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Fantasía de fuga: qué piensan las madres arrepentidas y las madres que sueñan con desaparecer

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28 de marzo de 2026 22:30 h

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Tenemos que hablar de esto. Y “esto” es algo que, hasta ahora, solo he verbalizado con mis amigas más cercanas. Al principio, de manera tímida y, de un tiempo a esta parte, con mayor elocuencia y frecuencia. No es fácil de decir, pero se desliza entre risas cansadas y confesiones en voz baja. Supongo que es porque pensaba que ese era su lugar natural: el territorio protegido de las conversaciones entre mujeres que se entienden sin necesidad de explicarse demasiado. Sin embargo, últimamente me pregunto si quizá merezca la pena sacarlo de ahí y decirlo en público y en voz alta, no porque sea algo extraordinario —sospecho que es más común de lo que parece— sino precisamente porque no se dice: a veces, fantaseo con desaparecer.

No hablo de una huida dramática ni de esas historias en las que alguien decide marcharse sin vuelta y deja detrás una vida convertida en enigma; lo que imagino se parece más bien a un gesto administrativo, casi burocrático: dimitir de mis cargos y de mis cargas, entregar las llaves simbólicas de la casa, del calendario y de esa organización invisible que sostiene la vida cotidiana, y salir por la puerta sin dar demasiadas explicaciones. En esta fantasía no ocurre nada extraordinario: camino sin rumbo por una ciudad cualquiera, me siento en un banco a leer, debajo de un magnolio, paso la noche en una habitación de hotel donde nadie me reclama. Nadie me pregunta nada urgente, nadie depende de mí para que el mundo siga funcionando. No se trata de abandonar nada, ni de romper nada; se trata simplemente de suspender durante unas horas la expectativa de presencia que articula mi vida.

La fantasía aparece más a menudo de lo que me gustaría admitir. Algunas semanas varias veces, casi siempre al final del día, cuando cierro el ordenador y todavía queda todo lo demás: la cena que preparar, los deberes, las conversaciones que hay que tener, esa sensación tan conocida de que la jornada laboral no termina realmente cuando se apaga la pantalla, sino que continúa en otra forma dentro de la casa. Otras veces aparece cuando todo se ha calmado por fin y el silencio entra en el salón como una ráfaga de aire suave, ese momento breve en el que una se da cuenta de que ha estado disponible para todo el mundo durante horas.

La fantasía aparece más a menudo de lo que me gustaría admitir. Algunas semanas varias veces, casi siempre al final del día, cuando cierro el ordenador y todavía queda todo lo demás

Sé perfectamente cómo suena todo esto y por eso conviene decirlo con claridad: las dos personas a las que más quiero en el mundo viven en mi casa y son mi hija y mi hijo. No es una frase retórica ni una concesión obligada al discurso maternal; es una constatación simple. Daría mi vida por ellos sin pensarlo dos veces y, en muchos sentidos, ellos son la forma perfecta y concreta que ha tomado el amor en mi vida adulta. Precisamente por eso la fantasía no consiste en imaginar mi vida sin mis hijos; ese pensamiento no aparece. No me detengo a preguntarme cómo habría sido todo si no los hubiera tenido, ni me entretengo demasiado en esos escenarios paralelos tan novelescos, tan de película; los “y si” me interesan poco, quizá porque la vida siempre es una sola y se construye sobre decisiones que rara vez admiten revisión.

La fantasía, por tanto, no tiene que ver con borrar a mis hijos de la historia, sino con borrarme a mí durante un rato. Desaparecer unas horas, un día, quizá un fin de semana entero; no ser necesaria para nadie durante ese tiempo, no responder a nadie, no sostener nada. Dicho así suena casi infantil, como cuando de pequeña soñaba con escaparme de casa tras una bronca con mi madre, pero en realidad lo que revela esa fantasía es algo mucho más estructural: la intensidad con la que la maternidad contemporánea organiza el tiempo, la atención y, en muchos casos, incluso nuestra identidad.

En los últimos años ha empezado a hablarse de algo todavía más incómodo: las madres que se arrepienten de haber tenido hijos. La socióloga Orna Donath ahondó sobre ello en el magnífico ensayo Madres arrepentidas: Una mirada radical a la maternidad y sus falacias sociales (Reservoir Books, 2016), donde recogía testimonios de mujeres que afirmaban amar profundamente a sus hijos y, aun así, reconocer que, si pudieran volver atrás, no elegirían la maternidad. No es un sentimiento mayoritario, pero tampoco inexistente, y quizá por eso provoca tanta incomodidad cultural, porque desafía una de las promesas más persistentes de nuestra época: la idea de que la maternidad es siempre la decisión correcta, la que ordena la vida, la que otorga sentido definitivo a todo lo demás.

No me reconozco en ese arrepentimiento, pero tampoco me tranquiliza despacharlo con facilidad. A las mujeres se nos advierte con frecuencia de que nos arrepentiremos de no tener hijos, como si esa fuera la gran amenaza biográfica que pesa sobre nosotras. Lo que casi nunca se contempla es la posibilidad inversa: que algunas mujeres descubran demasiado tarde que la maternidad no era el lugar en el que querían vivir su vida. Quizá por eso el libro de Donath produjo tanto revuelo cuando se publicó. No porque revelara un fenómeno masivo, sino porque se atrevía a mentar algo que la cultura prefiere no mirar de frente: que la maternidad no es una experiencia homogénea ni garantiza automáticamente la felicidad o el sentido de la vida.

A las mujeres se nos advierte con frecuencia de que nos arrepentiremos de no tener hijos (...) Lo que casi nunca se contempla es la posibilidad inversa: que algunas mujeres descubran demasiado tarde que la maternidad no era el lugar en el que querían vivir su vida

Reconocer esa posibilidad no significa abrazarla ni desearla. Significa aceptar algo más simple y más engorroso: que la maternidad, como casi todas las decisiones irreversibles de la vida adulta, también contiene zonas de ambivalencia. Entiendo bien la pregunta que rodea al arrepentimiento, no porque desee otra vida, sino porque sé hasta qué punto la maternidad contemporánea descansa sobre una expectativa de presencia constante. Una madre no solo ama a sus hijos; también está siempre ahí, física, mental y emocionalmente disponible, anticipando necesidades, organizando tiempos, sosteniendo el delicado equilibrio doméstico que permite que la vida cotidiana avance sin demasiados sobresaltos. Esa presencia continua, que a menudo se vive como una forma de amor, también puede sentirse en ocasiones como una forma de presión silenciosa. Muy silenciosa y muy invisible.

Quizá por eso la fantasía de fuga aparece, ahora sí, con tanta naturalidad en nuestras conversaciones. La periodista Begoña Gómez Urzaiz escribió en Las abandonadoras (Destino, 2022) sobre mujeres que se marcharon de verdad, mujeres que vivieron maternidades turbulentas como Mercè Rodoreda, Joni Mitchell, Muriel Spark, Doris Lessing, Ingrid Bergman, Maria Montessori o Gala Dalí, entre otras. Todas ellas tienen en común haberse separado de sus hijos y lo interesante de este ensayo no es solo la galería de casos extremos que reúne, sino el malestar cultural que provocan. El abandono paterno forma parte de la historia social sin despertar demasiados juicios morales; sin embargo, cuando es una madre la que se va, el gesto adquiere de inmediato una dimensión casi mítica, como si en él se pusiera en cuestión algo más profundo que una simple decisión personal.

Entre esa figura radical —la madre que abandona, la madre que se arrepiente de serlo— y la madre abnegada existe, sin embargo, un territorio mucho más amplio y cotidiano que rara vez se nombra: el de las madres que se quedan, que aman a sus hijos sin reservas y que, aun así, imaginan a veces lo que significaría salir por la puerta durante un rato largo. 

Tal vez la pregunta importante no sea qué dice esa fantasía sobre las madres, sino qué dice sobre las condiciones en las que hoy se ejerce la maternidad

Tal vez la pregunta importante no sea qué dice esa fantasía sobre las madres, sino qué dice sobre las condiciones en las que hoy se ejerce la maternidad. No dejo de reflexionar sobre la creciente soledad de la crianza en nuestros días y sobre la desaparición de muchas de las redes informales que durante siglos han sostenido y siguen sosteniendo los cuidados —spoiler: esas redes están formadas, en una mayoría abrumadora, por mujeres—. Cuando esa red desaparece y el cuidado se concentra casi exclusivamente en el núcleo familiar —y dentro de él, muy a menudo, en la madre—, la presencia se vuelve más intensa, más continua, más exigente.

En ese contexto, quizá la fantasía de fuga no sea el síntoma de una mala maternidad ni una señal de arrepentimiento oculto, sino algo mucho más sencillo: una forma de respirar dentro de una vida que exige demasiado, un pequeño gesto imaginario que permite recordar que, incluso dentro del amor más profundo, sigue existiendo una puerta y que saber que está ahí —aunque no tengamos ninguna intención de cruzarla— también forma parte de la libertad. 

Vuelvo a mis amigas. Mientras escribía este artículo, les he preguntado si alguna vez se han arrepentido de ser madres. Una de ellas me dice: “Pues yo, arrepentirme, no. Si no, no sería quien soy hoy en día. Pero imaginarme otra vida y sonreír… sí”. Otra me contesta a la salida del cole, tras una reunión en la que se ha activado un protocolo antibullying: “Ahora mismo de lo que me arrepiento es de no haber sido madre en un lugar más amable, con rastas y rodeada de otras mujeres”.

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