María Palau, psicóloga: “Aceptar que un hijo se hace mayor significa aprender a ocupar un lugar diferente en su vida”
Cuando un hijo nace es habitual oír en más de una y dos ocasiones la frase: “Aprovecha ahora, que crecen muy rápido”. Muchos padres no son conscientes de ello hasta que la realidad les da la razón a todas esas personas: el tiempo pasa volando y el bebé se ha convertido en todo un adolescente con opiniones propias y una personalidad ya formada. No podemos frenar el ritmo de crecimiento de nuestros hijos. Está sucediendo, y lo hace más rápido de lo que a la mayoría de padres les gustaría. Pero sí podemos elegir cómo reaccionar ante todo esto.
A menudo, esta transición nos coge desprevenidos. Muchas veces, el deseo de que avance y, al mismo tiempo, de que se quede en el pasado, hace que la paternidad sea agridulce. “Aceptar que los hijos se hacen mayores cuesta porque implica un cambio importante en las bases de la relación”, explica María Palau, doctora en Psicología. “Durante muchos años, el papel está muy ligado al cuidado, la protección, la organización y la toma de decisiones; cuando empiezan a ganar autonomía, ese rol cambia y ya no precisan de sus padres de la misma manera, aunque los sigan necesitando”, añade la psicóloga.
Por qué cuesta tanto aceptar que los hijos se hacen mayores
Es un proceso de cambio para ambas partes, porque los padres también tienen que “adaptarse a esta nueva forma de vincularse con ellos, pero implica cambiar muchos de los comportamientos que han tenido durante años”, afirma Palau. “Esto puede generar una mezcla de nostalgia, miedo o incluso cierta sensación de pérdida”, continúa Palau. Pero no podemos dejar que la nostalgia por el pasado les impida avanzar, aunque crecer a veces sea difícil.
Nuestro deber como padres es prepararlos para lo que viene y asegurarnos de que se sienten seguros al pasar a la siguiente etapa cuando llegue el momento. “Se trata de aceptar que la relación debe transformarse, aunque a veces los padres siguen intentando cuidar desde el control y la sobreprotección, cuando el verdadero reto es aprender a cuidar desde la confianza, la disponibilidad, la presencia y el acompañamiento”, reconoce Palau.
Para la experta, “aceptar que un hijo se hace mayor no significa dejar de ser padre o madre, sino aprender a ocupar un lugar diferente en su vida”. Esto a veces suele activar una serie de miedos: a que sufran, a que se equivoquen, a que tomen malas decisiones o a no poder protegerlos. Y todo “es comprensible porque durante mucho tiempo los padres han tenido un papel muy activo en la protección y el cuidado”, afirma Palau.
En todo este proceso, es fundamental que los padres entiendan que sus hijos deben aprender a “gestionar sus dificultades, tomar decisiones y equivocarse”, reconoce Palau. Solo así pueden construir su personalidad, su autonomía, y podrán adaptarse de forma más sana a la realidad.
Desapegarse de la relación que se ha tenido con los hijos hasta hace poco también puede provocar “miedo a perder el vínculo, pensar que, si no nos necesita tanto, quizás se aleje, deje de contar con ellos. Sin embargo, el vínculo no desaparece, sino que cambia de forma”, reconoce Palau.
En ocasiones, este miedo puede estar relacionado también con “la identidad del padre o la madre: si ha estado muy centrada en cuidar, organizar y resolver, la autonomía de los hijos puede dejar cierta sensación de vacío o desubicación. En ocasiones, la dificultad no está solo en confiar en el hijo, sino también en tolerar el propio cambio de etapa”, advierte Palau.
Cómo seguir siendo padres en este nuevo rol
Los hijos deben crecer, independizarse de sus padres y abrirse camino en el mundo. Es un paso por el que todos, padres e hijos, deben pasar. Y, aunque no nos demos cuenta, dejar ir no empieza cuando los hijos se van de casa, sino mucho antes. Si esperamos a que nuestros hijos sean adultos para pensar en ‘soltarlos’, será un proceso difícil y abrupto. Si comprendemos que el desapego ocurre mucho antes, podemos adaptarnos a esa nueva realidad y transición en lugar de vernos obligados a ella. Debe ser algo sano y positivo, no algo triste.
Como padres, dejar ir a los hijos significa dar un paso al lado y permitirles que asuman la responsabilidad de su propia vida. ¿Cómo sabremos que están preparados? “Más que fijarnos en la edad, conviene observar el nivel de responsabilidad y madurez que muestra el niño o adolescente en situaciones concretas”, explica Palau, que habla de señales como que “empieza a tomas pequeñas decisiones, puede asumir ciertas tareas sin una supervisión constante, entiende normas y consecuencias, pide ayuda cuando la necesita y muestra cierta capacidad para reparar, aprender o asumir responsabilidad cuando se equivoca”.
Como mencionábamos antes, “la autonomía no aparece de golpe, sino que se entrena de forma progresiva”, reconoce Palau, de ahí que sea importante ir “dando margen en pequeñas cosas: elegir, organizarse, resolver algún problema, responsabilizarse de una tarea o gestionar pequeñas frustraciones”, admite la especialista.
Para ello, es importante encontrar un equilibrio, en “ajustar la libertad al nivel de madurez: no dar independencia total de golpe, pero tampoco mantener una supervisión excesiva cuando ya podría asumir más”, afirma Palau. Si se hace de forma gradual, además, se permite a los padres a “exponerse poco a poco a este cambio de rol y, por tanto, a que puedan gestionarlo de forma más fácil”.
Cómo acompañar desde la autonomía
Para Palau, la clave para acompañar en la autonomía no está en “soltar sin más, sino ir retirando ayuda poco a poco para que el hijo pueda practicar, equivocarse, aprender y ganar confianza en sus propios recursos”. Precisamente el miedo a que se equivoquen es lo que lleva a algunos padres a mantener un control demasiado rígido a los hijos incluso cuando se hacen mayores. Pero, como admite la psicóloga, “los errores no son un fracaso, sino una forma necesaria de aprender. Si, como padres, evitamos cualquier error o dificultad, el niño puede acabar recibiendo el mensaje de que equivocarse es peligroso o de que no es capaz de afrontar las cosas por sí mismo”.
Y aquí la experta hace una distinción entre la protección, es decir, poner límites cuando hay riesgos importantes y acompañar emocionalmente, y la sobreprotección, que no tiene nada que ver y que se encamina más a “impedir experiencias que el hijo sí podría afrontar, muchas veces para calmar la ansiedad del adulto”, matiza Palau.
Es, en definitiva, una etapa en la que todas las partes crecen y evolucionan, no solo los hijos. El papel de los padres continúa siendo importante, pero desde otra perspectiva. Ya no supone un cuidado constante, pero sí “acompañamiento, escucha y confianza”, afirma Palau. Porque los padres no dejan de ser la referencia para sus hijos y, como tal, deben predicar con el ejemplo.
Pero ahora lo hacen desde una perspectiva que les permite “recuperar espacios personales, vida profesional o actividades que quedaron en segundo plano durante la crianza y que son importantes”, asegura la psicóloga, que matiza que ser un buen padre no significa “ser imprescindible todo el tiempo, sino que ayuda a que los hijos puedan construir su propia vida”.
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