La novela de Sally Carson que narró, casi en tiempo real, cómo un tal Adolf Hitler llegaba la poder
Es Nochebuena y, como cada año, la familia se reúne. Forman un clan corriente: ni ricos ni pobres, viven en una pequeña localidad del sur, llevan una rutina y nunca han tenido grandes conflictos entre ellos; podrían ser lo que se considera una familia normal de clase media. El matrimonio tiene tres hijos, que ya son adultos jóvenes, dos chicos y una chica. Ella está prometida con un chico del pueblo, un cirujano de buen corazón que su familia ha acogido de buen grado. Ambos están muy enamorados y la joven vive esta Navidad pensando con emoción en los cambios que se avecinan a su vida el próximo año.
En cuanto a sus hermanos, los dos veinteañeros, el mayor lleva tiempo desocupado y el pequeño solo encuentro trabajo a temporadas: la crisis del empleo juvenil les afecta de lleno. Ellos, como tantos hombres de su generación, están desencantados ante la falta de perspectivas, por lo que cada vez simpatizan más con un partido emergente que, aunque no ha tenido aún victorias tan importantes como para incidir en el tablero político, está haciendo ruido con sus proclamas populistas y promete a todos esos jóvenes un futuro de trabajo y seguridad. Están en plena crisis económica –al padre le acaban de bajar el sueldo–, y, en medio de tanta incertidumbre, cuesta confiar en el Gobierno.
Este argumento podría ser el de una obra actual, y ese partido populista podría llamarse Vox, Aliança Catalana o cualquiera de sus homólogos europeos. Esos muchachos sin metas podrían pasarse las horas viendo vídeos en YouTube y TikTok de hombres que promulgan una rutina de gimnasio, recetan fórmulas para hacerse millonario, atacan al feminismo por robarles oportunidades y señalan a los inmigrantes por “robarles” trabajo y beneficiarse de los servicios públicos. Esa pareja de novios enamorados podrían ser dos jóvenes recién graduados que se han esforzado mucho y sienten que por fin se les brinda la oportunidad de construir una vida propia, juntos, lejos del hogar familiar.

Podrían ser ellos, podrían vivir aquí y ahora, pero la acción de La cruz torcida (1934) la novela que este año han publicado dos editoriales (Periférica con traducción de Jesús González Yumar y Alianza Editrorial, de Ainize Aguillo Salaberri) comienza la Nochebuena de 1932. En una localidad del sur de Alemania, el nuevo líder del populismo se llama Adolf Hitler y las cacerías no se organizan contra los inmigrantes magrebíes, sino contra el pueblo judío. La escritora británica Sally Carson, seudónimo de Sylvia Carson (Surrey, 1902 - Leeds, 1941), la escribió después de pasar unas vacaciones en un pueblo de Múnich. Mucho le debió de impactar lo que vio, porque no esperó para ponerse a novelar cómo se trastoca la vida de una familia corriente con el ascenso del nazismo.
La inmediatez de los hechos, que suele circunscribirse a la crónica, no es, sin embargo, óbice para que la autora dé forma una novela de vuelos literarios, un fresco social de enorme viveza, escrito con elegancia, un fino sentido del humor y oído para el diálogo, con esa hondura, esa capacidad de conmover que se espera de cualquier obra literaria digna de tal nombre. Desde las primeras páginas, mientras Lexa, la hija, se encarga de decorar la casa junto con sus hermanas, los personajes dejan entrever su complejidad: a través de los hechos cotidianos, se les muestra en toda su viveza, sin maniqueísmos, y resulta fácil entender la postura de cada uno ante el nuevo panorama político.
La novela capta cómo los personajes se van habituando a unas circunstancias que no hace tanto resultaban inconcebibles; porque el horror no se instala de repente ni surge por generación espontánea: es en el día a día, a través de detalles a veces diminutos, que se va instalando en las calles, en las vidas de todos
Dice bien Laura Freeman, autora del prólogo, cuando advierte que toda novela que se abre con una plácida escena navideña levanta sospechas: esa felicidad, esa armonía, se romperá más pronto que tarde. El lector juega con ventaja: sabe lo que ocurrió en los meses posteriores a la Nochebuena de 1932 (Hitler fue elegido canciller en enero de 1933). Los personajes, no. Y ahí está la gracia: en narrar ese proceso de incredulidad, pero también de adaptación progresiva, sobre la marcha. Capta cómo se van habituando a unas circunstancias que no hace tanto resultaban inconcebibles; porque el horror no se instala de repente ni surge por generación espontánea: es en el día a día, a través de detalles a veces diminutos, que se va instalando en las calles, en las vidas de todos.
Esta novela pone el foco sobre todo en los jóvenes: tanto por Morittz, el prometido de la protagonista, que enseguida se ve señalado por tener un apellido judío, como por los dos hermanos, “buenos chicos” que no se educaron en los valores fascistas, pero que, en el contexto inestable de la Alemania de Weimar, han ido desviándose. La literatura, a diferencia de los libros de historia, tiene la capacidad de revelar cómo se inocula una ideología, cómo se fraguan las rebeliones de la masa. Sally Carson lo logra mirando de cerca el conflicto, con una mirada llena de humanidad, que revela tanto la fragilidad de aquellos hombres como la brutalidad con la que el nuevo régimen anula a sus víctimas.

La autora plasma cómo la propaganda fascista sembró la discordia en la población: “Por culpa de la herida que se les había infligido, sólo sostenían en pie una vida a medias. Los lazos de amor y amistad se rompían y se sustituían con la desconfianza, la rabia y el desencanto”. Todo lo que aquí se narra resulta familiar de una manera inquietante: Sally Carson la escribió antes del Holocausto, pero vio venir el horror que se avecinaba de un modo similar al que ahora advertimos, impotentes, cómo la ultraderecha, en cuanto se asoma al poder, derriba derechos, propugna veneno y cuestiona valores que estaban, o al menos lo parecían, plenamente asentados en la sociedad. El diagnóstico no es favorable: “Las lealtades se habían quebrantado con tanta violencia e irracionalidad que, con toda certeza, no volverían a crecer ni a encarrilarse hasta varias generaciones después”.
La cruz torcida, es importante recalcarlo, no solo se recupera porque retrate un mundo cambiante que mantiene ciertos paralelismos con el presente; se rescata, por encima de todo, por ser una muy buena novela. Sutil, precisa, es la historia de la desintegración de una familia y a la vez una hermosa historia de amor truncada por el auge del nazismo. Lexa, la protagonista, se encuentra en medio, entre los familiares que adoptan posturas antisemitas y el novio bondadoso a quien de pronto la sociedad arrincona; un centro del relato muy bien elegido, que permite abordar el conflicto esquivando la tentación de repartir las etiquetas de víctima y culpable con demasiada ligereza: “Lexa actuaba como una niña desconcertada, no como una niña asustada en la oscuridad. […] No tenía ni idea de hasta dónde llegaban los espantos que la aguardaban. No tenía ningún adversario al que destruir. Más bien, ella era el origen de una serie de luchas, tribulaciones y aflicciones que no sabía cuándo concluirían”.
Sally Carson, pese a ser entonces una debutante, firma una novela espléndida, de una contención y una pulcritud difíciles de encontrar hasta en los novelistas consumados. Se revela como una narradora observadora, reflexiva sin excesos, que sabe concentrar una tragedia colectiva en el drama íntimo de una familia, y se mueve de lo particular de los hechos inmediatos a la meditación existencial que revisten cuando se ven con el tiempo. En su caso, el margen no era mucho, ni siquiera habían transcurrido dos años del periodo que abarca la novela (los seis primeros meses de 1933); aun así, su mirada resultó visionaria: “Alemania encerraba en sí su propio castigo. […] Las mismas personas que habían administrado el veneno de la expulsión y la crucifixión de los judíos habían acabado ingiriéndolo. Ellas serían las víctimas definitivas”.
La novela, que debe su título al símbolo nazi por excelencia y tuvo dos continuaciones, The Prisoner (1936) y A Traveller Came By (1938), tuvo una buena acogida cuando se publicó en inglés, pero, la misma historia de siempre, cayó en el olvido tras la muerte de la autora, que falleció unos meses antes de cumplir 39 años, de un cáncer de mama. Un olvido que, en su caso, se agravó por la escasez de copias impresas: tal como cuenta Laura Freeman en el prólogo a la nueva edición, cuando la editorial Persephone Books, responsable de su recuperación en inglés el año pasado, quiso rescatarla, se topó con la dificultad de localizar un ejemplar del original, ya que, a pesar de su inteligencia para intuir lo que se avecinaba, no se había vuelto a reeditar desde aquel lejano 1934.
La historia de la literatura (y de la edición) está hecha de pequeños milagros, como dar por casualidad con un libro en el que se menciona una novela olvidada y no parar hasta encontrarla, leerla y publicarla casi cien años después de su llegada a las librerías. Así lo hizo la editorial independiente británica Persephone. Por su parte, la independiente española Periférica, al elegir este libro, suma Sally Carson a una larga lista de recuperaciones relacionadas con el periodo de entreguerras y los años posteriores en Europa, como Erich Hackl, Odette Elina, Verna B. Carletton, Angelika Schrobsdorff, Vera Brittain, Marie Jalowicz Simon y Marcella Olschki, entre otros.
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