Qué pasa después de la guerra: la novela de la que renegó uno de los grandes de la ciencia ficción
“Lo pasado, pasado; ahora es cuando empieza el trabajo duro”, afirma un personaje de El regreso (1950), la última parte de Tiempo no perdido, la trilogía sobre la Segunda Guerra Mundial del escritor polaco Stanislaw Lem (Leópolis, 1921 - Cracovia, 2006), que Impedimenta, principal valedora de la obra del autor en España, acaba de publicar con traducción de Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz. Se cierra así el tríptico que supuso la entrada en el panorama literario de una de las grandes voces de la literatura del siglo XX; un ciclo que, pese a no inscribirse en el género de la ciencia ficción que más adelante lo consagraría, sobre todo a raíz de la publicación de Solaris (1961), se caracteriza ya por una mirada crítica a la realidad que suscita numerosas reflexiones.
Si en el primer volumen, El hospital de la transfiguración (1948) conocimos al joven Stefan Trzyniecki, un médico recién graduado que comenzó a trabajar en un hospital psiquiátrico en pleno inicio de la invasión de Polonia por parte del ejército nazi, y en Entre los muertos (1949) lo reencontramos en un campo de concentración al que fue a parar tras ser tomado por judío, en el tercer libro, con la guerra ya concluida, el chico, que ya no es tan chico, vive su particular retorno a una Cracovia donde las heridas del pasado se resisten a cicatrizar. Allí, retoma su trabajo como médico, esta vez como un obstetra tenaz, y vuelve a tener noticias de algunos personajes de su pasado.
Esta trilogía es importante por la radiografía que hace de la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias más inmediatas en el país donde todo comenzó, y por hacerlo desde la inmediatez de un narrador que ha conocido esta realidad en primera persona y se ha puesto a contarla antes de que el paso del tiempo atenúe sus impresiones más vívidas. Tiene, además, un trasfondo autobiográfico en la figura del protagonista: al igual que Stefan Trzyniecki, Stanislaw Lem también se matriculó en Medicina, aunque no llegó a concluir sus estudios; y, aunque en su caso logró evitar la deportación con una identidad falsa, algunos de sus familiares sí sufrieron la crudeza de los campos de exterminio. El autor se implicó en la resistencia, que también retrata en la trilogía, y logró escapar del gueto de su ciudad. Ya en 1946, fue “repatriado” a Cracovia.

Podría parecer que la pesadilla terminó, pero no fue así, ni para el propio Lem –que en aquel regreso forzado abandonó la carrera por discrepancias ideológicas con el régimen soviético–, ni para el protagonista de la novela. A los recuerdos de lo vivido en el centro psiquiátrico y en el campo de concentración, se suma la reaparición de alguien que, con la información que posee sobre el pasado, pone a Stefan Trzyniecki en un aprieto. No se puede dejar atrás una experiencia tan devastadora, como tampoco se puede librar de esa sensación, tan común en los supervivientes, de “culpa” por haberse salvado. Ese médico tan seguro que reencontramos atendiendo a una parturienta –es significativo que, tras la guerra, se especialice en la rama de la medicina que da más luz, en cierto modo, aunque también se muestre su lado amargo– sigue guardando dentro de sí una llaga incurable.
Como las novelas precedentes, El regreso tiene una naturaleza coral, y retoma a algún personaje del pasado e introduce otros nuevos. Esos reencuentros, lejos de celebrar la nueva vida o suponer un consuelo, sirven para propiciar una suerte de ajuste de cuentas: son un recordatorio de lo que cada uno de ellos fue durante el conflicto, lo que cada uno hizo o dejó de hacer; y no hace falta ser un criminal para que esa confrontación duela. Puede que los bombardeos cesaran, que la ciudad ya no esté ocupada, que los campos de concentración se clausuraran; ahora bien, nada puede borrar el trauma, nada puede restaurar la persona que hubieran sido de no haber descendido a ese infierno.
El retorno queda claro enseguida, es imposible; porque ni el hombre que regresa es el mismo que se fue, ni la ciudad ni el país son los de antaño. Se ha impuesto, además, un nuevo régimen político: los personajes afrontan la tensión entre su antigua fidelidad a la resistencia y la adaptación a este gobierno, con un particular juego de lealtades que pone de relieve que las tretas y abusos del poder no terminaron en 1945. Frente al Partido, un ciudadano corriente como querría ser Stefan Trzyniecki deviene sospechoso; todos son sospechosos, es decir materia de investigación, de detención, por lo que hicieron en los años de la contienda. La guerra no termina; vive instalada en sus vidas, en su sangre.
Lo que sí se acaba, y de forma brillante, es esta trilogía, una parte de la bibliografía de Stanislaw Lem que, aunque no sea tan conocida como su ciencia ficción –en particular, Solaris (1961)–, constituye una pieza clave para entender su trayectoria y cómo se gestó ese germen crítico con el sistema que desarrolló a lo largo de su carrera. El propio autor renegó en su día de este tríptico, por considerarlo demasiado pegado a la realidad, hasta el punto de impedir que se reimprimieran. Sin duda, se sintió más cómodo al disfrazar sus preocupaciones de un marco imaginario, es decir, simbólico; pero, desde luego, era también hábil en el relato realista, casi testimonial. Y, ahora que ya puede leerse entera, cabe aplaudirlo no solo como un maestro de la ciencia ficción, sino como el artífice de una de las aproximaciones más incisivas en la Segunda Guerra Mundial y la posguerra.
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