La psicóloga Raquel Martín explica por qué es bueno que los niños se aburran: “No es un fallo en la crianza”
Lidiar con el aburrimiento infantil es uno de los retos más comunes de la crianza, sobre todo en verano, cuando hay más horas de tiempo libre. Solemos tenerle temor cuando nuestro hijo suelta la frase: “¡Me aburro!”. Inmediatamente después de oírla, se nos activan una serie de mecanismos: corremos a encender la televisión, buscamos en internet ‘actividades fáciles para el verano’ o enviamos mensajes a sus amigos para que queden. Parece que tenemos que solucionarlo y, además, hacerlo rápido. Pero a más de un progenitor le gustará saber que no es necesario que lo hagamos, que es sano que los niños se aburran.
“Es cierto que actualmente estamos ante constantes estímulos que, además, nos llegan por muchos medios. Quizás nos cuesta mucho ver a nuestros pequeños sin hacer nada porque cada vez más estamos inmersos en un ritmo muy frenético, donde se asocia la actividad con productividad, y productividad con ‘estar bien’”, afirma Raquel Martín Martínez, psicóloga y codirectora de Por ti Psicología.
El aburrimiento, un lienzo en blanco en el que crear
El aburrimiento suele aparecer cuando un niño se da cuenta de que no está haciendo nada. Echa de menos las rápidas y frecuentes dosis de dopamina a las que está acostumbrado, sobre todo en este mundo tan digital, pero el aburrimiento suele ser la transición entre la sobrestimulación y la imaginación. Si intervenimos demasiado rápido para solucionarlo, interrumpimos ese proceso.
“Cuando un niño está quieto, mirando al techo o simplemente pensando, muchos adultos interpretan que está perdiendo el tiempo, que se aburre o que necesita algo más”, explica Martín. Y es ahí donde solemos intervenir, buscándoles estímulos y actividades. Pero la infancia no es una carrera de fondo. De hecho, los momentos de aburrimiento son muy valiosos.
“La mente infantil necesita espacios de pausa para integrar lo que vive, ordenar emociones y desarrollar la creatividad. El silencio y la falta de estímulos no son un vacío, sino un lienzo en blanco y un lugar donde crear, imaginar y resolver”, afirma la psicóloga.
Cuando la estructura en la que vivimos, en la que la estimulación es constante (escuela, deportes, actividades estructuradas, pantallas, ruido, agendas apretadas…), se detiene, ocurre algo incómodo. La estimulación externa disminuye, pero su mundo interior sigue activo. Es una especie de sensación de inquietud y desasosiego que atribuimos al aburrimiento.
Que un niño se aburra “no es un fallo en la crianza, sino una necesidad evolutiva, es un estado que empuja al cerebro a buscar alternativas, a imaginar, crear, explorar. Sin aburrimiento, no hay creatividad y, sin creatividad, no hay autonomía”, reconoce Martín.
La psicóloga explica que con la frase ‘me aburro’ el niño está enviando un mensaje: 'Mi cerebro necesita encontrar algo nuevo’. “Y este proceso es valiosísimo porque pueden aprender muchísimas cosas que enriquecerán su vida en muchos aspectos y le dotará de herramientas para poder enfrentar el mundo y los problemas que se le presenten en su día a día”, afirma Martín.
Si no entendemos que el aburrimiento no es algo negativo, sino necesario y útil, y lo “neutralizamos con pantallas, actividades o entretenimiento externo, limitamos su capacidad de tolerar la frustración y de generar recursos propios”, advierte Martín.
Regalarles tiempo libre es beneficioso para su desarrollo
Cuando un niño se aburre, y nos parece que no hace nada, “en realidad hace muchísimo a nivel psicológico y evolutivo. Cuando un niño tiene tiempo libre sin estructura, ocurre algo muy importante”, reconoce Martín.
Por ejemplo, integra emociones y procesa lo que ha vivido durante el día, desarrolla imaginación (inventa juegos, historias y soluciones); fortalece la autonomía, es decir, aprende a decidir qué quiere hacer; relaja su sistema nervioso, baja el nivel de estímulos y estrés; y mejora la tolerancia a la frustración porque aprende a gestionar el vacío sin angustia.
En palabras de Martín, “regalarles tiempo libre es un acto de salud mental porque les permite construir un mundo interno sólido, que no depende de estímulos externos para sentirse bien”.
Cómo reaccionar a la frase ‘me aburro’
Ya hemos visto cómo esta es una frase que puede resultar frustrante para muchos padres. Pero también hemos dicho que el aburrimiento no siempre es algo que se pueda resolver de inmediato. No hace falta que nos convirtamos en unos organizadores de actividades. A menudo, la respuesta más útil es la más sencilla y reside en apoyar al niño para que descubra sus propias ideas.
“Ante todo, debemos actuar con la mayor normalidad posible, sin correr a llenar ese vacío, porque el aburrimiento no es una emergencia emocional”, afirma Martín, que considera que podemos acompañarlos sin resolverles el problema con estrategias como las siguientes:
- Validar la emoción, es decir, admitir que es normal que, a veces, se aburra.
- Darles a ellos la responsabilidad de pensar qué pueden hacer.
- Ofrecerles actividades abiertas, del estilo: “’¿Prefieres algo creativo, tranquilo o de movimiento’”, explica Martín.
Además, siempre es recomendable estar disponibles, lo que no significa que tengamos que gobernar su tiempo. “Cuando los niños aprenden que el aburrimiento no es algo que los adultos tengan que solucionar, sino un espacio que pueden transformar, desarrollan una competencia clave para la vida adulta”, concluye Martín.
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