de que en una calle o un estadio de fútbol, un hombre se crea con el derecho de hacerte algo que tú no quieres.
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