Cuánto debemos contarle a los niños sobre el divorcio de sus padres
Decir a un hijo que sus padres van a separarse puede abrir una conversación para la que no siempre tenemos preparadas todas las respuestas. Pero hay una pregunta que puede resultar bastante más difícil de contestar: ¿por qué?
La respuesta puede ser compleja y responder a más de una causa. Hay parejas que se separan después de años de desgaste, otras porque una de las dos personas ya no quiere continuar la relación, y rupturas marcadas por una infidelidad, problemas de convivencia o desacuerdos difíciles de solucionar.
Con hijos surge la duda de hasta dónde contarles los motivos de la separación sin hacerlos partícipes de una historia que pertenece a la pareja. No es lo mismo comunicar que dos personas han decidido dejar de ser pareja que entrar en los acontecimientos que las han llevado hasta allí. Hablar de que los padres ya no se quieren como antes puede parecer muy distinto a contar que uno de ellos mantuvo una relación con otra persona o que las diferencias sobre el reparto de las responsabilidades familiares terminaron deteriorando la convivencia.
En una investigación de 2022 publicada en la revista Child & Family Social Work, que analizó las experiencias de 18 padres y madres noruegos durante el proceso de divorcio, los investigadores vieron que en los casos en los que la ruptura estuvo motivada por una infidelidad, los padres valoraron especialmente qué información compartir con sus hijos y, en algunas familias, el relato sobre las causas de la separación fue cambiando con el tiempo y acercándose gradualmente a lo que había sucedido. El estudio muestra cómo, al decidir qué contar, trataban de conjugar distintos intereses: proteger a los hijos, preservar su vínculo con el otro padre o madre y cuidar también su propia relación con ellos.
Un estudio noruego que analizó la experiencia de parejas con hijos durante el proceso de divorcio muestra cómo, al decidir qué contar, trataban de conjugar distintos intereses: proteger a los hijos, preservar su vínculo con el otro padre o madre y cuidar también su propia relación con ellos
La edad y la madurez también condicionan cuánta información dar de entrada. Jamie M. Howard, psicóloga clínica del Child Mind Institute, plantea que no es preciso anticiparse con demasiados detalles y que, en general, puede ser preferible dejar que sean los propios hijos quienes pregunten antes que proporcionarles información para la que todavía no están preparados. La psicóloga recomienda además evitar compartir con ellos información que pueda desacreditar al otro progenitor, situando así otro límite a la hora de decidir cuánto revelar sobre la ruptura.
Qué contar y qué dejar fuera
Entre dar a conocer las razones de la separación y trasladar a los hijos todos los detalles de una ruptura existe un espacio difícil de delimitar. Los adultos conocen una historia de pareja de la que los niños han formado parte como hijos, pero eso no significa que deban saber todo lo sucedido entre sus padres. ¿Qué ocurre si explicar la causa implica hablar de una conducta concreta de uno de los progenitores? ¿Y si la ruptura no responde a un único acontecimiento, sino a años de desgaste?
Eduardo Brik, médico psicoterapeuta y director de ITAD (Instituto de Psicoterapia Familiar Sistémica y Adicciones), defiende la importancia de ofrecer a los hijos una explicación comprensible de la separación y adaptada a su edad, con el objetivo de proporcionarles seguridad relacional y emocional. Al abordar las razones, el experto propone trasladarles que existen problemas entre los padres que, pese a sus intentos por resolverlos, los llevan a considerar que es mejor vivir separados. También subraya que debe quedar claro que los hijos no son responsables de lo sucedido y que sus progenitores “siguen y seguirán siendo sus padres”, aunque dejen de ser pareja.
Eso no implica, según Brik, hacerlos partícipes de los pormenores de la ruptura. “No es necesario transmitir los detalles de la separación”, sostiene. Hacerlo, señala, puede generar lealtades contra el otro progenitor y provocar un quiebre en la relación paternofilial. Algunas situaciones, matiza, difícilmente pueden obviarse, como los casos de maltrato, violencia o adicciones graves que los hijos han presenciado.
Si los hijos quieren saber más
La conversación puede continuar después de ese primer momento. Un hijo puede conformarse inicialmente con saber que sus padres van a separarse y volver sobre el asunto días, meses o incluso años después. También puede hacer preguntas más concretas: “¿Quién quiso separarse?”, “¿qué pasó?”, “¿fue por algo que hizo papá o mamá?” o “¿por qué no podéis arreglarlo?”. En ese momento ya no se trata únicamente de decidir qué queremos contar, sino de responder a lo que el propio hijo está intentando averiguar.
Agata Kasprzak, profesora de la Universidad Pontificia de Comillas y psicóloga familiar y de pareja, destaca que detrás de la pregunta sobre los motivos pueden existir otras preocupaciones: si el hijo se siente responsable de la separación, si sus padres van a seguir queriéndolo o qué sucederá a partir de ahora. La respuesta, para la profesional, debe atender a las necesidades del hijo y no a las del adulto de desahogarse, justificarse o quedar bien.
La respuesta ante las preguntas de los niños, explica la psicóloga Agata Kasprzak, debe atender a las necesidades del hijo y no a las del adulto de desahogarse, justificarse o quedar bien
Antes de ampliar la información propone, por ello, preguntarse si ayudará al menor a comprender la situación o acabará colocándolo en medio del conflicto entre los adultos.
Ante motivos especialmente delicados, Kasprzak distingue entre ocultar la realidad y convertir al hijo en confidente de un problema de pareja. En el caso de una infidelidad, indica que puede ser suficiente decir que “hubo algo que rompió la confianza entre nosotros y no conseguimos solucionarlo”, sin entrar en más detalles. Si lo que ha desaparecido es el amor de pareja, propone diferenciarlo expresamente del vínculo con los hijos: “Dejamos de querernos como pareja, pero eso no cambia lo que sentimos por ti”, apunta.
Si el desgaste procede de la convivencia o de la forma de organizar la vida familiar, Kasprzak propone hablar de diferencias que los adultos no consiguieron resolver, sin convertir al hijo en juez de sus padres.
Una explicación que puede cambiar con los años
No existe, según la psicóloga, una edad concreta a partir de la cual “ya se le puede contar todo”, sino distintas capacidades para procesar lo sucedido. Entre los dos y los cinco años, comprender las causas puede resultar demasiado complejo. Entre los seis y los diez ya pueden recibir un motivo sencillo y concreto.
Para Kasprzak, entre los diez y los doce años comienzan a buscar un “culpable”, por lo que incide en evitar construir una narrativa de buenos y malos. En la adolescencia se puede ser más directo, ya que tienen capacidad para comprender matices y “detectan enseguida si se les oculta o se adorna la historia”. Aun así, ser honestos no obliga a compartir todos los detalles: “Se les puede seguir protegiendo de información que no les corresponde procesar”, precisa.
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