De El Xokas a Aruberuto Makoto: el alcohol y el “humor para hombres” como excusa para disfrazar la cultura de la violación
Aruberuto Makoto es el streamer español que hace unos días difundía en redes sociales, desde Tokio, un vídeo junto a una mujer que parecía haber bebido demasiado. Junto a ella, Makoto se dirigía al hombre que sostenía el móvil que le grababa: “Bueno, ¿te la quieres follar?, ¿le digo de ir a un hotel? Esta es gratis”. Su compañero le respondía: “Valora, rápido, es el momento. Yo la estampaba contra la pared y le daba todo lo duro del mundo”. La oleada de críticas llevaba al streamer a justificar su vídeo con una excusa: entendía que podía parecerle bestia a alguna gente, pero no se trataba de humor para todo el mundo, aseguraba, sino de “humor para hombres”.
Lo de Makoto, que en realidad se llama Alberto Alonso, es el último episodio de algo que conocemos bien, pero que sigue costando entender: existe una cultura de la violación que normaliza y justifica la violencia sexual contra las mujeres y que se sostiene, entre otras cosas, sobre tópicos repetidos, también, a base de humor y costumbrismo.
Conscientemente o no, Makoto apela en el vídeo a algunas de las ideas centrales que aún sostienen esa cultura de la violación: la deshumanización de las mujeres, la falta de empatía hacia nosotras o la concepción de que somos, no tanto sujetos, sino objetos de los que valerse y a los que manipular para conseguir un fin. Los tambaleos de la mujer que aparece en el vídeo, la falta de control sobre su cuerpo y sus palabras no son síntomas que Makoto y su acompañante interpreten como una señal de que estaría bien ayudarla, sino como el pitido que les permite iniciar una 'caza'.
El vídeo parte de una suposición que sigue hoy ampliamente aceptada: hombres y mujeres somos naturalmente diferentes. Ellos poseen un deseo voraz e incontrolable; nosotras deseamos menos y nuestro valor depende, fundamentalmente, de dos cosas: de nuestra belleza y de nuestra resistencia a la voracidad masculina, de lo 'difíciles' que seamos. Para los hombres de este vídeo, la mujer a la que tienen delante es, precisamente, una presa fácil: puede que fuera descartada para otros objetivos, pero su estado la hace ideal para que ellos puedan cumplir con ese estereotipo masculino de hombre que debe tener sexo por encima de todo, incluso por encima de la conciencia, la voluntad y el bienestar de las otras.
Así, ese humor “para hombres” del que habla Aruberuto Makoto apelaría a esa identidad masculina que encontraría en esa 'gracia' la complicididad necesaria para seguir reproduciendo esas conductas y sentirse a salvo. Ellos no son acosadores ni violadores, no son ni siquiera machistas, solo son hombres con un humor no apto para todos los públicos. Si no te ríes y, contrariamente, les señalas, el problema es tuyo y no suyo: no lo entiendes, eres aburrida, una censora, una Charo, una exagerada. Su mensaje nunca es el problema.
Este no es ni mucho menos el primer ejemplo sonado. Allá por 2017 el humorista Jorge Cremades utilizaba la misma idea: “¿Vas borracha y estás sola? Me la pido”. En una entrevista posterior llena de declaraciones machistas, Cremades se defendía: “En ningún momento se me pasa por la cabeza una violación. Ni del palo”. Más recientemente, otro streamer, El Xokas, contó que sus amigos se mantenían sobrios y se acercaban a chicas bebidas para ligar y “llevarse a pibas que estaban colocadas”. “Una tía que generalmente te vería como un cuatro te ve como un siete porque está colocada. Entonces es mucho más fácil. Tú encima estás sereno, mides perfectamente tus palabras... A río revuelto, ganancia de pescadores. Cada uno que utilice la técnica que le salga de los cojones, me parece de puta madre”.
A ninguno de ellos se le pasa por la cabeza una violación y ese ha sido y sigue siendo precisamente el problema: no entender como agresión sexual lo que sí lo es. En la última década, la violencia sexual ha salido del armario y una de las tareas principales ha sido dejar de estereotipar tanto las violaciones como a los violadores. La mayoría de las agresiones no las cometen desconocidos en un callejón oscuro, sino que suceden en casas y son perpetradas por parte de conocidos, muchas veces durante encuentros que, al comienzo, son consentidos.
Lo que en los últimos años hemos llamado sumisión química se parece mucho más al 'humor' de Aruberuto Makoto, de Jorge Cremadres o El Xokas que a lo que le sucedió a Gisèle Pelicot. Y no porque el caso de Pelicot no se repita, sino porque en muchísimos casos, lejos también del estereotipo del hombre que droga secretamente para violar, hay mujeres que consumen voluntariamente alcohol o sustancias y que se encuentran con varones que se aprovechan de esa circunstancia para agredirlas. Varones que no se sienten violadores, solo hombres en posesión de ese deseo desmedido que ven legítimo satisfacer con mujeres que no están en plenas facultades para decidir lo que quieren hacer.
Lejos de algunas campañas institucionales, que señalan el consumo de las mujeres como el problema y que nos invitan a vigilar nuestras copas y a tener cuidado con lo que hacemos, el problema es que haya una parte de la población a la que le parezca normal y deseable abordar a personas que no saben bien lo que hacen. Retransmitir cómo dos hombres abordan a una mujer borracha por la calle sin importarles nada más que ellos mismos no es humor, ni para hombres ni para nadie, es apuntalar las ideas que hacen que agredirnos sea tan fácil.
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