De esto también se sale: el “despuerperio” o ese momento increíble en el que las madres empezamos a soltar
De mi boca ha salido muchas veces ese “tranquila, que de esto también se sale” cuando me cruzo con una mujer con su bebé pegado al cuerpo como si no hubiera terminado de nacer del todo. Lo he dicho en portales, en parques, en conversaciones interrumpidas por un llanto que hay que atender. Lo he dicho mirando a los ojos a esa madre que encadena noches partidas en tres, que suspira por cinco minutos de ducha sin interrupciones y que vuelve al trabajo con la sensación de estar siempre a punto de fallar, porque el virus que entra por la puerta de la escuelita infantil no entiende de contratos ni de bajas maternas a todas luces insuficientes. Una semana en casa, dos en la escuelita, otra vez en casa. Y, en medio, el cuerpo que no reconoces, la conversación que se estrecha hasta quedarse en los bodies y los horarios de sueño, la pareja recolocándose como puede en un territorio en el que, a veces, no hay energía ni para mirarse sin que eso mismo se convierta en otra tarea.
Es ahí donde aparece la frase. Funciona, en parte, porque promete un final, porque sugiere que esto —lo que sea exactamente ese “esto”— tiene una duración limitada y que, si se aguanta lo suficiente, se sale del túnel y se comienza a ver la luz. En su momento, yo también entendí esa salida como un regreso: volver a ser la que era, recuperar el cuerpo, el deseo, una cierta continuidad con mi vida anterior. En mis dos cuarentenas sentí cierta autopresión, también en el sexo. Tuve prisa por mantener mi primera relación sexual posparto, como si ahí me jugara algo importante, como si recuperar el deseo antes de que acabasen esos cuarenta días fuese un logro que confirmaba que todo iba en la dirección correcta.
Pero no era eso. No hay un momento claro que marque tu vuelta. No hay un día en el que algo encaja de repente y te devuelve, intacta, a la mujer que eras. Durante bastante tiempo, tienes la sensación de estar viviendo en una versión provisional de tu vida, de moverte en un lugar que no termina de asentarse, de no reconocerte del todo en lo que haces ni en cómo lo haces. Y, sin embargo, aunque no haya un corte claro, algo empieza a cambiar.
No sucede de golpe, es más bien un movimiento lento que se va adentrando en lo cotidiano. Un día te das cuenta de que puedes leer más de dos páginas seguidas de un libro sin tener que volver atrás porque has perdido el hilo. Otro día, que has quedado con tus amigas y, sin daros cuenta, habéis pasado horas hablando de vosotras, de lo que os pasa, de lo que queréis, y no de vuestras criaturas. Que os reís con muchas ganas escuchando las aventuras de la última amiga separada en Tinder, como si esa conversación perteneciera a otra vida y, al mismo tiempo, siguiera siendo vuestra.
En mis dos cuarentenas sentí cierta autopresión, también en el sexo. Tuve prisa por mantener mi primera relación sexual posparto, como si ahí me jugara algo importante
Empiezas a salir de casa sin calcular cada minuto en función de otra persona. A alargar un café. A acudir a la presentación de un libro y, después, quedarte a tomar un vino y comentar. A tener una idea y poder seguirla hasta el final sin interrupciones constantes. A notar que el silencio ya no es un lujo inalcanzable, sino algo que vuelve, poco a poco, a estar disponible. Puedes volver al gimnasio en horario escolar y no sentir que le estás robando tiempo a nadie. Tu criatura se queda a dormir en casa de un amigo y no pasas la noche pendiente del móvil. Te atreves a dejarle un fin de semana con sus abuelos y descubres que no solo no pasa nada, sino que vuelve mejor. Sientes que puedes descargar un poco la presión, que ya no todo depende de ti en cada momento.
También el deseo regresa, pero ya no como una meta que hay que alcanzar, ni como una señal que confirme que todo está bien, sino como algo que aparece cuando puede, cuando encuentra espacio, cuando deja de estar sometido a esa lógica de rendimiento que convierte incluso lo íntimo en una tarea más.
A ese momento, la psicóloga perinatal Paola Roig lo llama “despuerperio”, explicándolo de una forma muy sencilla: “Es algo que nos pasa a las madres cuando salimos del postparto; no del postparto inmediato —el puerperio de los primeros meses—, sino de esta crianza intensiva. Es lo que pasa más allá de los dos años de nuestra criatura, cuando finaliza esa 'fusión' y empieza a separarse de nosotras. En ese momento, nosotras también nos tenemos que separar y descubrir quiénes somos ahora después de todo esto”. No es una etiqueta más, ni una etapa que se pueda marcar en el calendario, sino una manera de nombrar ese desplazamiento en el que la maternidad deja de ocuparlo todo y empieza a convivir con otras partes de ti que vuelven a hacerse visibles.
No sucede de golpe, es más bien un movimiento lento que se va adentrando en lo cotidiano. Un día te das cuenta de que puedes leer más de dos páginas seguidas de un libro sin tener que volver atrás porque has perdido el hilo
Porque, ¿de qué se sale exactamente? ¿De las noches sin dormir? ¿De los virus encadenados? ¿De la sensación de no llegar? Sí, en parte. Lo que voces como la de Roig están poniendo sobre la mesa es que lo más decisivo sucede en otro plano, menos visible, más difícil de medir y que tiene que ver con la manera en que una se reconoce —o deja de reconocerse— en lo que hace, en cómo se vincula, en cómo se piensa. Tiene que ver con esa experiencia que Roig describe como un aprendizaje acumulado que, pasado un tiempo, exige ser integrado: “No soy la de antes, no soy la que era solo madre, soy una Paola nueva. Obviamente, tengo muchas cosas de las que era antes, pero he incorporado muchísimo aprendizaje después de este crecimiento tan grande”. Es posible que este movimiento se dé sin que haya una conciencia clara de que está pasando. Simplemente, un día te das cuenta de que ya no estás completamente dentro de aquello que te desbordaba, de que puedes tomar cierta distancia y empezar a soltar.
Si vuelvo a esa frase que repito —“de esto también se sale”—, entiendo mejor qué deja fuera. Porque sí, se sale, pero no dando por cerrada una etapa y volviendo a una versión intacta de una misma. Se sale cuando dejas de intentar ser la que eras y empiezas, con más o menos torpeza, a hacerte cargo de la que eres ahora.
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