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Cuando los niños no quieren ir de campamento ni actividades en verano: ¿es buena idea insistirles?

Resulta preciso comprender qué está expresando el niño. Detrás de un “no quiero ir” pueden encontrarse miedos muy distintos.

Ana M. Longo

10 de agosto de 2026 21:25 h

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La plaza está reservada desde hace meses. La mochila espera junto a la puerta y las vacaciones familiares ya están planificadas. En muchos hogares, esa semana de campamento o actividades forma parte de un complicado encaje para poder seguir rindiendo en las obligaciones durante las vacaciones escolares.

A medida que se acerca la fecha, el niño empieza a mostrarse nervioso, pone excusas o repite una frase: “No quiero ir”. Surge entonces la duda: ¿conviene animarlo a afrontar esa situación o es preferible replantear la decisión, aunque eso obligue a reorganizarlo todo?

Patricia llevaba meses preparando el verano de su hijo Cristian, de ocho años. El pequeño había participado en la elección del campamento y tanto Patricia como su pareja ya habían organizado esas semanas porque los dos trabajaban. Ambos sabían que, si finalmente no iba, tendrían que hacer cambios y buscar ayuda familiar para esos días.

Pocos días antes de marcharse, Cristian empezó a cambiar de actitud. Cada noche decía tener un motivo diferente para no ir. “No sabía si alentarlo a ir le ayudaría a superar ese miedo o si estaba dejando de escuchar lo que intentaba decirme”, apunta. Al final, optaron por que Cristian asistiera al campamento, aunque durante días siguieron preguntándose si habían hecho lo correcto.

Cómo decidir qué hacer

La decisión dependerá, en gran medida, de las circunstancias de cada familia. Para José Antonio Luengo Latorre, catedrático de enseñanza secundaria, especialista en Psicología Educativa y psicólogo sanitario, el primer paso consiste en no interpretar todos los rechazos de la misma manera. Antes de decidir si insistir o respetar la negativa, considera importante analizar el contexto familiar y las características del campamento.

No es lo mismo, señala, una familia que necesita ese recurso para conciliar durante las vacaciones que otra que busca ofrecer a su hijo una experiencia de convivencia, autonomía o aprendizaje. En el primer caso, cuando ambos progenitores trabajan y no existen otros apoyos familiares, “no queda otra”. En el segundo, existe un mayor margen para valorar aspectos como la edad del menor, la duración de la estancia, si tendrá que dormir fuera de casa o el tipo de actividades que realizará.

El experto insiste en que resulta preciso comprender qué está expresando el niño. Detrás de un “no quiero ir” pueden encontrarse miedos muy distintos: la incertidumbre ante un entorno desconocido, el temor a separarse de la familia, la inseguridad sobre su capacidad para adaptarse o la preocupación por no ser capaz de hacer amigos.

Por eso aconseja abrir un espacio de conversación antes de intentar convencerlo. Escuchar qué le preocupa e implicarlo en el proceso suele resultar más útil que limitarse a repetir que disfrutará de la etapa. “Lo va a pasar muy bien” difícilmente tranquilizará a un niño que, en ese momento, todavía no está en condiciones de verlo así.

Para el psicólogo José Antonio Luengo Latorre, escuchar qué le preocupa al niño e implicarlo en el proceso suele resultar más útil que limitarse a repetir que disfrutará de la etapa

Asimismo, Luengo subraya la importancia de validar sus emociones. Ridiculizar sus miedos solo dificultará que el niño se sienta comprendido. En cambio, mostrarle fotografías del lugar, explicarle cómo será el día a día y resolver sus dudas puede ayudarle a afrontar la experiencia con mayor seguridad.

Este psicólogo invita a los padres a preguntarse hasta qué punto están trasmitiendo sus propias preocupaciones. A veces, indica, los adultos manifiestan esos temores de manera inconsciente. Es normal que la primera vez que un niño se enfrenta a un acontecimiento así aparezcan dudas e inseguridad. Por eso, esos miedos rara vez desaparecen mediante la presión, sino dando tiempo para pensar y resolver sus dudas. “Tiene derecho a dudar”, concluye.

Elena y Rubén habían elegido un campamento con pernocta para su hija Lucía, de diez años. Ambos trabajaban esos días y recoger a Lucía suponía reajustar toda la semana. La primera noche recibieron una llamada de los monitores. La niña lloraba y quería volver a casa. Hablaron con el equipo, esperaron un día más y, al ver que la angustia no disminuía, fueron a recogerla. “Lo más difícil fue no saber si estábamos valorando bien lo que le pasaba”, recuerdan.

No todo rechazo significa que exista un problema

Aunque para muchos padres la negativa de un hijo puede resultar preocupante, Mireia Orgilés, catedrática de Tratamiento Psicológico Infantil en la Universidad Miguel Hernández, recuerda que acudir a un campamento supone enfrentarse a un desafío nuevo. Separarse de la familia, dormir fuera de casa o adaptarse a un entorno diferente puede despertar miedo, inseguridad e incertidumbre.

Estas reacciones, asegura, son especialmente frecuentes en los niños más pequeños o en aquellos que han tenido pocas oportunidades de pasar varios días lejos de sus padres o cuyas vivencias anteriores de separación no fueron positivas. Las preocupaciones suelen centrarse en echar de menos a la familia, no hacer amigos, sentirse solos o dormir fuera de casa.

Esos temores desaparecen cuando el niño descubre que puede desenvolverse con autonomía y empieza a disfrutar del proceso. Por ello, la especialista recomienda animarlo a asistir cuando ese rechazo está relacionado con un momento nuevo para él. “Que un niño diga que no quiere ir a un campamento no significa, por sí solo, que exista un problema”, sostiene.

La clave, sin embargo, está en valorar la intensidad y el impacto del malestar. Si el rechazo se acompaña de un sufrimiento emocional intenso o aparecen síntomas físicos, como dolores de barriga, pesadillas o dificultades para dormir, conviene detenerse antes de insistir y tratar de comprender qué está ocurriendo.

Lo más difícil fue no saber si estábamos valorando bien lo que le pasaba

Elena y Rubén padres de una niña de 10 años

La experiencia previa del menor es otro aspecto que es necesario valorar. Si nunca ha dormido fuera de casa o las separaciones de sus padres le generan una ansiedad muy intensa, es preferible favorecer antes episodios de separación progresiva, como pasar una noche con familiares o amigos de confianza. Estas oportunidades le permiten ganar seguridad y afrontar el campamento con mayor convicción.

Si el niño también evita de forma habitual las excursiones escolares, dormir fuera de casa u otras actividades que impliquen separarse de sus padres, Orgilés plantea consultar con un profesional. Ese comportamiento puede estar relacionado con dificultades emocionales, como problemas de ansiedad, que resulta aconsejable abordar antes del campamento o las actividades de verano. Una vez que el niño está preparado, estos pueden aportar importantes beneficios para su desarrollo, al favorecer la autonomía, reforzar la confianza en sí mismo y mejorar las habilidades sociales.

Cuando Álvaro tenía ocho años, sus padres decidieron esperar antes de apuntarlo a un campamento con pernocta. Nunca había dormido fuera de casa y solo imaginar varios días lejos de ellos le provocaba una enorme angustia. Empezó quedándose alguna noche con sus abuelos, después pasó algún fin de semana con familiares y, al año siguiente, participó en un campamento urbano. Un verano más tarde fue él quien pidió probar uno con pernocta. “De ese modo comprobamos que nunca había sido una negativa definitiva, sino un ‘todavía no’”, opina Mavi, su madre.

No siempre será posible elegir la solución ideal, especialmente cuando la conciliación deja poco margen. Pero valorar la intensidad del malestar, el recorrido previo del niño y la realidad de cada familia puede ayudar a tomar una decisión más ajustada a cada situación.

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