Tu hijo es tu proyecto personal: inmersos en la era de los “niños cosa”
Hace poco, mientras buscaba algunos regalos de cumpleaños en la sección infantil de una librería, me llamó la atención la cantidad de libros que sirven para algo: reconocer las emociones, entrenar la paciencia, fortalecer la autoestima o aprender a compartir. Para afrontar el divorcio de los padres, entender la muerte de los abuelos, detectar relaciones tóxicas o tolerar la frustración. A veces tengo la sensación de que, si busco lo suficiente, podría incluso encontrar algún cuento para aprender a leer cuentos. No es que cuestione la utilidad de estos títulos, pues muchos de ellos responden a necesidades reales de las familias; lo que me pregunto es en qué momento los libros dejaron de ser únicamente una invitación a dejar volar la imaginación para convertirse también en herramientas de autoayuda e intervención.
La pregunta me vino a la cabeza leyendo En la era de los niños cosa. Ensayos contra la crianza como emprendimiento, el conjunto de ensayos de Santiago Gerchunoff recientemente publicado por Lengua de Trapo-Círculo de Lectores. Me fascinó su lectura, a la vez que me provocó cierta incomodidad, porque no habla de padres negligentes ni de madres obsesivas: habla de nosotras y de nosotros, de una generación que ha hecho de la crianza una actividad cada vez más consciente, informada y exigente. Una generación que lee, se documenta, dialoga, consulta a expertos y se preocupa sinceramente por ofrecer a sus hijos la mejor vida posible. Quizá el libro resulta tan perturbador porque no cuestiona nuestras intenciones, sino nuestra mirada.
Ya en el prólogo, Gerchunoff escribe que vivimos una época marcada por “la paternidad como emprendimiento, los hijos como obras, proyectos o extensiones del yo”. Una vez leída la frase, resulta difícil dejar de pensar en ella. La vemos en la obsesión por elegir correctamente cada actividad extraescolar, en la búsqueda del cuento adecuado para cada conflicto, del deporte adecuado para cada personalidad y del colegio adecuado para cada talento —he conocido a familias que dedicaron más de seis meses a buscar el mejor colegio, haciendo tablas de Excel con pros y contras después de acudir, religiosamente y con libretas, a cada jornada de puertas abiertas—. En la idea de que cada experiencia infantil debe aportar algo medible y futurible.
Santiago Gerchunoff escribe que vivimos una época marcada por "la paternidad como emprendimiento, los hijos como obras, proyectos o extensiones del yo"
Hablando inglés en un parque de Madrid
No es casual que una de las imágenes más potentes del libro sea la del padre que habla en inglés a su hijo en un parque de Madrid —“padres españoles que se vuelven angloparlantes circunstancialmente al hablar con sus hijos”—. Gerchunoff no critica el aprendizaje de idiomas, sino la lógica que se esconde detrás de esa decisión: la idea de que siempre es posible añadir una capa más, una competencia más, una ventaja más. Lo que observa en esa escena es “la fantasía misma de estar haciéndolos, fabricándolos con más o menos prestaciones. Es la idea del hijo como obra la que rige en el padre que decide no hablar al hijo en su lengua (la que usa con todo el mundo, en el trabajo, en la calle, en la mesa y en la cama), sino aprovechar todo el tiempo que pueda para 'agregarle' otra”.
Gerchunoff escribe la palabra “prestaciones” y esto merece una reflexión. Hablamos de prestaciones cuando describimos un coche, un teléfono móvil o un electrodoméstico. Sin embargo, cada vez parece más fácil trasladar ese lenguaje al territorio de la crianza. Queremos que nuestras criaturas aprendan varios idiomas a la vez, desarrollen inteligencia emocional, practiquen deportes, adquieran hábitos saludables, descubran sus talentos, gestionen adecuadamente la frustración y construyan una autoestima sólida. Nada de ello es malo; al contrario: son deseos comprensibles y, en muchos casos, admirables. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos quiénes son para empezar a preguntarnos en quiénes podrían convertirse, porque entonces la infancia deja de ser una experiencia y se transforma en un proyecto.
Lo vemos también en la literatura infantil. Gerchunoff, que trabajó como librero, dedica algunas páginas brillantes a esa tendencia cada vez más extendida de buscar cuentos para “trabajar” emociones, conflictos o situaciones concretas —“¿Me recomiendas alguno para trabajar el duelo? ¿Qué cuento chulo tienes para trabajar la discriminación de género?”—. La expresión, de nuevo, me parece reveladora: trabajar los celos, el duelo, la llegada de un hermano o la diversidad, como si la ficción necesitara justificar su existencia mediante una utilidad externa o como si ya no bastara con que una historia emocione o entretenga.
La lógica es siempre la misma: leer, jugar o hacer deporte son actividades que tienen que servir para algo. Hemos conseguido convertir cualquier rincón de la infancia en una oportunidad de aprendizaje. Pero, ¿qué ocurre cuando desaparecen los espacios que no sirven para nada?
El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos quiénes son para empezar a preguntarnos en quiénes podrían convertirse, porque entonces la infancia deja de ser una experiencia y se transforma en un proyecto
Una Stasi acaramelada
Gerchunoff describe los grupos de WhatsApp de padres como una “Stasi acaramelada”. La expresión puede provocarte una sonrisa, pero señala algo importante: nunca habíamos estado tan presentes en la vida de nuestras criaturas. Nunca habíamos estado tan implicados en las decisiones que se toman en las aulas, en las extraescolares, en los cumpleaños o en sus relaciones personales. Vigilamos, acompañamos, supervisamos, intervenimos y lo hacemos porque la infancia nos importa, por protección y por amor hacia nuestros hijos e hijas.
No dejo de preguntarme si, en medio de esa vigilancia permanente que ejercemos, no estaremos eliminando precisamente aquello que la infancia necesita para convertirse en una experiencia propia. Quizá no estemos dejando hueco para ese espacio opaco donde ocurren cosas que los adultos no ven, no controlan y no comprenden del todo; ese territorio donde construimos nuestras primeras amistades, secretos, conflictos, reconciliaciones y pequeñas formas de autonomía. “Para ayudarlos a ser sujetos no hay más remedio que dejarlos de tratar como nuestros objetos”, escribe Gerchunoff.
Todo para los niños, pero sin los niños
En El problema de los hoteles sin niños, ensayo dedicado a los hoteles, restaurantes y otros espacios públicos childfree, encontramos otra frase que resume toda esta preocupación: “Confundimos, de hecho, criarlos con hacerlos. Los dos bandos, antiniños y proniños, coinciden entonces en realidad en considerar a los niños como cosas. Solo que unos los ven como cosas molestas y los otros, como cosas mágicas”. Quizá ahí esté el núcleo de la cuestión. “Criar” y “hacer” no son sinónimos. Criar implica acompañar el desarrollo de alguien que nunca terminaremos de comprender del todo. Hacer implica proyectar un resultado y trabajar para alcanzarlo. A las personas las criamos. Los objetos, los hacemos.
¿Será esa la verdadera paradoja de nuestro tiempo? Nunca hemos prestado tanta atención a la infancia y, sin embargo, cada vez parece costarnos más aceptar aquello que tiene de impredecible. Vivimos frecuentemente angustiados por la sensación de no estar haciendo lo suficiente. En uno de los textos más inquietantes del volumen, El bebé Tamagotchi, Gerchunoff describe a una pareja que monitoriza el sueño, la temperatura y los ritmos de su bebé en vacaciones mediante sensores y dispositivos electrónicos. La imagen que le viene a la cabeza es la de aquella mascota virtual de los noventa que exigía atención constante y podía morir si uno se equivocaba. Lo interesante es que no identifica en esa escena una falta de amor, sino exactamente lo contrario: un amor tan informado, tan atento y tan responsable que aspira a eliminar cualquier experiencia no controlada. Un amor que no quiere equivocarse.
Criar implica acompañar el desarrollo de alguien que nunca terminaremos de comprender del todo. Hacer implica proyectar un resultado y trabajar para alcanzarlo. A las personas las criamos. Los objetos, los hacemos
La infancia improductiva
Cada vez resulta más difícil encontrar espacios verdaderamente improductivos en la infancia. Nuestras criaturas leen, pero nos gusta que la lectura les enseñe algo. Juegan, pero preferimos que el juego estimule determinadas capacidades. Hacen deporte, pero esperamos que aprendan disciplina, esfuerzo o trabajo en equipo. Incluso el aburrimiento, que en cualquier tiempo pasado fue simplemente aburrimiento, ha sido rebautizado como una herramienta pedagógica capaz de fomentar la creatividad. Parece que ya no nos basta con que las cosas sucedan; necesitamos que produzcan algún tipo de beneficio.
Vivimos en una cultura obsesionada con el conocimiento experto y con la mejora continua. Somos una sociedad incapaz de tolerar lo improductivo. Consultamos reseñas antes de reservar un hotel, escuchamos podcasts para aprender a optimizar nuestro tiempo y descargamos aplicaciones que monitorizan lo que comemos, cuánto caminamos o lo que dormimos. Era casi inevitable que esa lógica terminara entrando también en la crianza. Si todo puede aprenderse, perfeccionarse y optimizarse, ¿por qué no iba a ocurrir lo mismo con la maternidad y la paternidad?
El problema es que las criaturas no son un proyecto profesional, aunque a veces hablemos de ellas como si lo fueran. No son una versión inacabada de algo que debe alcanzar su máximo potencial ni una especie de currículum sobre el que vamos incorporando mejoras sucesivas. Sin embargo, basta con asomarse a cualquier conversación entre padres y madres para comprobar hasta qué punto hemos asumido esa mirada. Quizá la pregunta que deja flotando Gerchunoff no sea cómo criar mejor, sino cómo seguir criando sin convertir la infancia en un proyecto de mejora continua. Cómo seguir acompañando sin gestionar, cuidando sin optimizar y educando sin olvidar que algunas de las experiencias más valiosas de la infancia —y de la vida— ocurren, precisamente, cuando dejan de servir para algo.
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