Cuatro programas (y medio) de RTVE que bajan decibelios y marcan el camino frente a la crispación política

Imágenes de Carles Tamayo, Mercedes Milá y Andreu Buenafuente

Adrián Ruiz

Llevamos ya varios años, probablemente desde el 2020 de la pandemia del coronavirus, oyendo hablar de polarización y crispación política. Aspectos a veces incluso denunciados desde medios de comunicación que no predican con el ejemplo y que terminan siendo partícipes de un ruido y una alteración que permea cada vez de forma más peligrosa en la sociedad. De un tiempo a esta parte, la televisión se ha terminado de entregar a esta bronca dinámica, elevándose el tono hasta entre programas de televisión de diferentes cadenas, tal y como ha ocurrido varias veces en los últimos días entre RTVE y laSexta.

Y si toda esta agitación ya es reprochable a las emisoras privadas, que pese a este factor empresarial deberían de tener igualmente un gran sentido de la responsabilidad frente a la audiencia, en el caso de la televisión pública la exigencia en este sentido debería ser elevada a la máxima potencia. Dejando a un lado cualquier debate sobre su línea editorial, o sobre el ejercicio periodístico de sus espacios informativos, sorprende (y no para bien) ver a RTVE bajar a un barro del que debería vivir totalmente aislada.

Por supuesto que la televisión de todos y los profesionales que trabajan en ella tienen derecho a defenderse de ciertos ataques o de denunciar públicamente cualquier tipo de señalamiento o acoso que comprometa el libre ejercicio de la información. Sin embargo, convertir todo ello en un constante campo de batalla que nutra día tras día los contenidos de sus principales formatos, con el objetivo de generar más interés o atención entre la audiencia -y la tentación es obvia, viendo los buenos datos en los que se mueve RTVE- es una praxis a la que emisora no debería estar abonada.

Lamentablemente, esto es lo que el espectador percibe últimamente a través de buena parte de los magacines que articulan la parrilla diaria de La 1 y La 2, en los cuales cada vez son más frecuentes ciertas narrativas llameantes, o subidas de tonos y enfrentamientos entre presentador y/o colaboradores. Algo que hasta hace poco veíamos cercado al ámbito del corazón y la crónica social, o incluso de la tertulia futbolística, hoy está más que normalizado en el mundo de la actualidad y la información gracias a la espectacularización que se está haciendo de la política. Y esto, con más razón en el terreno de una cadena pública, no se debería permitir.

RTVE tendría que hacer una reflexión al respecto y mirar hacia sus entrañas, donde guarda precisamente otro tipo de productos televisivos que luchan contra todo ese ruido y que no tienen complejos en comprometer su rendimiento en audiencias en pos de reforzar su condición de espacio de calidad y a la altura de lo que se debe ver en una radiotelevisión pública. Aprovechando este convulso contexto, verTele pone en valor cuatro programas 'y medio' (como explicaremos a continuación) que abordan la actualidad de forma sosegada y reflexiva y que, sin duda, marcan el camino que RTVE debería seguir en el futuro.

'Se nos ha ido de las manos'

Se nos ha ido de las manos es el formato que ha llevado a la televisión en abierto el universo audiovisual de Carles Tamayo y el identificable sello de producción con el que triunfó en Youtube y, más recientemente, en Prime Video con su premiada Cómo cazar a un monstruo. Avalado por su reconocida trayectoria, RTVE decidió apostar por el joven periodista de investigación, a quien encargó una serie reportajes de denuncia social de la que finalmente surgieron tres entregas.

La primera de ellas, dedicada a la especulación con la vivienda y la grave crisis que afecta a toda una generación, se llevó el aplauso de la prensa especializada y de aquel público que, pese a su desatinada programación en la parrilla, se pudo asomar a su tardío estreno en La 1 y, gracias al boca a boca, a su integración posterior en el catálogo de RTVE Play. Con el foco puesto en los bulos y la desinformación -en catástrofes como la dana de Valencia o el gran apagón de 2025- y en el mercado de los datos que cedemos a través de la tecnología, su segunda y tercera entrega certificaron que es un formato a la altura de lo que se espera en una televisión pública.

Se nos ha ido de las manos marca el ejemplo que RTVE debería seguir en la búsqueda de nuevos productos que aborden temáticas de actualidad, siempre desde el rigor y encontrando el equilibrio perfecto entre la información y el entretenmiento. Tamayo lo ha conseguido a través de un programa con un look muy actual y que logra trasladar con acierto a la televisión los códigos habituales del entorno digital. Una misión con fallidos intentos en el pasado de la pequeña pantalla pero que RTVE ha logrado superar, ayudándole a conectar con ese público joven al que tanto persigue el medio catódico tradicional.

La inteligencia de Tamayo y los suyos para poner en evidencia diferentes problemáticas, sumada a la complicidad que el reportero logra con el público al introducirlo en las bambalinas de sus investigaciones, se erigen como las claves del éxito de un formato que debería tener continuidad en RTVE. Eso sí, con un horario adecuado que no lastre sus audiencias y con el respaldo de promoción que se merece.

Carles Tamayo, en 'Se nos ha ido de las manos'

'Me meto en un jardín'

Lo nuevo de Mercedes Milá en RTVE es otro oasis dentro del ensordecedor ruido mediático en el que se mueven el resto de espacios de la emisora. El programa a cargo de Zanskar Producciones, la compañía propiedad de Jesús Calleja, traslada a la pública el ADN y la seña de identidad de otros formatos de la productora, como Planeta Calleja, Volando Voy o Scott y Milá, que también condujo la catalana hace unos años en Movistar Plus. Hablamos de esa impronta por la conversación en medio del viaje, llevando a los famosos o personajes entrevistados a entornos peculiares que potencien el factor humano de sus vivencias y de sus testimonios.

Me meto en un jardín juega con astucia a no ser un programa de entrevistas más, sino que aprovecha el ambiente relajado que se crea entre el invitado y la presentadora para abordar temas espinosos o controvertidos que han afectado -como vimos en el estreno con el escritor David Uclés- a sus trayectorias vitales o profesionales. Así, Milá se mete en un jardín en sentido figurado, pero también literal, ya que en cada entrega se visita un parque o enclave natural con singularidades que están relacionadas con el protagonista del episodio.

De esta manera, RTVE encuentra una original percha para un formato que va como un guante a La 2, cadena a la que refuerza con un rostro tan potente como el de Mercedes Milá. Y es que la periodista, que dota al proyecto un gran sello autoral, es capaz de atraer nuevos públicos a la emisora durante una noche dominical en la que los espectadores buscan acabar la semana con buen rollo y tranquilidad tras la alta crispación en la que vivimos inmersos. En ese temprano prime time dominical, Me meto en un jardín encuentra además público potencial, ya que es el hueco habitual de otros formatos de entrevista y conversación, como Salvados o Lo de Évole.

Mercedes Milá y David Uclés, en 'Me meto en un jardín'

'Barrio Esperanza'

El servicio público en RTVE relacionado a temáticas sociales o de actualidad no sólo se puede (ni se debe) hacer desde los programas de la casa, sino también a través de su ficción. Y ahí Barrio Esperanza es el ejemplo perfecto de ello, ya que es una serie que encuentra su hueco ideal en la emisora de todos. En ella, Mariona Terés interpreta a una mujer que, tras pasar varios años en prisión y rehacer su vida estudiando Magisterio, consigue una plaza como profesora en un colegio público de un barrio humilde.

En ese ambiente, la protagonista combate los prejuicios que tienen contra ella algunos de sus compañeros y vecinos de la zona, a la vez que se resarce de su pasado ayudando a unos alumnos afectados por problemas sociales, económicos o familiares de toda índole. Así pues, impregnando la ficción de comedia y drama a partes iguales, Barrio Esperanza se erige como un certero reflejo de lo que se vive en muchos barrios obreros de nuestro país, lo que convierte su valor dentro de RTVE en algo que va más allá del entretenimiento.

Y es que la cadena logra, por un lado, situar el foco en aspectos como la reinsersción social, la convivencia entre culturas, la precariedad de las familias y, al mismo tiempo, poner en valor y reivindicar el papel de los docentes y de una educación emocional como vehículo para intentar trasnformar vidas. La serie de RTVE y Globomedia (The Mediapro Studio) supone, por tanto, una defensa de la escuela pública, visibilizando a través de una amable comedia las problemáticas a las que se enfrenta la institución y sus trabajadores y el valiosísimo pratrimonio humano que debemos cuidar para las generaciones venideras. De nuevo, la pública cumple así con su función social sin necesidad de caer en el ruido.

'Futuro Imperfecto'

RTVE ha demostrado también que se puede hacer servicio público a través del humor gracias a formatos como Futuro Imperfecto. El programa de Andreu Buenafuente se suma así a otros espacios que son de gran valor para la emsiora, como La Revuelta de David Broncano o el Al cielo con ella de Henar Álvarez, que ha revolucionado de alguna manera el 'late show' con algo tan necesario (y que a la vez se ha tardado tantos años en conseguir) como es imprimir a la comedia perspectiva de género.

Pero hacemos hincapié en Futuro Imperfecto por algo que ya analizamos tras el estreno de la primera temporada del programa en La 1. Y es que aunque muchos aseguraron tras su lanzamiento que el catalán estaba haciendo “lo mismo de siempre”, nada de eso tenía que ver con la realidad. Dejando a un lado el sello personal habitual del cómico, lo cierto es que Buenafuente consiguió romper en fondo y forma con muchos de los estándares en los que se venía apoyando a lo largo de su carrera.

En Futuro Imperfecto, que todavía aguarda su regreso a la parrilla de La 1 tras el parón por la baja médica del presentador, se respira cierta artesanía televisiva -en la que Andreu y los suyos se doctoraron durante la pandemia-, ya que el cómico despoja su show de cualquier artificio -sin estructura fija entre las secciones, con un decorado sobrio y minimalista- que desvíe el foco de lo importante: la palabra. Una palabra que, como en aquella triste primavera de 2020, Buenafuente vuelve a usar en RTVE, tal y como avisó en su monólogo inaugural, como bandera contra la polarización y el enfrentamiento que desde la clase política hace tiempo ya que permeó en la sociedad.

Con todo, Futuro Imperfecto se presentó ante los espectadores de La 1 como un remanso televisivo en el que bajar un par de marchas a la vida para intentar llegar así a reflexiones y conclusiones algo más maceradas sobre la intrépida realidad que nos rodea. Una apuesta que encaja perfectamente en lo que se debe exigir al entretenimiento de la televisión pública y que, pese a ir a la contra de las teorías actuales sobre el consumo audiovisual, encontró el respaldo del público, tal y como han demostrado sus datos de audiencia. Su continuidad en RTVE debería estar más que asegurada.

Andreu Buenafuente, en 'Futuro Imperfecto' de TVE

'El Juicio (sin el juicio)'

Con El Juicio llegamos a ese 'y medio' que figura en el titular de este especial. Y es que el programa de RTVE, una de sus anunciadas apuestas primaverales para La 1 que acabó viendo la luz en La 2, cumple solo a medias con los requisitos que venimos planteando a lo largo del artículo. El formato de José Luis Sastre ha desembarcado en la cadena como un híbrido entre el género jury show y el documental en el que solo este segundo apartado logra superar (con creces) los estándares de calidad que se le deberían pedir a una televisión pública.

Aunque al principio el cambio de canal desconcertó a los espectadores, una vez estrenado se entendió mejor la decisión de la emisora de darle espacio en La 2. Primero, porque por su tono y ritmo logra allí un mejor encaje. Y después, y tal vez lo más importante, porque el parcheado resultado final del formato, con una interesante pero mal ensamblada mezcla de géneros, no animaba a confiarle la exposición del canal principal. Y es que esa parte en la que se lleva a 'juicio' diferentes temas o problemáticas sociales no está del todo bien ejecutada.

A pesar de ese buen intento de apostar por el debate y la escucha en la confrontación de ideas, este apartado -troncal en el cómputo global de cada entrega- se siente impostado y teatralizado, con poco margen a la naturalidad. Por otro lado, además de presentarse con una estética y ritmo televisivos de otro tiempo, El Juicio erra en el enfoque de sus debates. Primero por considerar que son debatibles cuestiones como: “¿Se debe invertir más dinero en sanidad pública?” o “¿Es lícito lucrarse con la vivienda?”. La respuesta a estas preguntas debería ser obvia. Y segundo, por la incoherencia de intentar luchar contra la polarización planteando una discusión en la que solo se enfrentan dos posicionamientos opuestos y estancos.

Sin embargo, El Juicio encuentra sus momentos más brillantes en la parte de reportajes conducida por un José Luis Sastre que merece más presencia en pantalla de la que tiene a lo largo de cada programa. Da lástima que el locutor valenciano, realmente el principal reclamo con el que llegaba este proyecto a RTVE, no tenga un mayor protagonismo. Sus breves piezas elevan la factura final, saliendo acertadamente a una calle en la que el periodista da voz a quienes normalmente no la tienen. Es ahí donde el espacio encuentra sus momentos más interesantes y sus razones para erigirse como un producto necesario dentro de la televisión pública.

Imágenes del estreno de 'El Juicio' con José Luis Sastre
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