Sara Ferro, psicóloga: “Las rutinas crean un mapa en el cerebro de los niños que les da sensación de control y seguridad”
¿Sueles ir al trabajo por la misma ruta cada día? ¿Tienes una rutina matutina determinada? ¿Intentas acostarte y levantarte siempre a la misma hora? Todos tenemos nuestra propia manera de hacer las cosas y, por lo general, somos criaturas de hábitos. ¿Por qué? Mantener las cosas en un orden reduce nuestra ansiedad y nos ayuda a automatizar las partes menos interesantes de nuestro día. También nos sitúa en una posición de control.
El impacto de las rutinas y los hábitos diarios en los niños es igual de importante. Para un niño pequeño, un día predecible es un día tranquilo. Reduce la ansiedad que genera lo desconocido, liberando valiosa energía mental para aprender, jugar y relacionarse.
“Las rutinas crean un mapa en el cerebro de los niños y niñas en el que se establecen secuencias y se asocian lugares a acciones. Esto les da sensación de control al poder predecir y prepararse para lo siguiente, lo que les aporta seguridad y favorece su autoestima”, explica Sara Ferro, psicóloga infantojuvenil y familiar en Grupo Crece.
Por qué son importantes las rutinas en los niños
Los niños se desarrollan mejor con estructura y las rutinas crean ese entorno predecible donde pueden desarrollar independencia, aprender autodisciplina y ganar confianza. De hecho, algunas investigaciones demuestran que las rutinas tienen un impacto positivo en el desarrollo de los niños, y les permite pensar con mayor claridad y gestionar mejor su comportamiento.
La investigación citada descubrió que los niños que tienen horarios fijos para acostarse, comidas familiares y tareas domésticas diarias tienden a tener mejores habilidades de pensamiento, regulación emocional y rendimiento escolar.
Ferro añade que, cuando establecemos rutinas relacionadas con la comida y el sueño, “favorecemos que el reloj interno se configure y se prepare para estas acciones en el momento indicado, haciendo que el cuerpo genere señales de sueño y hambre en los momentos en los que se facilitan estas acciones”.
Qué tipo de rutinas son esenciales
Cada familia es diferente a otra, por lo que el tipo de rutinas que establezca cada una de ellas puede ser distinto. “Las rutinas son hábitos familiares que, aunque no seamos conscientes, se establecen desde el nacimiento y van evolucionando a medida que el crecimiento va incluyendo nuevas necesidades (comer, jugar, socializar, ir al cole, estudiar, hacer deporte…), lo importante es que representen los valores y las necesidades de cada familia y que se adapten también al momento evolutivo de los pequeños”, admite Ferro.
Una de las rutinas puede ser hacer de las comidas familiares una prioridad. Sentarse juntos a la mesa brinda la posibilidad de tener conversaciones positivas. Además, crea oportunidades para dar ejemplo de hábitos alimentarios saludables. También podemos hacer que esta rutina sea más significativa involucrando a nuestro hijo en el proceso: dejar que nos ayude a elegir ingredientes saludables o lavar verduras.
Otra rutina común es establecer un horario fijo para acostarse y levantarse. Esto les ayudará a estar menos irritados y cansados, y les facilitará estar más relajados porque les está indicando al cuerpo y al cerebro que es hora de un sueño reparador. O asignarles responsabilidades apropiadas para su edad, ya que tener tareas regulares que completar les ayuda a aprender muchas cosas, como la gestión del tiempo y el trabajo en equipo. Los niños más pequeños pueden guardar sus juguetes o ayudar a clasificar la ropa, mientras que los más mayores pueden hacer su cama o regar las plantas.
“Cada familia le dará una prioridad diferente a cada aspecto de la rutina: hay familias que ponen mucho el foco en la alimentación, otras en el orden, en los hábitos de higiene, en el sueño…”, afirma Ferro, para la que todas son importantes. “El orden de prioridades representará y transmitirá los valores familiares”, reconoce la especialista.
Cómo establecer rutinas eficaces sin caer en la rigidez
Establecer una rutina con niños pequeños suele ser más fácil de decir que de hacer. Pero esto no significa que no pueda lograrse. La clave está en que las responsabilidades sean sencillas y apropiadas para la edad. También es importante no esperar la perfección y sí animarlos a dar lo mejor de sí y valorar su esfuerzo.
Para Ferro, si hay algo determinante es “preguntarnos cómo es nuestra manera de hacer las cosas, cuál es nuestro ritmo, nuestras prioridades… establecer rutinas que nos representen y tengan sentido para nosotros nos ayudará a ser consistentes con ellas y a vivirlas de forma natural, sin entrar en la rigidez del ‘tengo que hacerlo así’”.
Las rutinas domésticas que más suelen funcionar no son horarios rígidos impuestos desde arriba. Son ritmos suaves y predecibles que crean un espacio para la conexión. Cuando un niño se siente seguro sabiendo lo que viene después, puede desarrollarse mejor. “Podemos hacer las cosas de maneras diferentes, y esa flexibilidad nos permitirá vivir las rutinas de una manera positiva”, añade Ferro.
La especialista lo ejemplifica con la hora del baño: podemos ser rígidos en la idea de que hay que asearse en un momento del día, pero podemos flexibilizar el cómo, adaptándolo a las necesidades de los miembros de la familia. “Hoy ducha o baño, lavar el pelo, con juguetes, con música… esa flexibilidad no rompe la rutina, sino que la refuerza al poder vivirla de manera adaptada al momento”, explica Ferro.
Cómo evitar que la rutina se convierta en una orden estricta
Para Ferro, “el mayor error es intentar establecer rutinas desde el ‘se debe hacer así’ y no desde el ‘nos gusta hacer las cosas así’. Cuando no sentimos como propias esas rutinas nos cuesta comprometernos con ellas y podemos vivirlas como algo impuesto, generándonos un rechazo que contagiamos a los pequeños”. Las rutinas más efectivas son aquellas que se comprenden y refuerzan en todo el entorno del niño.
De no ser así, es posible que no haya “espacio para la creatividad, hacerlo a nuestra manera, trabajar para que esas secuencias y esos lugares que componen nuestra rutina nos generen el mayor número de emociones positivas posible”, afirma Ferro.
Si hacemos las cosas “como las hacen otros, o como hemos leído o nos han dicho, solo nos lleva a sentirnos inseguros, ser inconsistentes, frustrarnos y trasladar una imagen negativa de las mismas a los pequeños”, concluye la psicóloga.
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