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Boletín Ayuso

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Isabel Díaz Ayuso llegó esta semana a México para reivindicar a Hernán Cortés. Para celebrar la conquista como una gesta civilizatoria, el mestizaje como un regalo de España a América y al conquistador extremeño como un héroe que merece un gran homenaje. Para entender por qué esa visión es históricamente falsa, conviene antes hacerse unas preguntas más básicas.

¿Por qué el imperio español conquistó a los incas y a los aztecas y no sucedió justo al revés? ¿Por qué logró Francisco Pizarro secuestrar y más tarde asesinar a Atahualpa en Cajamarca? ¿Por qué no fueron los incas quienes cruzaron el Atlántico y pusieron sitio a Sevilla? ¿Por qué ese puñado de hombres comandados por Hernán Cortés logró derrotar a todo un imperio y acabar con Moctezuma, Cuitláhuac y Cuauhtémoc?

El nacionalismo –el de ayer y también el de hoy– tiene una respuesta simple y racista ante estas preguntas. Fueron los europeos quienes conquistaron al resto del mundo, y no al revés, porque somos mejores que los demás: más inteligentes, más valientes, más osados, más civilizados… y con el apoyo del verdadero dios. 

Hay otra respuesta, la de la ciencia: hace tiempo que demostró que el racismo no tiene base biológica alguna porque todos los seres humanos somos iguales. Son otros parámetros, y no la raza o el color de la piel, los que explican por qué la historia del mundo sucedió en esa dirección. 

El geógrafo y escritor Jared Diamond tiene un libro excepcional sobre esta cuestión. El ensayo se titula ‘Armas, gérmenes y acero’ (en inglés, ‘Guns, Germs and Steel’); y resume los factores que explican el apabullante éxito militar de la conquista española frente a los pueblos nativos de América. Europa contaba con la pólvora, con el caballo, con armaduras y espadas… y con anticuerpos para unos virus y bacterias que diezmaron a los indígenas.

¿Y por qué los europeos desarrollaron gérmenes más agresivos? ¿Por qué nuestra tecnología era superior? Ambas preguntas se responden por el verdadero factor clave, que no está en el color de la piel sino en la ubicación de los recursos iniciales que determinaron el neolítico. A los europeos nos tocó esa lotería. 

Jared Diamond, como buen geógrafo, lo explica con mapas. La gran ventaja de Europa empezó miles de años antes de Hernán Cortés, en el Creciente Fértil: la franja entre Palestina e Irak donde nacieron la agricultura y la ganadería que después se extendió por el Mediterráneo. De allí son originarias muchas de las gramíneas fáciles de cultivar –el trigo, la cebada, las lentejas, los guisantes o los garbanzos– y algunos de los animales domesticables más útiles: vacas, ovejas, cabras o cerdos. De esos excedentes de alimentos nace el comercio y la especialización en el trabajo. Y de ahí surge la escritura. Y la ciencia. Y la pólvora. Y el acero.

La convivencia con esos animales domesticados trajo también las zoonosis, de las que tanto hablamos hoy: virus y bacterias que saltan de los animales a los seres humanos. Enfermedades frente a las que los europeos acabaron desarrollando inmunidad, pero no los nativos americanos.

La domesticación de animales y plantas fue mucho más eficaz en Eurasia que en América por otra causa azarosa: la orientación geográfica de estos continentes. Las condiciones climáticas cambian a medida que te acercas o te alejas al ecuador, en función del paralelo en el que estés. Y Eurasia tiene la mayor línea recta terrestre en dirección este-oeste, con un clima similar. Compartir paralelo hacía más sencillo extender los cultivos de un sitio a otro, algo mucho más difícil de lograr si tu continente se despliega de norte a sur, como es el caso de América. 

Nada de esto tiene que ver con la inteligencia o el valor de los conquistadores españoles. Hernán Cortés no ganó aquella guerra porque fuera superior a Moctezuma. Ganó porque a sus antepasados les tocó la lotería geográfica de los recursos animales y vegetales domesticables, que determinó la historia desde el neolítico. Si hubiera nacido en Tenochtitlán en 1485, habría muerto de viruela antes de ver un caballo. Como le ocurrió a millones de personas que, como todas, no pudieron elegir dónde nacer. Las cifras no son precisas, pero sí hay consenso sobre hasta qué punto la llegada de los españoles fue catastrófica. Entre 1519 y 1600, México central perdió entre el 50 y el 90% de su población.

Pero no solo fueron las epidemias. También las matanzas. Y estas no fueron involuntarias. 

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha sido muy hábil en la respuesta que ha dado a la provocación de Isabel Díaz Ayuso. Sheinbaum ha recuperado un edicto firmado por el emperador Carlos I de España en 1548, unos meses después de la muerte de Hernán Cortés. Es un documento donde se detallan las atrocidades del famoso conquistador: sus matanzas indiscriminadas de personas indefensas, la forma en la que esclavizó a mujeres y niños, o la crueldad de “herrarlos”; marcarlos con un hierro candente. 

Habrá quien diga lo de siempre: no podemos juzgar el pasado con los ojos de hoy. Los principios éticos han cambiado, argumentan también. Pero es que quien reprobaba la crueldad de Hernán Cortés era el mismísimo emperador español en el siglo XVI, no solo la izquierda altermundista de 2026. Bajo la moral y la ley de 1548, lo que hizo Hernán Cortés fueron crímenes también.

Ese edicto de Carlos I ordenando liberar a esclavos capturados por Hernán Cortés tiene su contexto histórico. Fue consecuencia de las denuncias de Bartolomé de las Casas, un sacerdote español y coetáneo de Hernán Cortés que fue de los primeros en cuestionar la violencia y los abusos contra los indígenas, que se justificaban en nombre de dios. Sus escritos –especialmente su ‘Brevísima relación de la destrucción de las Indias’– documentaron los malos tratos y atrocidades de la conquista española de América. 

Bartolomé de las Casas participó en la Controversia de Valladolid, en 1550, un famoso debate sobre cómo tratar a los nativos americanos. Era una cuestión teológica, no solo moral. Frente a las tesis de Bartolomé de las Casas, que argumentaba que eran seres humanos igual que los demás, estaba otro religioso, Juan Ginés de Sepúlveda, que defendía la guerra justa contra los indios. Su principal argumento es que las vidas de estos indígenas no merecían respeto porque ellos tampoco respetaban la ley natural, con sus cultos paganos y sus sacrificios humanos. Sus argumentos no eran muy distintos a los que utilizó siglos después el fanático de Mel Gibson en su panfletaria película ‘Apocalipto’.

Es fácil imaginar cuál habría sido la posición de Isabel Díaz Ayuso ante aquella controversia. Basta con repasar cuál es hoy su opinión sobre el genocidio de Gaza. En su caso, el relativismo histórico funciona exactamente al revés: no juzga el pasado con los ojos de hoy, sino que aplica al siglo XXI los peores principios morales del siglo XVI.

Isabel Díaz Ayuso llegó a México con sus propias armas, sus propios gérmenes y su propio acero. Las armas son la provocación y el conflicto permanente, su método político más eficaz. Los gérmenes son los del nacionalismo rancio que infecta a la derecha española y que ella exporta allá donde va. Y el acero es la desfachatez, su atrevida ignorancia: ir a “Méjico” –como lo escribe Ayuso– a explicarles a los mexicanos su propia historia y cómo se escribe el nombre de su país.

El viaje oficial de Ayuso a México ha acabado siendo desastroso. Se suponía que iba a durar diez días. Lo que se dice trabajo, apenas han sido tres.

El lunes celebró el famoso homenaje al conquistador. El acto se titulaba “Celebración por la Evangelización y el Mestizaje en México: Malinche y Cortés”. Se iba a realizar en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, un disparate que la Archidiócesis no autorizó. Fue trasladado al auditorio donde Nacho Cano presenta su ‘Malinche’. En la práctica, era un acto promocional de este musical.

El martes, anunció a bombo y platillo las inversiones de un grupo mexicano: 77 millones de euros para abrir nuevas cafeterías y pizzerías en Madrid. ¿El problema? Que la empresa ya había anunciado esa misma inversión dos meses antes. 

El miércoles, recibió una medalla “de la libertad” que entrega el Estado de Aguascalientes, donde gobierna el PAN. Y después tuvo una reunión con otros cuatro gobernadores de este partido de la derecha mexicana. Tras el lío montado por su reivindicación a Hernán Cortés, ese encuentro tuvo un perfil muy bajo. Ninguno de los convocados salió públicamente a agradecer a Ayuso su presencia en México, ni tampoco a respaldar su posición. 

¿El jueves? Sin agenda. ¿El viernes? Sin agenda

El fin de semana estaba prevista la asistencia a una gala en Cancún, los premios Platino, que el viernes por la tarde canceló. Como siempre que se mete en un lío, Ayuso salió de él con bulos y victimización: acusó al gobierno mexicano de “boicotear” su visita oficial. Telemadrid ha llegado incluso a publicar que la presidenta de México había amenazado a esta gala con cancelarla si iba Ayuso; una mentira que ha desmentido la propia organización de estos premios

El fracaso político del viaje es fácil de explicar. La ignorancia de Ayuso sobre cuestiones muy básicas la ha convertido en una apestada en México, incluso entre esa derecha local que la invitó a este viaje. Ni siquiera lo más rancio de los partidos más rancios se pueden permitir aparecer ante la opinión pública mexicana como los defensores de Hernán Cortés. Tampoco pueden aplaudir otras gracietas de Ayuso, como llamar “malinches” a las mujeres mexicanas.

La Malinche de verdad –no la invención del músico Nacho Cano– fue una mujer indígena que regalaron como esclava sexual a Hernán Cortés. Acabó teniendo un hijo con él y fue muy útil para el conquistador porque hizo de traductora: ayudó a Cortés a comunicarse en lenguas que no conocía y a entender algunos aspectos clave del imperio al que después sometió. Para buena parte de la sociedad mexicana, Malinche sigue siendo sinónimo de traición.

La Malinche traicionó a su pueblo para sobrevivir. Ayuso viajó a México a traicionar la historia para hacer campaña. La diferencia es que la Malinche no tenía elección.

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