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¿Custodia compartida o custodia dividida? Por qué compartir un calendario no siempre significa repartir la crianza

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9 de mayo de 2026 22:07 h

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Hay algo en la expresión “custodia compartida” que suena bien incluso antes de pensarla. Como “comida casera” o “aire limpio”, es una de esas fórmulas que parecen inmunes a la crítica. ¿Quién podría estar en contra de compartir? ¿Quién querría, a priori, que un hijo no tuviera a sus dos progenitores presentes? Y, sin embargo, basta con acercarse un poco para que la palabra empiece a agrietarse.

La custodia de los hijos tras un divorcio o separación ha cambiado profundamente en España durante la última década. Los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística (INE) confirman un giro histórico: en 2024, la custodia compartida fue otorgada en el 49,7% de los casos de divorcio con hijos, superando por primera vez a la custodia exclusiva materna, que descendió al 46,6%. Hace apenas diez años, la custodia compartida representaba alrededor de una cuarta parte de las resoluciones; hoy roza la mitad. Ese cambio puede leerse como una transformación jurídica y también como un síntoma cultural. Es, sin duda, un cambio histórico. Y probablemente también un reflejo de algo positivo: padres más presentes en la crianza, nuevas formas de entender la paternidad y una creciente idea de que los hijos deben mantener vínculos estrechos con ambos progenitores tras la separación.

La custodia compartida puede ser un avance hacia la equidad, por supuesto. Pero de ahí surge una pregunta importante: ¿qué ocurre cuando compartir el tiempo no implica haber compartido antes el cuidado? Porque hay una diferencia enorme entre repartir el calendario y sostener una vida común, entre alternar estancias y sostener la memoria práctica de una casa, entre repartir la responsabilidad y dividir la logística. Y no siempre ese reparto sobre el papel coincide con el trabajo real que hace posible la crianza.

Hay custodias compartidas que son, en efecto, un ejercicio de corresponsabilidad: padres y madres que ya estaban ahí antes de la ruptura, que conocen los ritmos, las rutinas, los miedos nocturnos, las alergias, los cumpleaños o los nombres de los amigos del colegio. Que no aterrizan en la vida de sus hijos a partir de la separación, sino que continúan algo que ya existía. En esos casos, compartir no es un reparto: es una continuidad.

La custodia compartida puede ser un avance hacia la equidad, por supuesto. Pero de ahí surge una pregunta importante: ¿qué ocurre cuando compartir el tiempo no implica haber compartido antes el cuidado?

Pero también hay custodias que llegan como una enmienda tardía, como un gesto que intenta corregir una desigualdad previa. En esos casos, lo que se divide no es solo el tiempo: se fragmenta la experiencia. Dos casas, dos normas, dos formas de estar. Dos versiones de una misma infancia que no siempre encajan entre sí. Distintos estudios sobre coparentalidad y divorcio llevan años advirtiendo que la sostenibilidad de las custodias compartidas depende, en gran medida, de que exista una corresponsabilidad previa real. Cuando eso sucede, la custodia compartida puede consolidar dinámicas más igualitarias. Cuando no, la igualdad formal puede acabar funcionando como una escena que parece resolver, pero no resuelve. El problema aparece cuando la igualdad se convierte en una fórmula automática porque la igualdad formal no siempre produce igualdad real. A veces solo la simula.

Imponer custodias compartidas sin tener en cuenta las dinámicas anteriores, la historia concreta de cada familia o las desigualdades todavía existentes entre hombres y mujeres puede intensificar el conflicto entre progenitores e incluso agravar tensiones previas. No se trata de cuestionar la custodia compartida en sí. Sería simplista, y probablemente injusto. Se trata de preguntarse cuándo es realmente compartida y cuándo es, en realidad, dividida.

“Yo pedí la custodia compartida porque me parecía lo justo”, me cuenta J., un padre separado con dos hijos desde hace cuatro años, “y porque quería estar con mis hijos, claro. Tampoco quería convertirme en ese padre de fines de semana”. Al principio pensó que lo más difícil serían los horarios: “Luego te das cuenta de que no, de que lo difícil es acordarte de todo, de cosas que no tenía tan interiorizadas porque no atendía tanto al chat de padres y madres del cole y no estaba tan al tanto de los cumpleaños, del chándal del jueves, de quién necesita una cartulina para mañana o de cuándo les toca cambiar de zapatillas”. Me contó también que sus hijos siguen llamando a su madre cuando no encuentran algo, incluso estando con él. “A veces me molesta, pero luego ella sabe cosas que a mí ni se me ocurren”. En ningún momento, durante nuestra conversación, dijo que se arrepintiera de compartir la custodia de sus hijos; al contrario: “Ahora estoy mucho más unido a ellos”, repitió varias veces. Pero había algo revelador en otra frase: “Antes no me daba cuenta de todo lo que hacía ella”. No parecía culpa ni admiración, más bien la sorpresa tardía de descubrir que la crianza no era solo pasar tiempo con los hijos, sino sostener una maquinaria invisible que alguien llevaba años haciendo funcionar sin que apenas se notase.

Al mismo tiempo, para muchas mujeres, la custodia compartida también ha supuesto una forma de alivio. E., que tiene una hija de seis años y lleva dos años separada, me dijo esto: “Separarme me devolvió algo que ya ni siquiera sabía que había perdido: tiempo. Para trabajar sin correr, para dormir una noche entera, para ir al médico sin hacer malabares, para sentarme sola en casa sin que eso significara abandono”. Me hablaba también de la culpa que sintió al reconocer ese descanso. “Como si una buena madre tuviera que querer estar disponible siempre. Como si descansar estuviera mal”, confiesa. La custodia compartida no había resuelto todas las desigualdades de su relación anterior, pero sí había frenado algo que la estaba consumiendo: la idea de que cuidar significaba desaparecer una misma.

Qué sucede cuando los hijos no solo transitan entre dos casas, sino entre dos maneras radicalmente distintas de entender las emociones, el cuidado, la vulnerabilidad o incluso lo que significa ser niño, porque los hijos no viven dentro de los porcentajes

Y, en medio de todo eso, están los hijos. V., separada desde hace un año y con un hijo en común con su expareja, me cuenta su caso: “Hace pocos días nos despedimos de un ser querido. Cuando estaba bajando con mi hijo en el ascensor —su padre estaba esperándole abajo—, mi hijo lloraba de tristeza. Antes de salir del portal, en el rellano, corrió a secarse las lágrimas. Incluso se miró en el espejo para comprobar que no se le notase que había llorado”. Ella le preguntó por qué hacía eso y el niño respondió que a su padre no le gustaba verle llorar. A V. le sorprendió el cambio de actitud porque su hijo llora con frecuencia cuando está con ella, y no necesariamente por tristeza. “Me da la impresión de que ha entendido que en casa de mamá puede rendirse, de alguna manera, pero que en casa de papá llorar es una debilidad”.

Quizá ahí aparece una de las preguntas más complejas de todas: qué sucede cuando los hijos no solo transitan entre dos casas, sino entre dos maneras radicalmente distintas de entender las emociones, el cuidado, la vulnerabilidad o incluso lo que significa ser niño, porque los hijos no viven dentro de los porcentajes. Viven dentro de las rutinas sostenidas durante años, de los cuidados invisibles —o indemostrables— que rara vez aparecen en una sentencia. Dentro de esa carga mental hecha de citas médicas, mochilas preparadas, cumpleaños recordados, profesoras contestadas, fiebre nocturna y ropa que de pronto ya no les vale.

En medio de todo están ellos: niños que aprenden pronto a adaptarse. A cambiar de habitación, de normas, de tono. A no dejarse cosas importantes en la otra casa. A gestionar una especie de doble vida que a veces funciona y a veces pesa. Hay niños que lo transitan con naturalidad. Otros no tanto. No existe una única experiencia, como tampoco existe una única forma de familia. Pero conviene no romantizar lo que, en muchos casos, es también un esfuerzo constante de ajuste.

Hay otra cuestión de la que se habla menos: qué sucede cuando la custodia compartida no organiza únicamente el cuidado, sino también el conflicto, porque no todas las separaciones terminan en una convivencia parental razonablemente sana. Existen relaciones judicializadas, atravesadas por resentimientos, hostilidades, dinámicas de control o violencias que no desaparecen cuando se firma una sentencia. A veces, incluso, se intensifican. En esos casos, la custodia compartida puede convertir a los hijos en mediadores involuntarios de las tensiones entre los adultos. Niños que aprenden demasiado pronto qué cosas pueden decir en una casa y cuáles es mejor callar en la otra. Que viven pendientes del tono de los mensajes, de los cambios de horario, de las discusiones y los desacuerdos. En esos casos, la pregunta deja de ser únicamente cómo se reparte el tiempo. La pregunta es qué tipo de infancia produce una vida partida entre dos mundos que apenas logran sostenerse entre sí.

En un momento en el que la custodia compartida se presenta casi como la solución deseable por defecto, no está de más pedir una mirada más profunda a cada historia en su singularidad y desconfiar un poco de las fórmulas que sirven para todo. Y recordar que cuidar no es solo estar, ni siquiera es estar la mitad del tiempo. Cuidar es saber cómo y eso, por suerte o por desgracia, no se puede dividir sin más.

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